Entrevista

Lorena Vega: “La reconstrucción que necesitamos es con el mundo de los varones repensándose, pero adentro”

Lorena Vega es una de las figuras más destacadas del teatro nacional.

“Poliamor”, escribió en broma en su cuenta de Instagram el último fin de semana y compartió imágenes de las tres obras teatrales en las que está involucrada por estas horas. Tres obras, por otra parte, de las mejores que hay en cartel en la escena porteña

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Imprenteros, el biodrama que escribió y protagoniza; Las cautivas, de Mariano Tenconi Blanco, donde actúa junto a la actriz Laura Paredes, y Precoz, la inquietante versión teatral de la novela de la escritora Ariana Harwicz, donde dirige a Julieta Díaz y Tomás Wicz, que se lucen arriba del escenario con audacia y actuaciones muy ajustadas.

Pese a esta enorme actividad, su versatilidad y un talento descomunal, Lorena Vega pareciera tomarse todo con calma. De hecho no tiene problemas en revelar que a veces tiene dudas sobre las propuestas que recibe, que recién con el estreno de Imprenteros sintió que podía pensarse a sí misma como autora teatral, que a veces siente resistencias hasta que por fin algo se activa y se pone en acción.

Imprenteros, que con diferentes texturas (desde videos de su fiesta de quince a fotos, desde la participación de actores profesionales hasta la aparición de su propio hermano en escena) abre las puertas a un mundo doble: por un lado, al de los trabajadores gráficos y, por otro, al de ese conjunto de secretos, verdades a medias, pasado compartido, reclamos, amor, incomprensión, memorias y mitos que es siempre una familia.

Convertida en un auténtico fenómeno entre el público, que agota entradas cada vez que se anuncia una nueva función, la obra acaba de ser declarada de interés cultural por el Ministerio de Cultura de la Nación, está a punto de convertirse en un libro y también tendrá una versión documental, que indagará en el universo particular del oficio que combina impresión, tinta, imagen, letras de molde, palabra escrita.

En diálogo por videollamada con elDiarioAR, Lorena Vega reflexiona sobre su trabajo y los distintos roles que asume por estos días.

¿Cómo te llevás con la idea de haber puesto en escena un universo familiar tan personal en Imprenteros y que eso resuene tanto en el público? 

Pienso que la obra es honesta, genuina, y que porta la voz de un caso particular que refleja mucho de nuestra sociedad. Porque hay un relato desde una mirada del trabajo, desde la clase obrera. Tanto desde la gráfica como desde las artes escénicas. Yo soy una persona que hace artes escénicas desde un lugar, no vengo de una familia acomodada que me mandó a estudiar a academias o que me han pagado de chica alguna formación. No, yo lo hice de otro modo. Y es la forma en la que sigo trabajando. Entonces, de alguna manera, yo me reconozco como una trabajadora cultural como mis hermanos se reconocen como trabajadores gráficos. Ahí hay un tipo de discurso, de visión, un desde dónde. Y pienso que eso identifica a gran parte de nuestro pueblo, que es la mayoría. Es el lugar desde el trabajo y desde lo familiar también, un tipo de célula social que por lo menos hasta ahora fue la que predominó en nuestra comunidad que es el negocio familiar ¿no? Las economías de nuestro país estuvieron bastante forjadas por lo que fue la concepción del negocio familiar donde el cruce de vínculos está dado por la expectativa de progreso con el tejido familiar y ese traspaso de generación en generación de un saber. Que además tiene muchas aristas y que, en general, fue timoneado por los varones. Esto también trae situaciones muy complejas desde el punto de vista del género para pensar cómo operó ahí el patriarcado. Pero todo esto que digo son cosas que pude pensar después que existió la obra y que empezó a tener una interlocución. 

¿Cómo fue el punto de partida? ¿Dijiste: “Acá hay algo que llevar a escena” y hay que escribirlo? Porque te metiste con el archivo familiar, el video de tu cumpleaños de quince, llevás a tu hermano al escenario...

Fue por capas. No me acuerdo quién me dijo, pero me gustó un concepto: que no es lo mismo el origen que el principio de las cosas. En este caso, creo que el origen es muy antiguo en relación a la necesidad de poder ponerle voz a mi propia experiencia. Incluso en una etapa en la que yo no me daba cuenta que tenía esa necesidad. Ahora puedo verlo. 

El principio es concreto. Es una convocatoria que me hace Maruja Bustamante para participar del ciclo Familia en el que ella hacía la curaduría para el (Centro Cultural) Rojas. Primero me resistí bastante a participar. Siempre tenía como excusa los problemas de agenda, pero internamente tenía mucho temor a hacerlo. Tenía una resistencia. Hasta que en algún momento ella me acorrala, me dice: “Mirá, es re experimental, y ni siquiera tenés que hacer una obra de teatro”. Algo de eso de alguna manera me encendió. 

Las economías de nuestro país estuvieron bastante forjadas por lo que fue la concepción del negocio familiar donde el cruce de vínculos está dado por la expectativa de progreso con el tejido familiar y ese traspaso de generación en generación de un saber.

Una obra que no tenía el peso de ser “una obra”. 

Es que decir “no es una obra” me abrió el margen. Extendí los límites. No tenía ninguna pretensión en términos profesionales. Porque cuando vos encarás una obra, que siempre es un viaje, lo que importa es la obra. Dedicándote a esto siempre tenés aspiraciones profesionales y querés que a la obra le vaya re bien. En una época quería viajar al exterior, por ejemplo, aunque desde que nació mi hijo eso ya no me interesa pero me interesa. Pero sí me interesa que la obra que hago obviamente guste, que sea prestigiosa, que sea profunda. No sé, en cada material buscás qué es lo que te desafía y lo que pensás que puede ser la fuerza de ese material. Pero con Imprenteros fue distinto porque la fui armando por partes. La obra trabaja con mucho material de archivo de diverso origen. Y todo es fragmentado. Es como un puzzle que luego tiene una articulación, por supuesto, que tiene un arco. Pero recién vi todo junto en el ensayo general, dos ensayos antes de estrenar. 

Antes de la irrupción de la pandemia, además de Imprenteros, estabas también con La vida extraordinaria junto a Valeria Lois (N. de la R.: la obra volverá durante el verano a la sala Timbre 4) y Yo, Encarnación, donde interpretabas a Encarnación Ezcurra. ¿Cómo fue para vos pasar de tanta actividad, de tanto poner el cuerpo a una escena más de parate? ¿Para dónde va toda esa energía cuando el mundo se detiene un poco?

Fue un problema de todes eso ¿no? Cómo reconfigurar esos cuerpos. Para mí fue muy difícil. Muy difícil. El primer mes estuve muy shockeada. Después hubo un tiempo que fue muy difícil, muy duro. Hasta que pude encarar algo de la reorganización de la parte pedagógica, del área más docente, entonces pude reconstruir y reconfigurar mi trabajo obviamente en las clases virtuales. También pasó algo interesante, que es que me volqué más al trabajo de la escritura, no tanto al de la actuación en las clases. Y para mí esto va de la mano de Imprenteros también. ¿Por qué? Porque siento que de alguna manera la obra me legalizó, legalizó mi propia voz. Después de haber hecho obras donde me transformo en otras, una obra en la que yo digo quién soy es, de alguna manera, el lugar donde más se muestra mi trabajo. 

¿No te veías a vos misma como dramaturga?

Es como que eso lo dejaba para quienes se dedican exclusivamente a escribir teatro. Y el punto es que yo siempre escribí, escribí todo, pero no me llamaba a mí misma dramaturga. En mi recorrido hice obras que fueron generadas a partir de improvisaciones y eso es una escritura en el espacio. Pero después hay una escritura en términos más clásicos de sentarte a escribir y a ordenar, hacer una bajada de lo que dijiste, o llevar cosas escritas para probar en el ensayo. O escribir mucho respecto de los espacios de gente que viene a entrenar. Pero bueno, el trabajo de escritura lo termino realmente de asumir con Imprenteros.

¿Cómo pensaste los tiempos más duros de la pandemia en términos de creatividad en el ámbito que te movés? ¿Creés que hubo más necesidad de escribir, de producir, de generar a pesar de no encontrarse personalmente?

Yo creo que sí, que hubo una necesidad de encontrar espacios expresivos. Creo que está como en el ADN, digamos, de les trabajadores culturales estar siempre encontrando el modo de agruparnos y de generar cosas  y que eso pasó. Si yo miro desde hoy para atrás, pienso que finalmente se hicieron y pasaron un montón de cosas. Y valoro eso que pasó sin quitarle la dimensión a lo trágico y a lo difícil y doloroso que fue y que, digamos, deja ahora un escenario como el que tenemos a nivel social con tanto dolor y tanta pobreza. 

Dirigís Precoz, la adaptación de la novela de Ariana Harwicz al teatro. ¿Hubo algo en ese material que te generó interés a la hora de aceptar la propuesta?

No fue una sola cosa. Siempre hay un conjunto de cosas para mí. Dirigir no me resulta fácil, es muy difícil, es mucha responsabilidad, siempre me cuesta decidir. Y en general dirigí cosas que me proponen, no es que yo ando con materiales y digo: “Che, tengo ganas de hacer esta obra”, está bueno este material. Nunca me pasa eso. Y siempre ando con mucha duda. En Precoz en particular es un libro que me acercan Flor Monfort y Natalia Kleiman, es la primera obra de un camino que ellas quieren hacer produciendo con materiales que les interesan y que tienen de alguna manera una perspectiva de género, una interpelación desde ese lugar. Y me costaba agarrarlo porque me parecía difícil. El libro me atraía y lo rechazaba al mismo tiempo. Lo tuve que leer un par de veces para entender más. Tuve que hacer varias lecturas. 

Dirigir no me resulta fácil, es muy difícil, es mucha responsabilidad, siempre me cuesta decidir. Y en general dirigí cosas que me proponen.

¿Cómo fue el proceso del armado de todo y cómo evaluás esto ahora que ya estrenaron Precoz?

Tomi (Wicz) fue el que mejor entendió el libro de una, en una sola lectura. Y con un nivel de comprensión y de sensibilidad increíbles. Para mí él y Julieta (Díaz) tienen una calidad actoral superlativa. Claro, todo el mundo conoce a Julieta y sabe que es una gran actriz. Pero bueno, quizás la conocen mucho más por el mundo audiovisual. Lo que hace en vivo en Precoz es una cosa demente, lo juro, de una profundidad exquisita. Y lo de Tomás también. Hay algo en el vínculo entre ellos, una materia escénica dúctil, profunda. De una vibración muy conmocionante. Esto también tiene que ver con la cantidad de tiempo que nos llevó llegar a montar la obra, porque la pandemia apareció y nos demoró. Pero también hizo que la relación con el material se profundizara.

Ahora estás también con Las cautivas, en escena junto a Laura Paredes. Por lo general a lo largo de tu carrera estuviste trabajando siempre rodeada de otras mujeres o con materiales de mujeres. ¿Cómo vivís esto, que también encaja en una suerte de perfume de época?

Es algo que ya viene conmigo, entonces me es recontra pertinente. Me es familiar. Es orgánico, es la interlocución que hice toda mi vida. Pienso que somos una generación de mujeres que venimos trabajando hace un montón. Abriendo espacios y buscando y dando lugar a nuestras voces. Con más o menos conciencia, pero lo venimos haciendo. Y que es el momento también en el que parece que hay que hacerlo. Por un lado me gusta esta sintonía y a la vez creo que la reconstrucción que necesitamos es con el mundo de los varones repensándose, pero adentro. Alguien me decía respecto de Imprenteros: “Bueno, vos hacés una crítica al patriarcado, o vos señalas algo de lo que es ese mundo de hombres pero visto por vos, por una mujer”. No podría hacerlo de otro modo. A la vez, bueno, trabajo con muchas compañeras, con mujeres, porque es una marca de época, la época nos estará acompañando. Pero para mí es algo que ya está en mí esa escucha y ese intercambio que a la vez es con todes adentro. No podría de otra manera, además, tengo un hijo varón y pienso mucho en su mundo, en el futuro, en su crecimiento. Me parecería muy injusto y muy fea la exclusión, la estigmatización, la confrontación. Por eso pienso que, desde las obras, algo hay. Imprenteros señala un tipo de comunidad, un tipo de célula social que probablemente ya empiece a caducar, ya se vendrán más fuertemente otro tipo de composiciones familiares ¿no? Otras formas de maternar, de cuidar, de crecer, de generar lazos económicos y sociales. Me parece que estaría bueno que eso pase también.

AL

Imprenteros vuelve a escena por estos días. Más información sobre funciones y salas, por aquí.

Precoz, con la actuación de Julieta Díaz y Tomás Wicz, se puede ver de jueves a domingos en el espacio Dumont 4040 (Santos Dumont 4040, CABA).

Las cautivas, de Mariano Tenconi Blanco, se puede ver en el Teatro de la Ribera. Más información sobre funciones y entradas, por aquí.

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