Picasso, el artista que no quiso separar su vida de su obra

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Un día Françoise Gilot le preguntó a Pablo Picasso por qué no se aislaba del mundo exterior para evitar las interrupciones continuas de las que se quejaba el pintor. “Porque no puedo”, le respondió. Y añadió que su mundo interior era la fuente de creación, pero al mismo tiempo necesitaba “los contactos y cambios que establezco con los demás”. Al compararse con Braque envidiaba su talante solitario y meditativo, concentrado completamente en sí mismo. “Yo necesito a otros, no solamente porque me traigan algo sino porque soy víctima de esta incansable curiosidad que ha de satisfacerse con sus visitas”, le comentó a su pareja entonces.

Y añadió una cita que se ha convertido en un extracto esencial para comprender la obra de Picasso: “Yo pinto exactamente igual, como otras personas escriben su autobiografía. Los cuadros, terminados o no, son las páginas de mi diario, y como tales, válidos”. Declaró la imposibilidad de separar su vida y su obra. Pero la perorata no acabó ahí según el recuerdo de Gilot. A continuación se entregó a los designios de la posteridad: “El futuro escogerá las páginas que prefiera. No me corresponde a mí realizar semejante elección”.

¿Qué ha hecho la posteridad con la obra de Picasso? Ha intervenido en ella para cancelar lo que el artista había señalado como insustituible. Era un pintor autobiográfico, pero estos 50 años sin él han servido para borrar la vida de Pablo Ruiz Picasso y mitificar la obra. Medio siglo después y tras centenares de exposiciones, no hay constancia de que se quiera retirar su obra de los museos ni de que haya sufrido algún tipo de censura. Sin embargo, sí existe una reclamación de desmitificar el producto Picasso, introduciendo en la fórmula del éxito el ingrediente retirado. Si sus cuadros son las páginas de su diario, ¿por qué se intenta separar vida y obra de Picasso?

Celebrar el blanqueamiento

Durante estas cinco décadas, la vida de Picasso ha sido considerada por la parte más conservadora de la sociedad como la parte más problemática del mito. Un genio con borrones, un genio humano. Una figura de referencia para el mercado del arte —en el que incluimos a galerías y museos—, que no soportó la mirada de Gilot, conocida como la única mujer que sobrevivió a Picasso. La prodigiosa memoria de la pintura grabó cada instante de los más de diez años que pasó junto a él y lo escribió en un libro, que tituló Vida con Picasso.

Lo publicó en 1964 y se lo dedicó a Pablo. En España tardó 30 años en traducirse. La nueva versión es de la editorial Elba. Este libro prueba quién fue cancelada. Hace casi 60 años Gilot puso el contexto de la obra de Picasso, pero solo logró el menosprecio. Él dijo que su pintura no era nada sin su vida; ella desveló la vida y la reacción fue voraz. Había que desacreditar a esa mujer. La reinserción de la vida en la obra de Picasso, que ahora se reivindica con más urgencia, ha sido señalada como capricho feminista. Pero ni es nueva y ni siquiera es una revisión 'presentista' del pintor. Se trata de una pugna que reclama a la historia del arte más contexto y menos magia.

El testimonio de Gilot no es el único, pero posiblemente sea el más nítido que tenemos sobre cómo Picasso sacrificaba a las mujeres que lograba retener a su lado. Las pintaba mientras las oprimía, se servía de ellas mientras las destruía. Pero Gilot escribió desde la serenidad un desgarrador retrato del maltratador, que para entonces ya había cruzado los 70 años. Y no soportaba la idea de que ella lo abandonara por alguien más joven.

Secuestrar vidas

“Te digo que es muy poco convincente eso de que cuando uno ama intensamente a una mujer permita que esta se vaya con un hombre más joven. Yo preferiría verla muerta antes de que fuese feliz con alguien más. Debo admitir honesta y sinceramente que yo me agarro con todas mis fuerzas a la persona que amo y que por nada del mundo la dejo ir. No me interesan en absoluto esos llamados actos de nobleza cristiana”. Estas palabras son de Picasso, según el relato de Gilot.

Él era 41 años mayor que ella y le ofreció la buhardilla del estudio de la Rue des Grands-Agustins. Pretendía encerrarla allá arriba, proporcionarle los materiales para su trabajo y convertirlo en un secreto. Le propuso privarle de su libertad y salir solo al anochecer, a pasear por los barrios donde no se encontraran con algún conocido.

“Cada vez que cambio de esposa tengo que quemar la última. De esa manera me desembarazaré de todas ellas. No estarán a mi alrededor para complicarme la existencia. Puede ser que eso me devuelva la juventud también. Al matar a la mujer se borra todo el pasado que ella representa”, le dijo en otro momento Picasso a Gilot. Esta es otra de las razones por las que anular la vida del artista malagueño es faltar a su obra.

Su obra es su biografía

Cada nueva pareja lo entendía como un nuevo renacer creativo... Todas sus mujeres, en un primer momento, produjeron en él un entusiasmo creativo. Fueron objeto de su arte, las pintó compulsivamente y en sus rostros puede leerse el momento de la relación con Olga Koklova, Marie-Thérèse Walter, Dora Maar, Nusch Éluard, Françoise Gilot, Geneviève Laporte y Jacqueline Roque, entre otras.

El 1965, John Berger lo resumió en esta reflexión, publicada en el ensayo Fama y soledad de Picasso (Alfaguara): “Ahora podemos empezar a entender por qué pretende Picasso, como no lo ha pretendido ningún otro artista del siglo XX, que aquello que es él tiene más importancia que aquello que él hace. El 'noble salvaje' desafía a la sociedad no con sus productos, sino con su existencia misma”. En la reivindicación de Picasso, Berger aclara al resto de la historiografía que la vida de este artista fue prioritaria en su éxito como artista

“Podía admirarle como artista pero no quería convertirme en una víctima o en una mártir. Me parece que algunas de sus otras amantes sí lo fueron: Dora Maar, por ejemplo”, dejó escrito Gilot. A pesar de los intereses que prefieren mantener al producto Picasso sin contexto y resumen el conflicto con un simple “fue un hombre de su tiempo”, él mismo aclaraba que su manera de entender la vida estaba fuera de su tiempo. “Vivimos en una época repugnantemente sentimental. Todo el mundo piensa en términos de 'felicidad' y otros conceptos que no existen. Lo que necesitamos son madres romanas, eran las verdaderas”, dijo Picasso a Gilot. Esas madres que a él le parecían romanas eran los “ángeles del hogar” contra las que luchaban las mujeres de su tiempo.

Picasso insistía: “Tu labor consiste en permanecer a mi lado, en dedicarte a mí y a los niños [tuvo con Gilot dos hijos, Paloma y Claude]. Me tiene sin cuidado que eso te haga feliz o desgraciada. Si tu presencia aquí proporciona felicidad y estabilidad a otros, eso es todo cuanto debes pedir”. No conoció límites ni los quiso en su obra ni en su vida. Rechazó todos los sistemas y convenciones, y se lo permitieron.