Psicogeografía bonaerense y anglofilia desde abajo

Zona Sur

Zona Sur es el primer libro de Pablo Strozza

Pablo Strozza


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“Zona Sur se titula el primer libro de Pablo Strozza -escribe Norberto Cambiasso, autor de Vendiendo Inglaterra por una libra-, con epicentro en Monte Grande que irradia a las localidades vecinas: Temperley, Adrogué, Burzaco, Lomas de Zamora, Banfield, Lavallol, Turdera. El lugar donde circulan los discos de Velvet Underground y los Stooges, King Crimson y Van der Graaf Generator, Joy Division y Birthday Party: 'Ver a uno de tu misma edad con una remera de los Doors es sinónimo de entablar un diálogo que, casi siempre, termina en amistad para toda la vida'.

Zona Sur, de Pablo Strozza, configura un peculiar entramado de relatos breves, un puñado de entrevistas (de Patti Smith al Robert Smith de The Cure, de Roberto Pettinato a Greil Marcus y a Andrew Loog Oldham, el legendario manager de los Stones) y unas pocas crónicas que van desde una disquisición algo más extensa sobre los lads a un obituario breve sobre Kurt Cobain“.

A continuación publicamos las páginas 99-108 de Zona Sur. “Lads: aquellos chabones ingleses” es una nota de 1999. El autor la reproduce “sin tocarle ni una coma al texto original”. No hace falta. (Para comprobar cuán exacta sigue siendo la caracterización de Strozza, cómo se asentó, en lugar de convertirse en pieza fechada de un pasado abolido, su perfil de aquellos machos machistas de cerveza, noviecitas y Arsenal, basta leer, en tiempos del Mundial de Qatar 2022, la columna de Bagehot, el anglófilo profesional del semanario británico The Economist, de este noviembre).

En Inglaterra, una nueva subcultura ha nacido de la mano de los Oasis. Se trata de esos jóvenes de clase media, baja o no, a los que la trilogía de fútbol, rock y cerveza les sienta de manera perfecta. Machistas y arrogantes, su mayor aspiración es la de transformarse en nuevos ricos y dejar atrás ese estilo de vida, sin renunciar a sus pasiones. Un informe sobre los “lads”, a propósito de su escritor insignia, Nick Hornby; de los hermanos Gallagher y, por qué no, de la actualidad del fútbol inglés.

Los Cañoneros de Londres

Fever Pitch (Fiebre en las Gradas, 1992), la primera novela de Nick Hornby, es autobiográfica. Posee un único hilo conductor: la campaña del Arsenal entre 1969 y 1992. Leyéndola, nos enteramos de parte de la vida de Hornby (hijo de padres separados, estudiante de Cambridge, guionista televisivo rechazado, psicoanalizado en acción), y de los triunfos y fracasos de los Gunners, equipo de fútbol londinense odiado por toda Inglaterra y rival tradicional del Tottenham.

Los lectores que busquen en Hornby a un intelectual como Jorge Valdano, se sentirán defraudados. La visión de Hornby es, ni más ni menos, que la visión del hincha (“Primero soy hincha del Arsenal y después del fútbol”). La visión de un tipo que, en el momento de mudarse, no duda hacerlo cerca de Highbury (histórico estadio del Arsenal). Un tipo tan comprometido con esa obsesión, que, en vez de contar ovejitas para dormirse, cuenta a todos los jugadores del Arsenal que vio en vivo.

Fiebre… nos demuestra a amantes y detractores una sola cosa. El fútbol no es políticamente correcto porque es tan irracional como cualquier pasión. Al detallar los nombres de esos jugadores imposibles de olvidar de tan malos, al exaltarse ante ese título tan buscado durante años, o al confesar su pasaje burgués de ser un muchacho del tablón a un plateísta, Hornby busca la identificación del lector con su fanatismo. A punto tal que, esas experiencias intransferibles, suelen ser recordadas por cualquier tipo que alguna vez pisó una cancha de fútbol y vivió una situación similar. “Tiene una mirada directa para la desesperación de los suburbios del SE de Inglaterra, y para el masoquismo de la obsesión masculina por el fútbol”, escribe Jon Savage en el periódico inglés The Guardian.

Un paralelo con Osvaldo Soriano es inevitable. En un artículo aparecido un domingo en Página/12, titulado “El dilema de Manuel”, Soriano se preguntaba con resignación cómo haría él (confeso fana de San Lorenzo) para convencer a su hijo de seguir sus pasos si esa tarde el equipo de sus amores caía derrotado ante Boca, ya que al vivir cerca de la Bombonera estaría en inferioridad numérica ante todos sus vecinos. Hornby va aún más allá: proyecta a su hijo hincha del Tottenham y a él gritándole un gol del Arsenal en la cara en un clásico.

Pero más allá de esta simpática postura, Hornby termina mostrando la hilacha. Ante casos como la tragedia hooligan ocurrida en el match Liverpool-Juventus en Bruselas en 1985 por la final de la Copa de Europa —cuando murieron treinta y ocho italianos al derrumbarse una tribuna—, Hornby busca redimirse. Afirma que vio el partido luego de la barbarie, porque en el momento de los hechos estaba dando clases de inglés —y a un grupo de jóvenes italianos—. Y cuando una novia adopta su mismo fanatismo, no duda en titular al capítulo “Una fantasía masculina”. Pero ¿qué hincha de fútbol no hubiera razonado de la misma manera en una situación parecida? Aquel que esté libre de culpa y cargo, que arroje la primera piedra.

Un oasis de honestidad

Fiebre… apareció en 1992, una época en la que Inglaterra estaba en crisis en muchos aspectos. El gobierno tory estaba entrando en un desgaste irreversible; el fútbol resurgía parcialmente de la mano de Gascoigne y Lineker; y el rock se hartaba de todos los clones de My Bloody Valentine. Demasiados jóvenes vivían del “dole”, y Nirvana estaba en su cénit de popularidad mundial con Nevermind. En el rock, la respuesta inglesa no tardaría en venir. Y llegó al año siguiente de la mano de Blur y su Modern Life is Rubbish, en el que Damon Albarn rescataba todo el costumbrismo británico de Ray Davies en una mirada de clase media alta de Essex, despreciativa de todo lo que tuviera que ver con los Estados Unidos.

Pero aún faltaba algo: ese grupo con origen norteño, bocón, drogadicto y machista, con antecedentes de desocupación y melodías deudoras a los Beatles, que pusieron un poco de polémica y devolvieron a los ingleses la identidad nacionalista en el rock. El single “Supersonic” de Oasis se editó el 11 de abril de 1994, tres días después del suicidio de Kurt Cobain, e inauguró una nueva era dentro del pop inglés de los ’90. Ya no era discriminatorio ser un mancuniano descendiente de irlandeses y demostrar amor por el fútbol después que Noel Gallagher dijo que era hincha del Manchester City. “Por culpa de George Best, el Manchester United es el club de los irlandeses de la zona. Toda mi familia viene de Irlanda, y mi abuela me mataría si supiera que no soy hincha de ese club. Como somos seis hermanos, Liam y yo, para tener un motivo para pelearnos, nos hicimos del City”, declaraba Noel a la revista francesa Les Inrockuptibles, en un reportaje junto a Ken Loach. Su hermano Liam, por su parte, quería mostrarse masculino, y lo hacía de la peor manera: “Siempre fui un chico lindo. Nunca me dejó ni una sola chica. Y si se pudre todo, las dejo. Siempre hay otra a la vuelta de la esquina”.

Allí es donde toda la prensa entra a jugar su papel: demostrar que la fama de Oasis no es una exageración pasajera. Se genera la famosa guerra entre Oasis y Blur con la paralela salida de los singles “Roll With It” y “Country House”, y ante la derrota parcial, Noel declara al periódico The Observer que quiere que Damon “se muera de sida”. Luego, What’s the Story Morning Glory? arrasa en los charts ante The Great Escape. Y Alan McGee, capo del sello musical Creation Records, no duda en afirmar que “Blur ganó una batalla, Oasis ganó la guerra”.

“La Sra. Thatcher nos sacó todas las oportunidades y forzó a la gente a seguir sus pasiones. Y yo veo un montón de eso en Oasis” dice James Brown, ex editor de la revista Loaded y actual de GQ. Loaded es un mensuario de rock, mujeres desnudas, cervezas y fútbol (“Para hombres que quieren hacer mejor las cosas”), con una línea editorial que flirtea con todos los extremos. Chauvinismo, machismo, homofobia, racismo: fascismo. Es la revista por excelencia de los “lads” (“Una vuelta a los valores masculinos más tradicionales”, según también Savage). “Desde el principio los Gallagher dijeron ‘Sí, tomamos drogas, destrozamos habitaciones de hoteles, nos cogemos minas, somos proletarios, pero amamos la música’. Al mismo tiempo, teníamos un gobierno tory en decadencia. El corazón del país estaba podrido. Estos dos hermanos, completamente dados vuelta, aparecieron como las dos personas más honestas en toda Inglaterra. Y el país respondió de la mejor manera. Porque los Gallagher amaban a su mamá y eran norteños de clase baja que solo querían divertirse. Entonces, pegarles en la prensa popular en esos días era como tratar de prohibir el roast beef y el budín Yorkshire en toda la nación”. Estas son las palabras de Steve Sutherland, editor del semanario musical New Musical Express (NME), al mítico Nick Kent, persona non grata para los Gallagher desde que filmara un documental en el que los hermanos no quedan bien parados, reproducidas por la revista inglesa Mojo.

Ante la incontenible popularidad de Oasis, también hubo una suba en las acciones de la cocaína en Inglaterra. “Londres está inmerso en una nube de cocaína, y no quiero ser parte de eso” decía Albarn a la revista Q, diferenciándose una vez más de sus archienemigos. “La cocaína está haciendo estragos en los clubes ingleses. Antes, todo el mundo se amaba y se besaba. Hoy, todos se detestan y pasan la noche peleándose. Si Oasis logra que 125 mil personas canten una canción que habla de la cocaína, debe ser el signo de algo” declaraba el Chemical Brothers, Ed Simons, a Les Inrockuptibles, recordando los tiempos en los que el “ecstasy” era amo y señor. Con esta adicción, vemos en Oasis la cruel paradoja del nuevo rico que ahora puede comprar drogas caras. Al menos si tenemos en cuenta las preferencias de Liam en 1994: “Yo aspiro pegamento seis veces por día. Me cago en la cocaína. Empecé cuando tenía catorce años y desde entonces todos los días aspiro mi dosis”.

Vida de disquero

Rob Fleming es un disquero de treinta y pico. Su disquería, Championship Vinyl, está situada en el barrio de Holloway, y se especializa en todos los géneros rockeros que busque el collector, en cualquier formato. Su vida es desdichada: su novia Laura acaba de abandonarlo, su negocio no anda tan bien, y sus padres le reclaman un mejor trabajo.

High Fidelity (Alta Fidelidad, 1995) es la segunda novela de Nick Hornby. El autor da cuenta aquí de otra de sus obsesiones: el rock, y particularmente el soul, esta vez bajo un alter ego. “Fleming” (su nombre en la novela) no duda en documentar su vida en un “top five”, generalmente con ayuda de los empleados de sus disquerías. Estos rankings pueden incluir sus cinco mejores canciones de Elvis Costello, los cinco empleos que le hubiera gustado tener, o cinco conversaciones con Laura post reconciliación.

En esta novela, Hornby vuelve a tratar el tema de la irracionalidad de una pasión: la de comprar y coleccionar discos. Hay irracionalidad en cualquiera de nosotros cuando nos ausentamos un tiempo de Buenos Aires hacia cualquier lugar y pasamos horas en una disquería; hay irracionalidad en Rob Fleming al desechar la oferta de una mujer que le ofrece una colección de singles originales de su adúltero marido a 50 libras. Pero en este último caso, lo que no deja de caer bien es que, por camaradería ante el damnificado, Fleming no haga uso de la opción de compra. Sí, OK, desde algún punto la postura de Rob no deja de ser machista, pero volvemos a lo mismo: ¿Desde qué lugar se lo juzga? Desde el lugar de “una masculinidad en crisis, en el que el Nuevo Hombre de los ’80 —sensible, pro feminista— pasó a ser el ´Nuevo Lad´ —el hombre que quería pasar una noche con sus amigos— y luego a ser el ´Lad liso y llano´, que es lo que es hoy” (opina Jon Savage, otra vez).

En Alta Fidelidad el machismo es una constante, pero no es la masculinidad irónica de un Martin Amis. Allí donde Amis termina haciéndonos lanzar una carcajada por su calculado cinismo, por su garantizada elegancia hasta en los momentos más extremos; Hornby lo hace por su torpeza, por mostrar hasta qué punto algunas obsesiones (y no hablo aquí de discos ni de fútbol, sino de mujeres) pueden llevar a un hombre a perder todo atisbo de racionalidad y cortesía.

Cambios en el equipo

Como todos saben, el laborista Tony Blair ganó las elecciones del ´97 a primer ministro en Inglaterra. Y en su política de acercamiento a la juventud, no dudó en concertar una cita en el N° 10 de Downing Street con Noel Gallagher. Mucho se ha hablado de que Blair utilizó a Noel para buscar rédito político con la juventud ante medidas que nada tenían que ver con el laborismo. Casualmente o no, esta entrevista se produjo poco después de que Liam fuera arrestado por tenencia de cocaína. Aquí es donde entra a jugar Alan McGee, muchas veces comparado por sus procedimientos mafiosos con Peter Grant, el célebre mánager de Led Zeppelin. “Sé, por haber hablado con McGee, que los laboristas estaban muy preocupados por el asunto de las drogas. McGee les dijo ‘Miren, yo soy un adicto recuperado y todas las bandas de mi sello están completamente de la cabeza. Si no entienden eso, no entienden nada acerca de la revolución química ni nada acerca de la juventud británica de hoy’” (Steve Sutherland, otra vez). Noel le dio la mano derecha a Tony y declaró: “No voy a convertirme en el vocero del Nuevo Laborismo”.

Para James Brown, las cosas han cambiado: “Los grandes íconos culturales y deportivos de los ´80 como Howard Jones y Eddie the Eagle fueron reemplazados por Oasis y Glen Hoddle, y estoy feliz de que ello ocurra”. Para Alan McGee también: “Gran Bretaña está muy bien hoy. Tenemos buena moda, grandes directores de cine y equipos de fútbol como el Chelsea. Tenemos grandes bandas de música: The Prodigy son una masa, las Spice Girls son una masa, lo mismo que Radiohead y Oasis”. No conocemos su opinión, pero para Nick Hornby las cosas también han cambiado en el plano del fútbol, ya que en el Arsenal juegan figuras de la talla de Bergkham, Overmars y Kanu. Hornby publicó este año una novela titulada About a Boy (Un gran chico, 1998) que trata sobre la amistad entre un joven nerd y un adulto que no hace nada, pero que está al tanto de todas las modas.

Para el NME, los cambios vienen por otro lado. En una de sus tapas ha aparecido Tony Blair con el título “¿Se han sentido alguna vez engañados?” (La frase con la que Johnny Rotten separó a los Sex Pistols en 1978). Allí el semanario le reclamó al laborismo por todas las promesas incumplidas, con Bobby Gillespie como vocero de la buena conciencia rockera. Luego, el Grupo de los 8 aceptó perdonarle el 40% del pago de la deuda externa a 41 países indigentes, como parte de la propuesta de una ONG llamada Jubilee 2000. Y Blair se sacó la foto de turno con siniestros personajes como Bono Vox y Bob Geldof, factótums de dicha organización.

Liam y Noel Gallagher, cada cual por su lado y sin cruzarse, miraron el Mundial ´98 por TV acompañados de sus respectivas esposas, Patsy Kensit y Megg Mattews, tolerantes de los caprichos de sus cónyuges tal como lo haría su madre, la abdicada señora Peggy Gallagher; editaron su obligado compilado de lados B, The Masterplan; y finalizaron la grabación del sucesor de Be Here Now en Francia mientras ambos se enteraban de sus paternidades. El álbum fue descripto por el mayor de los hermanos como “un monumento al rock espacial”, mientras que Liam dijo que sonaba “parecido a The Dark Side of the Moon”.

El viejo Rod Stewart, catalogado por la revista Mojo como “The Lad Supreme”, incluyó una versión de “Cigarettes and Alcohol” en su último disco, When We Were The New Boys. The Verve, banda norteña de la que Oasis fue soporte en 1993, triunfó en el mundo con Urban Hymns, y terminó separándose por las eternas peleas entre el cantante Richard Ashcroft y el guitarrista Nick McCabe. Ashcroft (malogrado futbolista en su adolescencia) aparece en las fotos fumando tabaco armado y bebiendo cerveza lager con pose arrogante y la banda tuvo un problema legal con los Rolling Stones por un sampler de “Bittersweet Symphony” (anteriormente lo habían tenido con el homónimo sello de jazz, por lo que tuvieron que agregar el artículo antes de su original nombre).

Y Embrace, el grupo de los hermanos Mc Namara, editó The Good Will Out, con la conocida formula de pop de guitarras + baladas con arreglos de cuerdas + estribillos futboleros ¿A quiénes les recuerdan? No se adelanten: para The Verve, por sus excesos en el pasado, “The Drugs Don’t Work”. Y comparar a Oasis con Embrace, es como comparar a Paul Ince con Nelson Vivas, quien actualmente ¿brilla? en el Arsenal.

AGB

Título: Zona Sur

Autor: Pablo Strozza

Pie de imprenta: Buenos Aires: Piloto de tormenta, 2022

Páginas: 120

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