Pasión por los aviones, 16 identidades falsas y cuatro días de fiesta: la historia del “farsante VIP” de Brasil

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– ¿Cuál es el secreto de Gol?

– La verdad es que no tenemos secretos. Confiamos en un principio básico de nuestro grupo, que es nunca deberle nada a nadie.

Subraya eso de la verdad y sigue. Serio, el entrevistado mantiene su mirada fija mientras el periodista lo mira obnubilado: la cámara muestra a un tipo solvente, rodeado de gente con ropa colorida que baila. Cuenta que la empresa de aviación, una de las más importantes de Brasil, planea expandir su negocio “en el plano internacional”. Habla de cuentas claras, dice que Gol tiene todos sus aviones pagos, que el sistema de leasing perjudica a la aviación comercial.

De fondo hay una fiesta que va a durar cuatro días. Es noviembre de 2001 y en la ciudad de Recife tiene lugar Recifolia, un “carnaval fuera de época”, un auténtico corso a contramano en el que, además del público en general, se reúnen celebridades, modelos, actores. No se cruzan: los famosos tienen un sector VIP que los separa del resto.

El periodista, que transmite en vivo el evento, se llama Amaury Junior. Le presentaron a su entrevistado como Henrique Constantino, el hijo del dueño de la aerolínea Gol –una de las empresas que auspicia Recifolia– y uno de los directores de la compañía. El diálogo sigue y el vínculo se hace tan fuerte que continúan hablando una vez que termina la nota.

Amaury no tiene cómo saber en ese momento que tiene enfrente a uno de los mayores impostores de su país. Que para ese entonces ya se había apropiado, al menos, de 16 identidades. Que acababa de escaparse del mundo del narcotráfico internacional, para el que oficiaba de piloto aunque no tenía una matrícula que se lo permitiera. Que se llamaba, en realidad, Marcelo Nascimento da Rocha y se convertiría, con los años, en una especie de mito viviente del engaño de su país.

Los orígenes

Marcelo Nascimento da Rocha nació en 1976 en Maringá, una ciudad del estado brasileño de Paraná. Pasó casi toda su infancia allí con sus hermanos, hasta que sus padres se separaron. Entonces su vida pasó de la quietud a empezar a moverse de un lugar hacia otro. Todo cambió cuando su padre murió repentinamente de un infarto. Desde ese momento, que el propio Marcelo presenció durante una de sus visitas, el joven empezó a tener problemas en el colegio y a mostrar un comportamiento sospechoso para sus docentes (años después, en el documental y el libro que reconstruyen su vida dirá que su padre “afortunadamente no tuvo tiempo de ver” el comportamiento criminal que él tendría más adelante).

Con la adolescencia llegaron los primeros engaños. Entre los más curiosos, estuvo el de hacerse pasar por el sobrino de uno de los dueños de Pluma, la empresa más importante de ómnibus de larga distancia de su país, para no pagar boleto. Por su gran poder de persuación lo consiguió y viajó gratis hasta Porto Alegre. Unos días después, cuando quiso volver a intentarlo, lo atraparon.

Las mentiras de Marcelo siguieron: a los 16 años había abandonado la escuela y se pasaba todo el día en la estación de policía de su pueblo, donde trabajaba uno de sus primos. Allí aprendió la jerga y vio de cerca las rutinas de los oficiales, sus movimientos.

Pese a que estaba de paso y que apenas lo enviaban a hacer los mandados o le pedían que tipeara documentos en la máquina de escribir, él empezó a sentirse uno más. Tanto, que un par de años después decidió adoptar la identidad de uno de ellos en Ipanema, donde se hizo pasar por un agente encubierto de un grupo especial que trabajaba en una operación (en una entrevista que brindó años después, Marcelo aseguró que lo que quería era pasar unos días en la playa).

Como citó el nombre de un policía reconocido de apellido Malucelli –dijo que era su hermano– nadie sospechó y hasta llegó a vivir algunos días en un destacamento, en el que labró actas, compró comida para los agentes y hasta apresó a una persona. Pero un comisario que conocía a Malucelli porque se había formado con él lo desenmascaró poco después y el impostor quedó detenido.

Cuando cumplió 18 años, Da Rocha, volvió a su tierra a hacer el servicio militar. Allí, asumió otra de las identidades falsas de su carrera –quienes lo investigaron en profundidad aseguran que llegaron a ser 16–: dijo a todos que era campeón brasileño de una disciplina de las artes marciales, el jiu-jitsu, para que no lo obligaran a realizar tareas pesadas. Lo consiguió: nadie quería que el supuestamente destacado deportista se lesionara en medio de los duros entrenamientos militares.

Las imposturas no se detuvieron: al terminar el servicio militar, el joven trabajó un tiempo como chofer de una banda de rock y no tardó en hacerse pasar por uno de los miembros del grupo y hasta llegó a firmar autógrafos para conseguir entrar gratis a discotecas. Su excusa: se presentaba como el baterista o un ingeniero de sonido (“nadie conoce la cara de los bateristas”, dirá años más tarde). Poco después simuló ser DJ y periodista de la cadena MTV.

De regreso a su casa, Marcelo, que siempre había tenido pasión por los aviones porque la casa de su infancia estaba al lado de un aeroclub, decidió formarse. Aunque, claro, de manera extraoficial. Por medio de unos conocidos accedió a hacer el costoso curso para ser piloto, pero cuando tuvo que rendir un examen teórico reprobó. No tardó, de todas maneras, en encontrar una identidad que le permitiera trabajar como piloto y falsificar una credencial que lo habilitaba para manejar aeronaves.

Por sus conocimientos de aviación, y sin poder trabajar en líneas comerciales para que no lo descubrieran, Marcelo entró en contacto con el mundo del tráfico ilegal de armas, droga, bebidas y todo tipo de productos falsificados. Desde Brasil viajaba con regularidad al mando de aeronaves hasta Paraguay y Bolivia, según contó en más de una ocasión.

Para la década del ‘90, el impostor era uno de los más destacados pilotos del narcotráfico de su país e inclusive llegó a engañar a la DEA con una maniobra insólita que tuvo lugar en Colombia. Un grupo de contrabandistas contrató a Marcelo para que piloteara un avión que previamente había camuflado como una aeronave militar. La intención era que los pilotos de la DEA que custodiaban la zona se distrajeran observando ese jet, mientras que por una zona cercana pasaban aviones cargados de droga. Lo consiguió y años después contó el episodio como uno de sus mayores logros.

Con el dinero que había recaudado y con ganas de tomarse un descanso del mundo del contrabando, cuando vio los avisos publicitarios que anunciaban el Recifolia, esa fiesta inolvidable de la que participarían las celebridades de su país, no lo dudó: él quería ser parte de esa celebración VIP y pensó que lo mejor era adoptar la identidad de un empresario, uno de los dueños de la aerolínea Gol.

Para la década del ‘90, el impostor era uno de los más destacados pilotos del narcotráfico de su país e inclusive llegó a engañar a la DEA con una maniobra insólita que tuvo lugar en Colombia

Entonces llegó la entrevista que vio todo el mundo, su contacto por ese día con modelos, con actores y personalidades que se le acercaban creyendo que era Henrique Constantino. Él animaba la fiesta, les decía que podía conseguirles vuelos en Gol cuando quisieran, les prometía más días de lujo y sonrisa. Al periodista Amaury Junior, de hecho, lo hizo subir a un helicóptero que él mismo piloteó y que había conseguido en Recife, obviamente, haciéndose pasar por otra persona.

Cuando terminó Recifolia, Marcelo invitó a un grupo a seguir de fiesta en San Pablo. Para eso, los convocó a todos en el aeropuerto, desde donde iba a salir un supuesto jet privado en el que entrarían sus nuevos amigos famosos. Sin embargo, el impostor fue detenido poco después de pasar los controles de la policía aeroportuaria y terminó en la cárcel. 

Después de un juicio breve, en el que hasta los propios jueces se rieron de las mentiras del “farsante VIP”, como lo llamaron algunos, Marcelo quedó preso en Bangu, Río de Janeiro, donde siguió con sus engaños.

Durante un motín en la cárcel, en 2003, se hizo pasar por Juliano, un supuesto líder de un grupo de detenidos y hasta llegó a hablar por televisión para que mejoraran las condiciones de detención de los reclusos. En otra ocasión aprovechó una fuga masiva de presos y se escapó por las alcantarillas. 

Pero volvió a ser apresado y luego terminó cumpliendo su pena con prisión domiciliaria. 

Durante un motín en la cárcel, en 2003, se hizo pasar por Juliano, un supuesto líder de un grupo de detenidos y hasta llegó a hablar por televisión para que mejoraran las condiciones de detención de los reclusos.

La historia de uno de los mayores estafadores de Brasil de todos los tiempos llamó la atención de varios. En 2005, la periodista Mariana Caltabiano, luego de negociar duramente con Marcelo, y de visitarlo en la cárcel, publicó el libro VIPs. Histórias reais de um mentiroso, que tiempo después se convirtió en un documental.

Allí, además de mostrar al propio impostor en acción, consigue la palabra de su madre, sus amigos y hasta de los que fueron cayendo en las trampas de Marcelo.

Pero hay algo más: la periodista da muestras de los conocimientos de aviación de Marcelo, quien luego de escuchar audios y ver documentación que ella le dejó sobre un accidente aéreo en el que murieron dos de sus hermanos pequeños, el hombre logra desentrañar algunas pistas sobre las posibles causas del siniestro, que tiempo después expertos aeronáuticos confirmaron.

Tan fuerte fue la repercusión de ambos trabajos –el libro llegó a vender más de 50 mil ejemplares en poco tiempo– que en 2011 la historia también fue llevada al cine, en un largometraje de ficción llamado VIPs, protagonizado por el actor Wagner Moura, uno de los más populares de ese país.

AL

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