Entrevista

Julián López: “La escritura es muy delatora, es difícil guardar la compostura cuando escribís”

Un libro con observaciones hilarantes, la cadencia despatarrada del chisme, un puñado de confesiones a medias, algunas escenas de irreverencia y sexo, un río despampanante, un montón de referencias culturales (del tango al cine de Werner Herzog; de los y las poetas que le escribieron al Río Paraná hasta la versión más desfachatada de María Moreno), que están ahí, para quien quiera pescarlas. 

En su nueva novela Las iracundas (Random House, 2026), el escritor Julián López pone en el centro a una escritora implacable y mayor, arriba de un barco que funciona como una singular residencia de artistas. Durante esa travesía insólita, rodeada de personas que en su mayoría desprecia, le escribe cartas a una ex amante donde caracteriza con gracia y filo a sus compañeros de viaje y registra los días en esa embarcación. Son cartas, también, en las que trafica reproches a su destinataria por un amor que se terminó o no pudo ser del todo.

Presentada como una novela epistolar –una deriva que, gracias a la prosa feroz de López, se va desflecando, que no puede sino disolverse en las mismísimas aguas del cauce que transita– en Las iracundas confluyen una serie de escenas vitales y de personajes que al tiempo que se despliegan con toda potencia, naufragan en las aguas siempre zigzagueantes del deseo, las contradicciones, las cuitas del mundo cultural, la vejez, el amor. 

“Este viaje lo tiene todo para mí, un laboratorio de ensueño: frivolidad y desprecio, chismorreo fortísimo y larvado y la más pura curiosidad, un erotismo descarado e imprevisto. La mar en coche”, apunta la narradora en una de sus cartas.

– Mientras leía Las iracundas, con esa voz de la protagonista tan tremenda en primer plano, me preguntaba si hubo un inicio vinculado con eso que se impuso a la hora de ponerte a escribir. ¿Fue así? ¿Por dónde arrancaste? 

– Mirá, nunca hay un único inicio y tampoco suele ser muy claro para mí. En este caso, sí hay uno que tiene que ver con la voz, sin dudas. Pero hasta llegar a la voz estuve mucho tiempo dando vueltas, deben haber sido tres años que pasé incluso un poco angustiado con esto. Es mi estilo, nunca sé bien por dónde voy o qué quiero. Yo tengo todas las taras medio pelo del escritor (risas), todas, ¡absolutamente todas! Y ni siquiera tengo la ilusión de sacármelas de encima (risas). Así que la pasé mal durante mucho tiempo y en un momento, es así casi siempre, precipita algo. En este caso tuvo que ver con la voz. Fue el primer texto de la novela: me pasó un sábado a la mañana que apareció y dije “está acá”. En ese momento no podía seguir escribiendo porque tenía que terminar otra cosa que había prometido. Estuve un poco más dando vueltas, dije “cómo va a ser volver”, que es algo que a mí me cuesta mucho. A la vez yo había estado leyendo La operación Masotta (N. de la R: el libro de Carlos Correas) y había salido muy deslumbrado de eso. Incluso en algún momento empecé con cartas, pero que intercambiaban dos chabones. Después también pensé mucho en El affair Skeffington, de María Moreno, que para mí es un libro fundamental. ¿Se podría hacer una reescritura de eso? No en el sentido literal, sino retomando esa búsqueda desfachatada. Y es que la desfachatez es algo que a mí me interesa mucho en la literatura. Creo que esa especie de tradición medio secreta se puede leer en el final de Las iracundas. Pero sí, materialmente lo primero fue la voz de la narradora.

– ¿Lo epistolar estuvo siempre presente?

– Sí, de algún modo coincido con lo que dice la protagonista en la novela: creo que lo epistolar es como la única literatura que me sigue interesando. Estas cartas que probablemente no lleguen a ningún lado. Creo que hay algo en el formato, además, que es profundamente literario: la propia literatura es siempre una botella al mar. Así que la epístola es medio inseparable de la acción de escribir. Después aparece algo que yo empecé a hacer en la novela anterior y que me interesaba mucho: que hubiera una forma, que en este caso se disuelve en el río. Entonces eso, la carta deja de ser una carta, la residencia artística deja de ser una residencia, el barco deja de ser barco. Quise jugar un poco con la forma.

– De todos los escenarios posibles, para esta historia elegiste el Paraná, el río literario por excelencia.

– Mirá, cuando yo me di cuenta de que era un escritor urbano, que era alguien que le escribía a Buenos Aires porque vivo enamorado de Buenos Aires, dejé de escribirle a Buenos Aires, dejé de ubicar mi narrativa ahí. Pero no fue una estrategia, fue algo que ocurrió. De hecho antes escribí una novela en un lugar imaginario, y esto transcurre en el Paraná porque sí, porque es una cuenca completamente deslumbrante. Al mismo tiempo, es una cuenca hegemónica, supongo que también por eso apareció acá. Porque, ahora mismo, cuando me escucho decir esto de la cuenca hegemónica pienso “bueno ¿y el Pilcomayo qué?”. Y eso me lleva a pensar en las literaturas inadvertidas que pocos conocen. Pero bueno, el Paraná es el siglo XX y el siglo XIX también. Una cuenca impresionante de literatura argentina. Y Buenos Aires es el estuario de todo eso. Así que yo, como escritor porteño en este estuario, de alguna manera habilito algo para que aparezca este tipo de apropiación. 

– Hablabas antes de desfachatez, en este caso la protagonista es una mujer grande y desfachatada. ¿Quisiste indagar en la vejez, de alguna manera? Porque, aunque hay algo así como una iniciación o algo nuevo en este viaje para ella, no se trata de una novela clásica de iniciación.

– Claro. Bueno, por un lado la vejez es algo me interesa mucho. Supongo que, a medida que me acerco, la vejez se convierte en un horizonte que me interesa investigar, aunque siempre me interesó. Hay una canción que canta Virgilio Expósito de grande que me vuelve loco. No es un tango, es una canción, que es de él por supuesto, y la grabó en un disco cuando ya era viejo. Y me vuelve loco escuchar a un viejo cantando. Me encanta la idea de la vejez, me parece súper compleja. Acá, además yo necesitaba que la protagonista fuera impune y me parecía que eso solo lo permitía esa edad. Impune para hablar de los demás y para hablar de sí misma, en el mismo plan, con mucha malicia, con mucha picardía y sin cuidarse. La vejez ofrecía la garantía de que eso se podía hacer sin que tuviera que cuidar formas.

Wl Paraná es el siglo XX y el siglo XIX también. Una cuenca impresionante de literatura argentina. Y Buenos Aires es el estuario de todo eso. Así que yo, como escritor porteño en este estuario, de alguna manera habilito algo para que aparezca este tipo de apropiación.

– Hablando de malicia, la narradora es una escritora que habla con mucha malicia a veces de su ámbito. En particular de las residencias literarias o artísticas en general, porque a ella le toca convivir con artistas de otras disciplinas. ¿Pensás como ella? ¿Qué ocurre en estos espacios de supuesta creación?

– Para mí es difícil hablar de las residencias en general porque yo nunca fui a una. A veces pienso que tienen algo del mercado con otra forma. A la vez pienso que para varios esa oferta está buenísima. Es ir a que te paguen un hotel y que te paguen la comida, un sueño. Pero a mí particularmente me pasa que nunca tengo la paciencia para llenar los formularios, para seguir esa disciplina, para inventarme un ser escritor que hace eso. Después veo que hay residencias que te obligan a subir fotos en las redes. Qué sé yo, yo prefiero que mi cuenta de Instagram sea esa vergüenza que es, pero sin eso (risas). Igual no tengo idea, después por ahí termino cayendo a todas, ¿no? (risas), Pero en general me parecen raras las residencias.

– La narradora también tiene una mirada muy filosa sobre los escritores y los artistas en general, que se dedican a una actividad burguesa pero por momentos se perciben afuera de la burguesía o en otro lugar. Ella pareciera hablar desde una incomodidad, un poco acusa a los demás aunque después se hace cargo. ¿Compartís de alguna manera esa incomodidad del personaje?

– Sí, claro. En esto es bastante parecida a mí, lo tengo que confesar (risas). Sí, es muy incómodo estar vivo en un mundo así de desigual, la verdad. Yo me voy a dormir y escucho a la gente que está durmiendo en la calle. No concibo a alguien que no esté incómodo con esto. Después, en términos literarios, me parece indispensable que los personajes den cuenta de que estar en el mundo es un plan relativo. Entonces ella se sube a ese barco puteando, enojada con toda esa escena. Se encuentra a un escritor que respeta, y se pregunta qué hace este tipo con esa trayectoria acá. Y el tipo está tramitando cosas que necesita para seguir viviendo o para seguir produciendo su arte. Entonces todo el tiempo aparece el gesto burgués. Un gesto del que ella es muy consciente y por eso desprecia a todo el mundo. Y a la vez es la primera que se anota ahí. 

– En este sentido, en una de sus cartas la narradora usa la palabra “resistencia” y luego se disculpa por haberla usado. Es una palabra que ha tenido distintas resonancias pero que hoy todo el tiempo, en el ámbito cultural sobre todo, la escuchamos, la tenemos de alguna manera cerca. ¿Por qué creés que ella se disculpa con sorna al usarla? ¿Qué te pasa a vos con la palabra “resistencia” tan presente en algunos discursos actuales?  

– Mirá, ahora mismo, mientras nosotros estamos hablando hay treinta familias diaguitas en Catamarca defendiendo el agua frente a una transnacional minera y frente a las fuerzas represivas del gobierno provincial de (Raúl) Jalil. Yo puedo decir por un lado que creo que la cultura tiene que resistir y tiene que ser resistente y también que creo que la cultura es resistente per se. Pero, al mismo tiempo, uno también puede dejar de decir boludeces y ver que estas treinta familias diaguitas están defendiendo la historia argentina de los ciento cuarenta hijos de puta que votaron la Ley Bases. Entonces, ¿qué es resistir? ¿Quiénes son los que resisten? O sea, tengo claro que resistir tiene más que ver con eso o en todo caso pienso que el uso del término es sesgado o conflictivo. Por otra parte, me hago cargo de que soy un escritor, una persona que se sienta en su casa a escribir todos los días. ¡No hay escena más burguesa que esa! (risas). Y no lo digo con vergüenza. Qué sé yo, tocó eso y no pude sacudirme de eso. Y lo abrazo además, me gusta, me encanta tomarme un whisky y pensar así en la novela. Son todas pelotudeces, claramente, pero es lo que me tocó hacer y es lo que elijo hacer más allá de que me haya tocado. 

Es muy incómodo estar vivo en un mundo así de desigual, la verdad. Yo me voy a dormir y escucho a la gente que está durmiendo en la calle. No concibo a alguien que no esté incómodo con esto.

– A la vez, el término también se usa en espacios más concretos, como la universidad pública, donde das clases y donde, de algún modo, se puede percibir algún grado de resistencia entre recortes y ataques.

– Sí, claro, son varias las capas que tiene la palabra. Y ahí aparece esta complejidad, ni hablar. A mí me vuelve loco dar clases en la facultad porque por un lado es durísimo ver que hay mucha gente que se está cayendo, muchos de los estudiantes y muchos de los colegas. Personas que se están cayendo y al mismo tiempo siguen ahí. A la vez, pocas cosas me resultan más felices que cuando viene algún estudiante súper preocupado a preguntarme por un texto. Yo me largaría a llorar porque me parece heroico y me parece de una ingenuidad y un amor por la vida únicos en un contexto donde todo el mundo nos dice que somos una mierda y que no importamos. Entonces sí, ni hablar, ahí resistir, por supuesto, resistamos. Pero, al mismo tiempo, me parece importante darse cuenta de que muchas veces también hay un gesto burgués en algunas enunciaciones vinculadas con la idea de “resistir”.

 – Más allá de la malicia de la protagonista, de esta mujer que pareciera sabérselas todas, hay algo vinculado al duelo amoroso que atraviesa ella y está muy presente. ¿La pensaste en términos de una novela de amor también? 

– Sí, por supuesto. Yo soy un escritor de eso. Si vos te ponés a revisar mis novelas son siempre historias de amor. Es más, son melodramas en general. Y sí, son historias de amor y de un tipo de amor antiguo, te diría. Un amor en general no correspondido o correspondido con mucha dificultad. En ese sentido, está bueno también para mí saberlo, para alejarme de cualquier fantasía de pensarme como otro tipo de escritor. Porque a veces creo que me encantaría encarar otra cosa, pero después no me sale.

– Entre las observaciones agudas de la protagonista, una tiene que ver con la idea de la trama en la literatura. Para ella es un concepto que, para decirlo rápido, la tiene podrida. 

– ¡Claro! Es que, sobre todo en la literatura argentina, hay ejemplos de no trama fabulosos, increíbles, extraordinarios. Pero, en algunos espacios, aparece esta idea de que la literatura es, antes que nada, una buena historia. Y puede serlo o no, qué sé yo. Pero me parece extraño quedar a merced de una buena idea. Yo no considero que haya que tener buenas ideas para escribir, para nada. En absoluto. Y es algo que intento transmitirle a mis estudiantes. Alguna vez uno tiene una idea. Que sea buena, no sabemos. Que resulte luminosa para la literatura o para la escritura, tampoco sabemos. 

Me vuelve loco dar clases en la facultad porque por un lado es durísimo ver que hay mucha gente que se está cayendo, muchos de los estudiantes y muchos de los colegas. Personas que se están cayendo y al mismo tiempo siguen ahí. A la vez, pocas cosas me resultan más felices que cuando viene algún estudiante súper preocupado a preguntarme por un texto. Yo me largaría a llorar porque me parece heroico

– En este sentido, esta novela se impone como una propuesta un poco a contramano de esas búsquedas si querés más comerciales o más industriales. ¿Te daba temor algo de esto antes de que el libro saliera a la luz? 

— No, para nada. De hecho está la experiencia con mi novela anterior, El bosque infinitesimal, que fue compleja en ese sentido porque fue recibida en algunos casos con una sorpresa. Me han escrito para decirme “¿cómo haces esto?”. Incluso recibí cartas de queja de lectores, gente que me decía “¿Qué hiciste Julián López?”. Así que ahí creo que se me agotó cualquier temor en este terreno. Yo lo único que te diría, casi como un posicionamiento, es que yo escribo lo que puedo, ¿viste? No tengo una particular predilección por aprovechar un determinado estilo o lo que sea. Algo así como “me fue bien con esto, entonces escribo algo parecido”. Para nada. No me sale. Si me saliera, te digo que lo pensaría porque a mí me gustaría tener una casita en el campo (risas). Pero no hay caso.

– La protagonista de Las iracundas se refiere a la lectura como una especie de aprendizaje imposible. Vos enseñás literatura en la Universidad de las Artes y en tus talleres, que es un modo de enseñar a leer. ¿Creés que es imposible? ¿O que nunca se aprende del todo?

– Es un imposible. Es un horizonte real al que nunca se llega. Y cada vez que uno lee, en el mejor de los casos, se pone a aprender todo nuevo. Cada texto, en la forma que sea, te propone una hermenéutica desconocida. Y yo creo que eso es lo que mantiene, de algún modo, la hegemonía única del cuento. Leer no se sabe completamente y, como dice ella en la novela, como coger, que tampoco no se sabe. Cada cuerpo, digo, propone una lectura. Podés coger de memoria, claro, como podés leer de memoria. Uno lo hace porque hay que sobrevivir, porque uno tiene que laburar y bla. Pero un libro que te conmueve, te conmueve porque antes que nada te muestra toda tu precariedad. 

– Al mismo tiempo, por tu trabajo, vivís ahí: acompañás lecturas o trabajás con personas que están deambulando sobre esa precariedad, leyendo, escribiendo.

— Sí, es extraordinario. Es un trabajo hermoso, acompañar a alguien con un texto es un trabajo hermoso. Porque, además, la escritura es muy buchona, ¿viste? La escritura es muy delatora. Es muy difícil esconder, guardar la compostura cuando escribís. La escritura dice por dónde estás yendo. Qué cosas estás pensando. Qué cosas te dan mucho miedo y mucha inseguridad. Qué cosas creés que sabés y te das cuenta de que en realidad no sabés nada. Es muy lindo. Es un proceso muy hermoso. 

– ¿Vos estás escribiendo algo nuevo ahora que salió el nuevo? ¿Preferís hacer una pausa entre un proyecto y otro?

– En realidad me tengo que poner, pero soy un bardo. Y fracaso mucho en eso. Tenía un libro de poemas casi listo hasta que se lo di a leer a un poeta que admiro mucho, a Sandro Barrella. Me hizo una devolución súper interesante, entonces quería seguir laburándolo y pensé que iba a poder con eso y con la novela. Pero no hubo manera de poder con las dos cosas. No digo que tiene que ser así con todo el mundo, pero a mí un universo literario me captura y no me deja espacio para otra cosa. Entonces ahora tengo que volver a eso. Aunque volver a un texto me cuesta muchísimo. Además tengo que escribir otra cosa a la que me comprometí y no lo estoy haciendo. ¡Y esa es un poco la historia de mi vida! (risas), Ahora me toca padecer, hasta que la neurosis lo disponga. 

AL