Lecturas

Más allá de la estrella. Nuevas miradas sobre Hugo del Carril

Más allá de la estrella

Florencia Calzon Flores y Daniela Kozak (editoras)

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Un artista popular en el laberinto peronista

En 1949 el cantante y hombre de cine Hugo Del Carril prestó su voz para la grabación de la marcha Los muchachos peronistas. A partir de este momento, su figura, que gozaba ya de gran prestigio y popularidad, quedó enlazada al nutrido folclore y a la simbología del movimiento peronista. El carácter icónico que adquirió su interpretación de “La marcha” tendió con el tiempo a borrar los matices que componían la historia de esos símbolos y a simplificar las complejidades inscriptas en la relación entre el artista popular y el peronismo. Su película de 1952 Las aguas bajan turbias se convirtió con los años en expresión por excelencia del cine social del peronismo, obra pionera e inspiración para futuras generaciones de cineastas. Así, quedaron también relegadas a un segundo plano las importantes dificultades que el realizador enfrentó para llevar adelante sus proyectos durante los años peronistas.

Este capítulo recupera algunos momentos de la trayectoria de Del Carril, los sitúa históricamente y busca con ello aportar a una consideración más general de las relaciones entre el peronismo y el mundo de la cultura. En el primer apartado, se reconstruye la participación del cantante en la grabación de Los muchachos peronistas en un contexto marcado por importantes transformaciones políticas y se interroga acerca de su compromiso político. La segunda sección aborda los conflictos que tuvo Del Carril como director y empresario cinematográfico con Raúl Alejandro Apold, funcionario del Gobierno y hombre clave de las políticas del peronismo en el mundo del cine. Finalmente, el artículo indaga a través de la prensa de la época la trayectoria del artista a partir del golpe militar que en 1955 derrocó al peronismo y lo sometió a la prisión y a la proscripción.

El cantor de “La marcha”

El 17 de octubre de 1949 una multitud de más de cien mil personas se reunió en la Plaza de Mayo para asistir al acto aniversario de la gran movilización de 1945 que se realizaba anualmente y había sido establecido como Día de la Lealtad. El acto, en el que participaron delegaciones del interior del país, había sido organizado por un comité especial integrado por José Espejo, el secretario general de la Confederación General del Trabajo, el secretario de Educación de la Nación, Oscar Ivanissevich, y el subsecretario de Informaciones y Prensa, Raúl Alejandro Apold. Por la tarde, alrededor de las 17:30, los integrantes del comité escoltaron al presidente Perón y a Evita al balcón de la Casa de Gobierno, donde fueron ovacionados por la multitud. Como en aquel otro 17 de octubre de 1945, se escucharon las estrofas del Himno nacional. Luego, la marcha Los muchachos peronistas sonó por primera vez en los parlantes y fue acompañada por los asistentes, que habían recibido la letra impresa en miles de volantes. Se trataba de la versión que poco antes había grabado Hugo del Carril con la orquesta dirigida por Domingo Marafiotti.

La canción se estrenó en un contexto singular. En 1949 habían comenzado a cambiar las condiciones económicas favorables que habían permitido las políticas económicas expansivas y la distribución progresiva del ingreso de los años anteriores. Comenzaban a sentirse los primeros síntomas de una crisis económica que se extendería hasta mediados de 1952. En ese marco, las relaciones entre el Gobierno y la oposición se volvieron cada vez más tensas. En marzo de 1949 se había votado una reforma constitucional, en medio de una intensa agitación y polarización política. Inscripta en las corrientes contemporáneas del llamado “constitucionalismo social”, la nueva constitución consagró una importante cantidad de derechos sociales dirigidos a niños, trabajadores y ancianos (retribución justa, condiciones de trabajo y vivienda dignas, seguridad social y salud, esparcimiento). Por otra parte, la posibilidad de reelección del Presidente en las elecciones que debían realizarse en 1951 se agregaba a la incorporación del voto femenino, dispuesta por el Congreso en 1947. La cuestión de la reelección era motivo de denuncia y de rechazo por parte de la bancada opositora. 

En ese clima el Gobierno endureció el control sobre la disidencia política a la vez que se lanzó a la conquista de sectores sociales que le eran esquivos, utilizando algunos de los medios modernos de propaganda política de los que disponía el Estado, como la radio y el cine. La marcha-canción fue una iniciativa con ese espíritu de dos figuras fundamentales para el diseño de la propaganda del Gobierno, Apold e Ivanissevich, el autor de la letra. Su eficacia fue rotunda. Se convirtió enseguida en uno de los emblemas por excelencia del movimiento peronista, tan rico en rituales y mitologías. Y con ella también su intérprete, Del Carril, quedaría desde entonces asociado al peronismo. 

El cantante, actor y, desde el estreno de Historia del 900 unos meses antes —el 19 de mayo de 1949—, también director de cine, era ya por entonces un artista consagrado. Había comenzado su carrera como locutor y cantor de tangos a comienzos de la década del treinta y había alcanzado la fama interpretando a Gardel en el film La vida de Carlos Gardel, estrenado en 1939 y dirigido por Alberto de Zavalía (Calzon Flores, 2016). Era para muchos su sucesor natural. Su asociación con el peronismo impactó en su carrera, enlazando definitivamente su popularidad con la idea del “artista comprometido”. Como el mismo Del Carril declaró tiempo después: “Grabé un centenar de tangos, pero hasta que me muera me van a recordar por la marchita…” (Korn y Trímboli, 2015: 125).

La relación del artista con el peronismo parece haber sido más compleja de lo que su pertenencia al panteón del movimiento sugiere a simple vista. En primer lugar, los orígenes del vínculo son poco claros como consecuencia de reconstrucciones biográficas y autobiográficas contradictorias. Sus propios testimonios tendieron a soslayar los matices y tensiones de su relación con las figuras del Gobierno. Algunas de esas versiones le atribuían una adhesión temprana, desde los mismos orígenes del peronismo en 1945. Sin embargo, ese año Del Carril había comenzado una gira como cantante por México, donde terminaría por instalarse aprovechando las condiciones del país para el desarrollo de su carrera en el cine. Según Del Carril, su primer contacto con Perón se dio durante su estadía en ese país, cuando ofició de intermediario con el presidente Camacho Ávila:

A él lo conocí en el 45, pero por nada relacionado con el cine sino por un pedido que me había hecho el hermano del presidente de México; quería tener un caballito criollo. Esa fue mi relación, él me conectó, se hicieron las gestiones y le envié el animal.

En los años de la posguerra, la industria cinematográfica argentina padeció por la escasez de película virgen, consecuencia de la política exterior norteamericana a la vez que de las estrategias comerciales de los capitanes de Hollywood (Kriger, 2009). México, en cambio, floreció como potencia cinematográfica latinoamericana constituyéndose en un destino común para muchas figuras. Del Carril y su pareja, Ana María Lynch, se integraron allí a una comunidad de artistas entre los que se contaban Miguel de Molina, Sarah Guash, Tira Merello, Luis Sandrini y Libertad Lamarque. Esta última, por entonces una de las principales figuras del star system local, había compartido elenco con Del Carril y Eva Duarte en La cabalgata del circo (Mario Soffici, 1945).

Del Carril conoció a Evita en el rodaje y ayudó al director Soffici a mediar en la tensa relación entre ambas actrices. Años más tarde recordaría: “La estaban maquillando y ella, de pronto, me pregunta si yo no ayudaba a la gente pobre. Le dije que cuando podía sí, en la medida de mis posibilidades. Palabra va y palabra viene, me di cuenta de que se sintió un poco incómoda y yo, confieso, un poco también” (Korn y Trímboli, 2015: 100).

Su acercamiento al peronismo parece haber sido entonces paulatino. Antes de ser convocado para interpretar la marcha peronista, Del Carril había grabado otras dos canciones. La primera, Canto al trabajo, de 1948, también con letra de Ivannisevich y música de Cátulo Castillo, hizo las veces de marcha de la CGT. La segunda, de 1949, era la Marcha de Luz y Fuerza, compuesta para ese sindicato por Domingo Marafiotti, la música, y Castillo esta vez como letrista.

Cátulo Castillo, Enrique Santos Discépolo y Homero Manzi conectaban el mundo del tango con el peronismo. Del Carril compartió con ellos un espacio de sociabilidad en el que se fundían la bohemia tanguera, el mundo del cine y, finalmente, el compromiso político de los artistas populares (Ansolabehere, 2018). Manzi, nacido en Santiago del Estero, poeta, guionista y director de cine, tenía además una trayectoria de militancia política en el yrigoyenismo. Junto con hombres como Gabriel Del Mazo y Arturo Jauretche había integrado el grupo Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), surgido en los combates políticos de la década del treinta. Aunque Manzi inicialmente se posicionó junto con otros militantes radicales en la Unión Democrática que enfrentó la fórmula encabezada por Perón en las elecciones de 1946, pronto se encontró junto con sus amigos Discépolo y Castillo entre las figuras del medio artístico y cultural que exhibieron su adhesión al Gobierno. Por ese motivo fue expulsado del radicalismo a finales de 1947. El 16 de diciembre de ese año leyó su descargo por Radio Belgrano, “Tablas de sangre del radicalismo”, en el que afirmó: “Perón (…) es el reconductor de la obra inconclusa de Yrigoyen. Mientras siga siendo así, nosotros continuaremos creyéndole, seremos solidarios con la causa de su revolución, que es esencialmente nuestra propia causa”. 

Esa noche Del Carril, Manzi y sus amigos cenaron juntos en el restaurante porteño La Fusta. El galán estaba filmando bajo la dirección de Manzi el film Pobre mi madre querida, estrenado en 1948. Poco después, a través de la invitación de la cantante Nelly Omar, asistió a los festejos del cumpleaños de Perón, donde interpretó dos letras especialmente compuestas por el poeta santiagueño, Versos de un payador al General Juan Perón y Versos de un payador a Eva Perón. Esta última decía:

Él es el verbo mayor y usted la mayor templanza / Él es la punta

de lanza y usted la punta de amor / Él es un grito de honor que hasta

el deber nos alcanza / y usted la mano que amansa cuando castiga el

dolor / Él es el gran sembrador y usted la gran esperanza / Él es el

gran constructor de la patria liberada / y usted, la descamisada que

se juega con valor.

Con esos antecedentes, Del Carril fue finalmente elegido para cantar la marcha. Aprobadas la letra y la elección del cantante por Evita y por Perón, fue Apold quien se encargó de gestionar y producir la realización. Marafiotti, al frente de la orquesta de la Asociación del Profesorado Orquestal, recibió la partitura un día antes. La grabación con Del Carril se realizó en dos horas, en los estudios de RCA. Según el detallado análisis del historiador Esteban Buch, la impronta de la canción es mérito de ambos músicos, director y cantante. El intérprete declaró años más tarde:

La letra me la dieron un día antes y yo la cantaba leyendo el pentagrama. Yo fui el que le dio el tono que se le conoce actualmente a la “marcha”. Antes era más melodiosa, se la cantaba más pausadamente. Yo la agarré y la hice más marcial, me emocionó mucho al cantarla y por eso salió con tanta fuerza. (Buch, 2016: 87) .

Según el análisis musical del historiador, la marcha-canción remite a una épica estatal en la que el ritmo musical “evoca el movimiento del país rumbo a su futuro”:

A la vez Hugo del Carril es un héroe del tango y del cine, el sucesor de Gardel, casi un líder de la sociedad nacional del espectáculo, y su sonrisa habita su voz como un reflejo teatral de la sonrisa de Perón. El diálogo del solista con el coro imita el diálogo del líder con la masa y a la vez lo niega con el unísono que los reúne a todos para gritar su adhesión unánime. (p. 79)

A pesar del éxito de la icónica versión, a finales de 1952 se encargó una nueva grabación de Los muchachos peronistas, esta vez con la voz del cantante Héctor Maure. Del Carril se había convertido en una figura controvertida y su relación con el gobierno peronista se había empantanado por los conflictos con una figura clave, Apold. La filmación de Las aguas bajan turbias había sido el detonante. 

Juan Manuel Romero

* El libro cuenta con un micrositio alojado en la página web de la Asociación de Amigos del Museo del Cine, desde donde se puede descargar completo de manera gratuita.

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