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COLUMNA NÓMADE

Una ficción para domesticar el dolor

Joaquin Phoenix y Philipp Seymour Hoffman, en The Master

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Le digo a Duncan que un momento clave de Match Point de Woody Allen se da cuando en el relato el personaje que acaba de asesinar a las dos mujeres (las películas buenas soportan el spoiler, las malas no: miren Sexto sentido sabiendo que Bruce Willis está muerto) está trabajando en la computadora durante la noche y siente ruidos en la cocina. Cuando va ahí para ver qué pasa, se encuentra con las dos mujeres que aparecen de manera real y lo increpan por lo que les hizo. Esto es un momento ripioso, porque un mal director que trata de explicar todo ante este cambio de registro –veníamos de un realismo minucioso porque él personaje principal había planeado un crimen– puede hacer una catástrofe y no lograr ser verosímil. Pero, ¿qué hace Woody Allen? Muestra esta escena y corta y va al dormitorio donde el detective que investiga el caso se despierta de golpe al lado de su mujer que duerme y dice: “Ya sé cómo lo hizo. Él las mató!” Lo que se logra con esta escena es que lo que vimos antes, las mujeres muertas hostigando a su depredador, pueda ser una construcción onírica del detective. El director nunca lo explica. Cuántas veces pasamos del sueño a la realidad y de la realidad al sueño sin escalas. En algunos casos entramos en ensoñaciones mientras estamos despiertos. De hecho, ver una película, convencerte de que tal actriz no es esa actriz sino otra persona que encarna en un personaje, es un hecho increíble.

En la película The Master de Paul Thomas Anderson hay otra escena memorable para mostrar estos cruces en los registros oníricos. La película trata sobre la creación de la Cienciología, una rama de la ciencia ficción que creó Ron Hubbard y que se convirtió en una secta de gran peso en Estados Unidos y que tiene –o tenía– a Tom Cruise entre sus adeptos más famosos. La película muestra que las personas que vuelven de la guerra, como dice Walter Benjamin, llegan vacías, sin experiencia, y que su vida está casi siempre al borde del colapso nervioso. Ahí tenemos gran parte de los relatos de J. D. Salinger para dar cuenta de esta desgracia post traumática. Hay algunas personas que se aprovechan de esto y el creador de la Cienciología fue uno de ellos. Les dio una ficción a muchas personas para domesticar el dolor. Les militarizó el ánimo. La película narra libremente este momento histórico de los Estados Unidos encarnados en dos personajes centrales: El maestro (Philip Seymour Hoffman) y el discípulo (Joaquín Phoenix).

 Pero lo que quiero contar es una escena magistral que sucede casi sobre el final de la película. El discípulo díscolo (Phoenix) está en un cine de Londres después de abandonar al maestro. Entre ambos personajes hay una tensión irresuelta, algo de la dialéctica del amo y el esclavo mezclada con cierta testosterona bisexual. Phoenix cuando empieza la escena está sentado en el medio de un cine vacío viendo una película y riéndose. Entonces entra un acomodador y le alcanza un teléfono y le dice que tiene un llamado. Él agarra el teléfono y el que está del otro lado es el maestro, que lo llama desde Estados Unidos. ¿Estás en Londres?, le pregunta. Sí, le dice él. Quiero que vuelvas, quiero que hablemos, le dice el maestro. El discípulo le dice que va a volver. El maestro le pide que le traiga –ya que está en Londres– un paquete de cigarrillos mentolados que hay en esa ciudad y a él le gustan mucho. El discípulo le dice que sí a todo. Corta la escena y Phoenix ya está en Estados Unidos entrando a la oficina del maestro y le da, antes de ponerse a hablar a solas, el paquete de cigarrillos mentolados. ¿Qué pasó acá?

En principio, la escena anterior en el cine es imposible de aceptar en el plano realista, pero uno ya fue capturado por el verosímil de Anderson, que es un director que siempre hace funcionar la realidad a su favor. Y que no trabaja con la maldición lineal (eso se ve todavía más en Vicio propio, tal vez su obra maestra), más bien crea escenas que se construyen como constelaciones y que se unen por el peso ontológico de su potencia.

Pensemos otra vez la escena del cine: en esa época, no había celulares. Así que el acomodador le tiene que acercar un teléfono al discípulo para que reciba la llamada del maestro con un cable larguísimo ya que éste está en medio de la sala. Eso es imposible. Por otra parte, el personaje de Phoenix está en el cine solo. ¿Por qué está solo? ¿Cómo mierda el acomodador sabe que la llamada es para él? ¿Es el dueño del cine? Por lo que sabemos, el personaje del discípulo es alguien que apenas sobrevive con trabajos precarios. Sin embargo, hay un objeto, un correlato objetivo que une esta escena onírica con la otra realista que se da cuando el discípulo va a ver al maestro: los cigarrillos mentolados. Ese paquete de cigarrillos que le fue pedido en sueños es real y aceptado en la vida diurna por el maestro, es una metonimia que se desplaza desde el inconsciente hasta la escena “real”.

Lo que le dice el maestro después de agradecer los cigarrillos es una de las reprimendas más geniales que escuché en el cine, casi un poema de John Ashbery. Me encantaría que alguien me hablé así algún día, aunque no me lo merezca. 

FC

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