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La granja del millón de pulpos: el dilema ético de criar en cautividad un animal “curioso y sofisticado”

Pulpo en el fondo marino.

Ángeles Rodenas

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A los pulpos les molesta la luz intensa. En algunos laboratorios han llegado a disparar chorros de agua contra las lámparas hasta provocar un cortocircuito eléctrico. Es uno de los comportamientos más llamativos descubierto hasta la fecha, pero no el único. También se los vio robar cámaras de vídeo a los científicos que los observan en sus hábitats naturales o interactuar con pequeños frascos flotando en su tanque, empujándolos con los brazos y lanzándoles agua para moverlos contra la corriente, como si estuvieran jugando.

El simple hecho de jugar, para muchos investigadores, requiere tener consciencia. Pero antes de poder concluir con rigor científico que los pulpos tienen algún tipo de experiencia de sí mismos, de vida interior, es necesario seguir investigando. En lo que sí está de acuerdo la comunidad científica es que estos animales, junto con otros cefalópodos como las sepias y los calamares, poseen una complejidad mental que no existe en ningún otro invertebrado, basada en un sistema nervioso no centralizado en el cerebro sino coordinado con los ocho brazos que son capaces de tocar, oler y saborear con cierta autonomía.

Al mismo tiempo, el consumo global de pulpo se ha disparado desde los años 80. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en 2020 los grandes importadores eran la República de Corea (72.294 toneladas), España (49.970 toneladas) y Japón (44.873 toneladas). La captura mundial de pulpo se situó en 2021 en 375.000 toneladas, más de diez veces la cantidad que se producía en 1950, pero en declive en los últimos años debido a la sobreexplotación de las poblaciones mundiales, el calentamiento y la acidificación del agua.

La carrera para criar pulpos en cautividad

El aumento de la demanda y la disminución de los recursos ha hecho que se intensifique el esfuerzo para lograr la cría en cautividad de estos animales, con la ventaja añadida para la industria de su rápido engorde y capacidad de adaptación al entorno. Es una carrera mundial que lidera España.

El Instituto Español de Oceanografía (IEO) consiguió en 2018 establecer un protocolo para mejorar el cultivo larvario, la fase vital más delicada en el pulpo común, cuya patente compró la empresa Nueva Pescanova para seguir desarrollando la primera macrogranja intensiva de pulpos del mundo. Pendiente de las licencias del gobierno autonómico para iniciar la construcción de la planta en Gran Canaria, la empresa presenta el proyecto como la alternativa para cubrir parte de la demanda sin agotar las poblaciones salvajes de cefalópodos. Un razonamiento que no aceptan muchos biólogos y conservacionistas.

“Lo primero que deberíamos preguntarnos es quién come pulpo, cuánto necesita comer y qué importancia tiene culturalmente. No es sorprendente que esto surja en España, uno de los mayores consumidores de pulpo. Pero no es un problema de seguridad alimentaria, sino una cuestión de lujo”, afirma Jennifer Jacquet, profesora de Ciencias Ambientales y Política de la Universidad de Miami, que firmó junto a otros 100 científicos una carta dirigida a las autoridades canarias para que no otorguen las licencias. El pulpo es un plato gastronómico de fuerte arraigo cultural en algunas de nuestras regiones, pero su oferta se ha extendido por todo el territorio nacional y ya hay aerolíneas internacionales que presentan esta opción en el menú del avión.

Lo primero que deberíamos preguntarnos es quién come pulpo, cuánto necesita comer y qué importancia tiene culturalmente. No es un problema de seguridad alimentaria, sino una cuestión de lujo

Jennifer Jacquet Profesora de Ciencias Ambientales y Política de la Universidad de Miami

“Muchas industrias utilizan el mismo argumento de ser la alternativa para poder cubrir la demanda pero cuando empiezas a escarbar te das cuenta de que en realidad son estas empresas las que están creando la demanda”, continúa Jacquet por videollamada. Asegura que pasó lo mismo con la acuicultura de salmón. Noruega creó una demanda mundial que llevó a la caída de su precio y por consiguiente al aumento del número de ejemplares que los pescadores en Alaska tenían que pescar para sobrevivir.

Un millón de pulpos producidos al año

Para la española Elena Lara, responsable de Investigación de la organización dedicada a la defensa del bienestar animal Compassion for World Farming, la megaproducción en cautividad de animales carnívoros como el pulpo no tiene ningún sentido. De las aproximadamente 300 especies de pulpos que existen, en Gran Canaria se comercializaría la especie local, el pulpo común (Octopus vulgaris). Su objetivo de producción anual es de 3.000 toneladas de carne, lo que Lara traduce en un millón de pulpos o una densidad de población de entre 10 y 15 pulpos por cada tanque suministrado con un sistema de recirculación de agua de mar en un edificio del puerto de Las Palmas.

Según los ecologistas, un animal solitario y territorial por naturaleza pasaría a compartir espacio con muchos individuos, creando situaciones de estrés, agresión y canibalismo. “Si vas a criar una especie en esas condiciones habría que evaluar qué tipo de especie ponemos, no simplemente guiarnos por el interés económico”, afirma Lara a Ballena Blanca.

Sin embargo, la multinacional, que ya trabaja con la quinta generación de pulpos criados en cautividad, dice estar descubriendo comportamientos diferentes al del animal en estado salvaje, conductas que achaca al “hecho de que nazcan en condiciones de vida y bienestar óptimas”. En declaraciones por escrito tras declinar una entrevista telefónica, Nueva Pescanova asegura que no se dan episodios de rivalidad y que incluso “lo normal es verlos descansar juntos” en los tanques.

La domesticación de animales salvajes es un aspecto particularmente sangrante para la académica norteamericana Jennifer Jacquet. “En plena crisis de biodiversidad, cuando tenemos que afrontar qué vamos a hacer para proteger a los animales salvajes frente a cambios catastróficos, ellos presumen de estar haciendo que los pulpos sean más dóciles. Para mí, es devastador”, confiesa.

Menciona con admiración el documental Lo que el pulpo me enseñó de Netflix, una cinta ganadora de un Oscar que cuenta la insólita relación de amistad que entabla el cinematógrafo Craig Foster con un pulpo al que visita todos los días durante un año en el bosque de algas marinas frente a su casa en la costa sudafricana.

Jacquet piensa que gracias a este trabajo “ahora sabemos mucho más” sobre la naturaleza curiosa y sofisticada de estos animales sintientes que cambian el color de su piel en fracciones de segundo, pueden cazar respondiendo a señales cooperativas de peces y distinguen a unos seres humanos de otros. Jacquet cree que así es cómo empezamos a verlos como animales, no como productos, a cuestionar las condiciones de cultivo y sacrificio que el mercado se esfuerza en esconder y a rechazar esta forma de acuicultura industrial antes de que empiece a funcionar. “Con las granjas de cerdos, tan inteligentes como los pulpos, nos hemos atado a una infraestructura que ahora tenemos que afrontar. Pero con los pulpos no se ha creado esta industria. Seguro que los gobiernos encuentran otras formas más sostenibles en las que invertir”, opina Jacquet.

El impacto en los océanos

La oposición a las granjas industriales no solo está motivada por cuestiones éticas, también ambientales. “Sabemos que tienen un impacto negativo para los océanos –explica Lara–, porque necesitamos pescar peces no para el consumo humano sino para alimentar a unas determinadas especies que los países desarrollados queremos consumir. Normalmente se trata de boquerones y otros peces pequeños que vienen del sur global, principalmente de las costas africanas o de Sudamérica”. Un problema que ya se da en la acuicultura de otras especies como la dorada, la lubina o el atún.

Sabemos que tienen un impacto negativo para los océanos porque necesitamos pescar peces no para el consumo humano, sino para alimentar a unas determinadas especies que los países desarrollados queremos consumir

Elena Lara Responsable de Investigación de Compassion for World Farming

Preguntada por el tipo de alimentación que recibirán los pulpos, Nueva Pescanova se limita a decir que “seguirá criterios de máxima sostenibilidad” y que los piensos estarán basados en “subproductos y descartes de la pesca, así como materias primas de origen marino certificadas como sostenibles” , además de estar investigando la sustitución de recursos animales por microalgas, cuyo componente proteico puede llegar en el mejor de los casos al “70% de su composición bioquímica”, asegura la empresa.

Esta falta de detalles desencadena un mar de dudas. “¿De dónde vienen esos descartes y qué son esas materias primas?”, se pregunta Lara; “si los subproductos proceden de la pesca de arrastre –que destruye ecosistemas vitales del fondo marino– no solucionan nada”.

Los pulpos comen a diario el equivalente a dos o tres veces su peso, por lo que Lara desconfía de que una dieta basada en microalgas pueda llegar a ser una opción viable. “Hoy en día la industria no puede hacer una sustitución al 100% porque el aporte calórico y nutritivo de estas alternativas no es suficiente para mantener la producción y la salud de estos animales al nivel que quieren”. De hecho, más del 20% del pescado mundial capturado se destina a la elaboración de piensos animales en forma de harina y aceite de pescado.

La alimentación no es el único factor que preocupa a la bióloga y autora del informe Cría de pulpos: una receta para el desastre (2021). La infraestructura de la empresa española, unos 1.000 tanques distribuidos en un edificio de dos plantas, “es un sistema en tierra muy controlado, pero si entra un parásito puedes tener episodios de mortalidad muy elevados (…). Aunque filtren el agua, al final todo acaba en el mar, los desechos, si utilizan antibióticos…”, comenta Lara.

La bióloga menciona un inquietante informe reciente de Aquatic Life Institute donde se destaca que se han encontrado microorganismos en pulpos que también afectan a los humanos, como el temido Anisakis y la bacteria Vibrio parahaemolyticus. Nueva Pescanova asegura priorizar la bioseguridad, de ello depende el éxito de su negocio, pero como concluye Lara: “Nunca antes hemos tenido pulpos en cautividad en esas condiciones intensivas y no sabemos qué enfermedades pueden darse”.

20 años de estudios sobre el cultivo del pulpo

En la península del Yucatán, México, el profesor Carlos Rosas lleva 20 años estudiando el cultivo del pulpo maya con el objetivo de “evaluar los efectos del calentamiento global sobre estas poblaciones”. Para cuidar de ellos reclutó la ayuda de mujeres de la comunidad que obtienen ingresos de la venta de los ejemplares adultos y hoy funciona como proyecto asociado a la investigación de Rosas. Además ha empezado a trabajar con pescadores ribereños para reutilizar los desechos de sus capturas y alimentar a los pulpos.

En videollamada desde su departamento en la Universidad Nacional Autónoma de México, defiende que la clave está en “aprovechar las bondades de la adaptación de estos organismos para la producción de un alimento para humanos en condiciones apropiadas”. Concede que Nueva Pescanova “debería ser más transparente en su información”, pero no critica la apertura de la macrogranja. “Habría que ver si se cumplen las condiciones de bienestar”, se limita a decir. Reconoce que hay que seguir mejorando la nutrición y las condiciones de cultivo pero discrepa de la capacidad cognitiva o percepción del dolor que preocupa a los defensores del bienestar animal, que según él proyectan “sus sentimientos de ser humano en un animal invertebrado” .

La clave es aprovechar las bondades de la adaptación de estos organismos para la producción de un alimento para humanos en condiciones apropiadas

Carlos Rosas Experto en cultivo del pulpo de la Universidad Nacional Autónoma de México

México no es un gran consumidor de pulpo, el 70% de su producción se destina al mercado europeo, pero muchas familias en la región dependen del pulpo. En España, más del 80% del pulpo consumido procede de Marruecos y Mauritania principalmente y no existe todavía una infraestructura en torno a la acuicultura del pulpo. La solución, dice Jacquet, es crear puestos de trabajo que contribuyan a la seguridad alimentaria de forma sostenible como el cultivo celular de mariscos y pescados. Lara aboga por una acuicultura basada en algas y herbívoros y en empezar a pensar “que no podemos comer todos los días lo que queremos, sino que tenemos que ser más conscientes. Y los gobiernos deberían hacer una gestión sostenible de las poblaciones de pulpos para no permitir esa sobreexplotación ni que tengamos necesidad de ponerlos en granjas. Es decir, una mejor gestión de los recursos y amoldarnos a esos recursos”. Al fin y al cabo, en el agua está el origen de la vida y conservar la nuestra depende de cómo cuidemos de ella. 

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