Largos viajes en colectivo para poder comprar, comisiones ocultas y el lujo de una milanesa: tres madres y su experiencia con la Tarjeta Alimentar

Marcela Sosa, Mirelli Blanco y Lorena Baez, madres que reciben la tarjeta Alimentar

En Carcova, el barrio del conurbano bonaerense donde vive Mirelli Blanco con su marido y sus cuatro hijos, no hay donde comprar con la tarjeta Alimentar. Pero ella sabe a dónde ir. Cuando el Ministerio de Desarrollo Social le renueva el saldo camina 20 cuadras hasta una carnicería y gasta casi todo el dinero en carne picada y pollo, que separa en bolsitas que administra con rigor. Dice que si le pone “una platita encima” el monto de la tarjeta le alcanza para la comida de 15 días, nunca más que eso

Lorena Baez tiene 25 años y vive en Villa Lanzoni con su hija Zoe, de tres. Una vez por mes viaja media hora en colectivo hasta el centro de José León Suárez, Villa Ballester o San Martín, donde busca algún supermercado grande para hacer las compras con la tarjeta. En su barrio tampoco tiene mucha opción: solo hay un pequeño almacén que acepta el pago con Alimentar, pero tiene pocos productos y es más caro. Viaja, entonces, en colectivo para volver con las bolsas un poco más cargadas y algunas de esas cosas que su hija se alegra de ver llegar a la casa: yogur con cereales, galletitas, alguna fruta. 

La tarjeta Alimentar, que el Gobierno identifica como su “principal instrumento contra el hambre”, se implementó por primera vez en diciembre de 2019. Sin embargo, pandemia mediante, la emergencia alimentaria se profundizó desde entonces. Según datos oficiales, al inicio del gobierno actual la pobreza alcanzaba al 35,5% de la población y la indigencia, al 8%. Un año después, en diciembre de 2020, esos porcentajes habían subido a 42% y 10,5%, respectivamente. 

Según una encuesta del Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (Isepci), aún dentro del universo de hogares que reciben la tarjeta Alimentar el 22% empeoró el acceso a la alimentación y se vio obligado a reducir la cantidad de comidas diarias de los niños y niñas, mientras que ese número se elevó a 36% en las familias del mismo estrato social que no accedieron al beneficio. Es decir, si bien la política resultó ser efectiva para reducir el impacto de la crisis, no fue suficiente para compensar sus efectos. 

La tarjeta evidencia, además, un límite que tiene el Gobierno en su estrategia de contención de la inflación. Los acuerdos de precios que instrumenta no llegan a los barrios populares, donde la economía es eminentemente informal. La explicación de Isaac Rudnik, director del Isepci, sobre por qué la tarjeta Alimentar no corre en los barrios va en el mismo sentido: porque los comercios no tienen posnet. Y los pocos que tienen, buscan hacerlo valer. 

“Yo la primera vez que usé la tarjeta gasté $1.200 en la verdulería y cuando llegué a mi casa me di cuenta que me habían cobrado $1.500. Fui y le pregunté al vendedor por qué y me dijo que era el interés”, dice Marcela Sosa, también vecina de Villa Lanzoni y madre de dos nenes, uno de 7 años y otro de 3. “Cada uno quiere sacar su porcentaje. su avivada”. 

Las tres mujeres, todas madres de no más de 25 años, están sentadas en un salón del “polo productivo” que tiene en José León Suárez la organización Barrios de Pie, de la que ellas son parte. Es una casa vieja y en esta oficina hay un par de computadoras, decoraciones que quedaron de la navidad pasada y un vinilo en la pared que dice: “Si el plan no funciona, cambia el plan, pero no cambies de meta”. Por las ventanas abiertas para procurar la ventilación entra frío y el ruido de los compañeros que trabajan en el patio, en un taller de carpintería. 

En una habitación contigua hay bolsas de verdura que forman una gran montaña desde el piso y maples de huevo apilados sobre un escritorio. Vender esos bolsones es el trabajo de Mirelli, que suma sus ingresos con los de su marido, que hace changas de electricidad y plomería. Marcela, en cambio, prepara y sirve comida en un merendero de Villa Lanzoni y su marido es empleado del Ceamse. Lorena trabaja en el área de gestión de Barrios de Pie y además, hace unos años se compró una impresora en cuotas y saca fotocopias en su casa. 

—¿Qué productos compran con la tarjeta? —les pregunta elDiarioAR.

—Todo se va en carne, frutas y verduras, porque acá, gracias a Dios, a veces nos dan lo que es secos: fideos, leche. O los chicos del merendero también si nos acercamos nos dan la merienda, ya sea una torta frita, una rosquita..  

A las tres les dan, una vez al mes, un bolsón de comida en la escuela de sus hijos, incluso cuando en esos lugares no se servía comida antes de la pandemia. Un bolsón que ayuda, pero que viene cada vez más flaco.

—Antes te daban cinco leches, ahora te dan dos; huevos te daban una docena, ahora te dan media —dice Marcela, que lleva a su hijo mayor a una escuela que está a media hora de viaje en colectivo porque tiene problemas de habla y en esa escuela “lo tratan bien”. 

La carne es la prioridad y se apuran a comprarla apenas tienen el dinero porque saben que de una semana a otra el precio se puede disparar. Según datos del Instituto de la Promoción de la Carne Vacuna Argentina (Ipvca), entre abril de 2020 y el mismo mes de 2021 aumentó 66,1%, con subas más marcadas en los cortes de alto consumo popular.

—La milanesa es un lujo, por lo menos para mí —dice Mirelli. —Yo compro solo carne picada, pollo trozado y carne común. Lo separo todo en bolsitas de una porción y uso una bolsita para un tuco, unos pollos para un guiso y así. Pero una milanesa es un lujo… ya no llegás. 

—Sí —sigue Marcela. —Además tenés que comprar el pan rallado, los huevos.. se te fue todo en eso en un mediodía o una noche. 

En el barrio, dicen, algunos cobran hasta $800 el kilo de carne para milanesas, aunque en el acuerdo firmado entre la secretaria de Comercio Interior Paula Español y los frigoríficos la cuadrada o bola de lomo esté a $515.

El alcance de la tarjeta fue ampliado esta semana, que pasó de cubrir 1,9 millones a 4 millones de niños, niñas y adolescentes. La tarjeta está destinada a madres o padres con hijos e hijas de hasta 14 años de edad que reciben la AUH, embarazadas a partir del tercer mes que reciben AUH, personas con discapacidad que reciben AUH y madres con más de 7 hijos. Con el último ajuste, la tarjeta pone a disposición un monto mensual de $6.000 para embarazadas y familias con un menor, $9.000 para familias que tienen dos hijos o hijas y $12.000 para familias con tres hijos o más. 

El dinero de la tarjeta no se puede extraer. Las compras se hacen directamente con el plástico, en un intento del Gobierno por direccionar el gasto a lo que estrictamente fue asignado. Sin embargo, y por dificultades en la generación y reparto de las tarjetas, algunos beneficiarios cobran directamente en la cuenta de la AUH. Ese grupo de personas (entre quienes están los que comenzaron a recibir el beneficio en la última ampliación) puede retirar el dinero y gastarlo en efectivo, sin dejar registros de lo que compra. 

Lorena, Marcela y Mirelli tienen la tarjeta, pero consideran que recibir el dinero en la cuenta de la AUH sería mejor para ellas, por varios motivos. Primero, porque podría comprar más cerca de su casa y más barato. Segundo, porque así ayudarían también a los comerciantes de su barrio; esos que, cuando hace falta, le fían el pan. Tercero, porque sus hijos no solo necesitan comer. 

—Yo a veces necesito pañales pero no me animo a comprarlos con la tarjeta por miedo a que me la bloqueen. En el negocio te dicen dale, compralo, no pasa nada, pero yo no me arriesgo —dice Mirelli. 

—Yo a la AUH la uso para comprarle el paf a mi nena, un inhalador que necesita para un tratamiento —dice Lorena. —Por eso ya descarto esa plata y trato de manejarme con la Alimentar para la comida.

—Además los chicos crecen; hay que comprarles zapatillas, buzo, frazadas. Cosas que no se incluyen y que nosotros tenemos que buscar día a día cómo solucionar. Igual no sé si estaría bien que depositen toda la plata porque conozco gente que usa la AUH para cosas malas. No todas las mamás somos así.

—Eso estaba por decir, también. Por un lado conviene y por otro no —suma Lorena. 

Ellas se enteraron hace muy poquito que se puede consultar el saldo de la tarjeta mediante la aplicación del Banco Nación. Hasta ahora llamaban por teléfono para consultar cuánto dinero les quedaba, pero gastaban mucho crédito del celular en la línea de espera. Usaban la tarjeta a ciegas, anotando en un papel lo que iban gastando para calcular el saldo restante, subestimando en muchos casos las “comisiones” ocultas o desaprovechando plata a favor. 

Luego del anuncio de la ampliación de la tarjeta Alimentar, el 7 de mayo pasado, se escucharon algunas voces críticas de dirigentes de movimientos sociales aliados del Gobierno. Entre otros, Juan Grabois y Emilio Pérsico señalaron que “la tarjeta Alimentar no es justicia social” porque no consagra derechos permanentes ni crea puestos de trabajo. No renegaron de la medida en sí, que saben que es útil frente al drama urgente del hambre, sino del enfoque. Como señalaba Paula Abal Medina en una nota para este diario, del hecho que el Estado no encuentre otro repertorio de intervención en la cuestión social que no sea el asistencialismo. 

Mirelli reflexiona unos segundos sobre esto, piensa si hay tensión entre la asistencia y el trabajo, y finalmente dice que “todo va de la mano”. “No se puede simplemente dar Alimentar o dar trabajo; una cosa complementa a la otra. Yo trabajo, mi marido trabaja, cobramos la AUH y la Alimentar y al día de hoy hay veces que no llegamos a juntar para todo lo que necesitamos”.

WC

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