Massita, el peronista superficial

Sergio Massa

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A Sergio Massa el barbijo le vino diez puntos. La letra chica de la rosca es sólo para muy interesados. Su oficialismo, entonces, queda enmascarado para la multitud. Bajo el paño se reservan sus emociones y no hay aprobación ni disgusto en sus escasas presentaciones junto a los Fernández. Apenas un movimiento de escucha atenta, apretando los ojitos, como un médium, y que de ningún modo es un asentimiento. Más allá de lo sanitario, el barbijo brinda esta oportunidad única de estar sin estar y Sergio la aprovechó tácticamente en el primer año de la coalición más loca del mundo.

En quinchos se habla de los aumentos de precios este fin de año que rompen los salarios y ridiculizan las paritarias. Vuelve el fantasma del descenso. ¿Cómo sigue la película? Mi tesis: el encontronazo del presidente designado con la desgracia sólo se lo llevará puesto a él. Cristina y Sergio sortearán el desastre sanitario y económico reordenando la coalición, con el presidente que sea, Alberto mismo, inclusive, que puede ser puesto al vapor unos días y seguir en el cargo pero ya como Maradona en Gimnasia.

El defecto en el primer año de la coalición se resuelve rearmando la coalición. Y la solución circunstancial la proveería el kirchnerismo duro, sin Cristina a la cabeza, porque el proyecto artístico “Cristina Eterna” debe salvarla de todas las coyunturas e incluso dejarla indemne ante el inevitable fracaso de sus ortodoxos. A nadie le puede ir bien con esta economía, aunque es verdad que cualquier otro presidente pudo haber armado en seis meses una canasta de vacunas para cuando estuvieran disponibles y al menos zafar de algunas de las pálidas.

Si para inocentarse, Sergio calla, a Cristina no le queda más remedio que esquivar la torpeza del presidente, hablando. Los puntazos de CFK al entorno de Alberto, sus declaraciones de reputada científica social, de baqueana del universo, la distancian del así llamado primer magistrado que debe conformarse con apenas mentir sobre lo que tiene arriba del escritorio. Así, las líneas narrativa se abren y, con ellas, las audiencias. La mala le habla a su hinchada, el designado a la agencia Télam. Alberto lo sabía por experiencia: no hay forma de parasitar al kirchnerismo sin humillarse. Su mínima oportunidad de independencia la habría obtenido si bajaba la inflación, si la economía crecía un puntito, dos, y ya ves.

La destrucción de la Argentina continúa, entonces, a buen ritmo, pero al menos los funcionarios logran parecer inocentes, lo que facilita su perpetuación. La experiencia del que se vayan todes fue didáctica, resistieron el clamor y no se fueron y, por otro lado, desarrollaron un talento para seguir haciendo las cosas mal pero que el pato no lo pague nadie. 

El kirchnerismo imborrable, el de Cristina presidenta, fue especialmente genial. Por cada problema que no resolvía creaba otro que tampoco resolvía, entonces chocaba un tren y anunciaba una guerra civil. 

Macri después vino a dar una mano, pero no lo entendieron del todo sus colaboradores, la mitad del gabinete metía escapaditas de fin de semana, todo un largo preparativo para empezar a gobernar, un como sí de cuatro años, y tocaron la campana, no sin antes devolvernos al Fondo. 

En la confusión, en el descalabro, en la guerra de entradas y posteos en las redes sociales, en los paneles de tevé, y en diez minutos, la responsabilidad se le endosa al ser nacional, al cómo somos, y después el activo de políticos hace de buffer para mantener la fiesta en paz. Esto último es importante: la política tiene personajes electorales, veinte significativos, y todo el resto de los camarotes están ocupados por los profesionales sin votos, encargados de mantener el cadáver presentable. Ya no hay correlación entre fundir al país y retirarse de la actividad. Si no la cagaste un poco, no te sentás a la mesa.

Decíamos que el kirchnerismo blando y casi uruguayo de Alberto Fernández está terminado. Concedamos que podrá simular que no, y que se dará la Sputnik por cadena nacional, y temblando de incertidumbre, bajo un ventilador de techo de Olivos buscando el relanzamiento, pero la necesidad de elegir y reelegir a todos los amigos posibles en 2021 ya forzó el take over de Cristina. También lo hizo la sospechosa lentitud de Alberto para colaborar en desarmar el drama judicial de su vicepresidenta.

Cristina podrá despeinarse en este proceso de inmolación de Alberto, (de últimas: el pelo al viento como santa Evita montonera), pero Sergio sale entero y elegible, listo para el duelo final con los Kirchner, acerca de qué tipo de frankenstein será la Argentina. La mala de hierro contra Massa, el peronista superficial.

Sergio parece tenerla más fácil. Además de su juventud relativa lleva banderas livianas y un método de reproducción electoral menos exigente. Su franquicia tiene tres fuentes y tres partes integrantes. Los dueños de la Argentina, el argentino en sunga que vacaciona en Camboriú, y el panelismo organizado. 

Los dueños de la Argentina incuban dirigentes políticos de distintas razas al efecto de tenerlos cabildeando por sus intereses en la discusión del presupuesto o en el Consejo de la Magistratura, donde sea más práctico. Sergio ha sido hasta aquí un fiel amigo de los Bulgheroni, Brito, Belocopitt, Vila, Manzano, y con la cortesía de aceptar la asimetría con ellos, que le financiaron todas sus expediciones al poder. Distinto a los Kirchner que se propusieron y lograron ser uno más en el Forbes criollo (y por eso es bien tolerado el enriquecimiento de los Kirchner entre su fanaticada, por el complemento de la indisciplina) y distinto a Macri, que era uno como ellos, y por lo tanto menos influenciable.

El argentino en sunga tiene aspiraciones, sí señó, pero no tantas. Hay que auscultarle el corazón, se escuchan sirenas policiales.  Sergio representa cómodamente sus intereses y sus prejuicios porque él mismo carece de juicios categóricos y de una visión cerrada de la historia. Sergio vive el presente de su whatsapp, su universo lingüístico sólo tiene deudas con los lugares comunes de la época. Cualquier otra cosa es irrelevante.

Por otra parte, Massa reconoce que para ser dinosaurios agonizantes, los periodistas gozan aún, o más que nunca, de una insólita popularidad y prestigio. Y por ello no cree que deban ser condenados a la inanición o la bancarrota y reemplazados por posteos promocionados de Facebook y granjas de trolls. Al contrario, es partidario de que sobrevivan con sus emprendimientos periodísticos, sus mini pymes. Presenta aquí una enorme diferencia con Cristina: no espera ni desea que piensen como él, pero espera que lo reproduzcan y que se abstengan de maltratarlo. Y otra gran diferencia con Macri. No está para darle lecciones altivas a nadie respecto del modo ético o correcto de hacer su trabajo. Recordemos que el macrismo quiso hacer profilaxis con personas de bien, plebeyos de Flores y Caballito, que hicieron del periodismo su tabla de salvación o ascenso social, y reformatear el campo de la prensa, un campo que los preexistia.

A favor de Massa también, siempre el tiempo, porque el kirchnerismo que recordaremos más, el del bullicio, es hijo de la mejor escuela pública y privada, el techo del quince por ciento en Capital, y conforme se desmoronen más esos institutos, con las clases virtuales, las sentadas y los talleres de twerking, se abrirá al fin una pampa sin élites, al menos 30 millones de cristianos con faltas de ortografía. Si Sergio no se aburre antes, si no se pudre de ser intermediario como le pasó a Manzano, este infierno será todo suyo. Y, perdido por perdido, el electorado de clase media con muchas aspiraciones puede sumarle los votos que le falten y darle a Massa el mismo mandato que le dio a Macri, que es hacer un país que al menos se pueda soportar.

ES

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