Cuidar la palabra

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Hace algunos años, un colega que fue paciente de Jacques Lacan me contó una situación de su análisis. Él estaba recostado en el diván y el prestigioso psicoanalista confundió su nombre. Entonces este colega se enojó, se sintió maltratado y desconsiderado. A todo esto, Lacan le respondió con una sonrisa y una pregunta: “¿Por qué lo enoja tanto a usted ser otro?”.

Esta anécdota me resulta muy divertida, porque muestra cómo el ingenio de Lacan no estaba al servicio de la justificación, sino que no perdía la oportunidad de decirle algo serio a su paciente. Es cierto que para eso tenía que saber maniobrar con su persona y, por ejemplo, no sentirse invalidado con el tropiezo. Más bien, tenía que usar este tropiezo a su favor –la continuidad del tratamiento. Después de todo, el psicoanálisis es una práctica en que la falla puede ser leída de un modo distinto a una mancha en el ideal; es condición misma de la experiencia.

El psicoanálisis es una práctica de la palabra, pero no de la palabra clara y distinta, que se quiere transparente y comunicativa. En primer lugar, es de la palabra dirigida que se trata. En psicoanálisis no se habla para decir algo, sino para decirle a alguien. Por ejemplo, puede ser que alguien cuente que nunca vio un gesto de amor entre sus padres y antes que describir un hecho, este relato sea una forma de reprimir el erotismo del que su sola presencia es una demostración. También puede ser una forma de esperar –de parte del analista– ser reconocido como alguien que necesita amor; es decir, de demandarlo.

De este modo, en segundo lugar, la palabra en psicoanálisis se revela como ambigua. Al mismo tiempo que muestra, oculta. En la palabra, lo que más importa es lo no dicho; no digo que se trate de adivinar lo que alguien no dice, sino de situar lo no dicho en lo que dice. Esto es lo que llamamos “escuchar”.

Al psicoanalista le toca escuchar y esto quiere decir: responder a lo no dicho. Volvamos a la situación del comienzo: Lacan escuchó que el enojo del paciente no podía traducirse solamente en términos de un error del que disculparse. Entonces le dijo algo más interesante y lo atinado de su respuesta es que, muchos años después, el destinatario todavía recordase la anécdota con una sonrisa.

Recuerdo otra escena lacaniana que alguna vez leí o me contaron. Una mujer estaba en el diván y, de repente, en otra habitación sonó el teléfono. Lacan se levantó y le dijo: “Que mi ausencia no le impida continuar con su sesión” y se retiró uno minutos. Sin duda una mirada idealizada se indignaría con una acción semejante. Qué excéntrico este psicoanalista, ¿cómo va a dejar a su paciente e irse a hacer otra cosa?

También es claro que la excentricidad de Lacan se prestó a una emulación penosa y, si han pasado tantos años y lo seguimos mencionando, es porque no muchos tienen ese don para hablarle a alguien. Lacan era un excéntrico, sí, pero además era Lacan y sabía cómo decirle a alguien que el análisis necesita de la simbolización de la ausencia de la persona del analista. El análisis no es el tiempo en que se conversa con el analista, sino también todo eso que ocurre antes y después de la sesión, la llegada anticipada o la demora con una confusión de calles, el café que se toma después o el paseo en que resuenan las palabras que se dijeron y las que no (¿por qué me olvidé de hablar de esto?), los sueños que llegan en los días siguientes como un mensaje precioso para decir algo sobre aquello que nos quedamos pensando a nuestro pesar, quizá sin saberlo, y lo que jamás pensamos.

De mi práctica yo solo recuerdo una sola situación en la que me ocurrió algo parecido, cuando un paciente me estaba contando una situación familiar y yo le pregunté por su padre. Entonces, él no solo me dijo que su padre estaba muerto, sino que ya me lo había dicho (¡y varias veces!) hacía mucho tiempo. Afortunadamente tuve más confianza en lo que escuché que en sentirme avergonzado y le pregunté: “¿Estás seguro de que está muerto?”. Esa fue la ocasión de situar que la muerte real no se acompaña de la simbólica, pero la verdad es que este tipo de intervenciones –en que se desafía el sentido común y la intuición más inmediata; es decir, en que se pone en cuestión el contrato básico de la comunicación– no son frecuentes en mi práctica cotidiana del psicoanálisis.

Muchas más veces me encuentro en el último tiempo –no solo en el consultorio– con el trabajo de recuperar la confianza en la palabra. No tanto en los efectos de la palabra, como en los ejemplos anteriores; sino en el rodeo preliminar por el cual devolverle a la palabra su condición enigmática, que se a veces se presta al malentendido. Creo que el mayor índice de capacidad psíquica de alguien se reconoce respecto de cómo enfrenta un malentendido –si es que puede reconocerlo como tal.

Estos no son tiempos fáciles para la palabra. Hablamos mucho, todo el tiempo, pero no se escucha nada. La palabra está atada a la literalidad y a la vocación más agresiva: decir qué dice el otro, en atribuciones que no advierten que así funciona la interpretación cuando delira. Así yo digo lo que vos decís y no me doy cuenta de que respondo a una proyección personal, creo que hablo con alguien, pero deliro solo. O colectivamente, como cuando se habla para que los de la propia parroquia celebren.

Me preocupa la palabra, a la que noto asediada por la ironía y un ingenio que no nace de la escucha, sino del afán narcisista de lucirse. ¿Dónde hay alguien con quien hablar? Con esto me refiero a cómo los debates públicos perdieron calidad y se degradan en la chicana y el gesto para la tribuna. ¿Ya no queda nadie decidido a conversar?

Cuidar la palabra es también preservar el silencio. Dejar que hable lo no dicho y evitar la precipitación. Así definía Flaubert la estupidez: “Prisa por concluir”. La palabra cuando no es estúpida, abre y desliza, se multiplica y desanda los sentidos rígidos. 

Creo que hoy es preciso proteger la palabra, ponerla a resguardo de los delirios con que se interpreta todo de la misma manera. Eso es un delirio: una interpretación que no se conoce como única y vale para cualquier circunstancia.

Lacan era un excéntrico, no un delirante. Su transmisión fue una de las más esforzadas porque la palabra no quedara aplastada en la ilusión de creer que sabemos lo que decimos y, mucho peor, lo que dice el otro.

LL

Hace algunos años, un colega que fue paciente de Jacques Lacan me contó una situación de su análisis. Él estaba recostado en el diván y el prestigioso psicoanalista confundió su nombre. Entonces este colega se enojó, se sintió maltratado y desconsiderado. A todo esto, Lacan le respondió con una sonrisa y una pregunta: “¿Por qué lo enoja tanto a usted ser otro?”.

Esta anécdota me resulta muy divertida, porque muestra cómo el ingenio de Lacan no estaba al servicio de la justificación, sino que no perdía la oportunidad de decirle algo serio a su paciente. Es cierto que para eso tenía que saber maniobrar con su persona y, por ejemplo, no sentirse invalidado con el tropiezo. Más bien, tenía que usar este tropiezo a su favor –la continuidad del tratamiento. Después de todo, el psicoanálisis es una práctica en que la falla puede ser leída de un modo distinto a una mancha en el ideal; es condición misma de la experiencia.

El psicoanálisis es una práctica de la palabra, pero no de la palabra clara y distinta, que se quiere transparente y comunicativa. En primer lugar, es de la palabra dirigida que se trata. En psicoanálisis no se habla para decir algo, sino para decirle a alguien. Por ejemplo, puede ser que alguien cuente que nunca vio un gesto de amor entre sus padres y antes que describir un hecho, este relato sea una forma de reprimir el erotismo del que su sola presencia es una demostración. También puede ser una forma de esperar –de parte del analista– ser reconocido como alguien que necesita amor; es decir, de demandarlo.

De este modo, en segundo lugar, la palabra en psicoanálisis se revela como ambigua. Al mismo tiempo que muestra, oculta. En la palabra, lo que más importa es lo no dicho; no digo que se trate de adivinar lo que alguien no dice, sino de situar lo no dicho en lo que dice. Esto es lo que llamamos “escuchar”.

Al psicoanalista le toca escuchar y esto quiere decir: responder a lo no dicho. Volvamos a la situación del comienzo: Lacan escuchó que el enojo del paciente no podía traducirse solamente en términos de un error del que disculparse. Entonces le dijo algo más interesante y lo atinado de su respuesta es que, muchos años después, el destinatario todavía recordase la anécdota con una sonrisa.

Recuerdo otra escena lacaniana que alguna vez leí o me contaron. Una mujer estaba en el diván y, de repente, en otra habitación sonó el teléfono. Lacan se levantó y le dijo: “Que mi ausencia no le impida continuar con su sesión” y se retiró uno minutos. Sin duda una mirada idealizada se indignaría con una acción semejante. Qué excéntrico este psicoanalista, ¿cómo va a dejar a su paciente e irse a hacer otra cosa?

También es claro que la excentricidad de Lacan se prestó a una emulación penosa y, si han pasado tantos años y lo seguimos mencionando, es porque no muchos tienen ese don para hablarle a alguien. Lacan era un excéntrico, sí, pero además era Lacan y sabía cómo decirle a alguien que el análisis necesita de la simbolización de la ausencia de la persona del analista. El análisis no es el tiempo en que se conversa con el analista, sino también todo eso que ocurre antes y después de la sesión, la llegada anticipada o la demora con una confusión de calles, el café que se toma después o el paseo en que resuenan las palabras que se dijeron y las que no (¿por qué me olvidé de hablar de esto?), los sueños que llegan en los días siguientes como un mensaje precioso para decir algo sobre aquello que nos quedamos pensando a nuestro pesar, quizá sin saberlo, y lo que jamás pensamos.

De mi práctica yo solo recuerdo una sola situación en la que me ocurrió algo parecido, cuando un paciente me estaba contando una situación familiar y yo le pregunté por su padre. Entonces, él no solo me dijo que su padre estaba muerto, sino que ya me lo había dicho (¡y varias veces!) hacía mucho tiempo. Afortunadamente tuve más confianza en lo que escuché que en sentirme avergonzado y le pregunté: “¿Estás seguro de que está muerto?”. Esa fue la ocasión de situar que la muerte real no se acompaña de la simbólica, pero la verdad es que este tipo de intervenciones –en que se desafía el sentido común y la intuición más inmediata; es decir, en que se pone en cuestión el contrato básico de la comunicación– no son frecuentes en mi práctica cotidiana del psicoanálisis.

Muchas más veces me encuentro en el último tiempo –no solo en el consultorio– con el trabajo de recuperar la confianza en la palabra. No tanto en los efectos de la palabra, como en los ejemplos anteriores; sino en el rodeo preliminar por el cual devolverle a la palabra su condición enigmática, que se a veces se presta al malentendido. Creo que el mayor índice de capacidad psíquica de alguien se reconoce respecto de cómo enfrenta un malentendido –si es que puede reconocerlo como tal.

Estos no son tiempos fáciles para la palabra. Hablamos mucho, todo el tiempo, pero no se escucha nada. La palabra está atada a la literalidad y a la vocación más agresiva: decir qué dice el otro, en atribuciones que no advierten que así funciona la interpretación cuando delira. Así yo digo lo que vos decís y no me doy cuenta de que respondo a una proyección personal, creo que hablo con alguien, pero deliro solo. O colectivamente, como cuando se habla para que los de la propia parroquia celebren.

Me preocupa la palabra, a la que noto asediada por la ironía y un ingenio que no nace de la escucha, sino del afán narcisista de lucirse. ¿Dónde hay alguien con quien hablar? Con esto me refiero a cómo los debates públicos perdieron calidad y se degradan en la chicana y el gesto para la tribuna. ¿Ya no queda nadie decidido a conversar?

Cuidar la palabra es también preservar el silencio. Dejar que hable lo no dicho y evitar la precipitación. Así definía Flaubert la estupidez: “Prisa por concluir”. La palabra cuando no es estúpida, abre y desliza, se multiplica y desanda los sentidos rígidos. 

Creo que hoy es preciso proteger la palabra, ponerla a resguardo de los delirios con que se interpreta todo de la misma manera. Eso es un delirio: una interpretación que no se conoce como única y vale para cualquier circunstancia.

Lacan era un excéntrico, no un delirante. Su transmisión fue una de las más esforzadas porque la palabra no quedara aplastada en la ilusión de creer que sabemos lo que decimos y, mucho peor, lo que dice el otro.

LL

Hace algunos años, un colega que fue paciente de Jacques Lacan me contó una situación de su análisis. Él estaba recostado en el diván y el prestigioso psicoanalista confundió su nombre. Entonces este colega se enojó, se sintió maltratado y desconsiderado. A todo esto, Lacan le respondió con una sonrisa y una pregunta: “¿Por qué lo enoja tanto a usted ser otro?”.

Esta anécdota me resulta muy divertida, porque muestra cómo el ingenio de Lacan no estaba al servicio de la justificación, sino que no perdía la oportunidad de decirle algo serio a su paciente. Es cierto que para eso tenía que saber maniobrar con su persona y, por ejemplo, no sentirse invalidado con el tropiezo. Más bien, tenía que usar este tropiezo a su favor –la continuidad del tratamiento. Después de todo, el psicoanálisis es una práctica en que la falla puede ser leída de un modo distinto a una mancha en el ideal; es condición misma de la experiencia.