La cultura de la cancelación Opinión

Estado de cosas

@elchara

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No coincido con ciertas posiciones que dictaminan “eso ya se debatió” y así pretenden dar por clausurados los asuntos. Si los debates están abiertos y vivos, lo están en la medida en que haya cuestiones que se actualizan, en la medida en que los tiempos cambian. Se puede seguir pensando algo a la vez que ese algo va modificándose, porque las cosas no están casi nunca en el mismo lugar.

El fin de semana pasado Télam organizó una mesa en la Feria del Libro -actividad cubierta por Ana Clara Peréz Cotten acá- en la que participé junto a Florencia Angilletta y Julieta Grosso, acerca de la cancelación en los distintos ámbitos en los que ese dispositivo cruel acecha y amenaza. Si bien la cancelación, un mecanismo de silenciamiento del otro y un intento de aniquilación de la diferencia, no se practica hoy como ayer, es un dispositivo que aún no se termina de desmantelar -eso sí: se parodia bastante y eso ya muestra que las cosas no están en el mismo lugar-. Por eso considero que las iniciativas que proponen que sigamos pensando públicamente estas cuestiones son siempre bienvenidas también en su dimensión de resistencia a la resignación, esa del tipo “es la época que nos toca”.

A partir de la pregunta de Julieta Grosso por cómo nos interpela la cancelación en nuestras prácticas cotidianas, Angilletta fue contundente: “la cultura de la cancelación desoye la lectura”. En esa mesa intentamos, justamente, leer de qué está hecha y de qué pregunta se sostiene la cancelación. Porque considero que se trata de indagar de qué sujeto se trata, de qué lector se trata, de qué concepción del otro se trata o, como señala Angilletta, de qué fantasía se sostiene la cancelación. Porque lo que la cancelación supone es que podemos vivir en un mundo sin fisuras, con sujetos sin fisuras. Hay una especie de tiranía del bien apuntalada en la idea pueril de que podría haber un mundo sin maldad, sin daños, sin exclusiones. Ahí es donde Angilletta ha distinguido, tan lúcida y necesariamente, daño de delito -distinción trabajada en detalle en su libro Zona de promesas-. También se conversó acerca de la deshonestidad intelectual de aquellas mujeres que sostienen discursos supuestamente inclusivos y se autoproclaman feministas, mientras levantan el teléfono para hablar con los jefes de otras mujeres y pedirles que no les den más trabajo; o de aquellas otras preocupadas por decir correctamente “empleada de casas particulares” mientras no les pagan el aguinaldo y las vacaciones. Y entonces distinguimos contradicciones de hipocresía. También se habló de cómo el aparato de censura y disciplinamiento que es el escrache se sostiene en eufemismos y supuestas “buenas maneras de decir”, pero que después no se condicen con las formas de hacer. Angilletta puso el ejemplo de cómo en los medios se usa correctamente la palabra femicidio pero después, muchas veces, la descripción del caso resulta ser la de un crimen pasional. Y entonces hablamos de cómo la protocolización funciona muchas veces como una vidriera que obnubila y enceguece, que impide revisar las propias prácticas, que nos narcotiza en la idea de que estamos del lado del bien. Podemos aprender a hablar como corresponde, pero eso no va a garantizar que obremos mejor y, en rigor, nos distrae de revisar nuestras prácticas, nos creemos a salvo de ejercer el mal y descansamos en la idea de que el mal siempre es el otro. El aparato represivo de lo políticamente correcto se sostiene, sobre todo, en formas de decir que funcionan como una vitrina decorada y adornada que oculta la trastienda, el doble fondo, el muerto en el placard; o como dice Angilletta, “el lado oscuro de la luna”.

El aparato represivo de lo políticamente correcto se sostiene, sobre todo, en formas de decir que funcionan como una vitrina decorada y adornada que oculta la trastienda, el doble fondo, el muerto en el placard

De estas cosas también conversaron con Nancy Giampaolo Alan Pauls, Ana María Shua, Ariana Harwicz y Martín Kohan en La literatura frente al mercado y el estado -editado conjuntamente por Casagrande, Último Recurso y Encuentro Itinerante-, libro que recopila el ciclo que organizó Encuentro Itinerante en 2020. Se trata de indagar, como sugiere Manuel Quaranta en el prólogo, las posiciones de los que “hablan por izquierda y producen por derecha”. Se trata de leer los modos en que cierto progresismo “¿se ha vuelto? conservador, es decir, persigue la comodidad y la evasión de riesgo, tanto del riesgo ético como del estético”. En esa misma línea Alan Pauls dice: “lo que me inquieta de la práctica alarma-escrache-cancelación es el malentendido según el cual es una práctica de emancipación. Eso es grotesco. ¿Qué puede tener de emancipadora una práctica que tiende a precaver, sobreproteger, ahorrar, higienizar, censurar, evitar, es decir: infantilizar al mundo que se jacta de venir a emancipar?”. También dice: “se empieza a excluir en nombre de la inclusión”.

En la mesa de Télam también pudimos pensar cómo impacta la práctica del escrache y la cancelación en la docencia universitaria. Coincidimos en que en Argentina aún no llegó esa normativa que sí hay en las universidades de otros países, la que dicta que no se puede mirar a los ojos a un estudiante por más de tres minutos y que se debe mantener siempre la puerta abierta de las oficinas en las que los docentes se reúnen con ellos. Angilletta postuló que las instituciones tienen que ser capaces de acompañar la resistencia a ese estado de cosas para que acá no ocurra. Y subrayó el carácter de intimidad que tiene para ella una clase. En ese mismo sentido, Alan Pauls subraya la dimensión erótica que, desde Sócrates hasta acá, tiene la transmisión del saber y pregunta: “¿Vamos a neoingenuizarnos y convencernos de que en la relación pedagógica no hay erotismo? (...) ¿por qué eso la convertiría en una ‘mala’ relación, una relación a expurgar y vigilar?”. Porque en la transmisión del saber se trata también del deseo y de los cuerpos que sostienen esa transmisión, “deseo en el que aprende y deseo en el que enseña”, sigue Pauls. Se trata, según creo, antes que de retroceder y cuidarnos para no ser escrachados, antes que de practicar la autocensura y el repliegue, de seguir ocupando las aulas como un espacio de debate, de discusión y de formación de pensamiento crítico. Porque, después de todo, siempre se trata de la enunciación. Y los estudiantes son sujetos activos, críticos y con recursos para asumir, también ellos, una posición de resistencia y de lectura de esas enunciaciones. Por eso creo que no hay que subestimarlos ni infantilizarlos -muchos docentes los nombran “los chicos”- y mucho menos asumir posiciones paternalistas. Me gusta discutir los textos en el aula, me gusta leer, es decir, no considerar aquello que transmitimos como un dogma. Creo que se trata, una y otra vez, de seguir pensando la euforia punitivista. En la serie de posiciones antipunitivistas, que afortunadamente son muchas -aunque quizás tengan menos estridencia que las prácticas punitivistas-, la abogada Ileana Arduino es, sin dudas, una de las voces que intervienen con maestría despejando el panorama: “Yo creo que el punitivismo no es un patrimonio del feminismo. Somos una sociedad punitivista, castigocéntrica porque no tenemos mecanismos intermedios de gestión de la conflictividad, hay una irracionalidad en la esperanza punitiva en momentos álgidos. Básicamente porque los mecanismos intermedios de gestión no funcionan. No hay mediaciones comunitarias u otro tipo de intervenciones y además el derecho penal es un dispositivo simbólico de muchísima visibilidad. Hay una relación ideológica construida muy fuerte entre reconocimiento de la importancia de un tema y su penalización, lo cual es dramático porque eso es muy barato como política pública en términos de la eficacia que tiene. El estado de cosas que tenemos demuestra que esa situación no responde, no satisface y que es la matriz de la derecha más radical”. A Ileana Arduino se la puede leer también en el ya clásico libro Críticas Sexuales a La Razón Punitiva, de Nicolás Cuello y Lucas Morgan Disalvo -un libro fundamental que compila una buena cantidad de textos para pensar el antipunitivismo- y también se la puede escuchar en esta conversación con Leila Mesyngier y Julieta Greco, entre otros tantos lugares en los que interviene.

Celebro que en junio de este año la editorial El Cuenco de Plata publique Mi cuerpo, ese deseo, esta ley. Reflexiones sobre la política de la sexualidad, de Geoffroy de Lagasnerie, con traducción de Horacio Pons. El libro es la versión ampliada de una conferencia que pronunció durante el coloquio “Édouard Louis: écrire la violence”, realizado en la Ciudad Universitaria de París el 19 de junio de 2021. Lo celebro porque es un texto que mantiene vivo este mismo debate, que inyecta un antídoto contra el conformismo moralista, contra la vigilancia policial de las posiciones que se autoperciben bien intencionadas; un texto que le pone un tope a aquellas perspectivas que tienden a hablar en nombre de las víctimas -como si las víctimas fueran todas iguales- sin advertir que muchas veces ese gesto termina silenciándolas o, lo que es peor, condenándolas a permanecer como víctimas para siempre. Se detiene también en el gesto de tildar de antifeminista a todo aquel que pretenda problematizar lo establecido. Feminismo, punitivismo, moralismos, vigilancia, pasando por el caso Polanski -con las correspondientes declaraciones de Samantha Geimer-, la imposibilidad de debatir y las consignas de derecha en posiciones supuestamente de izquierda son algunos de los tópicos que el autor aborda en la conferencia. Dice: “He decidido publicar este texto para expresar mi incomodidad con respecto a ciertas formas de problematización, tematización, aprehensión de la política contemporánea de la sexualidad, para identificar las razones de esa incomodidad y para afirmar otras concepciones posibles del cuerpo, el deseo y la ley. Habrá, como es obvio, muchas preguntas que plantear. Para comenzar, querría tomar por objeto la articulación de los discursos sobre las violencias sexuales con una lógica de la represión y el castigo: una articulación que inspira profundamente los marcos de percepción puestos en circulación y condena a tropezar con múltiples callejones sin salida en los terrenos ético y político”. Problematizar estas cosas, mantener vivo el debate, leer las coordenadas en las que estas prácticas encuentran espacio no siempre es confortable pero, como dice Lacan, “el más corruptor de los conforts es el confort intelectual”.

AK

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