EN PRIMERA PERSONA

Estoy en Kiev y me desperté en la hora más oscura de Ucrania, mientras caen las bombas de Putin

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Una famosa periodista independiente de Rusia me ha llamado para pedirme unas declaraciones después de que su país lanzara ataques aéreos por todo el territorio de Ucrania. No nos conocemos pero ha empezado a pedirme perdón por lo que su país le está haciendo y puede hacer al mío. Las dos somos reporteras experimentadas, acostumbradas a cubrir historias duras y conflictos. Hablamos y lloramos.

Y así ha empezado. A las cinco de la mañana. En Kiev, Járkiv, Odesa y los 2.000 kilómetros de la frontera ruso-ucraniana.

Me mantengo en contacto con amigos y colegas de todo el país que están despiertos y escuchando las explosiones. El Gobierno ya había hablado de un posible ataque para el 24 de febrero. Unas horas antes mi marido, también periodista pero no corresponsal de guerra, decidió salir en medio de la noche hacia la oficina de un amigo de guardia para recoger chalecos antibalas “antes de que empiece”.

¿Qué? ¿Dónde? Yo he informado sobre la guerra anteriormente, así que estoy acostumbrada al sonido de los bombardeos. Sé que un estallido fuerte, un misil, una explosión militar se pueden oír desde lejos. Tratando de identificar los lugares y las direcciones de las explosiones he tenido la impresión de que Rusia estaba atacando objetivos y aeropuertos militares, un dato que el presidente de Ucrania ha confirmado más tarde. También ha dicho que la defensa aérea ucraniana estaba funcionando.

Antes de que desplegaran el ataque total esta mañana, escuché a militares ucranianos hablar de un objetivo concreto que iba a ser atacado en Kramatorsk y cerca de Járkiv, si finalmente se producía la agresión. Saber eso me ha tranquilizado. Me ha hecho pensar que el ejército sabía lo que podíamos esperar.

Maleta preparada

Soy una de las personas que hasta el último momento no podían aceptar la idea de una invasión a gran escala con ataques aéreos sobre nuestras principales ciudades. El discurso de Putin fue nauseabundo pero su justificación lógica, aunque ficticia­, seguía siendo para una operación rusa limitada. El ataque a gran escala contra toda Ucrania ha terminado hasta con eso.

A la vez que hablo con gente y hago entrevistas, preparo la maleta y lleno cubos con agua, por si acaso. Mi marido nunca ha estado en una guerra y le he dicho que no salga al balcón. Por fin tendrá permitido fumar dentro, bromea.

Dirijo un medio de comunicación y se supone que no me corresponde a mí estar escribiendo las noticias de última hora. Pero ahora tengo que hacerlo. Es mi elección pero también lo siento como un deber. Me han escrito amigos del extranjero, desde lugares tan lejanos como Chile, para preguntarme si de verdad tengo que seguir aquí, informando. El otro día cancelé una prestigiosa beca en Viena para viajar al frente oriental. Durante ocho años estuve allí cubriendo el conflicto. Para mí, ahora mismo solo hay un lugar donde estar.

Leo mensajes y recibo noticias de que otras ciudades están bajo ataque y, poco a poco, se van aclarando las cosas. Algunas de las noticias sobre marines rusos en Odesa resultaron ser falsas.

Unas horas después de grabar un emotivo discurso en ruso instando a los ciudadanos de Rusia a detener la guerra, el presidente ucraniano Volodímir Zelenski ha hecho otra declaración. “¿Quieren los rusos la guerra? La respuesta está en ti”, ha dicho, en alusión a una famosa canción antimilitarista de la Segunda Guerra Mundial. En la nueva declaración, de un minuto de duración, también ha pedido que nos quedemos en casa, que no nos precipitemos y que seamos fuertes.

A las 6:30 de la mañana, en medio de un montón de cosas, envío un mensaje a las personas con las que deberíamos habernos reunido este jueves para un evento: son defensores de los derechos humanos, algunos diputados y autoridades. “Cancelado”, dice mi mensaje de una palabra. Todos están despiertos cuando lo mando. Les damos y ofrecemos nuestro apoyo. Me siento muy sensible.

Escuchamos noticias de posibles ataques aéreos, aunque el resto de la ciudad se mantiene en calma. Oímos sirenas de la policía pero no del ejército. La parálisis continúa. Los periodistas escriben que en Kiev el metro sigue funcionando y que muchos han decidido salir en coche hacia la parte occidental del país. Los ferrocarriles ucranianos informan de que los trenes hacia el oeste están funcionando.

Le hablo a mi amiga periodista rusa de nuestro estado de ánimo. Durante años, me he resistido a esa comparación que iguala a cualquier dictador con Hitler, o a cualquier guerra con la Segunda Guerra Mundial. Siempre me ha parecido exagerada, simplista, ¿pero qué otra analogía se puede hacer? Sin motivo alguno, en un acto de pura locura, se ha producido un ataque aéreo a la antigua usanza en contra de un país vecino. Se lo he dicho a mi colega rusa esforzándome para que no notara cómo me temblaba la voz y ha vuelto a pedirme perdón.

“A las cuatro de la mañana bombardean Kiev”. Todos los niños ucranianos y rusos conocen esa frase porque así fue como en 1941 sonó el anuncio del bombardeo alemán sobre Kiev. Y aquí estamos: 24 de febrero, a las cinco de la mañana, Rusia bombardea Kiev.

Me alegro de haber colgado el teléfono. No quería que mi colega periodista me oyera llorar. Entonces ha llamado mi hermana. Yo sabía que llamaría. Mi familia y mi madre acuden a mí cuando hay problemas o necesitan saber qué pasa. Durante las primeras dos horas y media de la invasión mi familia estaba durmiendo. No me atreví a llamar. De verdad que no quería hacerlo. Quería prolongarles la paz, aunque solo fuera durante unas horas.

Nataliya Gumenyuk es una periodista ucraniana especializada en información internacional y conflictos, y autora de Isla Perdida: Historias de la Crimea ocupada.

Traducción de Francisco de Zárate