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Las moscas revolotean por cada esquina de Open Door, partido de Luján. Como bandadas de pájaros, se mueven en grupo. Descansan sobre las paredes, hacen imposible caminar por la calle durante tiempos prolongados o tomar sol. Se posan en el pelo, caminan sobre la piel, están en las cunas de los bebés. La mosca y la sopa. Flotan en las cacerolas, rondan la comida de los animales. Se las intuye en los rastros de excrementos que dejan a su paso (esas pequeñas manchas negras que, a pesar de la limpieza constante, reaparecen a las pocas horas). Molestan con su zumbido, despiertan a los habitantes, que ya no saben cómo repelerlas: denuncian, discuten, cierran las cortinas, ponen mosquiteros, compran venenos y lámparas que deberían mantenerlas a raya, pero vuelven. De día, de noche. Durante las cuatro estaciones. Son cientos. No, son miles. Casa tomada. Las voces se confunden: “Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo”, dice el protagonista del cuento de Cortázar; o, quizás, alguno de los vecinos.

Ellos y ellas están convencidos de que el origen del problema está en un criadero de aves ponedoras, ubicado en la entrada del pueblo. “No podemos ni colgar la ropa afuera”, lamenta Paula, residente de Open Door. Mira, a través de una ventana que permanece siempre cerrada, al jardín del que no puede disfrutar. Su casa está en orden, recién pintada, es linda. Se mudó hace relativamente poco, tiene una beba y admite que le da vergüenza invitar amigos y familia. Frente la pregunta de si se arrepiente de vivir allí, hace una pausa. “A veces sí, porque la situación de las moscas me afecta toda la vida”. Las imágenes y los videos la respaldan.

No son el único pueblo que sufre este problema. “Junto a los feedlot (o corrales de engorde) y los tambos, los criaderos de aves ponedoras son uno de los principales sitios de multiplicación de la mosca doméstica”, explica Juan García, doctor en Ciencias Naturales, licenciado en Zoología, investigador principal de la Comisión de Investigaciones Científicas de la Provincia de Buenos Aires, docente y miembro del Centro de Estudios Parasitológicos y de Vectores de la Universidad Nacional de la Plata. Al clásico dilema del huevo y la gallina, se une el de las moscas.

De acuerdo con el especialista, debido a la expansión de los centros urbanos -pero también a la necesidad de cercanía a las rutas, la mano de obra y la electrificación- los criaderos están cada vez más próximos a las poblaciones. “General Pirán, en ruta 2 es un lugar tomado por las moscas. Lo mismo ocurre en El Peligro. El asunto es complejo. Primero, porque hay establecimientos en Berisso o en la Villa Parque Sicardi (La Plata), que constituyen una fuente de trabajo indispensable para los lugareños. Además, porque hay algunas firmas que trabajan bien y logran un correcto manejo de las moscas. Lo fundamental es que haya una buena ventilación de los galpones y que los bebederos estén automatizados, para que no se formen charcos, donde se desarrollan las larvas. Creo que el núcleo del problema es la relación costo de producción-precio del huevo”, concluye.

Victoria vive en Open Door hace casi dos años y es una de las vecinas que está a la cabeza de la lucha contra esta peste. En junio del año pasado, hizo un descargo en Facebook: “Tengo bebés de cinco meses y más de una noche no dormí para vigilarlos, ya que vi moscas en sus caras, ojos, nariz y bocas. (...) No se puede vivir así”. La foto de uno de sus hijitos con una mosca en el labio y otra del expediente de la denuncia introducida ante el Municipio de Luján en 2017 coronaban la publicación.

 “Mirá el techo, todo eso es excremento. Lo pinté hace un año y medio. Lo limpiás y mañana volvés a tener todo sucio”, cuenta a elDiarioAR, desde el living de su casa, emplazada a pocas cuadras del criadero avícola. Adentro, las moscas están relativamente controladas, aunque alguna sube por la espalda o los brazos, en medio de la conversación. Los hijos, de un año, duermen con un mosquitero: sabe que pueden contagiarse enfermedades de distinto tipo y origen: desde bacterias intestinales como la Escherichia coli, la Salmonella y el Vibrion colérico, hasta parásitos.

Diana Crespo es una de las mayores conocedoras de moscas del país y trabaja en el área desde hace casi tres décadas. Entre otros títulos y cargos, ostenta el de Ingeniera Agrónoma, Jefa de Grupo del Laboratorio de Transformación de los Residuos del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), profesional del CONICET y coordinadora de enlace entre Argentina y la Unión Europea en el proyecto FERTIMANURE. La experta confía en que una producción correcta y sustentable es posible y urgente. Opina que hay muchos ejemplos positivos, pero que faltan inversiones, mayor voluntad del empresarial y estatal. 

Clarifica la profundidad de la problemática mediante números. Una mosca doméstica vive entre 30 y 35 días. Las hembras colocan hasta 40 huevos por día (1.200 o a 1.600 en un mes). Su ciclo de vida en verano dura de 10 a 16 días y cada mosca puede dar hasta dos generaciones por mes. Además de ser muy prolífica, la mosca tiene una alta capacidad de dispersión: puede desplazarse hasta 6 kilómetros a la redonda y tiene hábitos gregarios (se mueve en grupo). Crespo señala que los huevos encuentran terreno fértil donde hay residuos orgánicos húmedos, con fuerte olor a amoníaco: a los criaderos avícolas, feedlots y tambos, mencionados por García, suma las granjas de cerdos, los basurales, los zoológicos, los hipódromos y los clubs campestres.

La mayoría de los estiércoles animales tienen una gran cantidad de humedad. Como detalla la investigadora, las aves ponedoras defecan entre 80 y 100 gramos por día de guano húmedo. “Cuando hay alta concentración de animales en una pequeña superficie, se acumulan grandes cantidades de materia orgánica. Si esta no se procesa en tiempo y forma, deviene en un conflicto ambiental y sanitario seguro con la región periurbana”. Además, incorpora un aspecto medular: “La mosca doméstica adulta tiene la particularidad de que, aparte de liberar excrementos por la zona rectal, también regurgita lo que deglute. En ese proceso, que funciona como una segunda digestión, puede haber vehiculización de parásitos y microorganismos presentes en el sustrato donde se alimentó”. En otras palabras, conforma una plaga sinantrópica y zoonótica, por su alta capacidad de transportar una carga biológica no deseada para la salud animal y humana. El drama es invisible iguala al visible. 

El dilema del huevo, la gallina… y las moscas

“Son ellas las que zumban. Desde que he caído han acudido sin demora. Amodorradas en el monte por el ámbito de fuego, las moscas han tenido, no sé cómo, conocimiento de una presa segura en la vecindad. (…) Han acudido sin demora y revolotean sin prisa, midiendo con los ojos las proporciones del nido que la suerte acaba de deparar a sus huevos”, escribió Horacio Quiroga en su aterrador texto, “Las moscas”. El límite entre ficción y realidad se difumina. 

Victoria está harta, hartísima. Las moscas parecen querer tomar las riendas del lugar. Pero ella no para. Se contactó con todos los agentes competentes: obtuvo algunas respuestas, pero ninguna llegó a solucionar el problema de fondo. Por lo menos, logró -junto a otros residentes- que saliera a la luz el estado legal del establecimiento avícola que se encuentra a unos metros de su casa.

 La “Granja Lines” está ubicada en Open Door (ruta provincial 192, kilómetro 2) y pertenece a la firma Necama Herar S. A. Su responsable es Ariel de la Fuente. Debido a los insistentes reclamos, la Dirección de Asuntos Jurídicos, la Coordinación de Gestión Operativa, la Articulación Regional y Denuncias (CGADEN) y el Senasa visitaron el lugar. Estos organismos negaron el problema de las moscas, aludiendo a la escasez de charcos, la posesión de cortinas de protección y de tejido de alambre de malla fina antipájaros, así como un nivel normal de guano debajo de las jaulas. También observaron un adecuado estado de galpones, tolvas de alimentos, tratamiento de basura y pasto. Sin embargo, el mismo informe concluye que el establecimiento, de explotación tradicional, debería estar cerrado por dos motivos contundentes: la presencia de otros animales que debían ser retirados de forma inmediata, lo cual no ocurrió (todavía pueden verse caballos en el terreno); y la notificación emitida en 2019 por parte del Municipio que rechazaba la “prefactibilidad” para desarrollar la explotación avícola, dada la proximidad a un centro poblado. Desde entonces, la granja continuó su actividad y habría añadido un galpón más. Este diario intentó contactarse con De la Fuente en reiteradas ocasiones -tanto telefónicamente, como por mensaje- sin éxito.

Los campos de polo cercanos a Open Door (en caso de que hubiera un mal tratamiento de los desechos) podrían ser otra fuente de proliferación de moscas. Pero Matías Torres, jefe de Prensa de la Dirección de Gestión Ambiental -a cargo de Braian Vega-, señala a este medio: “Las moscas se originan, naturalmente, como producto de la actividad avícola, que es importante en esa zona del distrito. En algunos casos son emprendimientos de muchos años, que con el crecimiento poblacional de Open Door han quedado más próximos a la zona urbana. Cuando surgen inconvenientes o denuncias, el Municipio tiene competencia para quitarle a los emprendimientos la radicación comercial, pero no puede retirar las aves del lugar. Esa tarea es competencia del Senasa y del Ministerio de Asuntos Agrarios de Provincia, que son quienes emiten la habilitación”. El enredo burocrático parece interminable. Y la forma de evadir controles -afirman los afectados- parece tan fácil como hacer desaparecer una faja de clausura.

Respecto al establecimiento en conflicto, Torres asegura: “La gestión anterior ya había hecho una primera observación con clausura y quita de radicación comercial. Desde el Municipio continuamos con la quita de radicación comercial y con la clausura -se hizo una nueva inspección en abril del año pasado ante denuncias de los vecinos- y además hablamos con el Senasa y el Ministerio de Asuntos Agrarios de la Provincia, para proceder de manera conjunta con el despoblamiento de las aves del lugar, que es competencia exclusiva de estos organismos”. Al haber entre 80.000 y 90.000 cabezas, advierte que es un “proceso complejo” y que, durante la última inspección, el dueño no atendió, por lo cual no pudo haber un proceso de despoblamiento voluntario. “Ahora estamos avanzando con un despoblamiento forzoso, pero para ello tiene que actuar la Justicia labrando una orden de allanamiento”, finaliza. Mientras tanto, los vecinos siguen esperando (y desesperando).

“¿Alguien quiere moscas? Llevo a domicilio”, dice un hombre, mientras filma con el celular la pared de su casa, infestada. “Miren cómo se vive en Open Door. (…) Están en todos lados, convivimos con ellas, esto se debe a la corrupción”, se queja una mujer. Luego, el pedido: “La Municipalidad no se ocupa, no fumiga… Este es el marco de la ventana. Por dios, todo negro, son montones y montones de moscas. Por favor, ayúdennos, no podemos hacer otra cosa más que recurrir a ustedes”. “Ya se hicieron reclamos, nadie nos ayuda, esto es mugre, están en nuestra comida, en nuestra ropa, en la ropa que tenemos lavada, por favor ayúdennos”: esta vez es otra vecina, que repite el llamado de auxilio.

Consultados por elDiarioAR, representantes del Senasa confirman que todo establecimiento avícola que desee comercializar productos ya sea para mercado interno o para exportación, precisa su habilitación. A su vez, debe contar con un veterinario privado acreditado por Sanidad aviar, que fiscalice y garantice el cumplimiento de las normativas vigentes. En el caso de que existan denuncias, es este quien debe verificar las inconsistencias y el agente oficial labrará el acta con los incumplimientos observados, estableciendo un tiempo para la corrección de los desvíos. “Una vez transcurrido ese plazo, se realiza una nueva inspección y, si no se tomaron medidas, se puede proceder a la cancelación de la habilitación sanitaria o el bloqueo de movimientos, hasta tanto regularice la situación”, desarrollan. Tampoco está descartada la aplicación de penas económicas. 

El organismo estipula que los establecimientos avícolas deben elaborar y cumplir con un Programa de manejo integrado para el control de moscas, con documentación que indique el modo de control, el o los productos aplicados, las dosis utilizadas y la frecuencia de tratamiento. Asimismo, deben disponer de un método objetivo, cuantificable y auditable sobre la población de moscas existentes en la granja. 

Que de lejos parecen moscas

Para los vecinos, las moscas son un recordatorio vivo de la desidia: uno que se ve, se escucha, se palpa. De lejos o de cerca. Tan cotidiano como el aire. ¿Cómo lo viven productores? Javier Prida es abogado y presidente de la Cámara Argentina de Productores Avícolas (CAPIA), entidad que cuenta con más de 450 socios. “Tener moscas es tener un agente que lo único que hace es enfermar a los animales, por eso las combatimos. Desde la Cámara no contamos con potestad de controlar, pero hacemos hincapié en la educación de nuestros socios, la seguridad y el control de plagas: particularmente de moscas, roedores y ácaros”, argumenta. Para él, el insecto perjudica al productor al igual que al producto, y no considera que los criaderos sean el epicentro del problema. 

Cree que “echarles la culpa a los criaderos es tomar el camino corto” y plantea que tanto el caballo como el cerdo generan más moscas que la gallina. A su vez, apunta contra focos como los basurales a cielo abierto, la quema de residuos, la tenencia de equinos o porcinos en hogares y, sobre todo, contra la responsabilidad del Estado “cuando relaja los controles”. También sugiere que, en ocasiones, los intereses inmobiliarios operan en conjunto con sectores de la justicia y los gobiernos municipales, con el fin de mantener alejados a los criaderos (por ejemplo, para instalar countries o clubs).

Prida manifiesta que, en Argentina, casi el 75 % de la avicultura de postura se desarrolla en galpones automáticos, donde se toman medidas de ventilación, control de bebederos, retiro y secado de guano. “El 25 % restante suele pertenecer a gente mayor, que en general no es socia de CAPIA. Muchos hacen las cosas como creen que se deben hacer y no como deben hacerse. Es decir, hay quienes se manejan pésimamente y frente a los ojos del Estado: granjas que no tienen supervisión, con gallinas de replume, algo que está prohibido”, dice. Hace una salvedad: también conoce productores tradicionales que tienen todo en regla y en condiciones impolutas. Ni la razón social, ni el dueño de la granja de Open Door figuran en la página de socios de CAPIA. De hecho, su presidente contesta que no estaba al tanto la situación del pueblo. “Díganles a los vecinos que nos contacten y nosotros los ayudamos a mejorar los estatus sanitarios de esa granja, porque mejoraría la producción de conjunto”.

Muchos viejos productores hacen las cosas como creen que se deben hacer y no como deben hacerse. Es decir, hay quienes se manejan pésimamente y frente a los ojos del Estado: granjas que no tienen supervisión, con gallinas de replume, algo prohibido

Javier Prida Presidente de la Cámara Argentina de Productores Avícolas (CAPIA)

Al igual que Prida, la ingeniera Crespo detalla las diferentes tácticas que existen para reducir las poblaciones de moscas: el control biológico -en el cual se especializa-, el legal, el físico (uso de trampas pegajosas de luz azul y de electrocución), el químico (larvicidas, cebos sexuales y adulticidas varios) y el cultural. Este último implica poner en orden la granja, mediante una serie de medidas que garanticen un entorno seguro de los galpones y sus alrededores. “Basarse exclusiva y unidireccionalmente en un solo tipo de control, como es el caso de los químicos, no sirve. Las moscas se vuelven resistentes, por lo cual se termina utilizando cada vez más tóxicos: algo peligroso para los vecinos de los pueblos aledaños y para los operarios”, resume. 

Los trabajadores son los más perjudicados en aquellas granjas que no respetan las condiciones apropiadas de higiene y seguridad. Sergio Omar Berterre alega haber sido contratado en la granja de Ariel de la Fuente, en Open Door, cuando era menor de edad. Según manifiesta, primero juntaba huevos, acomodaba los maples, alimentaba las gallinas y limpiaba los galpones sin ningún tipo de protección, de 8 de la mañana a 5 o 6 de la tarde, con una hora de descanso por día y un franco semanal. “Donde había caca de la gallina, estaba lleno de moscas”, asiente. Pero no recuerda eso como su peor experiencia en la granja. En 2018 continuó bajo la égida De la Fuente, en otra de sus propiedades avícolas: “Los Ceibos”, ubicada en Ruta 6, kilómetro 173. Allí, el joven habría sido obligado a fumigar con una única protección: un barbijo común de farmacia. “Ese mismo día se sintió mal y en la empresa le respondieron que era porque fumaba, lo cual no es cierto”, agrega su madre, Gladys Analía Veliz. “No lo llevaron al médico y lo fue a buscar su tío en moto. Llegaron al Hospital de Luján, estuvo casi dos semanas en terapia intensiva, creían que se moría. En la granja me decían que no era para tanto y me ofrecieron cuatro mil pesos. Los agarré porque trabajo como empleada doméstica, cobro por hora, y el papá no ayuda. Inicié una causa judicial: no porque quería plata, sino porque el trato no fue humano. Hasta quisieron que vuelva a trabajar en los galpones cuando le dieron el alta”, continúa Veliz, quien ofrece el pedido de historia clínica de su hijo y la carta documento que le envió a De la Fuente. El proceso seguiría su curso, demorado por la pandemia. Analía se comunicó con Victoria a partir de su publicación de Facebook y, desde entonces, siguen en contacto.

En 1954, el inglés William Golding escribió El señor de las moscas (Lord of the Flies). La famosa novela cuenta la historia de unos menores sobrevivientes de un accidente aéreo, que quedan varados en una isla desierta. Solos, se ven obligados a organizarse, cayendo rápidamente en la inmoralidad, el individualismo y la violencia. El título hace referencia a una escena en la que un grupo, convencido de que había una bestia al asecho, da en ofrenda la cabeza de un cerdo salvaje sobre una estaca, que pronto se llena de moscas carroñeras. El título -al igual que el sacrificio- aluden a una de las denominaciones bíblicas del demonio (que comienza a habitar dentro de ellos). En ese rincón de Luján, como en distintas áreas del país, las moscas son una maldición, una plaga de dimensiones bíblicas. Como en la obra, representan una alegoría palpable de la corrupción y la desidia. Pero hay una diferencia: los vecinos resisten juntos. La amenaza los une, los vuelve más solidarios. Les da esperanza de que otra vida -una vida normal- es posible.

JB

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Publicado el
6 de febrero de 2021 - 01:19 h
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