No lo soñé
La historia comienza en La Plata, una ciudad afecta a las diagonales de todo tipo. Allí había habido un grupo llamado La Cofradía de la Flor Solar y, de sus esquirlas, había nacido Patricio Rey y los Redonditos de Ricota, algo que iba mucho más allá de la música. Pero en lo que no se suele reparar es en lo sofisticada que era esa música.
La mitología –tanto la ricotera como la de sus detractores– los opuso a Soda Stereo en una supuesta batalla por la primacía en los ochenta. Un enfrentamiento que se jugaba en el campo estético y que ponía de un lado la visceralidad y del otro la elegancia. El rock contra el pop, en la particular lectura que el mercado argentino realizó de estos términos. Un corte que, en su simplificación, podría haber nacido en el famoso Beatles vs Rolling Stones y que, para sostenerse, debía omitir la energía e incluso la violencia de mucho de lo hecho por los primeros, y el refinamiento de los segundos. Ni Frank Zappa ni David Bowie, por sólo poner dos nombres, caían cómodos en un lado o en el otro. Por no hablar de Spinetta y Charly García, capaces de moverse con gracia de un rincón a otro del ring.
Los Redondos eran medio suburbanos, medio hippies y bohemios, jugaban con el secreto y los mensajes en clave, sus letras eran muchas veces desafiantes. Soda –y su público– eran, o parecían, más burgueses. Pero allí se terminaban las diferencias. En ambos nada era exactamente lo que parecía. Y, por lo menos en los aspectos musicales, la exquisitez, el cuidado por los detalles de terminación y la originalidad iban parejos. Tal vez por eso, el grupo de La Plata tuvo como aliados incondicionales, desde el primer momento, a tres personajes irreductibles a la simplificación: Esther Soto y Rubens “Donvi” Vitale y el hijo de ambos, el joven Lito.
Los artistas populares, y no sólo los que trabajan con materiales predominantemente populares sino quienes son populares en serio, los que tienen popularidad, funcionan como tests proyectivos. Cada uno ve en ellos un espejo de sí mismo y lee como quiere lo que quiere. Una prueba es la cantidad de explicaciones de diversos fans, que figuran en Internet, de algo que no tendría por qué explicarse, la letra de “Ji Ji Ji”, la primera canción del Lado 2 de Oktubre, el segundo disco del grupo. ¿Por qué debería saberse qué tenía exactamente en la cabeza el Indio Solari cuando pensó “En este film velado en blanca noche/ el hijo tenaz de tu enemigo/ el muy verdugo cena distinguido/ una noche de cristal que se hace añicos”?. No se trata de prosa. No tiene por qué haber un argumento. Y si se hubiera querido que allí se narrara una historia, se habría contado de otra manera. Pero no me referiré a los miles de interpretaciones de esa letra porque todas son, en un punto, posibles. Y verdaderas. Un poema, como un chiste, no debe explicarse. Tiene que funcionar como un golpe. Como una inmersión profunda en agua fría. Y, como ella, provocar una reacción inmediata. Y porque, en esa canción que me interesa mucho, me interesa otra cosa: el diálogo entre distintos estilos, claramente identificables y entendibles como unidades de sentido, un poco a la manera de los valses populares en las sinfonías de Gustav Mahler. Y la manera en que ese diálogo es subrayado por elecciones tímbricas y gestos expresivos.
Hay, al principio, una breve introducción instrumental. Una repetición de un ostinato, acentuado en el cuarto pulso –el más débil, el menos acentuado de todos– que luego se convierte en el acompañamiento de la primera estrofa (con el texto transcripto más arriba) que desemboca en una suerte de estribillo, con las palabras “no lo soñé yeeee/ se enderezó y brindó a tu suerte/ no lo soñé yeeee/ y se ofreció mejor que nunca./ No mires por favor/ y no prendas la luz/ la imagen te desfiguró”. Esas dos secciones tienen un contraste marcado. La primera es minimalista y es cantada por una voz ascética, contenida. Una voz más Soda Stereo, podría decirse. La segunda es explosiva y allí aparece la típica voz “Los redondos”, con ese vibrato veloz, característico de Solari, que recuerda en algo al de la cantante Sonja Kristina, del grupo inglés Curved Air, que editó su primer disco en 1970 y había tomado su nombre de A rainbow in curved air, una composición de uno de los fundadores del minimalismo, Terry Riley. Luego de la reexposición del mismo esquema de copla y estribillo, en ambos casos con textos diferentes hasta “no prendas la luz”, hay una sección instrumental. La batería marca como un reloj los cuatro pulsos de cada compás y, sobre ella, se repite tres veces una secuencia donde suenan tres acordes. Hay una cuarta vez pero, en esta ocasión, desemboca en una especie de cumbia con melodía eslava, y, luego, en un franco subtema de rock. El timbre de la guitarra, durante la cumbia, no usa pedales ni distorsión alguna. Es un sonido, casi, de grupo tropical –o una balalaika rusa–. Los pedales aparecen en la sección-rock. El mismo procedimiento que había aparecido en la voz, al comienzo, contrastando dos inflexiones vocales y dos gestos expresivos diferentes, se repite en la guitarra solista durante el pasaje instrumental. “El montaje final es muy curioso/ es en verdad realmente entretenido”, dice la voz al reaparecer. Hay una nueva vuelta de coplas y estribillo y el montaje final, realmente entretenido (ji, ji, ji, ríe el título de la canción desde bambalinas), incluye una nueva sección al final: un trémolo en la guitarra, una melodía lastimosa en un violín, una nota grave en el saxo, sirenas, un conjunto de voces entre las que comienza a destacarse una que repite, invariable, “Chernobil, Chernobil”.
Texto extractado del capítulo “Ji Ji Ji” (Skay Bellinson- Indio Solari, 1986)“, adelanto exclusivo para elDiarioAr del libro Hoy desperté cantando esta canción. Canciones populares: una historia argentina, próximo a ser publicado por Debate.
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