QUÉ LEER

Ficciones, autoficciones y otros modos de contar

La escritora Paula Pérez Alonso

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El acto de escribir novelas en el siglo 21 siempre genera la pregunta incómoda de si estamos haciendo algo anacrónico. Cuando lo que se escribe no es policial, terror, histórica o romántica, géneros muy precisos, ¿se puede seguir apelando a la suspensión de la incredulidad como en el siglo 19? ¿Son más verdaderos los libros que no esconden su origen real? En “La ley primera”, la novela de Damián Huergo (Buenos Aires, 1983), resuena la pregunta por el valor de la ficción, algo así como ¿será más valiosa cuando está basada en hechos reales? O ¿parecerá más fácil de escribir por los mismos motivos? La pregunta por la cosa siempre es bienvenida, no darla por sentada, intentar propiciar nuevas relaciones o, al menos, ensayarlas. 

En la página 44 el narrador escribe:

“En esos años, gran parte de mi generación estaba escribiendo en primera persona, con su ombligo de faro. Varios críticos empezaban a hablar de autoficción y escritura del yo como marca y decadencia de época. Incluso escritores que admiraba hablaban pestes de la escritura autobiográfica, aunque en su pasado el género formara parte de su obra y en el presente modularan su yo desde distintas redes sociales. De la denominada escritura del yo, si es que algo semejante existiese, me quería escapar igual que de una ropa de moda que te ridiculiza frente al espejo. En ese entonces, aún creía que uno podía decidir sobre aquello que iba a escribir. Y, como quien piensa que puede hacer desaparecer a un fantasma con solo cerrar los ojos, intentaba con relatos de zombis, de vampiros o de personajes con contornos realistas, ajenos al mundo que pisaba y me transformaba y me constituía”

solo cuando se ha escrito sobre algo que a uno lo rondaba y lo obsesionaba, algo que deseaba indagar, es cuando uno pisa el mundo.

“Relatos de zombis, de vampiros o de personajes de contornos realistas, ajenos al mundo que pisaba…” Damián Huergo da con una clave cuando dice “el mundo que pisaba” porque solo cuando se ha escrito sobre algo que a uno lo rondaba y lo obsesionaba, algo que deseaba indagar, es cuando uno pisa el mundo. Lo pisa con la escritura, no antes. Antes se desliza pero no aprehende: una vez que está escrito se da cuenta de que eso es lo que sucedió. La operación es inversa a lo que se cree: no es que los hechos reales están en su memoria y el escritor los selecciona y los reproduce, sino que el escritor los relata con su artificio y ese relato termina constituyendo lo que sucedió.

Vale decir, Huergo intentaba todo tipo de recursos para rehuir la posibilidad de escribir sobre algo muy cercano, la relación con su hermano, su hermano mayor, pero esta historia reaparecía. En realidad la tenía incrustada en la frente, no podía escapar por más que la apartara. 

Y llegó un momento en que dejó de rehuir y encaró y, a modo de sacarla de la esfera de la intimidad, le confirió una pátina de épica, y pensó que podría ser una novela sobre “una hermandad”. 

Pienso en la literatura: los hermanos varones no es un tema tan frecuentado como las hermanas mujeres.

El desgarrado Crónica de mi familia, de Vasco Pratolini, es un texto narrado íntegramente en segunda persona. Con una emoción y potencia narrativa arrasadoras, un hermano le habla al otro y hace un recuento de los daños. Pratolini diría años después que siempre escribió la misma historia desde diferentes ángulos. Claus y Lucas, la extraordinaria novela de Agota Kristof, está escrita en una clave más extrema: una puesta en abismo, una trama cerrada con tres personajes, Claus y Lucas, los gemelos, y la abuela, que articula la desgracia. 

Novelas de terror familiar. ¿No son todas las novelas familares de terror familiar? 

A veces, cuando uno quiere ser un escritor en serio, lo más próximo es lo que se desecha porque parece lo más fácil, lo que no requiere imaginación. Sin embargo, Ricardo Piglia decía que así como el viaje es un gran motor de la ficción (se viaja para contar, el viaje como investigación), la familia también es una fábrica de ficciones. Piglia era un lector fabuloso y también un experto en estrategias narrativas y sostenía que decir sobre una ficción “Esto es real, esto pasó” tiene un inigualable efecto de verdad en el lector, un peso contundente. Entonces, cuando Damián Huergo se pone a escribir, cómo rehuir algo tan atractivo —una materia delicada— como un hermano conflictivo. Las preguntas que se disparan irremediablemente para alguien sensible como es el hermano menor, que no ha protagonizado sino que ha observado a cierta distancia cautelosa, ha registrado muchos detalles, es un núcleo productivo a germinar.

Sin embargo, el problema no es el qué, sino el cómo, es lo único que importa. Scott Fitzgerald le señaló en una de sus cartas memorables a su hija Scotty: “No es qué escribas sino cómo lo escribas”.

¿Cómo contar esta historia de “La ley primera”? Es un gran desafío. Porque más allá del suspense y la reflexión que Damián Huergo va creando y dominando con maestría notable, el tono y el lenguaje están muy trabajados. El tono, contenido. La contención, nunca la emoción explícita, siempre frena un momento antes de decir todo lo que un escritor más verborrágico se habría tentado con decir. Creo que el autor ha leído mucho de la buena literatura norteamericana y encuentra una fascinación al dominar ese estilo seco, muy condensado. Esta novela es corta pero cada párrafo podría extenderse al doble y hay una decisión estética, la de sustracción, la de elegir muy bien qué contar para que esa trama sea compacta. La emoción es tremenda pero nunca se desborda. Nos lleva de las narices de la primera página a la última.

Por ejemplo, la descripción de la casa. El altillo es un espacio que se va a construir después, cuando nace el narrador, porque antes Sebastián y Érica dormían en el mismo cuarto; y en el altillo, el lugar sin ley, no reglado, es donde Sebastián consume cocaína por primera vez. No es en la sala o el comedor o la cocina, es en el altillo, un lugar que casi no forma parte de la casa. La casa es sagrada. Rasgos, códigos de la clase media argentina muy identificables. Aunque la familia se caiga a pedazos, hay rasgos, gestos, que se mantienen, siguen formando una estructura que sostiene la narración, que permite “que el mundo se pise”.

Puede sobrevenir un desastre, todo el tiempo tenemos esa sensación de que transitamos por un campo minado, el narrador nos transmite esto con dosis perfectas. 

Uno de los problemas es la naturalidad que se le atribuye a la familia. Una forma de funcionamiento que todos deberíamos conocer y aplicar. Sin embargo acá eso está dinamitado. Los puentes de la comunicación están dinamitados. ¿Cuán complejas pueden ser las relaciones? Uno no tiene que irse muy lejos para encontrar un objeto de escritura, el material literario. Lo más próximo puede ser lo más extraño y enigmático. Aquello que nos incita a una indagación.

El hermano es un fantasma, la relación entre los hermanos es un fantasma. ¿Cómo contar a ese hermano?, ¿cómo contar esa relación? No hay manera de entender sus conductas. Porque no se trata de la adicción a la droga, sino algo más allá o más acá: la significación de a-dicto es que no habla. No hay diálogo entre los personajes. ¿Cuál es esa posible lengua de hermanos? No es algo natural, dice el narrador, es algo a construir. Si eso es posible lo sabremos leyendo la novela de Huergo. ¿Cómo se conoce a un hermano, cómo se conoce a uno mismo en relación a esa relación? ¿Por sus actos?

En la segunda parte de “La ley primera”, el hermano mayor, Sebastián, se ha transformado en un sujeto, no solo es contado por el narrador sino que lleva la narración. Y las preguntas acerca del hermano mayor parecen volver hacia el narrador, el menor. Y el mayor empieza a ver, a mirar al menor. Se invierte la cosa. Hacen de espejo uno del otro.

Estructuralmente está magníficamente escrita. Esa es la inquietud que genera de manera notable, porque el narrador no tiene casi ninguna verdad, no es que tiene el mazo de cartas y las relojea y sabe cómo viene la mano. Él parece que tampoco sabe qué va a pasar, lo vamos acompañando a medida que van transcurriendo las cosas, es un efecto muy logrado porque claro que él sabe cómo sigue, qué pasó, cómo termina, sin embargo nos mantiene en vilo.

Todo puede sorprenderlo. Es un efecto sutil admirable. 

Su gran capacidad de observación es su resguardo.

En la página 73 se cuenta que Sebastián era un gran contador de historias, un gran fabulador, nos enteramos de que no solo el narrador escribe sino que el hermano mayor tiene afición por los relatos. Y que mientras se movía por un mundo ajeno y complicado, las historias “eran su único capital”, dice el narrador. Oh sorpresa. Es un momento en que el narrador va en busca de su hermano que está trabajando en unas minas en la Patagonia. Va con Atilio, su perro. Y llega a las minas de Andacollo, a 500 kms de Cipoletti. Un momento revelador del libro y de una poesía y de una sequedad hermosas al mismo tiempo. Finalmente la novela ha apresado algo.

Entre el material real con que se arma una novela y lo escrito siempre hay tensiones y esas tensiones son lo que hace a un texto una gran novela de la experiencia o una simple autoficción.

“La ley primera” dispone de una cantera de relatos o de narraciones posibles. Y otros modos de contar a explorar.

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