Entrevista

Nilda Chamorro, coordinadora de 40 comedores en Almirante Brown: “La situación no explotó porque hubo contención en los barrios”

El carro está desde temprano apostado en la vereda, junto al alambrado flojo que rodea el terreno. Adentro, en lo que es una casa humilde de familia, pero también un comedor coordinado por la organización Barrios de Pie, un grupo de mujeres prepara el guiso que horas más tarde repartirá casa por casa en ese carro. Cargarán la olla, una bolsa de pan, una fuente con bananas y lo empujarán por las calles de tierra, parando a tocar las palmas en cada casa en la que, saben, vive alguna persona mayor. Los jueves, el comedor “Delia”, ubicado en Claypole, se dedica a “los abuelos”. 

Pero todavía falta para eso y el carro está vacío. Ahora el fuego crepita bajo la gran olla y suma temperatura a un mediodía de enero en que el termómetro marca 33 grados.  

“Uyyy, un año atrás hubieras encontrado esta mesa llena de chicos por todos lados”, dice Nilda Chamorro, coordinadora de los 40 comedores que la organización tiene en el partido de Almirante Brown y una de las tres mujeres que, en diciembre pasado, fue reconocida por el presidente Alberto Fernández en representación de las trabajadoras de ollas populares de todo el país, a quienes identificó como personal esencial en el marco de la pandemia.  

Tiene un barbijo blanco, el pelo entrecano corto adelante y largo sobre los hombros, y una voz dulce, casi de niña, que suaviza el gesto algo severo. 

“El reconocimiento del Presidente fue muy emocionante, porque nosotras estuvimos no sólo en la pandemia; venimos soportando crisis muy grandes en nuestro país y siempre estuvimos trabajando en el territorio”, cuenta Chamorro. “En los sectores populares, las mujeres son las primeras en socorrer al vecino con lo que haga falta. Te tocan la puerta porque necesitan un medicamento, porque se les quemó la casa, porque se quedaron sin trabajo. Las mujeres del barrio siempre están ahí, en la primera línea”, remarca.  

Chamorro dice que ya en 2019 habían comenzado a ver que se acercaban más personas a los comedores y que, con la pandemia, la tendencia se profundizó: empezaron a aparecer más adultos, abuelos, familias enteras. Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), el 40,9% de los argentinos y argentinas es pobre, número que aumentó más de 13,5 puntos porcentuales desde el primer semestre de 2018. En el Gran Buenos Aires, el dato de pobreza es todavía mayor y alcanza a 47,5% de la población. 

Actualmente este comedor —llamado Delia en honor a la madre de Rosana, la dueña de casa— sirve alrededor de cien porciones diarias. Para cocinar cuentan con la provisión de alimentos secos aportada por el Gobierno nacional y de carne aportada, que rara vez alcanza, por el municipio. Para complementar el faltante, organizan rifas —en reemplazo de los bingos que hacían antes, cuando era posible hacer grandes reuniones— o juntan algo de dinero entre todos, aunque ahora, por el aumento de precios, Chamorro dice que ya no pueden. 

—Un kilo de carne te sale $600 y es imposible; para esa olla necesitás por lo menos tres kilos para que le toque un poquito a cada uno. 

—¿Cambiaron lo que cocinan por el aumento de los precios?

—Sí, compramos alita, aunque el pollo también subió un montón ahora. También menudos, que muchos los tiran y acá en el barrio se venden y con eso podés hacer una salsa para los fideos, por lo menos. Todos los días inventamos el menú. Se ingenian las compañeras y medianamente lo podemos resolver.

—¿Les alcanza para todos o hay días que no?

—Hay días que hay que rascar la olla y decir no hay más. Es muy triste que venga una persona a querer llevarse un plato de comida y le tengas que decir “vení mañana”.

A los comedores ya establecidos, que en el caso de Barrios del Pie son alrededor de 250 en toda la zona sur del conurbano, al principio de la pandemia se le sumaron otros improvisados. “La situación no explotó porque hubo una contención en los barrios; vos encontrabas cada dos cuadras gente que hacía ollas”, relata Chamorro, aunque aclara que también fue muy importante la ayuda del Gobierno, que llegó con la tarjeta alimentaria, el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) y los planes Potenciar Trabajo. “Obviamente que no alcanza porque lo que hay es falta de trabajo y muchas otras cosas que no se pueden resolver sólo con eso”, agrega.  

Excepto los jueves, que las raciones se reparten domicilio por domicilio en el carro, el resto de los días las familias se acercan con sus recipientes a buscar la comida. Se pone una mesa cruzada en el ingreso para mantener la distancia, se usa barbijo, alcohol en gel. Se aprovecha este pequeño playón abierto junto a la casa, donde hay también una bomba manual con la que sacan agua de un pozo para cocinar y por donde ahora caminan tres cachorros maltrechos. 

Chamorro cuenta que las mujeres que trabajan en este comedor, así como quienes llevan adelante otros proyectos de Barrios de Pie, cobran el plan Potenciar Trabajo, que exige una contraprestación laboral y es de $9.400 mensuales, monto que en diciembre se duplicó excepcionalmente. Estas mujeres —Rosana, Claudia, Verónica— participan a la mañana del plan Detectar, al mediodía hacen la comida y a la tarde sirven la merienda. También cobran el programa Potenciar Trabajo los tres jóvenes que pasan por la calle lateral del comedor empujando dos carretillas y una mezcladora de cemento, palas, baldes. Están haciendo los cordones de las veredas del barrio, explican.  

—Nos duele profundamente cuando nos dicen que somos vagos, porque nosotros sabemos que no es cierto. Al que piensa eso yo lo traería acá, con 40 grados de calor, para que vean cómo estas compañeras prenden el fuego porque no alcanza para la garrafa. Los llevaría a una textil que tenemos donde las compañeras durante toda la pandemia hicieron los barbijos, camisolines para que no le falten a nadie. Los invitaría a una recicladora que tenemos. Me gustaría que vean eso... que nosotros nos organizamos para trabajar; trabajamos. Eso es la economía popular.

El día que el presidente Alberto Fernández le entregó el reconocimiento, el mandatario también recordó a Ramona Medina, de La Garganta Poderosa, que semanas antes de morir de coronavirus había denunciado la falta de agua y de las condiciones sanitarias necesarias para prevenir el contagio en la Villa 31. Chamorro dice que en su organización también perdieron compañeras y que, como trabajadoras esenciales, deberían estar incluidas en las listas de prioridad para ser vacunadas. 

—¿Por qué no, si ya nos reconocieron como trabajadoras esenciales, si las compañeras abren sus casas cuando está el riesgo de traerle el virus a sus familias? ¿Por qué no estar en el primer listado? Si nosotras nunca dudamos y nos pusimos en la primera línea y vamos a seguir acá. Porque esto no se termina, tenemos para largo.  

La palabra “organización”, que Chamorro incluye en casi todas sus respuestas, está en el núcleo del origen de su militancia. En 2002 perdió el trabajo en la fábrica, como tantos otros vecinos del barrio en el que todavía vive, Glew. Se empezaron a juntar entre ellos, primero, para “ver cómo llenar la olla”. Después pensaron en qué más podían hacer y con la máquina de coser de una de las mujeres, la tijera de otra, el pedazo de tela de alguna más formaron una pequeña cooperativa de confección de almohadones, que vendían en ferias. 

—Esa organización sirve mucho porque si te quedás en tu casa, sin trabajo, se te viene el mundo abajo. Así empezamos a adquirir la cultura del trabajo, eso que estábamos perdiendo.

Dice Chamorro, que no tiene hijos pero sí “muchos sobrinos y compañeros” y considera que generar esa motivación en otros es ahora su misión.

—Hace algunos días el ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, dijo que desde hace alrededor de cinco semanas hay menos gente yendo a los comedores. ¿Vos que estás acá, lo ves así?

—Nosotros seguimos manteniendo las mismas cantidades de vianda que veníamos repartiendo. Sí puede ser que no es como hace tres o cuatro meses, que en cada esquina algún vecino organizaba una olla. Eso, tan masivo, no se ve, pero no sé si es por que hay menos necesidad o por el miedo de la gente a contagiarse, porque antes ponías una olla en una esquina y te venían 100 o 200 vecinos, con el riesgo que eso tiene. Nosotros seguimos manteniendo abierto los 40 comedores, con la misma cantidad de gente que viene a retirar. 

—¿No sienten la recuperación de la economía que algunos empiezan a identificar?

—No. Y no sé si ahora, con este aumento de los artículos de primera necesidad, no va a aumentar la gente que venga. 

—¿Las changas mejoraron un poco?

—No mucho, todavía no repuntó, y con la pandemia es difícil que mejore. Por eso tenemos esperanza en la vacuna. Vacunarnos todos y salir adelante. 

A dos cuadras del comedor, Belén Schossow tiene un comercio improvisado en la puerta de su casa, con líquidos de colores en botellas de gaseosa recicladas: dos litros de jabón líquido por $100, quitasarro por $90 el litro, desengrasante, $120. Su marido trabaja en una fábrica de insumos plásticos y eléctricos que al principio de la pandemia estuvo parada y le pagó a sus empleados sólo parte de los salarios. Para complementar los ingresos, invirtieron en productos sueltos y, si bien ello los ayudó a pasar la pandemia, ahora “va bastante mal”. “Creo que antes la gente no se alejaba mucho de la casa y ahora que tiene permiso para andar camina un poco más, busca precio”, dice. 

Por el frente de la casa de Belén pasa el carro con la comida, cuando arranca tirado por otros dos compañeros de la organización, Guido y Oscar. Las mujeres van a los costados y atrás, acercándose a las puertas, sirviendo en plena calle los tápers que las familias les alcanzan. Para el Día del Niño también se usó ese carro. Cocinaron tortas, pochoclo y chocolatada, se disfrazaron con sombreros y narices de payaso, y ese día —en el que, a diferencia de hoy, hacía mucho frío— salieron a repartir. Invierno, verano, en el comedor o casa por casa. Las mujeres del barrio, en la primera línea.  

DT