OPINIÓN

Rishi Sunak hundirá la economía británica y los laboristas tendrán que ser ambiciosos para rescatarla

The Guardian
El nuevo primer ministro, Rishi Sunak, llegando a Downing Street, este martes.

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Los últimos seis años han concentrado el 30% de primeros ministros que Reino Unido ha tenido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, todos del Partido Conservador. La causa de esta inestabilidad política crónica no es solo el psicodrama tory: es un modelo económico que no ha conseguido mejorar el nivel de vida de la población.

La carrera política de David Cameron se vio consumida por el resultado del referéndum sobre el Brexit, en el que el resentimiento de la población por el estancamiento de sus ingresos jugó un papel fundamental. Como evidencia un exhaustivo estudio académico, “el descontento por las medidas de austeridad fue lo suficientemente significativo como para que la campaña a favor de salir de la Unión Europea lograra la mayoría necesaria”.

Cuando el Gobierno de Theresa May quedó fatalmente herido por las elecciones anticipadas de 2017, la rabia de los votantes por los años de dificultades económicas –y la creencia de que los laboristas eran los más indicados para hacer algo al respecto– resultó clave.

En la caída de Boris Johnson resultaron determinantes las mentiras sobre las fiestas ilícitas celebradas durante la pandemia de COVID-19, mientras que la indignación pública ante la creciente crisis del coste de la vida y la incapacidad de los conservadores para afrontarla fue crucial para el hundimiento en las encuestas, lo que llevó a los diputados conservadores a la conclusión de que Johnson ya no era un activo electoral y que, por tanto, podían prescindir de él. En cuanto a Liz Truss: en fin, sobran las explicaciones.

Incluso antes del aumento de la inflación y de que Truss se empeñara en hundir la economía británica con una serie de políticas letales de derechas, los salarios iban a ser más bajos en 2026 que en 2008. En su día se habló de que la crisis económica y las posteriores medidas de austeridad del Partido Conservador desencadenaron una década perdida en el nivel de vida de la población, pero la realidad a la que nos enfrentamos ahora es una generación perdida. Con demasiada frecuencia, la cobertura mediática reduce la política a una telenovela; a tejemanejes que se personalizan. Al hacerlo, se eliminan los motores mucho más profundos de la inestabilidad política.

A la derecha de Johnson

¿Qué implica entonces el ascenso de Rishi Sunak a Downing Street? El hecho de que lo hayan presentado como un conservador relativamente moderado resulta irónico: Sunak se sitúa claramente a la derecha de Johnson en lo relativo a políticas económicas.

Unas declaraciones anónimas de un alto aliado de Sunak subrayaron por qué tantos diputados tories se sentían incómodos con Johnson, y no era por su adicción a la mentira: “No hay pruebas de que durante su etapa como primer ministro comprendiera la necesidad de restringir el gasto o tuviera algún conocimiento de cómo funcionan las finanzas públicas”. Johnson, en su opinión, se oponía a un nuevo episodio de medidas de austeridad y carecía de un verdadero compromiso ideológico para hacer retroceder las fronteras del Estado. Sunak, en cambio, empuñará alegremente el bisturí, desde los recortes salariales en términos reales para aquellas personas que trabajan de primera línea que recibieron los hipócritas aplausos de los miembros del Gobierno conservador durante la pandemia de COVID-19, hasta en los servicios básicos de los que depende una sociedad sana para funcionar.

Sunak debe creer que se librará del mismo destino que sus cuatro predecesores –tres de los cuales tenían más experiencia que él–, aunque es probable que bajo su mandato se produzca un desplome más drástico del nivel de vida del que han podido vivir cualquiera de ellos.

Es probable que Sunak sea el quinto y último primer ministro conservador de esta era y que su carrera termine en un humillante fracaso. En su caso, es probable que el último capítulo sea una derrota electoral a manos del Partido Laborista. Muchos de los seguidores de Keir Starmer están convencidos de que esto marcaría el final de la “era del caos” de Reino Unido. Consideran que la crisis política que ha vivido el país a partir de 2016 ha sido impulsada por el fervor ideológico infantil de los tories. Según esta visión, una vez un político “pragmático” y “adulto” dirija el espectáculo, será posible regresar a un periodo de estabilidad y la política volverá a ser aburrida.

El papel de los laboristas

La retórica de los laboristas habla de “estabilidad financiera”, “decisiones difíciles” y “equilibrio en las cuentas”. Todo esto hace prever que este discurso se traduzca en medidas de austeridad, aunque con una escarapela laborista. De ser así, no esperen que la inestabilidad política disminuya, sino todo lo contrario.

Esto no sería como el periodo del Nuevo Laborismo. Después de todo, el triunfo de Tony Blair se produjo en un contexto de crecimiento económico y de aumento del nivel de vida, de ahí el eslogan del Partido Conservador: “Reino Unido es un país próspero: no dejes que los laboristas lo arruinen”. Esto estaba impulsado por una burbuja financiera insostenible, pero permitió un largo período de relativa paz social. Si los laboristas llegan al poder en una época de agudas crisis sociales y no ofrecen políticas transformadoras para afrontarlas –e incluso se apoyan en los recortes–, se avecinan más turbulencias políticas, como comprobaron los gobiernos de Ramsay MacDonald y James Callaghan en los años 30 y 70, respectivamente.

La respuesta obvia ante esta situación se basa en una regurgitación del “no hay alternativa” de Margaret Thatcher: como el Gobierno de Truss fue aplastado por una revuelta del mercado sobre los recortes de impuestos sin coste para los ricos, un gobierno de Starmer comprometido con el gasto público sin financiación sufrirá el mismo destino. 

Pero lo que realmente indica es que los laboristas deben comprometerse a llevar a cabo amplias subidas de impuestos a la clase alta de Reino Unido para apoyar los ambiciosos compromisos de gasto. Es destacable que los mercados se hayan visto convulsionados por los planes de eliminar los aumentos de impuestos a las grandes empresas: las subidas del impuesto de sociedades pueden calificarse ahora objetivamente de “favorables al mercado”. Si nos atenemos a los detalles que ya se han avanzado del próximo plan económico que presentará Jeremy Hunt, nuevo ministro de Economía, se desprende que incluso los conservadores sopesan aumentar los impuestos sobre el patrimonio.

Eso da espacio a los laboristas para ofrecer propuestas mucho más ambiciosas. Ya existe un proyecto listo, desarrollado por expertos fiscales en 2020: un impuesto único sobre el patrimonio de las parejas millonarias, pagado al 1% anual durante cinco años, recaudaría más de 260.000 millones de libras –alrededor de 300.000 millones de euros–. Uno de los artífices era un experto fiscal cuyo trabajo consistía en ayudar a los clientes ricos a sortear la legislación fiscal. Todo su plan se desarrolló tratando de evitar que los ricos buscaran lagunas.

Si los laboristas, dentro de dos años, terminan de una vez por todas con la vorágine tory, afrontarán un dilema: imponer recortes en términos reales, y provocar un mayor caos; aumentar el gasto público sin un cálculo adecuado de los costes, y sufrir el castigo del mercado; o abordar los múltiples desastres sociales del país con políticas que cambien las reglas del juego, financiadas con subidas de impuestos a los que se han beneficiado de estos 14 años sombríos. Y, acuñando la frase de Thatcher, realmente no hay alternativa.

Owen Jones es columnista de 'The Guardian'.

Traducción de Emma Reverter.

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