De la masa madre al saturómetro: en la segunda ola, la rutina pandémica incluye el cuidado de los contagiados cercanos

Los oxímetros estuvieron entre los productos más buscados durante el Hot Sale.

Son las 8 de la mañana de un día de fines de mayo y en un grupo de WhatsApp que comparten diez amigas porteñas una rompe el hielo así: “Cami, ¿cómo pasaste la noche? ¿cómo está Diego?, Vero, ¿hoy le sacan la bigotera a tu papá? ¿tu mamá sigue saturando bien?, Sole, ¿qué se sabe del alta de tu mamá?, ¿tu hermano sigue aislado?, ¿tu papá tuvo síntomas?”. Además de todo eso, hay emojis de corazones, de caritas que sonríen y el musculito que sirve para mandar fuerzas.

A su turno, las otras amigas suman dibujitos y saludos de buen día y palabras de ánimo para Cami, Vero y Sole, y ellas tres empiezan a responder preguntas, agradecer el cariño, y avisar que vuelven a la cama por el extremo cansancio o que esa tarde, si por favor alguna puede, podrían necesitar algo de la verdulería o de la farmacia.

“Este saturómetro ya giró por todo Núñez, Colegiales y Belgrano”, cuenta Eugenia, una de las diez amigas del grupo. “Lo compramos cuando se contagió mi abuela, en junio del año pasado. Mi mamá había escuchado sobre las neumonías silenciosas, que no dan síntoma hasta que se ponen difíciles, y quería tener a mi abuela monitoreada. Me acuerdo que algunas compañeras de trabajo me dijeron que era una exageración y ahora el aparatito está de gira: ya lo usaron mis hermanos, se lo pasé a una amiga que a la vez se lo pasó a los padres, lo usamos también para la mamá de otra amiga. Va y viene en Rappi o Pedidos ya”, describe, y se ríe: “Sale más que yo”.

La segunda ola, cargada de números lamentablemente inéditos, acercó -todavía más- a los contactos estrechos. Todo el tiempo hay alguien en el entorno que está contagiado, o que está preventivamente aislado, o que espera el resultado de un hisopado. En casos más complicados, hay cerca alguien que debe ser internado -en un contexto en el que conseguir una cama puede resultar muy difícil- e incluso asistido con atención médica de alta complejidad. En los peores casos, alguien cercano muere.

Se ve más preocupación y más angustia, todo sobre la base de un cansancio enorme. No estábamos preparados para una pandemia tan larga

Santiago Levin Presidente Asociación de Psiquiatras Argentinos

El tiempo que durante los primeros meses de aislamiento se llevaban el pan casero, el yoga en casa, la masa madre, el orden de los placares, la huerta apta balcón y las videollamadas con amigos -que inventaron un género, el Zoompleaños- se agotó. El cansancio causado por los catorce meses que lleva la pandemia en la Argentina y la cercanía con casos positivos de Covid-19 cambiaron el foco de atención: casi todo el tiempo alguien cercano precisa contención, ayuda, tiempo, información o distracción. Hasta que, eventualmente, seamos nosotros quienes necesitemos eso de los que tenemos cerca.

“Nos aparecen palabras en el repertorio que el año pasado no estaban en nuestro menú cotidiano. Saturación tal vez sea la más clara. Hace un año no teníamos idea de que si baja de 95 debíamos estar atentos, y ahora es un conocimiento más o menos generalizado. Hablamos de contactos estrechos, de PCRs, de camas de UTI que están ocupadas”, describe Santiago Levin, médico psiquiatra y presidente de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA).

“Es agotador. Se ve más preocupación y más angustia, todo sobre la base de un cansancio enorme. No estábamos preparados para una pandemia tan larga y ya vivimos bajo la idea de que no se trata de aguantar un poco más y después esto se pasa, sino que es un esfuerzo adaptativo que no se termina nunca”, explica Levin, y agrega: “Al principio, esas dos primeras semanas o mes que pasamos en casa, fueron como un juego. Hacíamos gimnasia, buscábamos tips para dormir mejor, nos dedicábamos a la masa madre. Después todo esto se nos transformó en una nueva realidad fantasmagórica, y en esa realidad, con el aumento de casos, estamos todo el tiempo revisando cómo estamos y cómo están los que tenemos cerca”.

“Es agotador. Se ve más preocupación y más angustia, todo sobre la base de un cansancio enorme. No estábamos preparados para una pandemia tan larga y con la idea de un esfuerzo adaptativo que no se termina nunca

Santiago Levin médico psiquiatra y presidente de la Asociación de psiquiatras argentinos

“En marzo del año pasado no sabíamos nada. Mirábamos horrorizados lo que pasaba en Europa y un día el Presidente nos dijo ‘todo el mundo a casa, nos tenemos que guardar, vamos a hacer lo posible por poner el sistema sanitario al día’, y con eso y nosotros guardados fue suficiente para sentirnos protegidos. Con esa sensación, la de protección, fue posible desarrollar otras inquietudes: marzo y abril fueron con una idea casi de vacaciones. Extrañas, porque no podías salir de casa ni encontrarte con familia o amigos, pero exploratorias. Era novedoso organizar el delivery de la comida casera que habíamos hecho para regalar, o conversar con amigos y familia por Zoom, o hacer algún curso en casa”, describe Pedro Horvat, médico psiquiatra y psicoanalista.

“Hoy estamos en la situación opuesta a marzo del año pasado. Sabemos mucho más sobre la transmisión y la peligrosidad del virus, sobre las vacunas, sobre los límites del sistema sanitario, y hay un cambio muy importante en la relación con el Gobierno, desde lo emocional: ya nadie se siente protegido por las acciones del gobierno. Eso produce inestabilidad, angustia, y sensación de peligro de muerte, porque tenemos el virus mucho más cerca: durante mucho tiempo los casos diarios fueron números que, para la gran mayoría de la población, eran desconocidos. Ahora tuvimos un primo, una tía o una amiga que se enfermó, o incluso nosotros mismos. Ya no debe haber nadie en la Argentina que no tenga como mínimo varios conocidos que se enfermaron y algún conocido que murió por coronavirus”, suma Horvat.

Estar atentos al estado de salud de varias personas que queremos nos tiene con la guardia alta, quemados, agotados. Esto genera mucho desgaste, como si cierta angustia fuera la canción de fondo de lo que estamos viviendo

Gabriela Goldstein Presidenta Asociación Psicoanalítica Argentina

Fernando tiene 33 años, es abogado y trabaja desde el dos ambientes en el que convive con su novia y un gato. “Al principio de la cuarentena me puse a cocinar casero: para el 1° de mayo del año pasado les mandé locro a mis tres hermanos, a mis viejos y a mis suegros. Estaba en esa y en meditar con mi novia todas las mañanas. Ahora, imposible. Los dos usamos la mañana para ver que los cercanos estén bien: siempre alguien está contagiado. Tuvieron dos de mis tres hermanos, mi suegra, una cuñada, y del equipo de fútbol en el que juego ya tuvieron coronavirus ocho. Andamos como los médicos, ‘¿tenés fiebre? ¿te cuesta respirar?’. Mi novia organizó un Zoom familiar para convencer entre todos a mi suegra de que se midiera el oxígeno pero sólo una vez por día, porque ella iba de la negación total a la obsesión. Es cansador estar así”, cuenta.

“La vulnerabilidad al sentir el virus cerca multiplica los puntos frágiles de cada uno: la ansiedad, el insomnio, la depresión. En estar cerca del que se siente mal y necesita una compra o que le mandes el oxímetro o charlar un rato por teléfono aparecen dos cosas: una amorosa, que tiene que ver con la solidaridad y el cuidado de ese otro, y otra angustiante, que tiene que ver con la fragilidad y con la presencia de la muerte, sobre todo cuando el que se enferma es alguien mayor: la pandemia instaló la muerte como una posibilidad real cotidiana y nos puso en un estado de alerta que antes no existía. Cuando es entre amigos, surge muy fuerte el impulso de ayuda y de cuidado, y también el impacto de ver que un par se enferma”, explica Horvat.

Aparecen dos cosas: una amorosa, que tiene que ver con la solidaridad y el cuidado de ese otro, y otra angustiante, que tiene que ver con la fragilidad y con la presencia de la muerte. La pandemia instaló la muerte como una posibilidad real cotidiana

Pedro Horvat Médico psiquiatra y psicoanalista.

“En el primer momento, de pura incertidumbre, el panorama era distópico pero a la vez parecía lejano, ahora las balas pican cerca. Estar atentos al estado de salud de varias personas que queremos nos tiene con la guardia alta, quemados, agotados. Esto genera mucho desgaste, como si cierta angustia fuera la canción de fondo de lo que estamos viviendo”, describe Gabriela Goldstein, psicoanalista y presidenta de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

Estar atentos al estado de salud de varias personas que queremos nos tiene con la guardia alta, quemados, agotados. Esto genera mucho desgaste, como si cierta angustia fuera la canción de fondo de lo que estamos viviendo

Gabriela Goldstein Psicoanalista y presidenta de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA)

“La vacuna es un horizonte que nos ayuda a pensar en perspectivas mejores que las actuales. Lo que nos toca en este período es el durante hasta que se produzca una proporción de inmunidad importante. Es importante, en el contexto en el que nos toca cuidar a otros, preservarnos un poco de la angustia: de esa manera se está en mejores condiciones de cuidar. A la vez, ocuparse del otro a través de la acción puede funcionar como catarsis de toda la ansiedad y angustia que produce verlo enfermo: eso alivia y va creando un vínculo más fuerte”, suma Goldstein.

“En un contexto en el que no podés planificar porque todo es incierto es fundamental construir una rutina que incluya algo que vos quieras hacer, que te guste, que eso esté medianamente pautado y jerarquizado como otras cosas del día. Es una tabla de salvación para surfear la ola, una prevención a mediano y largo plazo, algo así como una vacuna mental”, sostiene Mercedes Méndez, psicóloga y coordinadora de Mindfulness de Ineco. Según explica, “todo organismo sirve para estresarse y también para calmarse, esos dos sistemas están y es un momento para despertar ese sistema de autocalma, porque cuanto más en paz nos encuentre este contexto, sobre todo cuando hay que ayudar y cuidar a amigos o familiares que están enfermos, mejor podremos sobrellevarlo”.

"A la noche alguna de las chicas siempre pregunta a ver cómo siguen todos los casos cercanos. Es como un último mimo a la que esté enferma o con algún familiar contagiado en ese momento. No lo planeamos pero fue saliendo así y ya se nos hizo costumbre. Nos cuidamos entre todas hasta que esto se termine. No nos queda otra", se lamenta Eugenia.

JR

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