Adiós al Indio Solari
Con el Indio Solari no se va solamente un artista de enorme trascendencia. Se va un referente ineludible, baluarte de una ética contracultural que marcó a más de una generación. A su modo, fue un puente entre las pasiones políticas de los años setenta y la resistencia juvenil de los noventa. Su formación insignia consiguió la proeza de rechazar el circuito comercial y convertirse aun así en una de las bandas de rock más importantes de todos los tiempos y la más convocante en actuaciones en vivo. Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, “los Redondos”, sostuvieron durante toda su larga carrera la férrea decisión de no firmar con grandes discográficas ni aparecer en la TV, como forma de resistir la comercialización de su arte. En el momento dorado de los videoclips, rechazaron el género por completo. Quedaron solos en ese gesto –el rock argentino en general no emuló sus rebeldías– pero triunfaron en sus propios términos.
Buena parte del fanatismo de su público venía de la valoración de esa actitud de “no transar”, de esa intransigencia que le daba brillo extra a su talento musical. Acaso el Indio habría querido ser representante de una legión de jóvenes en marcha a un mundo nuevo. Le tocó, en cambio, ser referente de los jóvenes desamparados –“desangelados”, así los describía él–, los excluidos que los sucesivos experimentos neoliberales, primero el de los militares, luego el de Menem, dejaban fuera de la mesa nacional.
El Indio les ofreció una poética que destacó entre la relativa sencillez de las letras del rock de los noventa. La ética redonda estaba allí, en el látigo que fustigaba a la “bestia pop” y al “rock del rico”. En el recuerdo del gran Octubre y de la Internacional. En las advertencias contra la “TV Führer”. Con las letras del Indio aprendimos a sentir asco por la “farsa actual”. Aprendimos que “el lujo es vulgaridad”, que “todo preso es político”, que “violencia es mentir”. Con él compartimos el fin de las ilusiones. “El futuro llegó hace rato, todo un palo, ya lo ves”.
De alguna manera, su público hizo propia esa rebelde amargura. Los enfrentamientos que en varias ciudades protagonizaron sus seguidores con la policía (y a veces entre sí) hicieron que la banda tuviera serias dificultades para dar recitales en los últimos tiempos.
Cuesta trabajo comprender qué quedó de todo eso hoy. La ética anticomercial ricotera no pareciera tener lugar en la Argentina actual de jóvenes libertarios, adictos a sus pantallas-führer, embobados con los magnates, impacientes por el orden represivo y decididos a comprar cuanta farsa se les ofrezca.
Conviene, sin embargo, evitar el desánimo, aunque sea un poco inevitable cuando se pierde un referente de este calibre. Hay que recordar que el arte del Indio y los Redondos floreció precisamente en una década en la que también prosperaban visiones y discursos similares a los de hoy. El tendal de desangelados que quedará de este nuevo ciclo neoliberal seguramente encontrará el poeta que continúe con aquella tradición.
EA/MG
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