La guerra en Ucrania

En las casas ocupadas por soldados rusos en la periferia de Kiev: “Dejaron todo lleno de alcohol y excrementos”

Yarloslav Chervonsky, de 48 años, barre su piso en Hostómel, en las afueras de Kiev, que los soldados rusos ocuparon y destrozaron durante su asalto a la capital ucraniana.

Gabriela Sánchez / Olmo Calvo

Enviados especiales a Bucha y Hostómel (Ucrania) —

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Varios vecinos salen de un edificio alto de Hostómel, a las afueras Kiev, cargados de basura y preparados con escobas para barrer los restos de balas y cristales rotos desperdigados por las calles de la ciudad. Yarloslav Chervonsky bajó y subió nueve pisos hasta siete veces cargado de bolsas de excrementos, botellas de alcohol, comida podrida y restos de envases que, cuenta, se encontró tras regresar a su vivienda, donde las fuerzas rusas se asentaron durante la ocupación de las localidades de la periferia de la capital ucraniana

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El 26 de febrero, varios soldados golpearon la puerta de Yarloslav Chervonsky, que vivía con su mujer y su hijo con discapacidad. “Los soldados chechenos llamaron, entraron y nos dijeron: si querés vivir, no salgás del sótano. Si salís, los matamos”, dice el hombre, de 48 años, en su piso, aún revuelto y con los cristales destrozados. Estuvieron escondidos en el subsuelo durante 16 días, hasta el 11 de marzo, cuando lograron escapar y fueron evacuados a otra ciudad. Cuando Yarloslav regresó a Hostómel, su apartamento ya no era su apartamento. 

La puerta de la habitación donde dormía su pequeño aún está decorada con una foto y uno de sus dibujos de la escuela, pero en su interior nada es ya como antes. Una de las camas está desmontada y superpuesta sobre la otra. Un tablero de madera agujereado bloquea una parte de la ventana, plagada de señales de disparos. Es el piso más alto del edificio. “Parece que desde aquí disparaban y utilizaban la cama como escudo”, dice Chervonsky aún sobresaltado y agotado después de una dura jornada de limpieza, que todavía no consiguió arreglar el desorden. 

“Había un montón de excrementos, y no solo en el baño, en otros cuartos también. Incluso en el pasillo. Bajé tres bolsas llenas de mierda”, describe atropellado. “Tenía que traer agua, velas y sacarlo del váter incluso con las manos. Hoy bajé y subí ocho veces. Abajo, arriba, abajo, arriba. Tengo las piernas muy débiles”. 

La cocina huele a comida podrida. “Había botellas de alcohol por todas partes. No dejaron el alcohol, pero sí cerca de 50 botellas”. En la terraza hay una cacerola que aún guarda comida que Chervonsky asegura no haber cocinado. Varios envases de alimentos preparados con estampado militar, abiertos y vacíos, siguen desparramados por el suelo y la mesa donde antes solían comer en familia.

“Estoy en shock. Simplemente, estoy estremecido”, reconoce, con la mirada desencajada. “Mi niño, discapacitado, enfermo. Yo, durante años, recopilando moneda a moneda para obtener el dinero necesario para conseguir este piso. Y ahora, está todo roto”. 

Su familia continúa en la ciudad a la que fueron evacuados el 11 de marzo, cuando Hostómel aún estaba ocupada por las tropas rusas. Recuerda aquellos 16 días encerrados en el sótano, sin luz ni apenas agua ni comida. “Los soldados nos traían paquetes de comida militar, pero pasábamos hambre. Nos daba para alimentar a los niños. En un sótano instalamos como una estufa y allí estaban 16 niños pequeños y sus madres. Los hombres y las personas mayores vivíamos en otro”, añade Chervonsky, que matiza que detectó un trato diferente entre los soldados rusos y los chechenos. Los primeros, dicen, “si no les molestaban”, no les increpaban. Los segundos buscaban asustarles, según su relato.

Colchones robados, un televisor y preservativos abiertos

En el segundo piso de ese mismo edificio, Andriy cuenta una historia similar. Él se encontró su piso destartalado después de haber huido a Kiev el primer día de la guerra, cuando el sonido de los bombardeos y los helicópteros rusos planeando muy cerca de su ciudad le empujaron a marcharse sin pararse a pensar. 

El 14 de abril Andriy consiguió volver a Hostómel para comprobar el estado del piso, donde vivía con su novia desde hacía seis meses antes del inicio de la invasión rusa. “Entramos en casa y estaba fatal”, dice el veinteañero. “No podía ni hablar, ¿cómo podían dejar así las cosas?”, se pregunta en un perfecto español, con un pronunciado acento vasco, aprendido durante sus veranos en España durante los programas de vacaciones para los niños de Chernóbil. Su rellano acumula bolsas llenas de alcohol, cajetillas de tabaco vacías y envases de comida con estampado militar. 

Cuando nos enseña su casa, ya está más despejado, pero el joven y su novia continúan recogiendo, ayudados por varios amigos que han viajado desde Kiev para apoyarles en las labores de limpieza. “Entra al baño”, dice uno con media sonrisa. La tapa del váter aún sigue manchada de excrementos. “Eso no lo vamos a limpiar, vamos a cambiarlo todo, es asqueroso”. 

En el apartamento también aparecieron cosas que no eran suyas. Andriy nos enseña un vídeo grabado en el mismo momento en que entró por primera vez a su piso tras la ocupación rusa. La grabación muestra varios colchones tirados en distintas habitaciones de la casa: uno encajado en un pequeño cuarto que antes usaban como trastero, otro en el balcón, varios en una habitación. “No se podía entrar. Esos colchones no eran nuestros, los habrían robado. Y ahora acabamos de sacar una televisión de 55 pulgadas que estaba aún embalada, no sé de dónde la sacarían”. Según sus cálculos, en su vivienda dormirían unos ochos militares. “Había hasta condones abiertos. A saber todo lo que harían ahí…”. 

Sangre, cristales y balas en Bucha

A tres kilómetros de Hostómel, en Bucha, la ciudad de la periferia de Kiev convertida en un doloroso símbolo de la masacre de civiles, algunos vecinos también denuncian destrozos similares. En un edificio localizado en una de las calles donde fueron hallados decenas de cadáveres de civiles durante los primeros días de la liberación, Vladímir Klumenko volvió a su localidad para identificar el cuerpo sin vida de su padre. Además del dolor de la pérdida, se encontró su casa destrozada.

“Ahora levanté un poco, pero estaba todo revuelto”, nos dice en el interior de su aún desordenada vivienda. En las escaleras hay manchas de sangre, cristales rotos, restos de balas y botellas de alcohol. Varias puertas del edificio están forzadas, algunas disparadas. Otras están bloqueadas por los vecinos que ya regresaron, con un bloque de madera. En uno de los pisos más altos, hay una puerta que nadie forzó. Está adornada con un dibujo pintado con acuarela. Una colorida jirafa contrasta con el mensaje que la acompaña: “Aquí no hay nada de valor. Por favor, no entren ni rompan nuestra casa. Angelina. 11 años”.

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