Opinión - Economías

Una gestión exitosa de la pandemia apenas nos pondrá de cara a los conflictos no resueltos

La particularidad argentina, menos desigual que sus vecinos, fue haciéndose menos perceptible hacia finales del siglo XX.

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Recientes documentos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) muestran las pérdidas de puestos de trabajo tanto a escala mundial como en la región latinoamericana. Argentina no es una excepción en la materia. En lo que posiblemente el país se distingue es en el derrotero, en el recorrido.

En relación con América Latina, a lo largo del siglo XX la Argentina mostró que su mercado de trabajo absorbía su propia oferta aún con el incremento de las corrientes inmigratorias (de Europa, en las primeras décadas; de los países limítrofes desde los años cincuenta). Eso explicaba, en parte, que los ingresos laborales eran medianamente satisfactorios tanto para los nativos como para los inmigrantes. Los emigrados de Europa que cruzaron el Atlántico fueron quienes, un siglo atrás, acuñaron la expresión “venir a hacerse la América”.

Esa particularidad argentina, menos desigual que sus vecinos, fue haciéndose menos perceptible hacia finales del siglo XX, en verdad no tanto por la mejora socio económica de las sociedades hermanas sino por un estancamiento, sino un retroceso, de nuestro propio desempeño.

Mucho se ha dicho sobre el quiebre producido en diversos aspectos en la década de los años setenta. En lo que hace al trabajo y al empleo, es sabido que hasta comienzos de esa década la tendencia fue favorable a la participación salarial en el producto. Desde entonces, luego de una caída muy brusca (1975-1976) hubo un irregular proceso de recuperación sin llegar a los topes de comienzos de los años cincuenta o de los setenta.

El gráfico muestra la participación respecto del producto. Actualmente el INDEC hace las estimaciones respecto del VAB a precios básicos lo cual arroja porcentajes algo mayores. Con esta forma de medición se han alcanzado niveles en torno del 50% durante un lustro (2013-2017), es decir atravesando cambios políticos relevantes.

Como sabemos esa situación no se sostuvo, entre otras cosas, porque sus bases eran endebles. Estudios de la Universidad de Buenos Aires como de la Universidad Católica Argentina, por ejemplo, mostraron que transitamos períodos de ajuste neoliberal y otros de naturaleza aparentemente heterodoxa. Si bien uno u otro fueron producidos por la misma fuerza política, los resultados fueron sensiblemente distintos: tanto el empleo total, como los asalariados registrados, como los precarios se comportaron de modo muy diferente. Sin embargo, las bases de la configuración productiva no fueron alteradas, de modo que no se atemperó la concentración económica ni la dependencia de las importaciones para la producción industrial, para citar sólo dos aspectos. 

Sí cambiaron, para bien, ciertas instancias de redistribución de ingresos, favorecidas por excepcionales condiciones de las que se benefició toda América Latina. La enorme modificación en la demanda internacional de bienes primarios por la aparición de grandes demandantes (China e India, particularmente) hicieron posible que buena parte de los países latinoamericanos avanzaran fuertemente en dirección a bajar los niveles de pobreza y, en parte, de desigualdad. Los precios del petróleo, de la soja, del cobre, etcétera, crecieron de tal modo que los “términos de intercambio” (TI) cambiaron radicalmente. De haber sido un factor del retroceso regional durante la segunda mitad del siglo XX -como lo remarcaran Prebisch y la CEPAL- los TI se tornaron en la primera década del siglo XXI en una aparente panacea. 

Algunos países, como Bolivia, parecen haber actuado inteligentemente no dilapidando la nueva situación favorable. Ni Ecuador, ni Venezuela ni Argentina, por mencionar a algunos, supieron copiar la estrategia.

Dos aspectos se destacan en el caso argentino. Por un lado, somos el país que está en el podio de los más inestables o irregulares en materia de crecimiento económico. Computando los últimos setenta años, un año de cada tres tenemos una variación negativa del producto. Si nos ceñimos al siglo actual empeoramos, acercándonos al récord de casi uno de cada dos años en tal condición.

Una segunda particularidad es la declinación de la tasa de inversión en particular desde los setenta para acá. En el gráfico se ve claramente que la inversión creció hasta mediados de los setenta y luego tendió a disminuir de forma continua. 

En paralelo, también como proporción sobre el producto, el consumo fue declinante hasta los setenta y luego, llamativamente, tendió a recuperarse, aunque con fuerte descenso durante la crisis de 1998-2002.

La volatilidad en materia de crecimiento junto con la pérdida de relevancia de la inversión, han tenido fuerte incidencia en el permanente alejamiento de la media internacional de productividad y competitividad, lo que termina por impulsar mayores confrontaciones para disputar una “torta” limitada.

No hay acuerdo acerca de cuánto de todo esto es resultado y cuánto es motor de otro de los padecimientos de la economía local: Argentina es uno de los pocos países del mundo que persiste en convivir con un régimen inflacionario que erosiona todas las variables y propicia los peores comportamientos sociales. Es sabido que tal fenómeno inflacionario siempre perjudica principalmente al sector del trabajo. Sin embargo, llegamos al punto de carecer de moneda debido a la continuidad inflacionaria.

Lo dicho sugiere con claridad que la crisis actual no deriva sólo de los estragos causados por la pandemia. Ni tampoco sólo de la mala gestión de Cambiemos. Si hubiera, en los próximos meses, algún crecimiento económico este sería apenas una fracción de lo que hemos retrocedido al menos en el último lustro. Y eso quizás ni siquiera alcance para reponer en el mercado de trabajo los millones de puestos perdidos.

De donde se deduce que con lo importante que será dominar la pandemia, con ayuda de las vacunas y con el comportamiento de cuidado recíproco que nos debemos los ciudadanos, ese logro apenas nos pondría de frente a nuestra carencias y conflictos no resueltos. La envergadura de la tarea indica la necesidad de una concertación entre las fuerzas políticas, sociales y económicas que afirmando sus respectivas miradas e intereses reconozcan la virtud de consensos sustantivos.

JL

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