Análisis

Guantánamo, veinte años

elDiario.es
Un detenido pasea por un bloque de celdas mientras está recluido en el centro de detención de Guantánamo, en la Base Naval de Estados Unidos en la Bahía de Guantánamo, en marzo de 2016.

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Llegué a Nueva York en enero de 2002 para cubrir noticias relacionadas con derechos humanos para un medio de comunicación de Barcelona. A los pocos días recibí una llamada de un compañero de redacción; me explicó que un avión militar estadounidense acababa de aterrizar en Guantánamo, Cuba, con prisioneros capturados en Afganistán. Según me contó, los presos estaban en jaulas y al aire libre, vigilados por soldados y perros. Primero pensé que se trataba de un malentendido; seguro que no estaba entendiendo a mi interlocutor. Luego, cuando confirmé la noticia, pensé que se trataba de una solución provisional. Estados Unidos acababa de sufrir los peores atentados de su historia, el país estaba traumatizado e inmerso en una guerra contra el terrorismo internacional y ese traslado masivo de prisioneros a una base naval caribeña respondía a ese momento de pánico y caos. Más tarde, cuando Estados Unidos levantó una cárcel de máxima seguridad en la base naval para alojar a 800 prisioneros, me desplacé hasta Guantánamo por primera vez para lo que pensé que sería mi primer y único viaje al penal, y que esa experiencia se traduciría en un reportaje. Entrevisté al militar responsable de la cárcel, el general Geoffrey D. Miller, que sostuvo que en Guantánamo se respetaban los derechos humanos. Poco después se le asignó un nuevo destino, la prisión de iraquí de Abu Ghraib, y las imágenes de torturas tomadas durante su mandato dieron la vuelta al mundo. Ese no fue mi único viaje a la isla y la cárcel ha dado para muchos artículos, la mayoría sombríos. Veinte años más tarde la cárcel sigue abierta y ningún presidente de Estados Unidos ha conseguido cerrarla. El coste político de hacerlo es demasiado elevado.  

Todo se ha ido deteriorando: el estado de ánimo de los prisioneros, sus familias y sus abogados. Las instalaciones, construidas con prisas y con materiales que no estaban pensados para perdurar. La bahía de Guantánamo también ha perdido biodiversidad y el sitio es cada vez más árido. La salud de los prisioneros también se ha ido deteriorando con el paso del tiempo; veinte años en una celda de menos de cuatro metros cuadrados deterioran la salud de cualquiera. Uno de ellos tiene cáncer y, hasta la fecha, el penal no está preparado para proporcionarle el tratamiento necesario. Los prisioneros están envejeciendo. Y todos los abogados y periodistas que cubríamos Guantánamo en 2002, también. Muchos nos hemos mudado y vivimos en otros países. Michael Ratner, presidente del Centro para los Derechos Constitucionales de Nueva York, abogado de muchos de los prisioneros y una de las voces más críticas contra el penal, falleció sin poder ver cómo Guantánamo llegaba a su fin.

Con más o menos intensidad, he ido siguiendo la evolución de la cárcel de Guantánamo durante dos décadas, he publicado dos libros sobre el penal y artículos sobre la ilegalidad de esa cárcel, pero también historias humanas sobre prisioneros que se hicieron amigos de guardas y han mantenido la relación cuando han regresado a sus hogares, militares que han alzado la voz contra esta situación, prisioneros que consiguieron salir y formar una familia, exprisioneros de la Segunda Guerra Mundial que se unieron para explicar por qué respetar la legalidad internacional protege la dignidad de los presos, pero también la dignidad del país que los tiene cautivos. He mantenido el contacto con abogados, exprisioneros, soldados y guardianes; la mayoría nos conocemos, somos una comunidad viva que ha ido evolucionando con el paso del tiempo. Algunos prisioneros regresaron a sus países de origen; otros viven en países a miles de kilómetros de sus familias y, aunque nunca fueron juzgados o condenados, se les ha privado de un pasaporte que les permitiría viajar. Otros, pocos, se han quedado atrapados en Guantánamo, en un limbo legal. Tanto Obama como Biden prometieron cerrar Guantánamo; pero abrirlo fue fácil y, cerrarlo, un rompecabezas de difícil solución. Coincidiendo con el veinte aniversario de la apertura de la cárcel, las organizaciones y activistas que siguen alzando su voz contra una situación que vulnera la legalidad internacional organizarán actos, emitirán comunicados y nos recordarán que la cárcel constituye un capítulo muy oscuro de la historia de la humanidad. Muchos exprisioneros participarán en estos eventos y compartirán sus experiencias. Lamentablemente, nuestras críticas y peticiones son las mismas que hace veinte años. Y aunque pueda parecer que la situación de Guantánamo es cada vez menos noticiable, por repetitiva y conocida, cada día que pasa la convierte en más surrealista y grave. 

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