LATINOAMÉRICA

Ecuador elige presidente en un balotaje clásico con una historia atípica

En cierre paralelo de sus campañas, los candidatos Andrés Arauz y Guillermo Lasso prometieron un futuro más prLas encuestas de intención de voto les prenuncian en el balotaje números parejos a los candidatos Arauz y Lasso.

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En una comedia dramática, todo puede pasar, menos un cambio de las reglas del juego: pueden cambiar los personajes hasta lo irreconocible, pero ni el escenario ni el mundo se mueven. En los dos meses que separan a la primera vuelta de las presidenciales ecuatorianas -el domingo 7 de febrero- del balotaje del próximo domingo 11 de abril, la amenaza de un cataclismo al universo político regional atrajo sobre un país de habitual menor gravitación en la geopolítica sudamericana la atención o la alarma que se dirigen a fenómenos germinales. Andrés Arauz, el candidato de centro-izquierda de la Revolución Ciudadana, el movimiento del ex presidente Rafael Correa, ahora con el nombre de Unión por la Esperanza (UNES), había ganado el primer lugar, según las tranquilas previsiones coincidentes, aunque con un 32,72% de los votos, un puntaje menos entusiasta del que este economista se había augurado. Contra todas las previsiones y augurios pacíficos, en segundo lugar no figuraba la alianza CREO del tradicional rival perdedor, el veterano banquero derechista Guillermo Lasso, sino el joven líder indígena Yaku Pérez, candidato del partido Pachakutik. Para sorpresa de propios -los movimientos sociales indígenas- y de políticos y medios, por primera vez, una elección nacional, y regional, iba a ser izquierda contra izquierda. Y el flexible Lasso, unido emocionalmente en el anticorreismo con el anti-extractivista Pérez, prometía apoyos para la segunda vuelta.

 Los días y las noches del balotaje ‘izquierda vs. Izquierda’

Este nuevo alineamiento de los polos arrancó a Arauz y a sus apoyos de la dicha de la inercia responsable, donde la mera corrección progresista bien educada -ni tiene ni busca Arauz la pugnacidad o la elocuencia o la certera malicia gestual y verbal de su patrocinador Correa- les hacía ganar más puntos que una activa confrontación. A contrapelo de usos y costumbres, la disputa final no sería una pregunta en la que había que decidirse entre izquierda y derecha en un país donde la mayoría del electorado ha demostrado temperamentalmente una histórica torsión izquierdista, sea hacia la democracia cristiana, el social cristianismo, la socialdemocracia, diversas formaciones regionales o locales, etnonacionalistas o telúricas o reformistas o comunitaristas. Aun a lo largo del decenio de la ‘grieta’ correísta seguían reflejando las encuestas de opinión que mostraban que esta no polarizaba a la oposición hacia militancias o consignas derechistas. Tenía que hacer campaña contra un líder indígena. La Revolución Ciudadana, hermana del Proceso de Cambio boliviano de Evo Morales, debía dirigirse esta vez a la ciudadanía para persuadirla de que ‘no voten a un indio’.

Arauz, un candidato respetable que se hace respetar 

Aquí el limitado don o la escasa voluntad de histrionismo del economista Arauz obraban a su favor. Si como sucesor designado de Correa parecía el menos indicado para atraer a votantes del banquero Lasso que se veían a la deriva sin su referente, a título personal no tenía nada para repugnarles. El economista quiteño nacido en 1985 era razonable como el banquero porteño nacido en 1955.

En lo que toca a la economía que recibiría el ganador del actual presidente Lenín Boltaire Moreno, un ex correísta apóstata al que nadie quiere -y cuyo espacio político ni se presentó a elecciones-, podía sugerirle Arauz a la masa de votantes de Lasso que para cualquiera de los dos las dificultades serían tan grandes como exiguos los márgenes de maniobra y altaneros pero ineficaces los remedios ortodoxos heroicos. En 2020 la economía ecuatoriana se contrajo un 9%, y recibió 4 mil millones de dólares de un préstamo de 6,5 mil millones del FMI. Se espera que este año el gobierno reduzca el déficit fiscal a 2,8%; en 2020 fue del 7,8%. Arduo como es, lo es sin embargo un tanto menos de lo que parece: la percepción impositiva sube, y Moreno renegoció la deuda con el FMI y salvó un punto y medio del PBI que se habría licuado en intereses pagaderos este año.

Arauz y Lasso saben que, para reducir un déficit que sigue siendo importante, hay que subir los impuestos o bajar el gasto (o lo uno y lo otro). Pero esto no sirve para hacer campaña, porque uno y otro se decían los adalides de la dignidad popular y el trabajo digno en un país donde ha crecido el desempleo. Más aún, Lasso se había declarado abiertamente en contra el aumento del 12% al 15% del IVA indicado por el FMI. Arauz promete una transferencia de mil dólares al millón de familias más pobres como una de las primeras medidas de su administración, usando las reservas del Banco Central. Como Ecuador está dolarizado desde el año 2000, este medida generaría -dice el banquero Lasso- una huida de depósitos bancarios. Menos digerible para el electorado de Lasso es el proyecto de reforma judicial que eventualmente restauraría en su inocencia a Correa, y permitiría su retorno a Ecuador.

En esas semanas de una superioridad de Pérez que en verdad era un empate técnico en vías de una larga depuración, fue Correa quien desde Bélgica -donde está exiliado desde 2017 para evitar procesos y condenas que considera politizados en causas de corrupción para las que se crearon tribunales velozmente especializados- atacó el ‘anticapitalismo romántico’ de Pérez. El líder indígena, enemigo de la extensión de las exploraciones en busca de petróleo, que cambió su nombre ‘Carlos’ por el quichua ‘Yaku’ (agua), decía que en su administración se venderían barriles de agua, no de crudo. “¿En qué cabeza cabe esa idea, en qué mercado se venden, esos acuáticos barriles?”, se preguntaba Correa.  

El indio cede el lugar al banquero: el balotaje es ‘izquierda vs. derecha’ 

El empate técnico de la primera vuelta se resolvió en favor de Lasso, que subió al segundo lugar, con 19, 74% de los votos contra 19,39 % de Pérez. El Ecuador y el mundo habían visto reclamos de recuentos masivos, escrutinios votos por voto sobre un total de 10.616.263 votantes el 7 de febrero, examen de 39985 actas labradas en la jornada electoral, largas marchas indígenas en la Amazonía y en la sierra, cercos y abrazos, plegarias e injurias al Consejo Nacional Electoral en Quito. Apenas unas tres decenas de miles de votos habían restaurado el orden, como en la comedia dramática: lo que parecía que iba a ser (que el señor se casara con la criada) no había ocurrido (porque la criada no era criada, era la hija extraviada y encontrada de otro señor). La izquierda tendría su pareja de lucha en la derecha, lo inusitado había sido una fantasía que no duró hasta el último acto.

Librar una guerra por un segundo lugar que ya era suyo no benefició en nada a Lasso. Pérez había denunciado un fraude de Lasso con Correa y los políticos blancos tradicionales para robarle la victoria, pero en la que al banquero correspondía, por ser el más interesado y beneficiado por el engaño, la parte más tramposa y arrogante. Nada de esto era cierto, o era cierto en estos precisos términos, pero perjudicaba al candidato al arrinconarlo en un ángulo y bajo una luz que hacía que cualquier movimiento o cualquier displicencia se vieran clasistas y racistas.

Arauz ya estaba de vuelta en el papel que podía desempeñar casi solamente por el hecho de animar su candidatura. Era la izquierda progresista, la memoria de la bonanza de la década de Correa y los altos precios de los hidrocarburos de exportación (2007-2017) y las políticas y programas de inclusión así impulsados y financiados. Ahora tiene el domingo el mismo adversario que derrotaron el propio Correa y el actual Moreno. Es cierto que, en primera vuelta, Moreno había sacado tres puntos más que Arauz en esta, pero no es seguro que la apatía relativa de hoy no sea un don más preciado que una resurrección de la belicosidad de la grieta de 2017.

Muerte y transfiguración de la pandemia tan temida

Ecuador es un país donde la pregunta por los efectos políticos y electorales de la gestión insalubre de la pandemia, y aun de la pandemia misma, parecerían inducir a una respuesta simple. En primer lugar, porque no hay que distinguir, especiosa pero necesariamente, las fatalidades mortales del Covid-19 de los daños vitales de las cuarentenas. En segundo lugar, por la nítida intersección geográfico-administrativa de paroxismo de la catástrofe sanitaria y uniforme coloración político partidaria de la administración regional y municipal en el costa y en la ciudad y puerto de Guayaquil. A quienes siempre gobernaron se ve cómo los responsables de un desborde hospitalario, de atención médica y limpieza urbana, de servicio de morgues y cementerios, de barrido y desinfección de calles y lugares públicos.

Guillermo Lasso es de Guayaquil, fue director de su Banco, fue caudillo y defensor de la próspera ciudad puerto, capital económica del país, su partido nació campeón de un dinamismo local contra el inmovilismo serrano. Un veterano que defiende la juventud y la innovación, conservador en lo social, liberal en economía (un liberalismo de clima de negocios y de libertad de acción para las empresas audaces antes que un fundamentalismo macroeconómico neoliberal que disgusta en su neutralidad a este católico paternalista embebido de las doctrinas del empresariado responsable que siempre debe tener un mendrugo para cada pobre), y flexiblemente pragmático en política. Y la costa es también el territorio del Partido Social Cristiano (PSC), que tiene a su líder en Jaime Nebot, el eterno alcalde de Guayaquil (que tras 18 años cedió la alcaldía en 2019 a la correligionaria Cynthia Viteri), que no presentó candidatura presidencial, pero se alió a Lasso en esta elección. El entusiasmo costeño por sus líderes tradicionales que siempre se le presentaron como sus líderes naturales ha decaído, o se ha convertido en hostilidad. También sin desahogo ‘natural’.

Durante los meses de marzo a septiembre del año pasado, Ecuador tuvo que padecer, junto a las muertes por Covid-19, a la incapacidad de enterrar a sus muertos, la ignorancia que significaba que las cifras de muertes a causa de la pandemia informadas por el Gobierno tuvieran una de las distorsiones más grandes del mundo, que llegaron a un 66% en marzo-abril de 2020. La distorsión se advierte en el ‘exceso de muertes’ obtenido cuando al total de muertes de un período dado informada por el Registro Civil ecuatoriano le restamos las muertes informadas por Covid-19 según el Ministerio de Salud ecuatoriano para ese mismo período dado y comparamos con la expectativa histórica promedio de muertes para ese mismo lapso estacional. Que estas diferencias groseras se deban a la falta de idoneidad de funcionarios sanitarios y estadísticos antes que a la manipulación (como los medios occidentales sospechan que sea el caso en Rusia, Bielorrusia o Turquía), no significa alivio para el público ecuatoriano. Tampoco el espectáculo de burócratas de la salud, como el ministro renunciado Juan Carlos Zevallos, que aprovecharon estar cerca de las primeras vacunas que llegaron para vacunar primero a su familia.

Además de la pérdida de credibilidad en el gobierno, y, más profundamente, en las instituciones democráticas, Ernesto Ortiz, del Global Health Institute de la Universidad de Duke señala que también erosionan la credibilidad de las campañas de vacunación mismas: ¿por qué creer a quien se equivoca en un 66% en el número de muertes, que no son difíciles de reconocer, cuando nos da un porcentaje de inmunización, que no es fácil de calcular concluyentemente? En otras palabras, hacer campaña con la vacunación no gana votos de inmediato a ningún político. Lo que, desde este punto de vista restricto, acaso no sea una desventaja, porque ni Lasso ni Arauz podrían prometer muy verazmente un tsunami de inyecciones.

Los Andes no creen en Dios, pero sí en los indios 

El costeño es, en Ecuador, un electorado donde el racismo anti-indígena habría inhibido un voto por el líder quichua Pérez. Pero que no se sentiría, necesariamente desleal si votara al joven Arauz, y mucho menos si no votara por Lasso ni por nadie.

En cambio, el voto indígena, que Pachakutik pidió que sea nulo después de la remoción de Pérez en el balotaje, también se declina hacia la izquierda. Y es así que Jaime Vargas, líder de la Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador (CONAIE), hizo pública la bendición confederada a UNES, que Arauz agradeció, invocando su credo plurinacional. También Virna Cedeño, ex candidata a vicepresidenta de Pérez, anunció su apoyo a Arauz.

Vargas y Cedeño fueron espectacularmente expulsados de Pachakutik. La situación es paradójica, porque Pachakutik es un partido indio muy peculiar, desvinculado de los movimientos sociales (no es, como el caso mejor conocido del Movimiento al Socialismo (MAS) en Bolivia, ni su instrumento político ni su coaligada expresión). Vargas, en cambio, es el líder de un movimiento social que abarca a todos los indígenas, y que fue clave en las movilizaciones de octubre de 2019, cuando sus gentes en las calles de la capital ecuatoriana, hicieron que Lenín Moreno diera marcha atrás en los decretos que cortaban los subsidios a los hidrocarburos y combustibles. Unas y otras encuestas de intención de voto para el balotaje del domingo tienen en común el insistir en la escasa distancia entre los dos candidatos contrapuestos, y en invitar a considerar la probabilidad de un agónico empate técnico. Las encuestas son de votos positivos. Hay muchos indecisos. Y la posibilidad de que el voto anunciadamente nulo de inmanejable casi 20% que en primera vuelta escogió a Pachakutik se vuelva afirmativo es tan atendible como las agonías del empate sobre las que advierten los dueños de los sondeos.

 

 

 

 

 

 

 

 

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