Opinión

La hipótesis Vidal

María Eugenia Vidal, durante una presentación en Córdoba, en marzo pasado.

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Cuando surgió la idea de escribir sobre María Eugenia Vidal, lo primero que pensé fue: qué poco comprendo el fenómeno Vidal. Leo mucho sobre política, escucho sus discursos y la sigo en las redes, pero tengo muy pocas hipótesis sobre ella. ¿Cómo explicar su ascenso, su caída, su renacer, sus aciertos y errores? Ahora es precandidata a diputada nacional por la Capital Federal y se dice que su campaña es errática, que mide menos de lo esperado, pero si no entendemos su éxito difícilmente podamos entender su crisis. Pensé que tal vez debería escribir precisamente sobre esto, sobre el estupor y la fascinación que en algún momento generó Mariu, y sobre la falta de referencias para pensar su figura hoy: ¿hay una hipótesis-Vidal?

En el 2018 dirigí una tesis en la Universidad de San Martín sobre el discurso de Vidal como gobernadora. Cuando Nicole, mi tesista, me contó cuál era su tema, me pareció que tenía lo único que importa para empezar una investigación: asombro. Nicole, una chica feminista y peronista que ama la provincia de Buenos Aires, quería entender: ¿cómo pudo ser? En ese entonces Vidal era un fenómeno: nadie entendía cómo había sido posible que esa mujer prácticamente sin dotes oratorias ni carisma, con escaso capital político o social y sin una intensa trayectoria partidaria hubiera ganado la gobernación de la provincia más grande del país. Reinaba la sospecha de que todo en ella era efecto de la mano duranbarbista. Así y todo, parecía que el artificio funcionaba.

Fueron los años de oro del marketing político y los focus groups, ese misterio, ese secreto, esa caja negra. Fue la apoteosis de la política como imagen y espectáculo. Fueron los tiempos de Heidi y de la mamá leona, de la guerrera, de la mujer virginal y de la “otra hechicera” de Macri: “Ahora a todos los machos de la provincia los está poniendo en vereda. Cómo no voy a estar incondicionalmente detrás de ella si amo lo que hace y cómo lo hace”, dijo el presidente en 2017. Sí, Vidal tenía un poder demiúrgico, encantador, mágico, al menos dentro de sus filas.

Es habitual escuchar que los expertos en comunicación y marketing político hablen de imagen: imagen positiva o negativa, imagen como conjunto de atributos, como algo que se gestiona. Pero creo que el de Mariu es un caso que desafía las categorías del marketing: con la imagen no alcanza, la política también involucra una ética. Por eso mi tesista habló del “ethos” de Vidal: no para usar un término técnico y grandilocuente sino para mostrar que las distintas imágenes de sí que Vidal proyectaba (la imagen de madre, la imagen virginal, la de política aguerrida), imágenes que además se plasmaron en distintos nombres (Heidi, Mariu, la leona), tenían un endeble asidero ético-político. Esta es una idea difícil de desarrollar, pero, de hecho, todos reconocemos cuando algo suena falso o cuando se ven las costuras del artificio: ¿será que la imagen tiene que venir acompañada de convicción?

 Por esos años salieron muy buenos estudios sobre Cambiemos. Los de Vommaro, Morresi y Belloti sobre los orígenes del PRO, por ejemplo, mostraban los inicios de Vidal en el tercer sector, su militancia en distintas organizaciones católicas y su perfil asistencialista.

En ¿Cambiamos?, Paula Canelo dedica un capítulo a estudiar a las mujeres de Cambiemos. De Vidal dice que es una mujer de “dos caras”: Heidi y la leona. Hay que reconocer que el hecho de que Vidal sea una mujer complica bastante el asunto, sobre todo cuando se escribe desde una mirada feminista. Vidal está cargada de “atributos femeninos”: es madre, guerrera, separada, romántica, y se enfrentó a los b/varones del conurbano. Y, sin embargo, como dice Canelo, lo femenino no es sinónimo de feminista. Muchos estudios agregaban, además, la hipótesis coyuntural: era Aníbal Fernández el que explicaba a Vidal.

Algo del artificio de la Vidal bonaerense se rompió con su pase a la Capital Federal. En general, las historias de fracaso me interesan más que las de éxito, las caídas me dan más curiosidad que los ascensos. Me fascina indagar en el detrás de escena, en la magia develada, en el secreto del truco. ¿Cómo pensar a Vidal hoy, fuera de ese territorio que tanto caminó en actitud combativa?

Celia Kleiman, socióloga y directora de la consultora Polldata, dice que, aunque los números le dan bien, Vidal tiene resistencia en el núcleo duro: su ausencia prolongada tras la derrota de 2019 y su pasaje a la Capital le restan crédito. “La ausencia y la mudanza”, dice Kleiman, “generan reproches entre los propios”. Ella intenta neutralizar ese pasaje hablando del AMBA, una retórica engañosa que “funciona como concepto geográfico pero que como categoría sociológica es algo incorrecta, porque mezcla composiciones sociales muy diversas”, agrega.

La miro en las redes. Al fin y al cabo, me dedico a una disciplina interpretativa basada en un “método indicial”: como dice Carlo Ginzburg, el historiador italiano, se trata de buscar pistas, huellas, indicios, como un detective. Quiero encontrar una señal en sus videos, en sus caminatas, en sus chistes, en sus declaraciones más serias. Nuevamente, tengo que acudir a los jóvenes para que me expliquen: ¿qué hace Mariu en los canales de streaming o en TikTok, la que dice que es su red favorita? Busca diversificar el voto, llegar a los millenials, tocar los temas “picantes”: así fue como habló de marihuana y de sexo, revelando su mirada sobre los barrios y sobre los jóvenes a los que pretende conquistar.

En las redes Mariu camina la calle, responde preguntas, presenta su plataforma, habla de sus gustos y se presenta como “mamá y dirigente política 24 horas”. Pero lo cierto es que tampoco estos nuevos soportes le devuelven el brillo perdido. Con TikTok o sin él, no emergió una nueva Mariu en Capital. Si, es probable que Vidal gane la elección, pero ¿con qué aura? Habrá que escribir una nueva tesis: esta vez, una que busque hipótesis sobre el fin de la magia.

SM

 

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