Canciones de ayer para entender el hoy: la historia de la Nueva Trova Cubana

Silvio Rodríguez en un concierto de 1985

Clara Nuño

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Elis Regina Ramos tenía ocho meses cuando su padre se fue de casa, pero nunca se marchó de su vida. De niña le sentaba en las butacas del Charles Chaplin, un cine de la Habana, mientras ensayaba con su banda. “Pablo cantaba, mi padre era el bajista y yo los miraba”, rememora, “recuerdo ir a sus conciertos en primera fila desde muy chica, subir a los escenarios a entregarles flores y estar en sus fiestas en la casa de Atabey, porque Pablo era tan juerguista como todos los bohemios”, ríe. Eran encuentros musicales, donde el protagonista seguía siendo el sonido. “Mi papá me iba a buscar y me llevaba. Adoraba a Pablo, fue su mano derecha durante muchos años”, asegura. Su padre, Eduardo Ramos Montes (1946-2018), fue compositor, arreglista, contrabajista y guitarrista. También el director musical del grupo de Pablo Milanés y uno de los fundadores de lo que acabaría por llamarse Nueva Trova Cubana.

Las canciones eternas de Pablo Milanés

Las canciones eternas de Pablo Milanés

“Era inevitable estar en contacto con la obra del movimiento, sobre todo con la de Pablo y Silvio (Rodríguez)”, asegura Luis Enrique Valdés, dramaturgo y poeta cubano, actual director de La Villa del libro de Urueña (Valladolid), y amigo personal de Milanés. “Supuso toda una revolución para la música y la política del archipiélago, pero también para España y Latinoamérica entera. Sus ecos llegan hasta hoy”, explica. La historia, como todas las demás, es compleja a ojos del dramaturgo, “Fueron un grupo de músicos que dotaron de estética a un régimen antiestético”.

Para Valdés, marcaron un punto de inflexión en una revolución cubana que heredó las apariencias “más grises” del comunismo al provenir de la estética brutalista de Europa del este. “Era una cosa impostada, heredada casi a la fuerza, la Nueva Trova le dio un carácter propio y se extendió por toda América Latina”, argumenta el poeta para asegurar que su valor es innegable.

Nacieron en los 60, una década en la que el mundo entero convulsionaba en fenómenos similares, ya fuera Chile, México, EEUU, Francia, Italia e incluso España. En aquel entonces, los movimientos de nueva canción daban sus primeros pasos. Y Cuba, por su parte, contó con dos hitos que la guiaron por su propio camino: el Grupo de Experimentación Sonora de El Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) y el festival de la canción protesta que se organizó en la Habana en 1967 y en el que participaron cantautores como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola, además de Carlos Puebla -que pertenecía a la canción tradicional- junto a artistas europeos y de América Latina. Un festival que hizo que la música de la joven Nueva Trova se extendiese por distintos rincones del planeta.

Música para una protesta poética

Se pensaban juglares y trovadores, de ahí el nombre con el que se adscribió la nueva canción cubana. “Nosotros, acá, le llamamos la Nueva Trova a ese movimiento musical y cultural que se inicia a raíz del 59 con el triunfo de la revolución y que, como tendencia estéticamente coherente, se funda el 30 de diciembre del 72, hace medio siglo exacto”, cuenta Oni Acosta, músico y crítico musical en la Habana, para recordar que sus inicios se remontan al legado de figuras de finales del XIX como las de Alberto Villalón, Manuel Corona o María Teresa Vera, gran drama de la Trova con canciones como Veinte años, versionada por cientos de autores posteriores.

Todos ellos, a ojos de Acosta, venían de una tradición juglaresca heredera de las raíces españolas y de la presencia de influencias europeas llevadas a Cuba desde lugares aledaños como Francia o Portugal. “Era una simiente que se fue nucleando en la búsqueda de un sonido propio, criollo, que tuviera la guitarra como elemento protagónico por su fácil transporte”, continúa el crítico para añadir que aquellos músicos, casi siempre de origen humilde, fueron los padres fundadores de la primera Trova, la tradicional, que contaba con una poética característica fusionada con el bolero o el filin y de la que beberían -y se distanciarían- la nueva hornada de bardos.

La Nueva Trova, en definitiva, surge de aquellos jóvenes que crecieron con los sonidos de los viejos cantautores a su alrededor. “Pablo (Milanés) fue uno de esos eslabones, nació en Bayamo que era una región eminentemente trovadoresca y su influencia fue muy importante en su juventud”, continúa Acosta para señalar que la diferencia principal entre el primer movimiento y el segundo es el carácter político de este último. “Mantienen la riqueza melódica, pero la diferenciación está en los textos”, subraya. Los nuevos trovadores apostaron por las letras sociales, que tuvieran al ser humano y su existencia en el epicentro reflejando, en esencia, los cambios introducidos en la Cuba del 59.

La chispa que prende

Para Elis Regina, que dice que su padre le puso el nombre en honor de la diva brasileña, es obvio que la Nueva Trova tenía un marcado carácter político, pero no solo. Hablaban de la condición humana con todos sus matices. “Cuando surgió el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC estaban pasando muchas cosas en Latinoamérica, en cada país ocurrió algo, y eso quedó reflejado en la producción cultural”, opina la también violoncelista para matizar que lo que ellos hacían en un principio era experimentar cosas nuevas.

El grupo, que acabaría deviniendo en la Nueva Trova, surgió al calor de la revolución y halló su sede en el ICAIC al ser apadrinados por su director, Alfredo Guevara quien fuera compañero de universidad de Fidel Castro. Allí se reunieron, bajo la dirección de Leo Brouwer, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Omara Portuondo, Noel Nicola, Sara González, Amaury Pérez o el propio Eduardo Ramos, entre otros, para compartir y empaparse de la música que se estaba haciendo en el mundo. Desde la escena brasileña, donde ya había voces tan importantes como la de Chico Buarque o Caetano Veloso, pasando por el Jazz, elementos del rock and roll o el folk rock de estrellas como Bob Dylan.

Con el tiempo, y tras el festival del 67, la gente comenzó a hablar de ellos y se convirtieron rápidamente en una chispa emancipadora muy importante en Latinoamérica, donde muchos movimientos musicales, políticos y culturales vieron en la Nueva Trova un espejo en el que mirarse.

El hoy frente al ayer

El mundo ha cambiado, la música ha cambiado, la industria musical ha cambiado y el público lo ha hecho con ellos. Hoy, aunque haya cantautores exitosos no tienen la repercusión e influencia de aquellos. Es normal. Para Oni Acosta la percepción que tenga una persona joven que se acerque a la música de los bardos de entonces será muy diferente de la que tiene él o cualquiera que vivió su momento: “Es un proceso que tiene que ver con un entorno y un contexto, para mí una canción puede tener un simbolismo que ante alguien más joven se desvanezca”, explica para ejemplificar la posible fragilidad de un legado frente a sus audiencias actuales: “A un milenial Yo pisaré las calles nuevamente no lo podrá conmover como me conmueve a mí porque no vivió, no conoció, y está sepultado en el discurso actual, lo que fue la sangrienta dictadura de Pinochet. Para él, los referentes serán otros”.

El cantor, dicen, es tan frágil como el momento que le toca vivir. Las canciones perviven, pero su significado evoluciona de generación en generación. Puede que, al final, el disparo del fusil Nievi de la grabación original del Ojalá de Silvio Rodríguez se convierta en un disparo de nieve y acabe por tornarse en una canción de desamor romántico y no de desencanto político. La elección de una historia u otra quedará siempre en las manos de aquellos que sigan dándole al play.

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