Opinión

Sin lugar para los débiles: oposición, vacunas y política

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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Es una obviedad, pero la oposición siempre labura de hincha pelotas, de insoportable. De aguafiestas. De buscarle la quinta pata al gato. De verle el pelo al huevo. Una oposición constructiva se parece más a un oficialismo con antifaz. Reglas de la democracia son también las reglas de ese juego. El pescador es el que juega “adelante”, cerca del arco contrario, a la pesca del rebote o de una pelota picando para meterla. El opositor es eso: no es un buen samaritano; vive al borde de cruzar la fina línea que separa un oportunista de un canalla. El oficialista pide grandezas, el opositor cirujea oportunidades. El oportunismo es otro de los motores de la Historia. La Historia también la hacen los conversos, los traidores, los visionarios que ven una que nadie ve, las ratas que huyen de un barco, los soldados que escapan de una batalla, los pescadores. 

Duhalde decía que los peronistas tienen su día de la lealtad porque tienen 364 días de la traición. ¿Y desde dónde lo decía? Desde lo que es: un obrero de esos 364 días de zancadillas hasta que la tuya sale. La lealtad no es el opuesto de la traición: es su condición de posibilidad. Las presidencias se escriben en la arena, pero los presidentes quedan grabados en roca. Oficialismo y oposición es otro modo de nombrar ese juego de encastres que al final, ¿qué dice? Dice que una presidencia es eso sobre una persona: el cambio de su cara, la transformación de los ojos. Las presidencias tienen ese sustrato: un día vas a dejar el sillón de Rivadavia, mano, saludo, a casa, y vas a volver a ser la oposición. “¿Qué somos? ¡Tiburones!”, gritan los opositores de todos los tiempos. Si vacunás, si no vacunás, si mentís, si decís la verdad. Sobran los sommeliers de oposición. Pero un día te toca ir a la Rosada a poner la cara por un presidente al que odiás contra los Carapintadas. Un día vas al velorio del hijo de un presidente al que enfrentaste. O al velorio de un expresidente al que le dijiste chorro en veinte idiomas. O vas al reclamo conjunto de soberanía de las Islas Malvinas, a la cita con el panteón nacional. O a pedir quita de deuda, de la deuda que “tomaste”. Primero la patria, decía Perón. Pero no hay un “primero la patria” sin también un “primero los hombres y las mujeres”, es decir, sin eso con lo que se hace la política. El factor humano, demasiado humano.

Circulan memes de Alberto. La pandemia en dos actos. Los primeros, los del profesor de Derecho presidente, las filminas, el tiempo de los balcones, los aplausos y las cacerolas; estos segundos, los del presidente que se le vino el mundo encima, pandemia sin anabólicos, sin filósofos contando cuentos chinos, ni masamadre, ni ilusiones utópicas para después del fin del mundo. Ojos entrecerrados, ojeroso, despeinado, mirada atónita: “¿qué más?”, parece decir. Tomás Rebord el miércoles pasado tuiteó sobre la imagen de un discurso de Alberto, con cara de “¿qué más?”, en un obrador esto: “Spot oficial de campaña ‘Peor Está Alberto’ 2021, a fuerza de la demolición total de su imagen lograremos niveles de identificación y empatía jamás vistos en esta Argentina reventada ganando por el 60% de los votos”. ¿Qué pasa, General? Pasa lo que Osvaldo Soriano escribió en 1987 en la contratapa de aquel Página 12: “Alfonsín, con el alma en la cara”. La cara era la de mayo de 1987. Después de la Semana Santa. “El límite de la democracia es el terror”, citaba Soriano a León Rozitchner pero le agregaba: “eso está pintado en el rostro de Alfonsín”. Presidencias que llevan su tiempo en la cara: la transición democrática, la segunda transición tras la crisis de 2001, la Pandemia. Quizá Alberto vuelve siempre a Alfonsín por un motivo, principalmente, karmático. Alberto, la cara del Estado de la Pandemia. Una presidencia puede ir contra todo, pero no puede ir contra su época. Menem lo supo, Kirchner lo supo. Porque les tocó una época a la que la cazaron el ritmo y pudieron bailar. Una presidencia es un tiempo que te toca. Los ochenta de Alfonsín, los noventa de Menem, los dos mil de Néstor y Cristina. La era de la Pandemia es el tiempo de Alberto. Todos pueden escapar de ahí, todos podemos tener nuestro rato de espaldas a la Pandemia, menos él. 

Cristina entra y sale. Escribe, critica, condena, halaga, mastica sus cuitas con la justicia. Pero entra y sale. Macri también ya entra y sale. Hasta se vacunó afuera y le salió más o menos barata. Los países vienen sin beneficio de inventario. Los macristas dejaron una bomba pero no les toca a ellos desactivarla. Se la puede ver a Patricia Bullrich, una política enchufada al Estado argentino hace décadas, cuya violencia, toda, la que incubó “de piba” y en su Orga, la ejerce con naturalidad, como un derecho de clase, pero vista hoy se la ve como se la ve: flojísima y liviana si se pasa en limpio lo que dice. No está a la altura del “programa”. Está en sintonía con la nada. Articula ideas absurdas, propone reparto de alcohol en gel en las ferias de los que no pueden parar (porque, sino, no paran la olla). En el país de la épica de huir para adelante a Alberto le toca quedarse. Todos juegan en el bosque mientras el lobo no está. Se vota en septiembre. 

Cuidar al cuidador

Todo este gafe de las vacunas, esto que parece que nació torcido entre dudas sobre su efectividad, vacunatorios vip, lobbys descomunales, empresarios nombrados que no pueden tapar el sol de su nombre con la mano, el canto global de la liberación de las patentes, de golpe, se cruza con una lluvia de criterios que piden vacunas, todos con buenas razones, como los trabajadores del transporte, como los cadetes de Rosario. Desde hace un tiempo piden ser incluidos porque fueron la mano de obra invisible que hizo posible ese mínimo de mercado que les llevó a los “aislados” las cosas a casa. O, más acá, el extendido reclamo (y bastante lógico) de vacunar a las personas que cocinan en los comedores que dan de comer en la Argentina. 

Se trata de una política básica de cuidar a los cuidadores. Los que están en la primera línea de fuego de una hornalla. ¿Y qué pasó con eso? ¿Fue zócalo y murió? Dice el dirigente de Barrios de Pie, Daniel Menéndez, que tuvieron una reunión con el presidente hace dos meses “donde le planteamos la necesidad de que se incorpore a las trabajadoras de los comedores y al presidente le pareció bien; y en ese momento hablamos de 70 mil trabajadoras como un número aproximado”. De ahí vino el zócalo que empiojó todo: le van a dar 70 mil vacunas a los movimientos sociales. Sobre eso hablamos acá. No hay idioma argentino cuando sos blanco fácil. Un tema importante –el cuidado de los que cuidan– banalizado. En Argentina un vaso de agua y un palito “a los planeros” no se le niega a nadie. Acá el “ataque” habla más de quien ataca que de quienes son atacados. Los reclamos de los movimientos sociales aparecen porque las bajas aparecen y las definiciones no. La discusión sintomatiza una discusión latente sobre el alcance del Estado. Si el Estado realmente existente incluye a estos cuidadores o no, en su mayoría mujeres. La Argentina cuenta con dos registros del Ministerio de Desarrollo Social donde apoyarse para cruzar la información y coordinar criterios. Uno es el RENATEP, el Registro Nacional de Trabajadores de la Economía Popular, creado por este gobierno, que entre julio de 2020 y febrero de 2021 cuenta con 2.093.850 inscripciones realizadas. Ahí se registra y se incorpora por rama de trabajo y en ese registro consta una rama que trabaja bajo el rubro de “sociocomunitario”. Ese padrón, dice Menéndez, se puede cruzar con el RENACOM, un Registro Nacional de Comedores, que tiene también el Ministerio de Desarrollo. “Hace 15 días le construimos un listado para establecer prioridades dentro de esos trabajadores que le giramos al Ministerio de Salud para avanzar en la cosa”, dice otra dirigente. En el gobierno de la Ciudad, la ministra de Desarrollo Social, María Migliore directamente convocó a vacunarse a más de diez mil trabajadoras de más de cien comedores que hay en Buenos Aires. Todo ocurre en líneas paralelas. Muchas personas de los comedores se fueron vacunando no por ser parte de ellos sino por ser parte de la población que se incorpora al plan de vacunación. Se discute, se discute, pero finalmente estamos a la espera de que la vacunación masiva desborde cualquier discusión. El gobierno espera que la campaña alcance a todos. Sociología de raje: antes la cuenta era sobre cuántos círculos te separan del círculo de alguien que tuvo Covid; ahora la cuenta es sobre cuántos círculos te separan del círculo de alguien que ya fue vacunado. De a poco, por goteo, pero pasa. Los diagramas de Venn nos acercan. Decíamos el grado cero del Estado. Ahora el gobernador Axel Kicillof se planta en la gestión de una campaña definitivamente masiva. Firmó un acuerdo con el laboratorio indio Bharat Biotech para acceder a 10 millones de vacunas Covaxin, con la posibilidad de sumar cinco millones más. Un mar de vacunas para desbordar los criterios siempre discutibles, aunque legítimos, de a quién le toca. De primeros y últimos. Un día nos va a tocar a todos. Y ese día vamos a mirar estos días con extrañamiento. 

Mientras tanto, la política a veces juega a achicar la nación para agrandar sus “intensidades”. Detrás, hay una Argentina de temas que importan, con los hombros pinchados. Porque cuando termine esto seguiremos discutiendo el Estado pero habrá que discutir cómo agrandar la Nación. La Argentina quedó chica. Como arrugada después del agua. Hay que estirarla. Tenderla al sol. Contar los votos, las cuentas, los que quedan adentro y afuera. Ojalá hagamos un censo. Contarnos de nuevo. ¿Cuántos somos, cuántos quedamos, viviendo en qué piso y bajo qué techo? Recuerdo el programa de radio “Esto que pasa”, de Pepe Eliaschev. El hombre de la muletilla, “tengo para mí”. Me acuerdo un editorial brutal, en defensa del censo de 2001. Defendía un censo que bombardeaba Ruckauf por “el gasto público” y los docentes, en pie de guerra también. Decía el locutor una tarde a meses de que todo volara por el aire, hace veinte años: “No sabremos si los argentinos censados tienen agua por cañería dentro de la vivienda o fuera de ella. O si tienen agua dentro del terreno o tienen que ir a buscarla fuera del terreno. Ignoraremos de dónde proviene el agua que usa para beber y cocinar la persona censada ¿de la red pública de agua corriente, de la perforación con bomba a motor o tal vez con bomba manual? ¿De pozo con bomba o de pozo sin bomba, de agua de lluvia o de transporte por cisterna, de agua de río, de canal o de arroyo?” Eran las bajas pulsaciones de un Estado que se negaba a morir porque se negaba a dejar de saber. La soledad de ese censo era la de la política. Cuando todo esto pase también vamos a tener un Estado que sabe más. ¿Y habrá que ver qué se hace con todo lo que sabe? 

Vivimos una mala época casi por decisión divina. Los misterios. Una señora asustaba a los chicos con frases de otra época “no mires a los ojos a los gitanos”. Los ojos pueden echar una maldición. Los agujeros del espíritu. Ahí se ve y se huele. Meterse en la madriguera a masticar miedo. La sociedad aislada de esta Pandemia cosecha también a una política aislada de esa sociedad, una política metida en la política. La agenda de pospandemia quedó tragada por una Pandemia que aún no termina. No la pegó nadie. Un reloj parado da dos veces al día la hora exacta. Hay que pasar el invierno. Otra maldición gitana.

MR

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