Lecturas

¿Cuánto vale una vida? o cómo Didier Fassin piensa la dignidad humana en la desigualdad

Didier Fassin

Una mujer en África muestra un cuaderno donde lleva el diario de sus días, que oscilan entre la conciencia de su enfermedad mortal y la esperanza de que, después de todo, su hijo tenga quizá una vida mejor que ella.

Un inmigrante, con pudor, narra cómo debe demostrar ante el Estado francés lo endeble de su condición física para obtener una ayuda que le permita sobrevivir.

Policías parisinos confiesan lo aburrido que les resulta patrullar las calles sin que haya mucha “acción”. Quizá alguna vez un hurto, u otros delitos menores. ¿Habría modo de que esa rutina no resulte tediosa luego de un entrenamiento casi militar?

Otros migrantes cuentan que buscan ser calificados como “refugiados políticos” para permanecer en el país de acogida: les sería imposible vivir en el propio sin sufrir violencias (en algunos casos, extremas). Allí donde llegan en busca de una vida mejor hay muchos requisitos para adquirir un estatuto legal que les permita acceder a los mismos derechos que otros ciudadanos. Todos ellos (y varios más) cuentan con la escucha de Didier Fassin.

Sanitarista, sociólogo y antropólogo, Fassin practica el método de la inmersión propio de la etnografía clásica, y el análisis y reformulación de lecturas bibliográficas y archivos, como lo hace la mejor tradición intelectual. A sus lecturas de sociólogos, de filósofos clásicos y contemporáneos, suma voces en proceso, activas, vitales: las que le brinda la experiencia de convivir en grupos y territorios diversos. Así, desarrolla con profundidad preguntas nuevas, atento a las desigualdades y al modo más preciso de conceptualizarlas. Y pone el foco en el rol del Estado y su incidencia en distintas esferas de la vida social, como las políticas sanitarias y migratorias y la penalización de los delitos. Al mismo tiempo, realiza otro movimiento, fundamental en su trabajo: observa qué hacen las personas dentro de ese sistema, cómo se adaptan, resisten y desarrollan estrategias propias para seguir adelante.

Sanitarista, sociólogo y antropólogo, Fassin practica el método de la inmersión propio de la etnografía clásica, y el análisis y reformulación de lecturas bibliográficas y archivos, como lo hace la mejor tradición intelectual

Desde la perspectiva de la antropología crítica, entonces, Fassin se ha dedicado a explorar etnográficamente la policía, la justicia y la cárcel; temas de sus investigaciones han sido, entre otros, las políticas de salud pública y la desigualdad en Senegal, Ecuador y Sudáfrica, y las acciones humanitarias en Colombia. Como dijimos, actual- mente se ocupa de la inmigración y de las políticas de la vida, cuestiones que retoma en la lección inaugural de la Cátedra de Salud Pública del Collège de France, que este volumen acerca a los lectores de lengua castellana. Colaborador regular en distintos medios –donde también escribe sobre la irrupción de las llamadas “nuevas derechas”–, la participación de las ciencias sociales en el debate público siempre fue una de sus preocupaciones. Podemos afirmar que, una vez más, él mismo logra ponerlo en juego en este libro, de manera clara, inteligente, exquisita.

Fassin sigue la tradición que rescata a la antropología como un saber ya no de lo exótico, sino de lo próximo y de lo cotidiano, como quienes estudiaron, por ejemplo, los modos en que se reproducen las profesiones o las élites se perpetúan en el poder. En su libro La fuerza del orden, se involucró y encontró indicios de por qué la policía francesa amedrentaba a determinadas comunidades; lo hizo desde el lugar de quien escucha sin dogmas grandilocuentes ni prerrogativas. En efecto, rehúye el prejuicio y queda exento de los equívocos que suelen cometer, aun en sus buenas intenciones, algunos estudiosos (quizá, nublados por conocer de antemano las injusticias cometidas por estas herramientas del Estado). Donde algunos teóricos, a veces de manera simplista y conspirativa, sentencian que las instituciones toman decisiones deliberadas para atacar a un grupo, Fassin desarticula lo que damos por obvio: aquellos trabajos desarrollados en cárceles y comisarías son solo uno de tantos ejemplos de su praxis de la antropología crítica. Así, busca desandar las génesis y los motivos del funcionamiento de entidades públicas y privadas y su relación con los actores sociales. En ese sentido, La fuerza del orden constata que el “giro punitivista” producido en Francia con la política de “mano dura” de Nicolas Sarkozy aumentó las detenciones y las penas, sin generar una disminución de la criminalidad. Mientras tanto, las sociedades parecen cada vez más tolerantes ante los delitos económicos y financieros, no así de cara a hurtos o consumo de ciertas drogas.

Lo que Fassin llama “populismo penal” –ese hacerse eco, desde el gobierno, de ciertos pedidos de “mano dura”, expresiones de intolerancia amplificadas por las redes y los medios de comunicación– termina produciendo medidas que buscan la simpatía de algunos ciudadanos. Y con ellas, se excluye a otras personas que, al contrario de lo que podría pensarse, no son los delincuentes, sino minorías, pobres y migrantes. Así queda en evidencia que se ponderan de manera desigual de- terminadas existencias, tanto como las acciones de los desfavorecidos y de los privilegiados que ostentan capital financiero.

Estos trabajos sobre áreas y personas concretas anticipan cuestiones clave de este libro. La constante emerge –incluso, a veces, de manera sutil– en las investigaciones del autor. Con audacia, Didier Fassin invirtió la fórmula canónica del método etnográfico. Al acompañar, desde adentro, actividades de organizaciones humanitarias como Médicos sin Fronteras, pasó de ejercer una “observación participante”, propia del modelo clásico, a una “participación observante”. Esa decisión le permite descubrir, lejos de la condescendencia pero también del cinismo, variables que de otro modo quedarían en la opacidad. Porque incluso en el interior de organizaciones que hacen notables intentos por salvar vidas pue- den verse diferencias en la consideración destinada a sus miembros. Los activistas pertenecientes a determinados territorios son valorados de un modo distinto que quienes llegan desde el extranjero. En Por una repolitización del mundo leemos:

La mayoría de las bajas sufridas por las organizaciones humanitarias durante los conflictos no corresponden a “expatriados” sino a “nacionales”, es decir, trabajadores locales. En Colombia, Chechenia y Sri Lanka, donde hubo ataques a misiones humanitarias, cada vez resulta más evidente que los beligerantes tienden a distinguir a los agentes […] con arreglo a lo que valen sus vidas en el sentido más material de la expresión: los expatriados son secuestrados y se pide un rescate por ellos, a los nacionales simplemente se los mata.

Al investigar, Fassin descubre paradojas y también es capaz de detectar las tensiones alrededor, y dentro, de las grandes problemáticas contemporáneas que atraviesan sus trabajos en territorios como Irak, en sus estudios sobre el vih-sida en África, los conflictos en Colombia y, en Francia misma, en las cárceles pero también en la frontera donde quedan varados los migrantes. En lo que él llama “la razón humanitaria”, el lenguaje define víctimas, refugiados, enfermos, que son a la vez categorías que vuelven a alguien plausible de recibir ayuda, o no. Así, lo humanitario se vuelve político y determina quién debe vivir y en nombre de qué. En sus estudios sobre Palestina, consignó que, durante la Segunda Intifada, los psiquiatras detectaron “traumas” en los jóvenes palestinos. Esto permitió que aquel sufrimiento fuera tenido en cuenta por la opinión pública internacional. Pero, al mismo tiempo, esta categorización psicológica puede difuminar la dimensión histórica y política del conflicto. Los rótulos de este tipo –ya se apliquen a migrantes en Francia o a enfermos en Sudáfrica, sin que se pretenda una asimilación, como suele aclarar el autor– incluyen una verificación de la verdad del estatuto de “víctimas” por parte de los gobiernos. Además, Fassin señala las complejidades de esos procesos para calificar a los ciudadanos, en un logrado análisis que sería injusto sintetizar aquí. Con todo, es posible expresar que el Estado no es “el mal” ni “el bien”. Según se lee en Por una repolitización del mundo, “entre el Estado y el cuerpo se da una relación de protección y persecución, compasión y  represión”. Las investigaciones del antropólogo otorgan contornos a los claroscuros. En aquel libro también apunta que el cuerpo es un recurso para conquistar derechos que, sin lugar a dudas, no pueden reducirse a su dimensión biológica: precisamente porque son derechos y no obligaciones, […] es preciso considerarlos políticos. Esas lu- chas ponen a prueba la democracia en la misma medida en que la fomentan. Una lectura que simplifique la política de la vida soslaya esta dialéctica, que tiene a los agentes sociales como uno de sus componentes.

Esta conferencia inaugural prosigue esa trayectoria con el abordaje de un tema que ha tenido un interés tanto histórico como contemporáneo; tema tan presente en la vida cotidiana como en indagaciones filosóficas y paradigmas religiosos. Si las noticias dicen que la policía, conforme a lo que suele llamarse “gatillo fácil”, mató a sangre fría a un joven de clase media, en las redes sociales, en las universidades, entre amigos, se cuestiona:

¿habría tenido la misma visibilidad este caso si hubiera sido asesinada una persona de un barrio popular? Si la represión es ejercida contra una persona trans o contra un mapuche, ¿se le daría la misma cobertura? Lo que subyace es el valor otorgado a la vida de los distintos grupos sociales. El trabajo de campo de Fassin rescata los relatos de quienes sufren la guerra, la pobreza, la persecución policial; los migrantes y refugiados. Y da cuenta de cómo se ven a sí mismos y qué acciones políticas llevan adelante. Como si siguiera, además, aquella premisa de Paul Ricœur sobre la potencia de dimensionar la vida como relato.

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Ciertos acontecimientos muestran las disparidades en forma exacerbada. Algunos recordarán lo sucedido con el soldado israelí Gilad Shalit, cuyo secuestro se atribuyó el grupo palestino Hamás. Shalit tenía en aquel entonces 19 años y fue liberado, en un acuerdo de “intercambio de prisioneros”: equivalió a 477 palestinos en una primera instancia y luego otros 550 (1027, en total). Eso pasó en 2011: Shalit permaneció cautivo cinco años. Fassin cita el caso de Irak. Dice en su conferencia: “Es posible contar e identificar a cada soldado de la coalición fallecido, pero es imposible indicar la cantidad de civiles muertos, más allá de una estimación de 100 000 y, más aún, darles un nombre”. Mientras tanto, en el Mediterráneo, los buques de salvataje son asediados por las autoridades europeas, que dejan morir ahogadas a cientos de personas que no serán identificadas ni tendrán derecho a sepultura.

En sus escritos, Fassin expone ciertos aspectos encarados en esta conferencia inaugural: las matrices y manifestaciones de la desigualdad. Las diferencias abisma- les de los indicadores referidos a la expectativa de vida entre países ricos y en desarrollo –brechas que pueden llegar a los 40 años– no son, únicamente, datos estadísticos. Implican múltiples valoraciones atribuidas a la vida. Formado también en medicina, el autor entiende la vida biológica como un elemento que convive junto a la vida biográfica, retomando así reflexiones de Hannah Arendt y Georges Canguilhem. En estos pivotes, las políticas de Estado tienen influencia directa en la expectativa y calidad de vida.

Aquí también resulta notable su impronta en el abordaje del tema pues, como pocos, Fassin complementa el trabajo etnográfico –que deviene narrativo– y la rigurosidad teórica. Siempre en la mejor tradición de una literatura de no ficción cuya forma literaria resulta eficaz, compleja, reveladora para comprender al otro. Además, desarrolla un profundo bagaje conceptual cuyo alcance va más allá del nicho experto, y gana nuevos lectores.

En su artículo “Why ethnography matters”, Fassin explicita lo que sus lectores descubren con fruición: “Abrirla etnografía a un público más amplio sin perder sus refinamientos y complicaciones fue, por tanto, una ta- rea delicada. Implicaba asociar historias con desarrollos analíticos y vincular la teoría con materiales empíricos. También incluía opciones de legibilidad más técnicas”.

En los intersticios de la obra de Michel Foucault, Fassin encuentra y crea una noción, la de “biolegitimidad”, como una suerte de contrapunto al término “biopoder”. “Hablar de biolegitimidad en vez de biopoder es hacer hincapié en la construcción del significado y los valores de la vida en lugar de insistir en la aplicación de fuerzas y estrategias para controlarla”, señala.5 Ese despliegue deja en claro que en esta visión que profundiza sobre el valor de la vida, las herramientas del biopoder, como las estadísticas, son insuficientes. Las mujeres, por ejemplo, viven más que los hombres, pero “son menospreciadas, se las discrimina y, a veces, se las violenta; sus derechos formales no siempre son reconocidos y, cuando lo son, no se los respeta”, según reseña en la lección inaugural. No puede equipararse longevidad con calidad de vida, factor “perceptible en términos de autonomía, emancipación o realización personal”. El tiempo por el cual transcurrimos puede  ser,  también,  miserable,  indigno o sufriente.

Narrador sensible, más allá de las teorizaciones que pueden horadar nuestras certezas, Didier Fassin logra conmover al mostrar a sus personajes en acción. En el limbo de Calais –nos cuenta–, los jóvenes migrantes sirios exhiben fotos de sus épocas de estudiantes, en un intento por mostrar cuán dignas eran sus vidas.

Es difícil salir de esta lectura sin repensar los sustratos de preguntas a las que nos enfrenta. ¿Por qué toleramos ciertas injusticias, y no otras? ¿Cómo es posible que en nuestras sociedades ciertas vidas valgan menos? ¿Qué de- termina que permitamos, como ciudadanos, algunos sufrimientos mientras reaccionamos ante otros? ¿Y cómo ponderamos, entonces, las acciones de los estados que privilegian ciertas existencias por sobre otras? Fassin cita El hombre sin atributos de Robert Musil. Y construye una analogía con la actitud del antropólogo crítico, que arroja cierta ilusión: “Si el mundo puede ser de otra forma –y, por cierto, lo ha sido en el pasado y lo es en otros lugares–, entonces el cambio siempre es posible y alimenta otras esperanzas”.

SB

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