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ANÁLISIS

¿Comer productos locales es mejor para el planeta?

Comer local

Cecilia Nowell

Nuevo México, EE.UU. —

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En junio de 2005, cuatro mujeres tomaron la palabra en la celebración en San Francisco del primer Día Mundial del Medio Ambiente en EE.UU.. Jen Maiser, Jessica Prentice, Sage Van Wing y Dede Sampson, residentes de esa zona de California, invitaron al público a unirse a ellas en un desafío: pasar el mes siguiente comiendo sólo alimentos producidos en un radio de 160 km de sus casas.

Aunque el concepto de comer localmente no era nuevo –el movimiento “de la granja a la mesa” había surgido en los años 60 y 70, cuando los hippies protestaron contra los alimentos procesados y Alice Waters abrió Chez Panisse, el primer restaurante con ese concepto, en Berkeley (California)– estas mujeres le dieron nueva vida con un nuevo nombre, llamándose a sí mismas “locavoras” [locavores]. En su libro de 2006, El dilema del omnívoro, Michael Pollan, también oriundo de la misma zona, abogó por el movimiento de la comida local, y en 2007 el Oxford American Dictionary eligió “locavore” como su palabra del año.

Casi dos tercios de los estadounidenses creen que comer alimentos locales es mejor para el medio ambiente. Pero en los últimos años una serie de estudios han demostrado que comer alimentos locales podría no tener por sí mismo el impacto medioambiental que sus defensores esperaban. De hecho, las investigaciones demuestran que la huella de carbono del transporte de alimentos es relativamente pequeña, y que es más importante centrarse en cómo se producen los alimentos. Comer local puede formar parte de ello, pero no tiene por qué serlo.

¿Qué evidencia hay a favor del consumo local?

En 1994, la Alianza para la Agricultura Sostenible, la Alimentación y el Medio Ambiente, con sede en el Reino Unido (ahora llamada Sustain), publicó un informe titulado Food Miles Report: the Dangers of Long Distance Food Transport, que ofrecía un respaldo científico al floreciente movimiento de alimentación local. El informe argumentaba que el transporte de alimentos a larga distancia sólo era posible gracias a los combustibles fósiles baratos y no renovables que permitían a las empresas transnacionales “explotar la tierra, la mano de obra y los recursos de los países en desarrollo para la producción de materias primas a las que añaden considerables márgenes de beneficio antes de su venta en el Norte”.

“Como se puede percibir en el título, la distancia recorrida por los alimentos (”food miles“) se consideró inicialmente, casi por definición, como una gran amenaza y un factor que contribuía al cambio climático”, afirma en un correo electrónico Laura Enthoven, investigadora doctoral en economía agrícola de la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y autora de una reciente reseña de la investigación sobre sistemas alimentarios locales. Cuanto más lejos tenían que viajar los alimentos, más combustible fósil se utilizaba y más gases de efecto invernadero se emitían.

Estas emisiones son especialmente elevadas en el caso de los alimentos transportados en avión: los alimentos transportados por vía aérea son responsables de hasta 50 veces más dióxido de carbono que los transportados en barco. Afortunadamente, muy pocos alimentos viajan en avión (pensemos en los perecederos que deben consumirse poco después de la cosecha, como los espárragos y las bayas). Muchas frutas y verduras con una vida útil más larga, como las manzanas y el brócoli, pueden transportarse en barco, camión o ferrocarril, cuyas millas alimentarias producen muchas menos emisiones.

¿Es la mejor manera de reducir las emisiones relacionadas con la alimentación?

En la década de 2000, los científicos empezaron a realizar evaluaciones del ciclo de vida completo de las cadenas de suministro de alimentos, analizando la cantidad de gases de efecto invernadero que se emiten no sólo cuando se transportan los alimentos, sino también cuando se siembran y fertilizan los cultivos, se lleva a los animales a pastar o se les mantiene en confinamiento, y los restos de comida acaban en la basura. Lo que descubrieron fue que el transporte de alimentos representa un porcentaje relativamente pequeño de la huella de carbono total de los alimentos.

Según un artículo publicado en 2018, un equipo de investigadores del Reino Unido y Suiza descubrió que solo entre el 1% y el 9% de las emisiones de los alimentos provienen del envasado, el transporte y la venta al por menor. La gran mayoría de las emisiones de gases de efecto invernadero (el 61%) se produce durante la producción, mientras los alimentos aún están en la granja. Así lo corroboran investigaciones publicadas a principios de la década de 2000 en EE.UU. y Europa.

“Lo que comemos y cómo se produce influye más en nuestra huella de carbono alimentaria que la mera procedencia en términos de distancia”, afirma Enthoven.

La mayor fuente de emisiones puede variar según los alimentos. En muchos cultivos, son los fertilizantes y pesticidas necesarios para cultivar grandes cantidades de alimentos en granjas industriales. En el caso de la carne de vacuno, por ejemplo, menos del 1% de las emisiones proceden del transporte, mientras que la inmensa mayoría se deben a la alimentación del ganado (y a sus eructos ricos en metano).

Los científicos siguen debatiendo cómo definir el kilometraje alimentario: algunos sólo tienen en cuenta las emisiones del transporte de alimentos, mientras que otros consideran el ciclo de vida completo de la producción de alimentos en una región antes de trasladarlos a otra. El año pasado, un estudio publicado en Nature Food llegó a la conclusión de que el “kilometraje alimentario” representaba una parte mucho mayor de las emisiones del sistema alimentario de lo que se creía al tener en cuenta las emisiones derivadas del transporte de fertilizantes, maquinaria y alimento para ganado.

¿Vale la pena comer productos locales?

¿Significa la investigación que comer localmente no tiene ventajas? “Depende”, afirman por separado Enthoven y Mike Hamm, profesor emérito y director fundador del Centro de Sistemas Alimentarios Regionales de la Universidad Estatal de Michigan. Comer localmente puede ser un medio de apoyar a las granjas que utilizan prácticas de producción más respetuosas con el medio ambiente, como minimizar el uso de pesticidas y fertilizantes ricos en combustibles fósiles.

“A menudo he dicho que la idea de los alimentos locales no consiste sólo en reducir los kilómetros recorridos por los alimentos”, afirma John Ikerd, catedrático emérito de Economía Agrícola de la Universidad de Missouri. También es una solución para la gente que “busca una alternativa al sistema alimentario industrial”.

Ikerd recuerda que el movimiento “de la granja a la mesa” y la rebelión hippie contra la alimentación industrial se iniciaron poco después de que Rachel Carson publicara su denuncia de los pesticidas, Primavera silenciosa, en 1962. Así nació el movimiento de la alimentación ecológica, que pretendía producir alimentos sin fertilizantes, pesticidas ni otros productos químicos que emitieran gases de efecto invernadero. Pero a medida que aumentaba el número de empresas que producían alimentos con etiqueta ecológica, Ikerd vio que los consumidores se dirigían a las granjas locales, donde podían saber mejor cómo se cultivaban sus alimentos y estar más tranquilos de que los agricultores utilizaban prácticas agrícolas regenerativas.

“Las iniciativas alimentarias locales, inclusivas y bien diseñadas pueden tener un impacto positivo”, afirma Enthoven. Pero advierte de que los consumidores pueden caer en una “trampa local” –término acuñado en un artículo de 2007 por investigadores de la Universidad de Washington– si “creen que todo el sistema debe pasar a ser sólo local, lo que no es por sí mismo más sostenible o inclusivo”.

Aunque muchas granjas locales se autoproclaman alternativas éticas a la agricultura industrial, no hay ninguna norma que diga que tienen que ser ecológicas o respetuosas con sus trabajadores. De hecho, muchas granjas pequeñas en los Estados Unidos están exentas del pago del salario mínimo federal y de la supervisión e investigaciones de seguridad de la Administración de Seguridad y Salud en el Trabajo.

Las granjas locales pueden ser alternativas importantes, especialmente cuando hay interrupciones en las cadenas de suministro, como ocurrió al principio de la pandemia de Covid-19. Pero “necesitamos una diversidad de escala en nuestro sistema de producción en todos los tipos de productos”, dijo Hamm, especialmente cuando buscamos formas de alimentar a 8.000 millones de personas en la era de la crisis climática.

Traducción de Santiago Armando

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