Sobre este blog

Un trabajo extraordinario: historias e ideas sobre maternidad y paternidad en Argentina es una exploración de lo que nos une y de lo que nos separa a los padres y madres que hoy, en un territorio tan vasto y desigual como el nuestro, contribuimos a la tarea titánica de criar a una persona. Un mapa de temas y problemas, un retrato de un estado de situación, un testimonio de las muchas formas en las que las personas atraviesan y se organizan para atender al desarrollo humano de los niños y las niñas.

Invitamos a los lectores y las lectoras a suscribirse a este newsletter y sumarse a esta exploración de los dilemas, las alegrías y las dificultades que convergen en el trabajo extraordinario que supone cuidar y criar hoy en Argentina.

Por Natalí Schejtman

Crianza y agenda del cuidado

Un trabajo extraordinario: un bebé con Covid y Gabriela que cría sola en el Barrio 31

Un trabajo extraordinario: historias e ideas sobre maternidad y paternidad en Argentina

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Este newsletter debería haber empezado el miércoles pasado, pero mi bebé de cinco meses se agarró Covid –yo también– y pasamos una semana para el olvido (que son por supuesto las que más recordamos). Mientras lo llevábamos a la guardia a las 3 de la mañana con 39,5 grados de fiebre, pensaba que hay muchas diferencias en cómo los padres y las madres atravesamos una situación como esta en las que median, sí o sí, nuestro acceso a distintos recursos: podemos ir en taxi, en bondi, caminando con el bebé enfermo a upa o simplemente no tener forma de ver algo parecido a un médico a esa hora; podemos ir una guardia de prepaga 24 horas relativamente cerca de nuestras casas, a la de un hospital público o a una salita; podemos tener algunos pares de brazos extra –abuelos, amigos, vecinos– a los que acudimos incluso en la madrugada ante una emergencia o podemos tener que cargar en nuestra odisea también con uno o más niños dormidos que no tenemos con quién dejar. Pero también pensaba en el punto en común: el pavor de sentir a tu bebé hirviendo, la angustia ante sus sollozos, el deseo imperioso, desesperado, de que vuelva a ser el de siempre. Como decía la propaganda de Mastercard, hay cosas que el dinero no puede comprar. Pero como también dejaba en claro, hay muchas, seguramente demasiadas, que sí. 

Cuestión que decidí borrar los párrafos farragosos que venía escribiendo para presentar este espacio que se abre hoy y reemplazarlos por esta anécdota porque contiene lo que me gustaría que fuera: una exploración de lo que nos une y de lo que nos separa a los padres y madres que hoy, en un territorio tan vasto y desigual como el nuestro, contribuimos a la tarea titánica de criar a una persona. Un mapa de temas y problemas, un retrato de un estado de situación, un testimonio de las muchas formas en las que las personas atraviesan y se organizan para atender al desarrollo humano de los niños y las niñas.

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Historias e ideas sobre maternidad y paternidad en Argentina, por Natali Schejtman.

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Esa es mi aspiración, tal vez algo ambiciosa. Pero también me gustó más este comienzo porque empieza contando que me retrasé con un deadline, algo que me pasa muy a menudo desde hace 4 años y pico que tuve a mi primer hijo. Afortunadamente no siempre tengo tan buenas razones para aplazar una entrega como un nene enfermo, pero aun así, la combinación trabajo-maternidad todavía no fluye del todo. Es una conversación habitual con otras madres y con otros padres, pero sobre todo con madres, en quienes recaen muchas más tareas vinculadas a los hijos que afectan, entre muchas otras cosas, su capacidad laboral. Y no es una conversación de resolución sencilla (¿necesitamos más tiempo?¿más dinero?¿más al padre?¿más niñeras?¿más Estado?¿menos trabajo?¿menos hijos?). Esto se hizo muy visible durante la pandemia y en la terminología de las políticas públicas se llama agenda de cuidados. En Argentina, nueve de cada diez mujeres realizan tareas de cuidado –que incluyen cocinar, limpiar, ordenar y ocuparse de otra gente–. Lo hacen en promedio, casi seis horas y media por día, tres veces más que los varones. Y más de dos millones y medio de mujeres se dedican al cuidado como actividad principal en sus propias casas. 

Muchas mujeres son madres. Muchos varones también lo son. Según los datos del censo 2010, el 70% de las mujeres de más de 14 años son madres. (El censo sólo le pregunta a las mujeres si tienen hijos, no a los varones. Ya hablaremos de esto).

La maternidad es, además, un fenómeno editorial, cultural, de redes sociales: libros sobre crianza, libros que reconfiguran la idea de familia, libros que intentan entender, historizar o apostar a una maternidad feminista, libros que se pronuncian en contra de los hijos, libros que destapan las maternidades arrepentidas, influencers pediatras, psicólogas, doulas, educadoras, filósofas que se detienen en el sinfín de temas que brotan todos los días.   

Criar hijos es un desafío históricamente feminizado pero hay un creciente número de varones que comparte equitativamente la tarea. Otros no. Otras tampoco. La paternidad también cambió. Hay formas de ser padres hoy diversas, variadas: tratamientos de fertilidad que hace dos décadas sólo ocupaban páginas de ciencia ficción, donación de esperma, de óvulos, experimentos con núcleos de ADN injertados en óvulos donados, subrogación de vientres que hablan otros idiomas. 

Hay, me parece, una necesidad creciente de conocer y transitar ese mapa heterogéneo, donde convergen niños, abuelos, cuidadoras, instituciones públicas, instituciones privadas. Ese es el desafío que me propongo con esta serie de entregas: contar historias, ideas y datos sobre maternidades y paternidades en Argentina.  

Volviendo al tema de la fiebre, les cuento que mi hijo evolucionó bien aunque tardó unos días en recuperar la alegría. En el medio debutó con un crisol de sabores químicos que le provocaron tanto desconcierto como la extrema congestión nasal que no lo dejaba alimentarse (bien) y dormir (mal) como de costumbre. En fin, hay primeras veces mejores. 

Me acordé de una frase de Quino que siempre me repite mi mamá cuando yo me angustio por alguna renta inesperada de la maternidad, como esta aventura hacia la guardia. Quino quedó huérfano joven y nunca tuvo hijos. Cuando le preguntaron por qué, respondió: “Me asusta mucho la idea de tener un hijo y que se me enferme, me entraría una desesperación terrible. No lo soportaría”. Ahora que lo pienso no sé si me lo repite porque le parece interesante o porque tiene una moraleja (mi mamá) para transmitirme. Se lo voy a preguntar para la próxima.

Debería decir, como se estila, cuánto tiempo va a llevarte leer este newsletter. Pero empecé contando un retraso de una semana en el primer envío. No me parece justo sumar una exigencia, aunque esté maquillada de servicio. 

Ojalá puedas leerlo quincenalmente, ojalá quieras compartir conmigo tu historia, tu opinión, tu anécdota. Lo que quieras.  

Empezamos con Gabriela, la historia que inaugura esta serie de envíos. Y con las Gabrielas.

De internet sacó el nombre para su hijo. Lo leyó gracias a un link que prometía “nombres modernos”. Gabriela había planeado y buscado ese embarazo con Eduardo. Era un plan que tenían juntos, pero cuando quedó finalmente embarazada, él le dijo que no quería ser papá. “Se asustó”, dice ella, con expresión un poco superada pero también triste: “Pero yo lo quería tener”. Así, pasó a engrosar la lista de las mujeres que crían solas.

Según un informe de CIPPEC, los hogares liderados por mujeres a cargo de hijos viene creciendo en democracia: 12 cada 100 mujeres en 1986, 19 cada 100 en 2018. En otra publicación, agregan que solo una de cada cuatro mujeres que no vive con el padre de sus hijos recibe la cuota alimentaria.

 “Mi embarazo fue lindo. Al principio lo sufrí un poco porque lo extrañaba él. No me daba bola”. Mientras crecía su panza, ella trabajaba en la casa de una familia a los que se refiere como “muy buenas personas”. Tenía obra social y la mujer oficiaba de escucha atenta. Limpiaba la casa y de noche googleaba la progresión de su gestación: ahora tu bebé tiene el tamaño de un poroto, de un pepino, de un apio, de un melón. Pudo trabajar hasta los 7 meses de embarazo: los pies le explotaban. Se tomó la licencia y esperó en su casa la llegada de su bebé. 

Una noche, cuando transitaba la semana 40, la última semana oficial de los embarazos, empezó a sentir dolores raros. Había leído algo sobre el ritmo de las contracciones. Llamó a la hermana y empezaron a contar los minutos. Pero la hermana vive en José León Suárez y no podía acompañarla. Contactó a su vecina, una mujer mayor que era la persona que más veía. 

–Tranquila, no te apures, pero ya es. Yo te llevo al hospital– le dijo, salvadora.

La atendieron bien en el sanatorio de Almagro que tenía por su obra social. Entró a las 10 de la noche. Las parteras le pedían que pujara y ella no sabía bien qué hacer. No había hecho el curso de preparto: no tenía tiempo por su trabajo, aunque el médico le había dado un folleto: “mala mía”, dice. 

Lo que recuerda de esa noche fue un dolor punzante, único, y una especie de vergüenza: “de todos, de los médicos, de la partera, no quería que entrara nadie. El bebé no bajaba, yo no quería pujar más”. Hasta que finalmente nació. Mirado desde el presente, relata ese momento como ideal: “Cuando nació, se fue todo el dolor”. Aunque después recuerda cuán difícil fue que el bebé agarrara la teta. Recién se prendió cuando volvió a la tranquilidad de su casa.

El padre llamaba de vez en cuando, pero no se acercó a conocerlo. La hermana, ocupada con su trabajo, viuda y madre de tres hijos ella misma, solo podía ir algunos fines de semana. Susana, la vecina, era la más presente, la que le enseñó a bañarlo, a la que le dejaba el bebé algunos minutos si tenía que hacer algo, aunque cada vez que lo hacía “se me salía el corazón: estaba obsesionada”. 

La mayor parte del día estaba sola. A la noche convivía con los fantasmas: no podía dormir chequeando su respiración, el bebé dormía muy entrecortado y ella no entendía si era normal. De día sentía por momentos el bajón anímico, pero sobre todo se sentía zombi.  

Con su bebé muy chiquito, y gracias a un familiar, Gabriela obtuvo un terrenito tomado en Morón y quiso hacerse ahí su casa. Llamó al padre de su hijo, contratista, para que la ayude, y él fue a ver el lugar.

–No te mudes ahí. Es muy feo. No hay ni pozo, ni agua ni nada. El nene es muy tiernito, le van a picar bichos.

A partir de entonces, fue el padre de su hijo el que pagó los 15 mil pesos de alquiler en la 31.  

Sin red, sin su mamá en Argentina, con recursos escasos, volver a trabajar después de ser mamá fue una odisea. Al principio, quiso retomar en la casa que la empleaba y dejó a su hijo de cuatro meses en una guardería. Pero el bebé vomitaba de tanto llorar cuando estaba sin ella y Gabriela no podía dormir pensando en que iba a separarse de él al día siguiente. Ninguno de los dos estaba preparado para eso. Necesitaba volver a trabajar, sí, pero no podía encontrar la forma de hacerlo sola con un bebé. Renunció a su trabajo. Consiguió cuidar a un nene de seis años de su barrio mientras su mamá se iba a limpiar un departamento de Palermo. Ese trabajo fue la salvación.

La participación del padre de su hijo consiste en el pago del alquiler –a veces alguna plata extra para los gastos– y en una aparición mensual para almorzar en familia. Trae la carne, ve a su hijo: “Él piensa que darme plata es criarlo. O, incluso, quererlo. Y yo tampoco quiero que el nene se encariñe con él porque tengo miedo de que lo haga sufrir”. 

En la pandemia, la soledad de la crianza fue un grito de alarma cotidiano. Ella estaba trabajando en la casa de una señora y su hijo había empezado el jardín. Cuando decretaron la fase más estricta del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio y el cierre de todos los establecimientos educativos y de cuidado, Gabriela pidió seguir yendo a su trabajo porque quería salir de su casa y empezó a ir –caminando– con su hijo, que jugaba solo, estaba a upa o dormía siestas en las horas en que su mamá limpiaba la casa vacía. Todavía recuerda cuando su bebé se empapó con un balde lleno de agua que manoteó mientras gateaba y la sensación de nervios constante porque tener que trabajar vigilando a un flamante deambulador en una casa ajena.

El asunto de los efectos de la pandemia y las restricciones en las mujeres que criaban solas tiene números muy contundentes detrás. Según un informe de UNICEF, fueron justamente los hogares con niños, niñas y adolescentes a cargo de mujeres los que enfrentaron el mayor impacto negativo de la crisis por COVID-19. Si en el momento de mayor cierre de 2020, la tasa de participación de las mujeres en la economía cayó 8,2 puntos porcentuales, en el caso de las mujeres que eran jefas de hogar sin cónyuge y con niños, niñas y adolescentes a cargo, la caída en la actividad había caído 14 puntos porcentuales. Sus efectos en la pobreza de esos hogares fue directo. En hogares con niños más chicos, más severas fueron las consecuencias económicas del Covid.

Gabriela no tuvo que dejar de trabajar. Pero por la organización familiar a cargo exclusivamente de ella, no puede hacerlo más de 4 o 5 horas por día y eso la limita mucho económicamente.

En 2021, la escuela abrió pero muy pocas horas. “Fue un desastre. A cada rato me llamaban para decirme que no había luz o agua y que se suspendían las clases, o faltaban”. Ante cada llamado, ella retiraba a su hijo y volvía a su trabajo con él. O no volvía. Reconoce que la señora para la que trabaja “le banca todas”: “Cuando tengo que faltar porque se enferma, cuando lo tengo que llevar, cuando voy y vuelvo. Tengo suerte”. Este año, sí, el nene ya hace una doble jornada hasta las 4 de la tarde.

Por ahora, no piensa en volver a tener una pareja. Siente que desde que nació su hijo quedó disconforme con su cuerpo. Pero sí fantasea con aspiraciones tímidas: un poco más de aire.

–Me encantaría empezar a salir con amigas. Siempre ando tensionada, como que voy, vengo. Me encantaría tener algún tiempo para mi, tranquila: un fin de semana que yo pueda dormir, mirar la tele. 

NS

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