Entrenan abejas para producir más alimentos pero el Gobierno dejó de financiarlos
Una tarde entre abejas hace 25 años, un joven Walter Farina estaba a punto de descubrir el inicio de lo que años más tarde se convertiría en la “gran emoción biológica” de su vida. En un extremo del laboratorio había una colmena, y en el otro un alimentador artificial con un olor diluido y tres abejas que iban y venían. En el medio, Walter, el biólogo de la UBA, observaba el movimiento de los diminutos e imprescindibles insectos.
Las tres abejas iban a la colmena y volvían con nuevas reclutadas. Antes de que llegaran al alimentador, Walter las atrapaba y las anestesiaba en un tubo donde solo podían mover las partes bucales. Les ofrecía olores, y si la abeja extendía la proboscide (la trompita), era porque le evocaba que el alimento estaba por venir. Ese fue el puntapié inicial para demostrar que las abejas desarrollan una memoria olfativa dentro de la colmena, sin haber tocado nunca la flor, solo por haber recibido una gota de néctar de la boca de otra abeja.
El descubrimiento, publicado en 2005 en Proceedings of the Royal Society B, permitió diseñar una tecnología pionera en el mundo: la “polinización dirigida”. Alimentan colmenas con jarabe azucarado perfumado con el aroma sintético de un cultivo para que, por trofalaxis (intercambio boca a boca), toda la colonia asocie ese olor con comida antes de salir a volar, sin que la mayoría de las abejas haya pisado jamás esa flor.
La técnica, publicada en Current Biology en 2020 y patentada por CONICET/UBA, se transformó en una empresa –Beeflow– que hoy opera en seis países con arándanos, almendras, cerezas y kiwi, y aumenta los rendimientos entre 20% y 90% según el cultivo. La investigación que la hizo posible dejó de ser financiada por el Estado hace dos años y medio y subsiste en su mínima expresión, gracias a los fondos del convenio con Beeflow, licenciataria exclusiva del invento.
Primer gran hallazgo
El joven Walter Farina no sabía que estaba por desarrollar una tecnología inédita. Un trabajo posterior, publicado en 2007 con colmenas de observación de paredes de acrílico, certificó que el aprendizaje se produce a través de esa interacción boca a boca. “Todavía no me imaginaba que esa información pudiera propagarse entre miles de abejas”, dice Walter.
Ampliaron los ensayos al resto de la colmena. Pero la emoción biológica más grande llegó con los primeros mapas de rendimiento en cultivos de girasol. Habían entrenado decenas de colmenas en distintos lotes y podían comparar los grupos control, tratados con un olor que no tenía nada que ver –el de jazmín–, con los tratados con el formulado sintético.
Las diferencias eran tan significativas que Walter pudo verlas en el campo, incluso antes de procesar los datos. “Para mí, esa fue quizá la emoción biológica o científica más grande que sentí por algo de lo que había hecho”, dice. Esa noche de verano de 2011 el equipo brindó. Sabían que habían encontrado algo importante, pero la publicación del trabajo les llevó 10 años.
“Por eso no se pueden detener las investigaciones, porque llevan mucho tiempo”, dice Walter. “Nos mantenemos por los fondos del convenio con la empresa. Si no fuera por eso, se hubiese detenido, porque hoy el Estado desfinancia a todos los equipos”, lamenta el científico.
Décadas para construir
El miércoles 29 de julio, investigadores y becarios del CONICET se concentraron frente al Polo Científico Tecnológico, en Palermo. Reclamaron la prórroga de las becas de cerca de 400 posdoctorales que vencían el 31 de julio. Son profesionales con unos ocho años de formación, y la partida que piden –de entre $2.000 y $3.000 millones– depende de la Jefatura de Gabinete.
Desde el CONICET respondieron que “legalmente no es posible crear o prorrogar becas sin la correspondiente partida presupuestaria” y que extenderlas implicaría “una erogación de cientos de miles de millones de pesos que el organismo no tiene”. Fuentes oficiales citadas por la agencia Noticias Argentinas agregaron que el conflicto no alcanza el nivel de impacto público que tuvieron otras protestas recientes, como las del Hospital Garrahan.
El caso se inscribe en una caída sin precedentes. Entre 2023 y 2026, el presupuesto de la función Ciencia y Técnica cayó un 50,2% en términos reales. La Ley de Financiamiento de la Ciencia, sancionada en 2021 y hoy suspendida, fijaba un piso del 0,52%. La Agencia I+D+i, principal financiadora de proyectos, perdió cerca del 80% de su presupuesto, y los salarios del CONICET acumulan una caída real del 40,5%. “Construir ese sistema lleva décadas”, dice Walter a elDiarioAR. “Destruirlo puede hacerse muy rápido”.
A principios de julio, la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales denunció en una carta abierta el “vaciamiento” del sistema y advirtió que el freno a los ingresos deja “a doctores altamente calificados sin empleo, forzando una grave fuga de cerebros”. “Muchos estudiantes dejaron de pensar en hacer un doctorado en la Argentina”, dice Walter. En su laboratorio, las líneas sin aplicación comercial inmediata quedaron reducidas a su mínima expresión. Una de ellas estudia cómo se adquiere la información química durante la fase larval, cuando las abejas todavía no salieron de la colmena. “Ahora seguimos estudiándolos, pero haciendo cuentas contables permanentemente”.
Las abejas que no pueden relacionarse
Antes de que llegara el ajuste, el equipo hizo otro descubrimiento: los agroquímicos dañan la memoria social de las abejas. No las matan, pero las vuelven lentas y les alteran la vida en común, lo que retrasa el crecimiento poblacional.
Encontraron alteraciones muy importantes en genes vinculados con la cohesión social. Eso los llevó a pensar que la intensificación agrícola no solo modifica el comportamiento individual, sino también el funcionamiento colectivo de la colonia. “Después de la exposición a ciertos agroquímicos las abejas tienen más dificultades para relacionarse socialmente”, dice Walter.
El trabajo tuvo repercusión mundial. Desde entonces conviven con esa doble mirada: un organismo capaz de aumentar la producción de alimentos y, a la vez, un animal que vive en ambientes cada vez más degradados. “Por eso creemos que deben permanecer el tiempo mínimo indispensable en los cultivos y luego volver, mediante la transhumancia, a ambientes más naturales donde puedan recuperarse”, afirma Walter.
Lo que sigue
El laboratorio tiene hoy preguntas abiertas: cómo la intensificación agrícola altera el sistema nervioso de las abejas, y qué ocurre en el cerebro de una abeja cuando interpreta la danza de otra y ese dato se convierte en una decisión de vuelo. La misma pregunta que Walter miraba hace veinticinco años en aquel campo, con tres abejas que iban y venían. Avanzan al ritmo que permite el presupuesto.
Alrededor de un tercio de la producción agrícola mundial depende de la polinización, y las abejas melíferas representan cerca del 95% de los polinizadores que se usan en la agricultura. Pero Walter insiste en que la cuenta no termina ahí. “Cada vez encontramos menos polinizadores silvestres, y eso significa menos diversidad y sistemas más inestables”, dice. “Protegerlas no es solamente cuidar un insecto: es proteger buena parte de los sistemas que sostienen nuestra alimentación”.
LN/MG
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