Crónica

Tres días con Carlos Maslatón: “Entiendo que Sergio Massa puso en marcha su proyecto presidencial”

Una chica de 23 años le escribe a Carlos Maslatón para contarle que le gusta un chico. Que van a tener una primera cita. Que si por favor los puede acompañar. Maslatón va. La chica es una perfecta desconocida, otro nickname en la profusión agobiante de mensajes que le llegan por la redes, pero va. Queda con ellos en el Palacio Duhau de la Avenida Alvear. Es un miércoles, son las siete de la tarde. Los chicos llegan por separado. Se conocen ahí, delante de él. La chica es cristiana, el chico es judío. Maslatón les explica que eso no tiene que ser un problema. Se queda una hora y media hablándoles de finanzas, de amor, de criptomonedas, de comida. Después saca del camperón un montón de billetes enrollados con una gomita y pide la cuenta.

-Hubiera jurado que tarjeteabas.

-¿Yo? Naah. Ando con la plata en la mano. Soy un judío sirio, no te olvides. Todo papelitos.

Después saluda al chico judío, a la chica cristiana y ahí los deja, con el presente pago. El futuro ya será una cuenta de ellos.

El 3 agosto, Sergio Massa asumió como ministro de economía de la Nación. Cuatro días después, lo llamó a Maslatón para escuchar sus consejos. Y Maslatón fue. Se encontraron en las oficinas del Frente Renovador en Avenida del Libertador al 800. Otra hora y media de reunión, pero esta vez hablándole a un funcionario de gobierno, acerado concentrador del poder Ejecutivo, sobre la necesidad de dejar flotar libremente el peso contra al dólar y de atacar la deuda cuasifiscal del Banco Central.

-¿Qué te dijo Massa?

-No me dijo nada, y no correspondía que me dijera nada. No te sentás con un ministro de economía a decirle lo que tiene que hacer. Das tu opinión. Y él te escucha. 

Después se sacaron la foto que todos se sacan -nos sacamos- con Maslatón: el saludo con la mano arriba, los dedos juntos como marchando hacia el futuro bajo la voz de un imperativo: proceda. Que hoy Massa te de una foto en su oficina compone un okay político contundente. Que te la de jugando a repetir el gesto insignia de tu personaje, bueno, ahí la validación es total.

Chicos en sus veintis asustados del amor, el ministro crucial de un país sin reservas. Masla es consultor de toda consultoría, la sentimental, la macroeconómica, y lleva en la guantera de su consejería permanente perspectivas para un inconcebible ancho de banda. Gurú de la existencia, consultor de lo todo, wikihombre de la contingencia humana, sommelier de lo que existe. ¿Quién es Carlos Maslatón? Me tomé tres días para intentar responder esta pregunta. Fueron tres días con él. Y esto fue lo que pasó.

Lunes, 11 AM

La puerta del edificio Kavanagh es de timbre único: tocás y viene desde el fondo de una recepción, que no necesariamente esplendece, un señor de traje con un teléfono en la mano. Te abre como quien entorna hasta que le decís a quién venís a ver. Entonces consulta, te hace pasar y te llama el ascensor. Mientras, los ojos se llevan lo que pueden en ese primer asalto de la mirada extendida sobre el plano del ingreso. El Kavanagh es un edificio de 1936 y, como el Chrysler Building o el Empire State, exhala la jactancia art decó de una ciudad puntual en un momento puntual de su Historia. Hay un triunfo del beige, puedo verificar, que no es un color sino una tonalidad. Y muy argentina, ciertamente.

El ascensor me deja dentro del departamento, en el piso 18. Una voz desde algún lugar de estos ambientes me grita: ¡pasá! Avanzo a tientas con la ciudad de Buenos Aires envolviéndome desde los ventanales. 

-¡Acá! 

La voz, ahora, conduce. El oído me lleva hasta un despacho. Encuentro a Carlos Maslatón sentado en su escritorio. Su escritorio: papel cero, un calibrado micrófono de pie, un monitor curvo de un metro veinte de ancho y, frente a él, dos televisores de 43 pulgadas que suman 200 centímetros de ancho entre los dos. La suma entrega el primer ladrillo de una constitución peculiar: Maslatón vive, cuando trabaja, frente a casi tres metros y medio de pantallas. Vamos a conversar una hora y quince minutos pero la concentración dura le va a aguantar hasta la primera mitad. Tengo que ir acortando las preguntas porque el celu, su hoja de tuiter, una rayitas que suben y bajan y que serán la cotización en tiempo real de alguna cosa, le empiezan a secuestrar los ojos en cierto momento. Es un hombre generoso para la conversación, y cuando ya no puede serlo es generoso para decirlo. 

-Perdoname pero estoy acá hablando con vos y siento que me estoy perdiendo lo que está pasando. 

Ya entiendo: el ancho de la suma de sus pantallas es correlato del ancho de su ansiedad.

-¿Lo que puso en marcha Sergio Massa es su proyecto presidencial?

-Entiendo que sí. Por supuesto que no es algo que haya hablado con él.

-¿Qué cosas sí hablaste con él?

-Cuatro puntos, le llevé: su probabilidad de éxito es muy grande porque el país está en el piso y terminó la caída, así se lo dije. Dos: su gran virtud es que, a diferencia de un economista, tiene manejo político. Massa nunca haría una 125. Tercero: fue brillante su conferencia de prensa. Hacía mucho tiempo que un ministro de economía no daba una conferencia sólida. Cuarto: el plan fiscal es razonable, es bueno. Tiene que corregir las tarifas. ¿Sabés cuánto pagué ayer de luz?

-No quiero ni arriesgar.

-2600 pesos.

-¿Eso paga un piso del Kavanagh?

-Son 9 dólares. No tiene sentido.

Maslatón va por unas bebidas. Quedo a solas con la platería labrada que le encargó a Juan Carlos Pallarols, el hombre que desde 1983 diseña y compone el bastón de mando de los presidentes argentinos. Se trata de un gran espaldar con tres escarapelas, una de ellas con el sol de la bandera en el centro. Arriba, el perfil de una mujer con su gorro frigio junto al águila guerrera que hemos cantado en los patios de nuestras escuelas. Azulu nala del color del cielo. Entonar Aurora durante los siete años de una primaria completa fue distorsivo, y terminó en un esguince fonético. Azulu nala del color del mar.

Envuelven este compuesto, como creciendo desde la base, la paz del olivo y la gloria del laurel. Una réplica del sable corvo del general San Martín descansa en su vaina frente a la obra de Pallarols, y aunque está fuera de ella, de algún modo la completa. Todo junto se ve como un alarido de la patria en la oficina del hombre que viene restaurando el clamor del capital.

Maslatón vuelve con dos botellitas de vidrio Morgade colgándole entre los dedos, una en cada mano, más unas servilletas que salieron de un rollo de cocina, todo agarrado medio como puede. Es un sujeto diciendo: no voy a hacer dos viajes a la heladera. Tampoco trae vasos y las botellas ya están abiertas. De golpe, el judío sirio todo papelitos queda frente a mí en el esplendor de su praxis, esta es la forma operativa en la que Maslatón concibe el mundo: las botellas ya están abiertas porque vamos a tomar del pico y no trae vasos porque las botellas son los vasos. Hay una inteligencia aplicada en este gesto casual, la de un hombre que no pierde el tiempo en el sobre giro simbólico de las etiquetas al pedo. 

Bebemos.

Maslatón creció entre Versalles y Devoto, en una casa con padres confeccionistas: telas, moldes, cortes, tijeras. Fue a la escuela pública y a los 9 años, con una radio Sharp a transistores, conoció la experiencia de la onda corta. Escuchaba la programación en español de emisoras internacionales y ahora me muestra una postal de verificación fechada en enero de 1973 que le enviaron de Radio Tanzania a su casa de la calle Gutemberg.

-El progre siempre tuvo mejor prensa. ¿Qué te hizo liberal?

-Sos chico y tus padres te dan una orden. Vos la aceptás o la desafiás. La maestra te da una orden. Vos la aceptás o la desafiás. Para mí escuchar esas radios extranjeras a los 9 años fue determinante, porque fue lo que me convirtió en un disidente.

-A ver…

-Claro, yo escuchaba radios comunistas, en esa época de Guerra Fría absoluta. Radios soviéticas, o de China, de Corea del norte, de Albania y sentía que la presentación de las noticias eran como las órdenes que me daban. Era propaganda. En cambio con las radios occidentales, la señales que captaba de Estados Unidos o la BBC, yo me disponía a escuchar de otra manera que me hacía sentir mejor, menos mandoneado. No tengo manera de explicar mi liberalismo sin ese chico de 9 años que fui.

Miércoles, 10 AM

Entro en el café Havanna que está frente al Teatro General San Martín, sobre Corrientes, y Maslatón está en la primera mesa mirando hacia la calle. En un rato arranca la función de un documental sobre la guerra de Malvinas a la que Maslatón fue invitado, así que me voy al cine con él. Es una función protocolar con veteranos de guerra presentes. Maslatón estuvo dos veces en Malvinas y la guerra es un tema que lo toca especialmente. Apuro el café porque el ritmo Maslatón tiene su vértigo. Ni en esta galaxia ni en las circundantes se va a dejar invitar, así que saca del bolsillo su fajo de billetes atrapados en una gomita y pide la cuenta.

-¿Cuánto hay ahí?

-¿Acá? Unos treinta mil pesos.

Sale de la sala Leopoldo Lugones, una hora y media después, preguntándose con cierto fastidio por las batallas que faltaron narrar, especialmente las victorias argentinas. El hundimiento del destructor Sheffield, “el 4 de mayo”, dice de memoria. Y agrega: “la venganza del Belgrano”. Y el hundimiento del Atlantic Conveyor también. No importa, no hay tiempo. En los 200 metros que hacemos hasta la puerta de la pizzería Guerrín a Maslatón los paran cuatro veces. Un joven que está trabajando en una cuadrilla municipal se saca el casco amarillo para saludarlo a cara descubierta. Otro se baja de la bici y le pide una selfie: manito arriba los dos, procedan. Dos más que también, en plena calle. Todos varones, todos en sus treintis, corte trabajador que anda con la SUBE. Nos sentamos en las primeras mesas porque Maslatón quiere pizza del horno uno, que está adelante. Ya saben: si van a Guerrín, pizza del horno uno, no el dos: el uno. Leva mejor la masa y el maestro pizzero es superior. Pide agua. Pido una jarra de moscato. Se acercan tres más. No terminamos ni la pizza, ni el agua, ni el moscato. Tengo para mí que la comida o no sobra o no se la deja, no se la abandona, pero Masla no llega a Radio Galáctica, en un borde de Palermo, y salimos a toda velocidad. Ni en esta galaxia ni en las circundantes Maslatón se va a pedir un Uber, un Cabify, un auto de aplicación. Levanta la mano y para un taxi. Nos subimos. A la calle Julián Álvarez, por favor.

El tiempo, lo que cotiza el minuto en una vida como esta. Maslatón fue, por ejemplo, un incandescente hincha de Boca. Tuvo su regularidad en la Bombonera. En la época de Quique el Carnicero, finales de los setenta. En la época de José Barrita, principios de los ochenta. Después fue girando hacia el plateísta. Después dejó.

-Insume mucho tiempo ser un hincha de verdad. Para mí, hoy, es imposible.

Lo dice entre la angustia del tiempo que no tiene y el goce de la popularidad que le estalla, adentro de un taxi, bajando por Córdoba. Saca el teléfono. Me lee, sufriente, sus mensajes.

-Mirá lo que es esto, mirá por favor lo que es esto.

Un funcionario de la embajada de Israel en la Argentina le pide una charla. Uno que le pide una guita. Otro que le tiene que mandar una guita. Otro funcionario de otra embajada que le pide otra charla. Laura Di Marco, de LN+, que le quiere hacer una consulta. Uno que le pregunta si está bien comprar acciones de Intel. Otro que le pregunta por el contado con Liqui. Otro que le deja un audio. No sabe ni quién es. Le pido si me lo deja escuchar.

“Carlos, te quería preguntar, si me podés dar tu opinión… el mes pasado vos habías dicho que le veías al conflicto de Rusia y Ucrania tres meses más, más o menos” 

Maslatón adelanta la velocidad a x1.5.

“nosé meda laimpresión que hayalgo adentro derrusia quenostán logrando controlar”

Maslatón pasa a x2.

“Quizálastrategiamilitarestátardandomásdeloquecreían o..”

-¿Quién es?

-No sé, alguien que tiene mi número y que pretende que yo le conteste. ¿A vos te parece?

Llegamos. El taxi sale 490 pesos. Masla paga con uno de 500 y le pide al chofer que por favor, pero PORFAVOR, no le de un billete de 10 pesos que es papel inutilizable. 

Galáctica Radio es una casita con fondo y pasillos que van serpenteando hasta un estudio que se parece a los de FM La Tribu, tempranos noventa. El periodista que lo recibe, Pedro Guberman, nos abre la puerta, nos lleva, me pide gentilmente si me puedo quedar fuera del estudio, que igual se escucha. Por supuesto, corresponde. Maslatón contesta cosas durante casi una hora. Guberman se muestra molesto con la cantidad de empleados estatales. Maslatón lo cruza, hay que decir que inesperadamente.

-Son militantes que llegan a un puesto y así es como se financia la política, que en definitiva es la pregunta de fondo.

Guberman medio que se queda.

-¿Cómo se financia la pólítica? O lo hace el Estado o lo hace el sector privado. Si lo hace el Estado tenemos ñoquis, pero si lo hacen los privados tenemos lobbys. ¿Entonces?

Salimos y Maslatón raja. Tiene un zoom urgente. Nos vemos mañana en el Kavanagh, voy con Diego Levy que va a hacer las fotos. El brazo en alto, un taxi más y su día sigue.

Jueves, 10.45 AM

El chico de 9 años que enganchaba emisoras de la cortina de hierro se volvió un adolescente que pasó de la Sharp Transistor 8 a la Noblex Solid State para seguir escuchando radios de onda corta y, según dice hoy, reafirmarse en una psicología de la disidencia. El adolescente después se hizo joven y entró en la Facultad de Derecho, donde fundó UPAU, el brazo universitario de la UCeDé. Ganó algunos centros de estudiantes, después unas elecciones internas, conoció de qué se trataba hablarle a las multitudes en un acto partidario en el estadio de River, en 1985, y tuvo sus cuatro años como concejal de su partido. Después los mercados y las finanzas se quedaron con él y la política argentina no lo volvió a tener en su paleta protagónica hasta, digamos, hoy. 

La operación restitutiva de un sujeto político como Carlos Maslatón no depende de Carlos Maslatón, sino de la circunstancia cultural, de época, que lo envuelve y lo determina. Arribados a este punto, hay dos aspectos para considerar. Uno: hoy se puede verificar un espectáculo de la política argentina, algo que podríamos nombrar como el entertainment politik. Y tiene que ver menos con la política que con la forma en la que es consumida. Encogido, contraído el show que hasta hace una década podía entregarnos, por ejemplo, el piso ficcionado de Marcelo Tinelli, lo que como contraparte ha desarrollado volumen de presencia social y existencia masiva es un nuevo show, dramáticamente real, que ocurre en la puerta de la casa de CFK, en la ponderación de un Massapalooza, o en el desafuero de Javier Milei gritando que viva la libertad carajo por la ronda de los canales. Maslatón, todo barrani, todo bullish, con su formidable histrión de las redes, tiene lo que este nuevo escenario necesita para corroborarse y crecer. Es el personaje perfecto de una Argentina en trance de show permanente. Y dos: la muerte de Carlos Menem terminó de habilitar el tiempo histórico para revisar los noventa, la posibilidad cierta del peronismo liberal y el capitalismo de masas. Carlos Maslatón le da cuerpo a esa revisión.

Otra vez en el piso 18 del Kavanagh, otra vez en esta oficina, otra vez con Maslatón al lado, que no se siente cómodo con la sesión de fotos.

-¡Mariquita, vení! Te presento acá a Seselovsky, él fue adoptado por una familia judía.

Estoy tratando de explicarle por qué hacen falta tantas tomas y tantas luces cuando entra Mariquita Delvecchio, votante histórica de la UCeDé y, desde hace 29 años, esposa de Carlos Maslatón. Delvecchio es abogada y algo le enciende la mirada con lo que escucha de mí. No han tenido hijos. No han querido. Hasta hace unos años Maslatón declaraba como una política personal esa abstinencia. La pareja sin hijos era dogma. Pero algo, a sus 63 años, lo hizo recular. Serán sus nuevas ganas de ser padre lo que lo pone a matchear parejitas en sus veintes. Capaz. Él ya me contó de sus ganas, pero ahora están los dos, así que se los pregunto a ambos:

-¿De verdad le están haciendo lugar a la posibilidad de adoptar un hijo? 

Se miran. Me miran. Contesta ella:

-Sí, de verdad.

AA