Opinión

Las lecciones de Carlos Escudé, teórico del realismo periférico y crítico del populismo en las relaciones exteriores

Carlos Escudé murió el viernes a los 72 años

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Conocí a Carlos Escudé allá por 2005, cuando yo tenía diecinueve años. En su afán de promocionar el esfuerzo de los jóvenes que nos interesábamos en las Relaciones Internacionales (RRII), él aceptó nuestra invitación a participar de la conferencia lanzamiento de la revista Ágora Internacional en el Congreso de la Nación.

Recuerdo que habló sobre su idea de “neomodernismo”, una crítica al relativismo cultural que fue, en retrospectiva, el único intento argentino de dialogar con aquello del “choque de civilizaciones,” muy en boga después de los atentados a las Torres Gemelas. Luego de la charla, Carlos nos envió un resumen de la ponencia para publicar en la revista y yo, imbuido del pensamiento crítico/posmoderno (típico de la adolescencia intelectual), me sentí en el deber, como director de la publicación, de responderle en letra de molde.

Aquello fue, en retrospectiva, una vergüenza. Sin embargo, Carlos no me perdió (totalmente) el respeto. Quizás se reconociera en mi irreverencia. Como fuere, desde entonces he tenido el privilegio de ir descubriendo la riqueza de sus ideas y escribir junto a él sus últimas reflexiones sobre su Teoría del Realismo Periférico (RP) y su impacto académico.

Borges solía decir que no quería ser recordado si no a través de sus ideas. Que el mayor logro de un autor es que sus pensamientos hayan pasado a formar parte de un acervo común, aun cuando nadie recuerde su nombre. Algo similar ha pasado con Carlos en las RRII, tanto en la Argentina como en el mundo.

La influencia de Carlos en el pensamiento norteamericano y global sobre las RRII no es menor. No es fácil encontrar un académico activo en los años 90 que no reconozca su obra. Las premisas del RP, según la cual los países periféricos sólo pueden desarrollar una política exterior autónoma pagando altos costos y en contextos políticos en los que es posible imponer estos costos a su ciudadanía, encapsulan las claves del pensamiento realista en los años 90. En primer lugar, Carlos incorporó variables de política doméstica como el tipo de régimen, en la forma de lo que se llamaría luego “realismo neoclásico.”

En segundo lugar, desafió la idea de que todos los estados maximizan su seguridad en lugar de otros objetivos (por ejemplo, económicos), una idea que luego definiría al “realismo posclásico”.

En tercer lugar, Carlos propuso una dura crítica al dogma realista en torno al concepto de anarquía, teorizando espacios (como las Américas) en donde hay claras jerarquías. Esta última contribución le fue reconocida por grandes teóricos en dicha área como Douglas Lemke.

Pero a juzgar por su decisión de vivir y morir en Buenos Aires, creo que a Carlos le hubiera gustado más influir en los jóvenes científicos y hacedores de política exterior de su propio país.

A nuestra generación Carlos nos enseñó que, en la historia de la declinación argentina, el factor internacional fue esencial. La empecinada neutralidad en la Segunda Guerra Mundial (que nos convirtió en perdedores de hecho) y el desastre de Malvinas convirtieron a nuestro país en un paria internacional frente a las grandes potencias que más podían influir sobre nuestro destino. Nos enseñó que el adoctrinamiento nacionalista de los argentinos ha permitido estas políticas exteriores populistas y descabelladas, y lamentablemente este mal sigue siendo muy difícil de erradicar.

Finalmente, Carlos nos enseñaba, insistentemente en sus últimos años, a tener un ojo en la oportunidad que China podría representar para la Argentina, dada su complementariedad comercial con nuestro país. Pero advertía que siempre debemos ser conscientes de los riesgos de que China no vaya a ser lo que promete y que los costos impuestos por Estados Unidos sean mayores que los beneficios.

Los consejos de Carlos siempre fueron simples y evidentes, en el modo en que lo son las grandes teorías. Algunas de estas ideas nos parecen hoy de sentido común. Es difícil saber si lo eran hace cuarenta años. Pero de lo que no caben dudas es que, en su obra, Carlos ha dejado aún más a la luz los daños que las políticas exteriores populistas nos producen y las razones por las cuales las aceptamos. Estoy seguro de que el lector puede pensar en unos cuantos ejemplos recientes en los que no ahondaré (ni lo hubiera hecho él) por razones de salubridad.

Gracias, Maestro, por abrirnos los ojos.

LLS

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