Opinión

Agarren la pala

"La productividad de nuestros trabajadores y trabajadoras viene aumentando consistentemente a lo largo del tiempo", sostiene el autor.

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Con cierta regularidad leemos oleadas de noticias como las que circularon en estos días. Un empresario misionero, dicen, “abandonó 80 hectáreas de limones” que se pudrieron por falta de cosecheros. Culpa al Estado, a los planes sociales (aunque ya no exista impedimento para cobrarlos y emplearse temporariamente) y a la falta de “cultura del trabajo” entre los pobres, que no van corriendo a levantar sus limones, como deberían. Otra: un hombre en Pilar, dicen, “se vio forzado a cerrar su lavadero de autos porque no conseguía empleados”. Según la queja que los medios de comunicación replicaron con fruición, el pobre propietario no lograba retener empleados más que unas pocas semanas. Todos se le iban. La conclusión era inevitable: “No hay cultura del trabajo”. La sentencia aparece siempre y también a cuento de los males del país. El problema, parece, es que los argentinos y argentinas somos vagos. Lo dijo Macri cuando era presidente: falta “cultura de trabajo” y la gente debería estar dispuesta a “trabajar sábados y domingos”. Sí, señor. ¿Descansar? ¿Tener una vida? Cosa de populistas. Lo que le falta al país es más capitalismo y “trabajo duro”, coincide Milei. La fórmula se repite en diversas variantes: “Al país lo sacamos adelante trabajando” (o mejor, “tra-ba-jan-do”, para resaltar el imperativo) o el más rústico “¡agarren la pala!”.

Hay algo curioso en ese lamento siempre en boca de gente derecha y persuasión liberal. El liberalismo económico nos enseña que todos los problemas tienen una solución de mercado. La mano invisible se ocupa eficientemente de todo. La racionalidad económica es implacable. ¿Faltan dólares? Liberalizar el cambio y que sobreviva quien deba sobrevivir. ¿Falta energía? Permitir que se cobren tarifas altas así hay incentivo a la inversión. ¿Está cara la ropa? Abrir a la importación. ¿Anda mal la educación? Escuelas privadas y que las públicas compitan entre sí para obtener vouchers educativos. Todo se resuelve por vía oferta y demanda. 

Todo, menos la provisión de mano de obra. Justo ese mercado, según parece, está regido por factores culturales. Hay una tara cultural tan poderosa que incluso doblega el poder del todopoderoso incentivo económico. Porque, si no, no se entiende por qué no prueban resolver el problema por la vía de mercado más obvia: ofreciendo mejores salarios. Joe Biden lo dijo con admirable poder de síntesis cuando los empresarios estadounidenses le llevaron quejas por una supuesta escasez de trabajadores: “Paguen más”. Punto. Pero en Argentina el problema es cultural y pagar más no funcionaría. Ni siquiera cabe considerar la posibilidad. 

Como muchos de los eslóganes con que machaca la derecha, también este pone la realidad patas para arriba y nos invita a ver el mundo exactamente al revés de lo que es. Evitemos focalizar en la ironía que significa que alguien tan poco afecto al trabajo como Macri predique laboriosidad. Más allá de su caso, lo cierto es que las personas de sectores medios y altos que ponen en entredicho la disposición al trabajo de los más pobres suelen trabajar bastante menos que ellos. Y jamás trabajarían por la paga que “el mercado” les ofrece. Cualquier obrero de una fábrica, cualquier empleada doméstica que debe atravesar el conurbano para llegar a su lugar de trabajo, se levantan dos o más horas antes que el dueño de un comercio, de una empresa, de un canal de TV o incluso que un diputado. Y para cobrar mucho menos por su labor. 

No hay relación entre laboriosidad de la población y nivel de desarrollo de un país. O, mejor dicho, no existe la relación que la derecha imagina. En general, en los países menos desarrollados la gente trabaja más que los más avanzados. Los datos en este sentido son elocuentes. Los argentinos y argentinas no trabajamos comparativamente poco, sino mucho. La jornada laboral legal máxima en nuestro país está entre las más largas del mundo: 48 horas semanales. En lugares como Francia, Australia o Dinamarca la ley impone un límite de 40 horas semanales y se discute ponerlo incluso más abajo. En términos de la jornada laboral efectivamente trabajada –más allá del límite que ponga la ley–, la de la Argentina tampoco es baja. Según datos de 2018 de la Organización Internacional del Trabajo, en promedio los argentinos y argentinas trabajamos 38 horas semanales, lo mismo que en América del Norte y bastante más que en Europa Occidental. Ese es el promedio: en verdad, más de la mitad de los trabajadores trabajan más de 40 horas.

Cierto que la productividad del trabajo es menor en Argentina que en los países más avanzados. Nada peculiar hay en ello: por definición, la productividad del trabajo es más baja en los países menos desarrollados que en los más ricos. Pero cuando uno revisa las series históricas, la productividad de nuestros trabajadores y trabajadoras viene aumentando consistentemente a lo largo del tiempo, de manera similar a la de los países comparables. Es decir que trabajamos igual o más horas que en otros sitios y nuestro trabajo genera cada vez más producto. Incluso si nuestros salarios, como en los últimos años, vienen en disminución (mientras que la concentración de la riqueza aumenta). Incluso si avanzan esos estilos de contratación antihumanos, con francos y turnos cambiantes, con instrucciones que llegan fuera del horario laboral, con tareas que continúan en el hogar, todo lo cual obliga al trabajador a poner su vida entera a disposición de sus empleadores. Trabajamos más y peor para ganar menos. 

Por más que quieran convencerlos de lo contrario, no hay ninguna “cultura del trabajo” deficiente. Los asalariados en Argentina trabajamos bastante duro, especialmente por comparación al magro salario que nos ofrecen. Es hora de preguntarse a qué clase social corresponde agarrar un poco más la pala y cambiar su cultura de la ganancia desmesurada, rápida, con poco esfuerzo, a costa del trabajador o del consumidor, muchas veces rentística, siempre heredable.

CC

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