LOS CUADERNOS DE OTOÑO

Fragmentos de un discurso espacial

Fabián Casas Cuadernos de otoño

Si bien da la impresión de que los livings de las casas son los lugares para charlar (“pasemos al living para hablar”, suelen decir en algunas novelas y películas y, como mímesis, en la vida real, porque ya no nos copian las películas sino que el proceso es al revés) uno la pasa mejor hablando en la cocina. Me parece más íntimo el diálogo que se puede dar ahí, donde se prepara el alimento material también se puede drenar el alimento espiritual.

Estoy en la cocina de la casa de una pareja de amigos. Tengo una amistad íntima con cada uno por separado y una amistad íntima con la pareja como tal. Cuando está la pareja hablando conmigo, puedo ver las tensiones de un monstruo de dos cabezas, la presión de la convivencia, la alegría de la vida en común, el cansancio del contacto estrecho, la felicidad precaria de estar juntos, la certeza de que volverse inaccesible es una quimera y que las bajas temperaturas de la distancia a veces conservan el deseo.

De golpe les digo: No me gusta el futuro. Creo que es una trampa, algo construido con pasado en mal estado. Les cuento que vi una película la otra noche. Una película que se llama Passengers. Y que es mala. Que trabajan Jennifer Lawrence y Chris Pratt. Les cuento el argumento. Sucede en el espacio y, por lo tanto, en el futuro. La película no es una secuela, pero es imposible no verla como una secuela de todas las películas espaciales que hemos visto. Las escenas de la nave inmensa moviéndose lentamente en el espacio negro iluminado por vaya a saber que astro, el astronauta girando agarrado por un cable a la nave para arreglar algún desperfecto de cubierta que amenaza su supervivencia.

La nave se llama Avalon (como una marca de cosméticos) y viaja en piloto automático con miles de personas hibernando para poblar un planeta lejano. La ciencia ficción -aunque parece distópica- cree firmemente en que la raza humana va a llegar a huir de su desgracia y habitar otros mundos. El viaje debe durar noventa años y por un meteorito que roza la nave y la daña, uno de los durmientes se despierta. Este se llama Jim y como el famoso Lord Jim de Conrad, pasa un año de destierro antes de mandarse un error ético letal que lo va a atormentar: despertar a Aurora, la bella durmiente de la que se enamora y a quien, en principio, no le quiere decir que él la despertó y la condenó a vivir para siempre en esa nave, solos, en compañía de Arthur, un robot con forma humana que hace unos buenos tragos en el bar que regentea y que funciona como psicoanalista primero de Jim, cuando pasa el año solo, y después de la pareja cuando entra en crisis.

La nave es inmensa y al igual que el hotel Overlook de El resplandor, parece tener vida propia como el inconsciente en la teoría freudiana. La nave es un shopping gigante con pistas de patinaje, piletas de natación, restaurantes mexicanos, lugares para comer comida rápida y, quizá el lugar más emblemático, el bar -réplica del bar que imagina Jack Torrance en El resplandor- donde el androide es el barman. Uno no debería desdeñar lo que nos puede enseñar una película mala. Nuestra vida es, muchas veces, una película mala e igual podemos sacar una enseñanza, algo que la haga más soportable.

En las teoría esotéricas del cuarto camino, las personas estamos dormidas y la enseñanza espiritual, mediante trabajos para desmecanizarnos, es la forma de despertarnos. Pero despertar es una gran responsabilidad. Jim despierta a Aurora y durante mucho tiempo no le dice que la despertó porque estaba solo y a punto de pegarse un tiro, sino que le dice que ella se despertó por un error de la hibernación como le pasó a él. Como en una aplicación de Tinder, Jim tuvo el tiempo de elegirla observándola a través del vidrio de la cámara de hibernación y mirando los videos que Aurora grabó antes de dejar la Tierra. De esta manera, la película es políticamente correcta y trata de mostrar que a Jim no sólo lo entusiasma el cuerpo de Jennifer Lawrence dormido, sino también lo que ella piensa, su alma, etcétera.

Me entrenaron para ser el que despierta, pero si bien al principio me identifico -por pereza- con Jim, rápidamente hago metonimia con Aurora y me doy cuenta de que, en mi caso, nunca desperté a nadie, siempre me despertaron.

Aurora es cortejada por Jim en caminatas espaciales, mirando las estrellas de la mano, hasta que ella se enamora de él. No le queda otra, ya que Jim es la única persona viva que va a ver en lo que le queda de vida. Bueno, la otra opción es lo que le pasa a millones de personas en el mundo: vivir sin amar y ser amado. O esperar que lleguen los extraterrestres.

Un día, el robot que prepara los tragos está hablando con Aurora y ésta le dice una frase hecha que le va a resultar cara: “Jim y yo no tenemos secretos”. Pero ninguna pareja sobrevive sin misterio. Y las frases hechas son mensajes del tedio.

El robot entiende la frase de Aurora de manera literal y entonces le cuenta a Aurora que a Jim le costó mucho tiempo decidirse a despertarla y que ahora está muy contento de haberlo hecho. Arthur cree que le está diciendo algo que ella ya sabe, como conjeturan algunos psicoanalistas.

Aurora siente que Jim la condenó a estar despierta lo que dure el viaje y a morir en esa nave: todo lo que era aceptado desde el amor, se vuelve odio y rencor. Jim le pide perdón y le dice que se lo iba a decir, pero Aurora no le cree y decide separarse (acá sucede como esa parejas que deciden separarse pero siguen viviendo en la misma casa en diferentes camas) y trata de esquivarlo cada vez que puede.

Hasta acá tenemos una comedia romántica trivial. Pero la nave que fue alcanzada por el meteorito que despertó a Jim empieza a colapsar y Jim tiene que salir al espacio y jugarse la vida para salvar no sólo a ellos, sino a todos los que hibernan. Aurora entra en pánico y es tomada por el arquetipo, no habla ella, habla la especie: le dice que no quiere perderlo, que no quiere estar sola para siempre si él muere y salva la nave.

Bradbury logró una obra maestra en Crónicas marcianas trasponiendo las historias de Cheever a la tierra roja; la mayoría de las fechas de los relatos ya han sido superadas por nosotros, los antiguos. El cumpleaños de Roy, el replicante de Blade Runner, ya pasó sin pena ni Gloria. Passengers es malísima, con un Adán y Eva de belleza hegemónicas y fantaseo con ver el mismo argumento en manos de un director más radical. Pero sé que lo que me afectó de la película, lo que no me dejó dormir después, fue, precisamente, que sea mala. Lo que no nos gusta habla más de nosotros que lo que nos gusta.

Como esa carta que emiten los intelectuales cuando creen que por ser intelectuales le hablan a la gilada.

¿Y?, me pregunta la pareja amiga bajo la luz y el calor amigable de la cocina en la que esta noche estamos hablando. Les cuento: Jim salva a la nave y pierde la vida, y ella consigue resucitarlo mediante un sistema que por ahora no tiene ninguna prepaga de la tierra por más cara que sea. Se reconcilian y, a pesar de que van a vivir toda su vida sin nadie más que los rodee excepto el inmenso espacio en el que habitan con todas las comodidades resueltas, la película tiene una escena final con una carta que dejaron ellos para explicarle a los que se despierten que fueron muy felices. Ni siquiera tuvieron que abrir la pareja con el robot. Como esa carta que emiten los intelectuales cuando creen que por ser intelectuales le hablan a la gilada. Ellos le hablan también a los que duermen para explicarles cómo lo lograron. Pero no hace falta dormir noventa años para darse cuenta que, al igual que en los ejercicios de espirituales de San Ignacio de Loyola, la pareja puede ser sostenida por el mantra de la repetición. La pregunta es ¿La despierto? ¿Lo despierto? ¿Me hago la dormida?

FB

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