Opinión - Panorama de las Américas

Para Lula que lo mira por tevé

Alfredo Grieco y Bavio Panorama de las Américas rojo

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Brasil es un país tropical donde hay más televisores que heladeras. El voto es cantado, si hay que elegir entre la mesa y la cama, entre bebidas frías y novelas calientes, entre la puerta cerrada todo el día y la pantalla encendida cada tarde. Encrucijadas así son la vida de los pobres; los muy pobres rara vez enfrentan la angustia de cuál escoger entre dos bienes. En octubre, Brasil elige presidente. De los dos únicos candidatos que pueden llegar a la disputa decisiva del balotaje, los sondeos de intención de voto han asignado, mes a mes, una consistente superioridad para el de la alianza encabezada por el izquierdista Partido de los Trabajadores (PT) y liderada y negociada por el expresidente Luiz Inácio 'Lula' da Silva. Cada vez menos distante lo sigue su rival, el actual presidente derechista Jair Messias Bolsonaro, que busca un segundo mandato. Esta semana, antes del inicio formal de las campañas electorales oficiales, el Jornal Nacional de la red televisiva Globo, el informativo más visto del país, entrevistó, según un ritual mediático que en cada presidencial se reanuda, al presidente-candidato y al ex presidente-candidato. En rating, Bolsonaro aventajó a Lula.

Las elecciones presidenciales brasileñas del 2 de octubre son angustiosas, porque el voto no está cantado. Elegir uno solo entre dos bienes puede ser doloroso. 'Pare de sufrir' es lema y axioma de las dos enérgicas campañas paralelas de cada uno de los dos aspirantes favoritos. Infatigables cuando se trata de ilustrar al electorado de Brasil, le transmiten la doctrina que hace fácil lo difícil, y evidente la decisión. En lenguaje simple, claro, exento de afectación, les explican que ellos son el Bien y su enemigo, el Mal. No hay dos bienes, ay, uno solo. Con estas palabras contundentes de la tradición cristiana, e invocando la bendición del Altísimo para el candidato de la Religión, la Patria, la Familia, y la Propiedad bien entendidas. Que si ellos triunfan, gobernará Dios, del que su coalición es concesionaria exclusiva; si triunfa el adversario, será el gobierno de un Endemoniado.

Vidas paralelas, vidas para leerlas

Si lográramos hacer abstracción de la violenta repulsa que cada candidato despierta en sectores de las bases más duras de cada respectivo electorado contrapuesto, las campañas de Lula y Bolsonaro enfrentan una dificultad engorrosa, vergonzante: inconfesable. Todo aquello en lo que se parecen el ex capitán del Ejército y ex diputado del ex obrero y sindicalista dos veces sucesivas presidente.

Para citar semejanzas salientes, desordenadamente, y muy incompletamente, entre Lula y Bolsonaro. Los dos están a favor de los precios controlados de los hidrocarburos en el mercado interno, los dos están de acuerdo en que la política está por encima de la autonomía de Petrobras, los dos están de acuerdo en que la razón de mercado debe doblar la rodilla ante la razón de Estado, los dos están de acuerdo en que el año electoral y la pureza del sufragio no han de invocarse para suspender o postergar el sostén o la ampliación de planes y programas sociales, los dos están en contra de las industrias que no priorizan satisfacer la demanda de alimentos y productos de primera necesidad, los dos a favor del empresariado constructivo parceiro del Estado. Los dos se persignan a favor de las iglesias evangélicas, los dos arrojan agua bendita a Satanás y su antipática majestad. Los dos están muy en contra de la corrupción (y en ser muy prudentes en los modos de aludir a ella en campaña), los dos hicieron arreglos para ganarse el favor del Congreso con favores que equivalían a drenajes del Tesoro y el patrimonio de empresas estatales o al pacto de presupuestos secretos pero legales. Los dos sustentan su legitimidad en lo que han conseguido para la famélica legión de familias, grupos, vecindarios, sectores y clases desfavorecidos, olvidados o venidos a menos.

Lula y Bolsonaro están en el sistema. Uno y otro vivieron en él, ninguno es un outsider político. Aunque la trayectoria de Bolsonaro sea la del maverick sin partido fijo ni partido grande pero diputado por casi tres décadas en Brasilia y la de Lula la de organizado militante obrero, el sindicalista que llega a la política para disputar el poder del Estado vía la fundación de un partido de masas. Los dos dentro del sistema, pero los dos fuera y aun ajenos a las élites sociales, culturales, intelectuales, y Bolsonaro aun desconfiado y hostil a ellas. Ninguno tiene educación formal superior, Lula y Bolsonaro son los dos primeros presidentes brasileños sin el ornamento de un curriculum académico, tan nutrido en el caso de la sucesora de Lula, Dilma Rousseff, y más aún en el del antecesor de Bolsonaro, Michel Temer, catedrático constante y uno de los autores más citados por el Supremo Tribunal Federal (STF) en sus fallos sobre asuntos de Derecho Constitucional.

Lula y Bolsonaro se autodesignan como Mesías de los pobres en tiempos de necesidad (crisis financieras, crisis sanitaria). Y como Salvadores nacionalistas del Brasil. Tanto el uno como el otro han manifestado cortés indiferencia (Bolsonaro) y sonora abstención (Lula) a la cruzada por la Democracia contra la Autocracia con la cual el norteamericano Joe Biden une a Occidente contra el ruso Vladimir Putin. Y los dos jamás han logrado disimular una impaciente exasperación temperamental ante las políticas del presidente ucraniano Volodimir Zelenski.

Se podría decir que todas y cada una de esas simllitudes son o ilusorias (vistas de más cerca, desaparecen) o superficiales (vistas de más cerca, revelan diferencias irreconciliables). Es posible, es probable. Pero las campañas precisan de contrastes nítidos a simple vista. No le sirven a Lula ni Derecha e Izquierda. Ni Ciencia e Ignorancia, como en el clímax de la pandemia. Las sentencias del STF que restablecieron a Lula en eslado de prístina inocencia en los procesos y condenas a que los sometió el lawfare del Lava Jato, debilitan el clivaje en que Bolsonaro se siente más cómodo, la corrupción petista pasada vs. las personas decentes, Lula y Dilma bandidos vs. el hombre común de la calle, bíblico, carnívoro y armado.

De la dialéctica histórica al dialecto de la vida cotidiana

“La vieja escuela liberal, en los últimos treinta años, no ha sido capaz de resolver acertadamente uno solo de los problemas principales”. Esta frase se asemeja a las consignas del estallido social chileno de octubre de 2019, a las del PT en campaña para derrotar en 2002 al neoliberalismo con rostro humano del socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso. Se parece por esa afinidad física que surge del parentesco y es independiente de los rasgos. Es, sin embargo, muy anterior. Pertenece a “Consideraciones sobre la Revolución”, texto militante que en la revista Criterio, que él dirigía, publicó monseñor Gustavo Franceschi, después del derrocamiento el 4 de junio de 1943 del último mandatario de la fraudulenta Década Infame argentina. El intelectual católico de derecha, especialista en Literatura Francesa, se dirigía a las masas para persuadirlas de la índole “sustancialmente apolítica” del gobierno que encabezaba el triunfante general Pedro Pablo Ramírez. El militar católico, sugería el sacerdote, orientaba lo primordial de sus esfuerzos “a lo social y económico, al abaratamiento de la vida, a la defensa de la familia y a la purificación de las instituciones”.

Ni Lula ni Bolsonaro negarían que esa orientación es también la primordial para ellos. La diferencia está en que Bolsonaro elogia o añora, a veces, el golpe de Estado brasileño de 1964. El ex capitán dice que las FFAA son suyas, que él es su candidato, y que los militares intervendrían para frustrar un fraude electoral organizado en su perjuicio. O para prevenirlo, si en el firmamento anticiparan el robo de la voluntad popular soberana señales inequívocas como aquellas que en 1943 vio un grupo de oficiales unidos argentinos. El último presidente de la fraudulenta restauración conservadora nacida en Argentina en 1930 por la intervención de las FFAA, era derrocado trece años después por un golpe militar. La primera vez en contra de la Autocracia radical; la segunda en contra del Elitismo terrateniente: en contra del fraude como rutina electoral para asignar la victoria y la sucesión de Ramón Castillo a un pactado candidato conservador.

Lula denuncia el Golpismo y el militarismo nazi-trumpista de Bolsonaro. Con el apoyo de la Corte Suprema y del Supremo Tribunal Electoral, de las Universidades y de los Empresarios, el candidato del PT se erige en único baluarte del conjunto de fuerzas que se reúnen en un frente de la Democracia. De algún modo, la oposición entre Lula y Bolsonaro luce como la de las presidenciales de 1946 en la Argentina. En febrero de aquel año, la Unión Democrática antagonizaba con estridencia a un ex coronel, candidato de las FFAA del Golpe de tres años antes, y favorito de los sectores más pobres cuyo voto ahora eludía a esa izquierda cuya dedicación a ellos era su mayor derecho a reclamarse campeones morales. Ya tiene Bolsonaro su Braden en Bachelet. La ex presidenta socialista chilena y alta funcionaria de Naciones Unidas proclamó que Brasil debe votar por la Democracia. Ojalá que sí, desde luego, esta vez.

AGB

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