Una oda al matrimonio y todo lo que puede revelar una foto

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¿Cuánto me acuerdo realmente? ¿Cuánto de algo que en realidad me contaron repito como si fuera mío? La memoria tiene esa cosa arbitraria y fragmentada, ¿no? 

Son días de memoria éstos, algo en lo que siempre estoy pensando. La semana pasada estaba releyendo una novela de Margaret Atwood, una de mis autoras preferidas, de esas a las que siempre hay que volver, como Lorrie Moore, y justo leí algo vinculado con el recuerdo que anoté. La narradora dice que una de las protagonistas no tiene en mente una imagen clara de su madre y que siempre que lo intenta le lleva tiempo rememorar algo de ella porque su recuerdo está compuesto “apenas por pequeños fragmentos, como un mosaico vandalizado o como algo muy frágil que quedó tirado en el piso”.

Incluso los más memoriosos atravesamos por momentos ese vértigo, la idea de que tenemos en el recuerdo un material escurridizo, el pedazo de una taza rota, algo que incluso podemos haber profanado sin darnos cuenta.

Bueno, todo esto para decir que no sé si me acuerdo de primera mano o me contaron que hubo una radio líder que cada vez que había pronóstico de tormentas tenía como pauta pasar canciones que justamente mencionaran a la lluvia.

No era, después de todo, una mala idea de programación, con un abanico de temazos que podía ir desde No Rain, de Blind Lemon –qué cosa la vida de esas bandas truncas, respeto total a los one hit wonders voluntarios o no– a Rain de Madonna o Who’ll Stop the Rain, de Creedence, entre muchísimos.

En mi caso, en esa especie de radio personal que son las playlists, cuando llueve siempre pongo No dejes que llueva, de Daniel Melero, uno de los grandes poetas nacionales (dejo link a la versión original y también a una versión que grabó Leo García en una terraza un día de lluvia furiosa).

Me gusta como cortina del Mil Lianas de hoy, mientras caen unas gotas por acá.

1. Decálogo para un casamiento. El poemario arranca con citas a Irene Gruss y Marosa di Giorgio, como si se tratara de un par de pistas, o, mejor, como si de entrada ofreciera las llaves para entrar a una casa. Es que todo en el libro Decálogo para un casamiento (Mansalva, 2021), de María Paula Zacharías, remite a una intimidad luminosa y a la vez profunda, a eso que pasa en un hogar en el que se combinan todo tipo de ritos: está el amor (“la cama es el único lugar infinito”, dice uno de los poemas), pero también la cocina; está la espera, están las puertas que hacen ruidos familiares y los aromas que remiten al otro (eso que vuelve al abrir un placard y toparse con una camisa ajena; el olor de un jazmín), los niños que juegan, el calor de un bebé, una pareja que baila en piyama en la cocina (bailar pegados es bailar: siempre).

Periodista desde hace dos décadas en el diario La Nación, experta en artes visuales y autora de numerosos libros sobre ese tema, como Guillermo Roux en sus propias palabras, Decálogo para un casamiento es el primer poemario de Paula y nació, según me contó ella misma en un email, en ese buceo al interior del hogar que fue para muchos la cuarentena.

“Ordenando cajones y libretas viejas se me dio por pulir y seleccionar los versos que escribo desde siempre, pero que nunca habían salido de mi casa (salvo un puñado, incluidos hace años en dos antologías). Algunos habían sido ya trabajados en mis tiempos como alumna de Arturo Carrera, en 2001”, me explicó la autora sobre esta suerte de oda a la felicidad doméstica mientras el mundo parece desmoronarse.

Decálogo me resultó un gran remanso y me dejó con preguntas similares a las que plantea Cecilia Pavón, quien ayudó a la autora a darle forma al libro: “¿Qué dulce ensueño se despliega en ese rito ancestral y siempre nuevo de la alianza amorosa? ¿Y cómo son las palabras y los tonos que pronuncian las poetas enamoradas cuando tienen la suerte de caer en un matrimonio feliz? ¿O será al revés, será que todo poema es un conjuro y un rezo para nunca salir del espacio hechizado y transfigurado de la familia y el amor?”. 

2. Fotos tuyas. Lo dijo como en un susurro, en medio del vendaval de imágenes, declaraciones y recuerdos que atraviesan las vidas, las calles, los medios y las redes sociales cada 24 de marzo en la Argentina. La fotógrafa y escritora Inés Ulanosky subió a su cuenta de Twitter esta semana un link con un mensaje bastante escueto: “Comparto mi trabajo ‘Fotos tuyas’ Memoria, verdad y justicia”.

Lo abrí de inmediato porque imaginé un material interesante, sobre todo después de haber leído y disfrutado el libro Las fotos (Paisanita Editora), que ella publicó el año pasado y que ya lleva agotadas tres ediciones.

Me encontré con un video de una sensibilidad descomunal. Con ese mismo tono que tanto me había interesado en Las fotosuna proximidad sin necesidad de subrayado, una elegancia que, tal como definió María Moreno, “no cede al totalitarismo de aquello a documentar, afantasmando la imagen hasta alejarla del documento: hacia el arte”– en este pequeño documental la fotógrafa reúne a familiares de desaparecidos que cuentan sus historias a través de fotos que conservan de ellos. Que tal vez sean las últimas. 

Cada uno de esos familiares, además, escribió sobre un papel su recuerdo y lo lee en voz alta. La palabra escrita –cada trazo, cada lectura– cruzada con la imagen de cada ser querido y las fotos del presente de quienes evocan producen un efecto extraordinario y muy conmovedor. ¡No se lo pierdan!

3. La hora del museo. Otra cosa que sucedió el 24 de marzo. Esta semana el Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken difundió en su canal de YouTube un material increíble para conmemorar el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia.

Se trata de una grabación en fílmico de las que ellos llaman amateurs y que la propia directora de la institución, Paula Félix-Didier, recibió hace unos años, mientras se desarrollaba el Día de las Películas Familiares, un encuentro mundial destinado a recuperar y proyectar grabaciones familiares con el fin de preservar la memoria colectiva.

En esa ocasión, todos se sorprendieron porque la filmación llegó en un sobre que decía “Revolución” y contenía una fecha: 24/03/1976. Al proyectarlo, se encontraron con una sorpresa: alrededor de tres minutos de filmación desde la Plaza de Mayo el mismísimo día del golpe militar.

Ver hoy esas imágenes, que llegan precedidas por una explicación sobre cómo se obtuvieron, resulta impactante y a la vez necesario. Tal vez por ese imaginario que quienes no vivimos la época proyectamos sobre esos tiempos (en mi caso, siempre imaginé una ciudad congelada y sin gente en las calles, una postal gris, una imagen sepulcral que me armé de ese primero de tantos días de espanto) o tal vez porque la memoria es también un ejercicio y acá se ve la contundencia de los tanques y las armas rodeando el centro porteño, mientras varios transeúntes caminan por ahí. 

Lo dejo por acá, no se lo pierdan. Y, ya que estamos, recomiendo también ediciones anteriores de este ciclo virtual que se llama La hora del museo, donde se puede ver el valioso material que conservan con esmero.

4. Flavita Banana. Hace dos años, mientras entrevistaba al humorista gráfico Tute le pregunté sobre artistas de su rubro a los que siguiera o admirara por algún motivo. Más allá de los históricos y locales (su propio padre, Caloi, pero también Fontanarrosa y Quino, entre otros), con mucha generosidad él habló de una generación a la que había que prestarle atención. Y en ella destacó las viñetas de una persona que desde ese día sigo con mucho entusiasmo: Flavita Banana.

Flavia Álvarez-Pedrosa Pruvost, más conocida por su nombre artístico Flavita Banana, es una ilustradora, viñetista y dibujante española que nació en 1987 y publica su trabajo en diversos medios entre los que se cuentan el diario El País, la revista Mongolia y Jot Down.

El universo de esta artista es el de las parejas, los desencuentros, las rutinas, el trabajo y las mujeres que siempre aparecen como aturdidas y algo hartas. Si les interesa el humor gráfico, no dejen de pasar al menos por su perfil en Instagram y van a encontrarse con una artista ácida y a la vez súper graciosa.

¡Hasta la próxima!

AL