Crónica Medio ambiente

Andalgalá: crónica de una lucha que camina desde hace 11 años

La Asamblea El Algarrobo lleva adelante la resistencia contra la megaminería y en defensa del agua.

De pie afuera de la comisaría, La Rosita gritó a todo pulmón una frase que quedaría en la historia de la lucha: “Esos sinvergüenzas que están detrás de los escritorios tomando café, decidiendo qué es lo que necesitamos para Andalgalá, ¿por qué nos tienen que poner en estos tipos de situaciones? ¿Por qué tenemos que venir sábado a sábado hace once años caminando para que nunca se nos escuche? ¡Hasta el cura hacía lobby para la minera! ¿Por qué razón tenemos que vivir así? Pero no estamos cansados... Si ustedes creen que cuando nos han hecho cagar en el 2010 y han metido presos a los compañeros nosotros vamos a aflojar, están errados. O es la minera o somos nosotros. No tenemos otra salida”.

Era abril de 2021 y 12 de sus compañeros y compañeras estaban en la comisaría, bajo detención por manifestarse contra la minera canadiense Yamana Gold que está instalada en el territorio. 

Rosa Farías tiene 58 años, mide como máximo un metro y medio, es corpulenta, piel morena y pelo castaño enrulado por encima de los hombros. Paradojas de la vida, esta docente jubilada que lucha desde el ‘98 tiene artrosis. Casi no puede caminar y desde hace un tiempo que los sábados se queda en casa. 

Las rodillas de la Rosita están más rígidas e hinchadas que antes y sabe que no va a poder andar a la par del resto. Pero son las 5 de la tarde del 7 de agosto y está sentada en un banco de la Plaza 9 de Julio frente a la iglesia rosa San Francisco de Asís. Está por largarse la Caminata por la Vida N°600 que organizan en Andalgalá, una ciudad de la provincia de Catamarca, en el noroeste argentino. 

La Asamblea El Algarrobo lleva adelante la resistencia contra la megaminería en el territorio y la defensa del agua. Desde hace 600 sábados que caminan todas las semanas para pedir el cese de actividades en el cerro Aconquija. 

Pienso que cada instante sobrevivido al caminar

Y cada segundo de incertidumbre

Cada momento de no saber

Son la clave exacta de este tejido

Que ando cargando bajo la piel

Así te protejo, aquí sigues dentro

Mientras suena “Hasta la raíz” de Natalia Lafourcade y la música carnavalesca que están tocando, un puñado de niños y niñas corretean y escriben en hojas de colores: “agüita pa’ la vida”, “no exploten el cerro”. Muchas sonrisas pueden distinguirse incluso a pesar de los barbijos: es un reclamo pero parece una celebración. “Agarren un cartel, están para eso”, dice alguien con el micrófono y señala las pancartas exhibidas en el piso: “el agua vale más que el oro”, “megaminería sin licencia social”, “gobiernos genocidas”. 

“El número 600 es una alegría porque significa que nuestro pueblo sigue latiendo, pero también es una tristeza porque son años de no ser escuchados. Esto ya no es una democracia participativa”, explica Rosa con una tranquilidad sorprendente. 

La nieve que maquilla mis montañas

La Ley Nacional de Glaciares prohíbe “la liberación, dispersión o disposición de sustancias o elementos contaminantes” en superficies de glaciares o ambientes periglaciares, un área que tiene suelos congelados y que actúa como reguladora del agua. Según el Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA) hay capas de hielo a sólo 700 metros del asentamiento minero en Andalgalá que, de por sí, se ubica en zona periglaciar. En marzo, el Ministerio de Ambiente confirmó la información a partir de una auditoría.  

Un mes después, máquinas excavadoras subieron al cerro Aconquija.  

Lo hicieron el 7 de abril, por un departamento vecino, casi a escondidas. MARA (Mina Agua Rica-Alumbrera) integra dos minas anteriores y sus respectivas infraestructuras. El consorcio, junto con Glencore y Newmont Goldcorp, está en etapa de exploración avanzada: estiman lograr una producción anual de 533 millones de libras de cobre, 107.000 onzas de oro y "contribuciones” de molibdeno y plata en los primeros 10 años. La mina tendría una vida útil de 28 años.

Que haya máquinas en la montaña es algo que a las personas de la lucha les duele en el alma. Con la noticia, la convocatoria masiva y pacífica de la caminata N°583 del 10 de abril concluyó con un sospechoso incendio en un galpón que había sido de la empresa. El lugar terminó destruido casi por completo. En busca de culpables, 12 asambleístas fueron detenidos.

El yacimiento ocupa justo el centro del cauce del Río Minas, que junto a los ríos Blanco y Candado conforma la cuenca hídrica del Río Andalgalá, aprovechado para riego, energía y consumo humano de esa ciudad y sus aledañas. El agua surge del deshielo de la capa glaciar y ambiente periglaciar que recubre el cordón montañoso. 

La minería a cielo abierto implicaría que las explosiones desprendan gases de efecto invernadero y polvo. El polvo del mineral que se podría desparramar son sulfuros. “Si eso se mezcla con el agua de lluvia, libera una corriente de ácido sulfúrico, que es muy reactivo y ataca las rocas”, explica el geólogo andalgalense Aldo Banchig, de la Universidad de San Juan.

“En una de las áreas de explotación del cerro ha quedado sulfuro y cuando se mezcla con aguas superficiales empieza a correr un arroyito turquesa que es sulfato de cobre”, informa Banchig. También advierte que, por ahora, el río está “bastante bien” en términos de potabilidad.

Una de las conquistas que logró la Asamblea fue un fallo judicial de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. En 2016 determinó que la actividad de la minera Agua Rica representaba un daño para el ambiente y la sociedad, advirtiendo por posibles avalanchas, derrumbes, contaminación del agua y repercusiones en la salud, en relación a la Ley General del Ambiente. 

En base a lo planteado por el tribunal, el Municipio de Andalgalá aprobó ese mismo año por unanimidad la ordenanza 029/2016 que prohibía la actividad minera. La norma fue derribada en diciembre del 2020 por la Corte Suprema provincial, que la declaró inconstitucional. La justificación fue que la provincia no tiene una ley ambiental que impida la operación, por lo tanto no se estaba violando ningún derecho y así fue como el último abril las máquinas subieron al cerro. 

En un contexto en que el Acuerdo de Escazú, ratificado por Argentina, está vigente desde el 22 de abril, surge la pregunta sobre cuál es el grado de responsabilidad del Estado cuando las personas defienden el territorio. El tratado de América Latina y el Caribe tiene como objetivo garantizar el acceso a la información, la justicia y la participación ciudadana en cuestiones ambientales, así como los derechos humanos de quienes defienden el territorio en la región, la más peligrosa para los y las defensoras ambientales, según Global Witness. 

“Si el Estado no hace nada o es insuficiente, está incumpliendo el Acuerdo. Se puede apelar a la instancia internacional para que, por ejemplo, los fallos judiciales se cumplan”, indica Andrés Nápoli, director de FARN y participante de las negociaciones del tratado. 

Aquí se respira lucha

“Este lugar es de todos”, dijo José Martiarene cuando abrió la tranquera de la sede de El Algarrobo, donde está la radio comunitaria que fundaron en el pueblito de Chaquiago. La puerta con la foto de Santiago Maldonado da paso a un estudio chiquito con hermosos murales de las poblaciones originarias, una mesa de plástico y un par de micrófonos. Desde ahí, la Asamblea denuncia el sistema extractivista que rige en el planeta, que profundiza cada vez más las desigualdades a nivel global; la famosa asimetría Norte-Sur.

Con una vista panorámica del cordón montañoso, el humilde terreno de tierra y arena tiene banderas de la lucha por todos lados. Algunas funcionan como paredes estratégicas porque dicen que un vecino los espía para pasar información a las autoridades. No es casual porque la sede está en el camino que toman los camiones de MARA para subir al cerro y a veces la Asamblea decide cortarlo. Allí los reprimieron el 15 de febrero de 2010.

“La Voz del Algarrobo” es el programa estrella y lo conduce Rosita Farías los sábados de 11 a 13, aunque el último tiempo “se tomó unas merecidas vacaciones”, dijo José. El motivo es el mismo por el que no va a las caminatas. Pero durante más de seis años su garganta fue un puente entre la Asamblea y el resto del pueblo; el botón que da aire a la frecuencia, una forma de resistencia: “El nevado del Aconquija no se toca”, dice la pared de afuera.

“Aprendizaje” es lo que define los años de lucha de la Rosa, según ella. Es muy cuidadosa con la información, por más que no sepa si hay personas escuchando del otro lado. 

Hay un alto nivel de empoderamiento y de apropiación de las normas jurídicas, que las personas de Andalgalá usaron como herramientas”, considera la abogada de la Asamblea, Mariana Katz. “Se dieron cuenta que el conocimiento es tan importante como la manifestación social. La gente en Andalgalá sabe que existen los Derechos Humanos y eso no es sólo que la policía no te pegue”. 

Rosa tiene un papel muy activo en la comunicación, que en los últimos años se intensificó a medida que sus piernas se quedaban. No necesita moverse de su casa para activar y a veces activa tanto que muchas personas de la lucha dicen que puede volverse "una hinchapelotas". 

Para la histórica Caminata 600 decidió quedarse a un costado. Ahí está frente a la iglesia rosa, en el banco más cercano al parlante, escuchando lo que dicen sus compañeras y compañeros, supervisando que todo salga bien. Sabe bien que esto “no se trata de la Rosa”: “Para nosotros, los más viejos, es un alivio saber que hay gente joven al costado. No detrás, al costado. Nosotros somos uno al lado del otro, agarrados de las manos”.

Perdono, pero nunca olvido

Nadie se imaginaba lo que iba a pasar. Los palos se siguen sintiendo en la piel y los golpes y gritos siguen resonando en la mente de las personas que los recibieron. Jóvenes y viejos. Las muñecas todavía tienen la marca de los precintos ajustados. ¿El después? la humillación por la vulneración de la integridad física y mental, el miedo de salir a la calle, de perder el trabajo, de que toquen a tu familia. Con muchos llantos de por medio, más tarde puede llegar el empoderamiento. 

Esa podría ser la descripción de la represión del 15 de febrero de 2010, cuando le pegaron a todo -todo- el mundo andalgalense por primera vez, o los allanamientos y detenciones iniciados en abril del 2021, luego del incendio. El efecto sorpresa, la criminalización de la protesta y la violencia en demasía, presentes en ambos. Al principio, a Rosa le parecía fuerte el término “dictadura minera”, confesó. Pero esos antecedentes hicieron que las palabras surgieran sin esfuerzos.

“El 15 de febrero” es una frase, una idea que ya quedó en el imaginario colectivo. Cuando José encontró a su pareja con su hijo en brazos y la espalda baleada. Cuando Sara Fernández y su mamá se abrazaban en el suelo mientras recibían palos y patadas. Ese día, mientras los vecinos y vecinas coreaban el himno nacional, metían a otros varios en los camiones de la policía. Hasta la figura de la virgen con su manto blanco quedó con agujeros de bala. 

Cuando la situación se repitió en abril de este año, Rosa, una de las mujeres más plantadas en la lucha, no tuvo la fuerza para conocer el detalle de las últimas detenciones: “Sabía que me iba a quebrar. Porque son chicos que conozco, que se criaron en la lucha y que los veo como mis hijos”, lamentó.

Rosa, esta advertencia es para vos: los próximos párrafos detallan esos hechos iniciados el 12 de abril del 2021 que quizás te incomode leer. 

Sara había terminado una clase de inglés cuando pasadas las 10:30 un grupo de hombres y mujeres policías ingresó a su casa a los tumbos. Ella pedía una explicación, aunque se imaginaba que se la llevarían demorada por un par de horas y listo. Pero una le pasó el brazo por el cuello y le cortó la respiración hasta el desvanecimiento. Al caer, su cabeza se golpeó contra un mueble. “No seas tan espamentera”, le dijeron entre risas. Y con Sara finalmente en el suelo, sin oxígeno y la mano lastimada por un pisotón lograron levantarla de los pelos y meterla en el móvil. 

Los vecinos de Andalgalá dicen que no pasan cosas grosas en el pueblo. Generalmente reina la tranquilidad, como mucho te pueden robar la bicicleta. Sin embargo, de los operativos de detención participaron fuerzas del grupo Kuntur, la división especial de Catamarca entrenada para atender casos que involucren situaciones como toma de rehenes, allanamientos complejos y traslados de detenidos peligrosos. ¿Es Andalgalá una ciudad tranquila?

Quienes se manifestaron el día del incidente tienen dudas de cómo se dieron las cosas; que la puerta se abrió muy fácilmente, que no había ni un extintor. Los bomberos a dos cuadras tardaron dos horas en llegar y la zona estaba liberada de policías, que siempre siguen de cerca las caminatas, menos ese día. Nadie sabe nada, pero 12 personas fueron detenidas durante 15 días. 

“Los eligen para someterlos a indagación. A uno de los chicos lo sacaron a la noche de la celda, empezaron a decirle que conocían a su hijo. Le preguntaron si no le daba miedo que su mujer embarazada esté sola, que por qué no les decía quién fue: buscaron a personas que quizás podían quebrarse, pero nadie vio nada del incendio”, dijo Sara. Según la recopilación de varios testimonios, los días en la comisaría (en algunos casos fueron tres o cuatro hasta completar el plazo con domiciliaria) estuvieron sin ver la luz del sol, en calabozos húmedos, oscuros, con colchones sucios y baños sin agua. 

Muchas de esas personas están hoy en la 600, aún con causas judiciales en curso. Una de ellas anda con un cartel que dice “preso por defender el agua de todos”. Algunas todavía tienen miedo y eligen no acercarse a la marcha. Acá es donde viene Aldo Flores y dice que marchar es para militares, que Andalgalá camina, no marcha.

Durante esos días de angustia en la comisaría, afuera siempre había quilombo que auguraba esperanza. Eran El Algarrobo, familiares y personas autoconvocadas que hacían ruido para pedir la liberación de sus compañeros y compañeras. Aunque uno de los detenidos aseguró que desde el interior no se entendía lo que decían, el barullo le era reconfortante. Desde afuera, Rosa le gritó con todas sus fuerzas que se quedara tranquilo, que su familia estaba bien, porque acababan de dar positivo de Covid-19. Eso sí lo entendió: sus palabras le llegaron como el sol que todavía no había podido sentir desde la celda. El abrazo de mamá que te dice que de ésta vamos a salir.

José dijo que con cinco mujeres más como la Rosita “recuperábamos las Islas Malvinas”.

Vamos dibujando el camino

A pesar de las noches sin dormir por la angustia, las tardes sin respirar por los gases lacrimógenos y los acampes en Buenos Aires que perjudicaron aún más sus rodillas, la Rosi está riendo desde su banco en la plaza. No puede mantener una conversación sin que la interrumpan para saludarla con un abrazo. Se quedará expectante hasta que la Caminata vuelva al punto de salida. Los pasos por ella los darán sus hijas y sus nietos: “Vos vas a ser la voz y nosotros vamos a ser tu cuerpo”, le dijeron un tiempo atrás, porque la lucha para ella es lo último que se deja.

Una voz finita suena por el parlante con saludos para la Asamblea. Era Nora Cortiñas, “mamá Norita” como le dicen por ahí. La Madre de Plaza de Mayo estuvo siempre para Andalgalá, aunque ella se defina como “una acompañante solidaria” del reclamo. La Asamblea asegura que les abrió muchas puertas. En el pueblo, su nombre es palabra santa. 

“El terrorismo de Estado no vino porque sí”, explicó Nora, “vino para implementar un modelo económico a gusto de Estados Unidos. Argentina es un país que no es pobre; está empobrecido porque tiene una deuda que lo asfixia. Entonces ahora estamos en una resistencia muy grande porque la gente fue reprimida, torturada y los camiones del extractivismo siguen arriba de la montaña sacando nuestras riquezas para entregarlas”. 

La mujer de 91 años sabe perfectamente lo que representa caminar. Sus pasos empezaron a marcar senderos en el 77, cuando las vueltas alrededor de la Plaza de Mayo fueron el inicio de una revolución en medio de una dictadura militar. Norita sabe más que nadie lo que es enfrentarse al poder económico, a todo un sistema que desprecia la vida y que intenta callar la voz de los pueblos. No es casual que las caminatas por la vida sean eso; caminatas. Un abrir caminos para sacar a la luz lo escondido y aberrante, un legado de las Madres que El Algarrobo tomó para construir un presente con memoria y un futuro con esperanza.

El sociólogo Horacio Machado Aráoz dice que “los procesos expropiatorios iniciados con el brutal avasallamiento a los ‘derechos humanos’ en las dictaduras militares de los ’70” tienen su continuidad actualmente. Ahora, con “la degradación de la materialidad corporal que hace a los ‘individuos’ y a las ‘poblaciones’ corporalidades susceptibles de ser re-conocidas, como ‘legítimos portadores de derechos’”. Históricamente, la riqueza natural de los países empobrecidos fue saqueada al servicio de los más ricos, haciendo que hoy, incluso en democracia, los planes sistemáticos de exterminio sean ejercidos indirectamente con la población. 

“Andalgalá no olvida las represiones, la ridícula judicialización por el sólo hecho de defender el agua”, lee Ana Chayle, una mujer chiquita que está con el micrófono en la plaza justo antes de arrancar la 600. “Parece que es el poder político el que no ejercita la memoria. Por eso no aprende que cada vez que tocan a una, a uno, cien más salen a la calle. Por eso no entendieron que Andalgalá se levanta y fortalece ante cada embestida”. 

El pueblo tiene las piernas hinchadas de tanto caminar. Cada paso se vuelve más difícil porque el camino es rocoso y cuesta arriba. La llegada: la naciente del río. La vida. El tiempo que Andalgalá lleva caminando se hace carne cada día, en cada lágrima y en cada risa, porque sabe que la tranquilidad no dura demasiado. Pero esa triste convicción hace que se vuelvan más resistentes a cada golpe y se fortalezcan colectivamente. No es ningún nombre propio, ninguna individualidad. Es el amor por el territorio, la historia y el futuro; la memoria y la esperanza que se retroalimentan, porque una es gracias a la otra, al igual que los compañeros y compañeras en la lucha por sus vidas, la tuya y la mía. 

Andalgalá no descansa, pero tiene la conciencia tranquila y así anduvo por las calles ese 7 de agosto en la 600, pero también siguió y seguirá en la 601, 602 y 603. La  autodeterminación es el motor de sus piernas que tienen mil problemas, pero que caminan. 

JM/CB

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