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Lecturas

Cronista de dos mundos

Cronista de dos mundos

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Entrevista a Sara Gallardo

Me contaba su vida con el aire preciso de estarse refiriendo a alguna vida interesante, sí, y por momentos hasta querida, pero no suya: de otro, o de otra. Y resultaba fascinante ir reconociendo, en esas fluctuaciones entre la distracción y la calidez, los rasgos de su estilo. Una escritora que puede llegar amplia y generosamente hasta el límite de lo poético, y detenerse con elegancia (interior) que impide resbalar, más allá de ese límite, hacia el patetismo. A veces áspera, cortante, a veces extremadamente gentil pero pensando, a todas luces, en otra cosa, ni ella misma en persona, ni su escritura conseguían (consiguen) sin embargo disimular el hecho básico de esa vida que me contó. Sara Gallardo es como aquellas heroínas de las novelas “de antes”, heroínas íntegras y de una sola pasión. Si la existencia cotidiana y la literatura actual evolucionaron o degeneraron hacia formas blandas y hasta pringosas del “más o menos”, ella no. Juegos de ingenio, humor ácido y agresivo, nada alcanza a esconder la impresionante faz heroica y apasionada (“mística”, dice la propia Sara) de esta mujer muy bella, muy extraña, capaz de pronunciar con absoluta veracidad la menos habitual de las palabras: “definitivamente”.

“Nací el 23 de diciembre de 1933 –comenzó (rareza número uno: nadie le estaba preguntando la fecha)– y pasé mi infancia en la chacra de los Gallardo en Bella Vista, una casa maravillosa con un enorme parque lleno de árboles emocionantes y pájaros y citrus con azahares y todo eso. Era como el Paraíso, y duró hasta que mi hermano y yo fuimos expulsados, por esas cosas abyectas que suceden en las familias. Somos seis hermanos: el mayor vive en París, es un gran cantante de cámara y pasó años trabajando como payaso en un circo. Estoy muy unida a él, ambos somos capricornianos. Tengo otro hermano poeta, Miguel, otra hermana que es una señora hermosa, otro que es el director del suplemento literario de La Nación (Jorge Emilio), y después la menor, madre de cuatro hijos, que es el consuelo de mis padres.

“De chica, siempre estuve enferma, lo cual era fantástico porque me podía quedar sola en la cama sin que nadie me hablara. Me recibí de asmática bronquial histérica, síntoma unido al misticismo precoz y a una percepción desviada de la realidad. Estudié tres años economía doméstica (costura y bordado) porque mi padre pensaba que eso era lo único capaz de salvarme. A los once años escribí mi primer poema, donde rimaba flores con olores. A los diecisiete ya escribía poesías atroces en las que todo era de color violáceo, qué asco, y que obtuvieron un éxito inmenso dentro de la familia. Después me casé con Luis Pico Estrada, de quien tengo dos hijos, uno de diecisiete y otro de dieciséis años. A los veintitrés años me convertí en una niña prodigio gracias a la publicación de mi primera novela, Enero, que era realmente muy buena. Tuvo un doble éxito porque encantó tanto a los conservadores como a los izquierdistas.

“En el 55 empecé a trabajar como periodista, hice muchos viajes en calidad de tal y en calidad de escritora, y una vez más tarde en calidad de señora (con Héctor Murena, cuando ganó la beca Guggenheim). Anduve por países árabes, Grecia, Turquía, mandando notas a la revista Atlántida, que por ese motivo se fundió. Fue muy divertido. Después me divorcié. En 1963 publiqué Pantalones azules, un opio de novela, que causó decepción general aunque ganó el tercer premio municipal. Ese mismo año conocí a Murena. Empezó una época de gran actividad: a la tarde trabajaba como redactora de Primera Plana y por la mañana escribía Los galgos, los galgos, mi primera novela gruesa aunque sin mérito de gruesa porque le sobran unas 40 páginas. Pero ganó muchos aplausos y me sacaban fotos y yo aparecía contenta y feliz, con pestañas postizas, y eso era en el 68. Se hicieron cuatro ediciones de Los galgos..., que tuvo el primer premio municipal y el Gran Premio Necochea de novela.

“Ese año me dieron la célebre columna de Confirmado, con respecto a la cual quiero decir algo: detrás de todo periodista que da lo mejor de sí mismo siempre hay un director valiente. En este caso, era Félix Garzón Maceda, que me permitía reírme de lo que publicaba en su propia revista, de él mismo, de Onganía bajo censura, de todo. Desde entonces, muchas revistas me han contratado para hacer ”la columna de Confirmado“, pero nadie se atreve a publicarla de veras. Héctor me traía textos para hacer mi columna, me ayudaba, pero en general no leía el resultado. Y eso me servía para tener bien claro que la columna era solo un trabajo y que lo importante estaba en la literatura. Tuve la columna durante seis años, hasta que cerró Confirmado. En el 71 publiqué Eisejuaz, que es mi novela preferida. En ella mezclé dos temas: uno de ellos lo tomé de una historia sucedida en la vida de San Antonio. Un fraile recoge a un paralítico tan abominablemente perverso, que el fraile piensa que los dos se van a perder. El asunto me impresionaba, porque en todos nosotros hay un fraile con un paralítico a cuestas. Después estuve en el Chaco salteño y un indio me impidió que tomara notas sobre varias historias que quería contarme. Y el libro terminó siendo la historia de una vocación, en la que un hombre de raza mataca es llamado para una misión que él supone importante, y que resulta ser, precisamente, cuidar a un paralítico infame y, encima, blanco. Pero él sigue su vocación o su misión hasta el fin. Todos mis libros, bien mirados, enfocan este tema: en el primero hay una chica que se deja hacer un destino; en Pantalones azules hay un joven guiado por prejuicios, por un código de ideales mentales sin relación con la realidad, y él elige ese camino de irrealidad. Recién en Eisejuaz encontré la posibilidad de reflejar a un hombre más fuerte que su destino, capaz de cumplir con su misión. (No olvidar que por ese entonces Héctor Murena había pasado a ser ”el intelectual más desacreditado de América“, después de haber sido el niño mimado, y sin embargo, había seguido su voz interior sin la menor vacilación).

“Bueno, después de ese libro yo hubiera podido proseguir el camino místico, pero me planteé la necesidad o el deseo de ser una persona que quiere contar historias. Porque el místico no tiende a contar nada, sino a callarse. Y me obligué a escribir a modo de ejercicio, los cuentos de El país del humo, unidos por el común denominador de América, un lugar donde nada permanece, donde todo lo hecho se borra enseguida y donde se levantan estatuas en una inútil batalla contra el humo. El hecho de que en varios cuentos aparezca un extranjero mirando el fenómeno americano apunta a esa extrañeza, la misma que sentía Héctor (tan gallego) ante el horror o la barbarie americanas. Yo tuve bastante experiencia del campo argentino, pasé largos veranos en la estancia de mi padre en Chascomús, y con mi hermano hacíamos arreos y ensillábamos caballos todo el tiempo. Y además leí mucho sobre la Colonia y los indios y los gauchos, todos en casa leíamos mucho sobre esas cosas. Pero hay que estar muy fuerte para soportar el paisaje de América. Yo ya no puedo. Después de la muerte de Héctor quedé definitivamente vulnerable.

Por eso me fui a un lugar casi europeo como Cruz Chica y La Cumbre, y cuando voy al campo de mi padre no me quedo a dormir. Necesito sitios más suaves, como si hubiera quedado minada por dentro y para siempre.

“Con respecto al lenguaje de El país del humo, Mujica Láinez y Raimundo Lida me hicieron objeciones que comparto: la puntuación. Manucho me dijo ”Ponés las comas como una asmática“. Corrijo muchísimo el lenguaje, me cuesta horrores escribir, soy haragana   e indisciplinada, me busco pretextos ridículos para no sentarme a la máquina. Además, tengo tres buenos pretextos que son mis chicos (en el 70 nació Sebastián, el hijo que tuve con Murena). Pero ahora, por fin, he recomenzado a escribir una novela que surge a partir de un cuento autónomo al que se ligan varias historias de amores o pasiones no correspondidos o quiméricos, que modifican definitivamente la vida de quienes los sufren. Gente que se enamora locamente y de manera total.

–En El país del humo –dije, por fin; hasta entonces no había dicho nada porque, para confesarlo con toda franqueza, no podía cerrar la boca de admiración, sentimiento tan difícil de experimentar que, cuando viene, es necesario recibirlo con la mayor y más silenciosa alegría– hay un cuento de un gato que se chifla por un león joven y lo acompaña en su aventura; pero lo más interesante de esta historia de sacrificio es el personaje de la gata, porque ella sigue a su gato sin ilusiones, sabia, realista, segura del dramático fin y sin embargo lo sigue, definitivamente, a causa de una de esas locas pasiones.

–Así es –respondió Sara Gallardo, con una sonrisa amable que hasta parecía casual.

Después hablamos del humor, y ella reflexionó acerca de su literatura y su periodismo, y se preguntó por qué era más humorista en sus columnas (censuradas o no) que en sus libros. Y hablamos sobre la literatura femenina, y ella admitió que siempre había escrito “como un marimacho” porque desdeñaba lo exquisita y blandamente femenino, y que escritoras como Clarice Lispector, Virginia Woolf o Djuna Barnes tenían el rigor del acero, “engarzaban un diamante en acero”, y que eso a ella siempre le había parecido una cualidad viril. Y recordó que Santa Teresa les aconsejaba a sus monjas: “Sed viriles”, en el sentido de la fortaleza interior. Pero agregó: “Tal vez, cuando esté más madura como escritora, podré hacer un tipo de relato en el que asuma completamente lo femenino sin temor a la blandura”.

Yo seguía sin cerrar la boca. Pensaba que si alguien no tiene motivos para temerle a la blandura, es ella. En realidad, la envidiaba con toda mi alma. No por su talento, ni por su belleza, ni por la agudeza de su ingenio, ni por su capacidad de verse desde afuera como si hablara de otra, ni por su magistral escritura cuyas comas no me parecen asmáticas en absoluto, sino por el diamante y el acero de su amor. Hay vidas interesantes y también admirables a su modo, pero muy llenas de vueltas. Discernir el sentido directo y luminoso de Sara Gallardo, con ese dolor definitivo, recto como una flecha, me inspiraba un humano respeto que naturalmente no le expresé, así como tampoco ella expresó más emociones que las que hubiera manifestado la mujer del Cid Campeador, impávida, toda blanca y negra y asomada a una torre en plena soledad de Castilla, viendo aparecer a lo lejos el atisbo de un penacho y el brillo de una coraza conocida. Solo que en vez de impávida, Sara Gallardo aparecía frívola y divertidísima. Y era casi imposible distinguir en sus gestos risueños el hueso austero, la locura terriblemente española que la impulsa a proseguir su camino hasta el fin.

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