¿Eso es todo, sororas?

Alberto Fernández, con manifestantes en favor del aborto legal.

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La legislación del aborto demuestra lo que las elites de los centros urbanos son capaces de hacer cuando, sin arrastrarse por el narcicismo de las pequeñas diferencias, empujan juntas por algo que les cambia la vida a las vanguardias, a las retaguardias y a la posteridad de todos y todas. El temor al Papa era infundado y el magnetismo brutal que los feudos provinciales ejercían sobre los politólogos ya es carne azul colgada en la heladera. Otra lección y legado de la nueva ley: pese a ser un cachivache institucional, en la Argentina pueden pasar cosas buenas aprovechando la inconsistencia ideológica de funcionarios públicos que en solo dos años pueden cambiar la opinión sobre una consigna atemporal y sencilla: ¿puede o no la mujer decidir sobre su cuerpo?

La pandemia pudo haber ayudado, por supuesto. Los obispos son grupo de riesgo y conspirar por teléfono no es lo mismo. Pero en su honor hay que decir que el Puchas Fernández hizo todo lo posible por torcer voluntades en el Senado, lo cual incluyó cazar los fantasmas de la excomunión escritorio por escritorio. No era tan difícil, parece, hacer que un loco defensor de la vida se transforme en un escudero romántico del derecho de las mujeres a decidir, y que alguien pierda voluntariamente el avión. Se resalta así, y con crudeza, la falta de voluntad definitiva de Macri en la cuestión. Se abstuvo de saludar, siquiera comentar, la sanción de una ley histórica que incorpora a la Argentina al concierto de naciones más desarrolladas. Ese era,  y es, uno de sus más coloridos leit motivs.

Cuando Mauricio habilitó la discusión del aborto, su agenda principal, se vio después, no fue poner en discusión un problema de salud pública, o de derechos, tampoco satisfacer cínicamente a un sector del electorado, sino apenas crear un entretenimiento de masas, un telematch de verdes contra celestes, que comprara tiempo y quitara foco al despelote de la economía. Como externalidad positiva sus asesores más liberales aspiraban a que el PRO se consolide como una beautiful right, que atiende la economía, la salud, y los derechos, pero se vio, se ve, que esa aspiración es más para lucirse en encuentros sociales con otros entendidos de la política que una corriente interna de peso. Cuando el macrismo lamenta la falta de reconocimiento de las sororas a quien habilitó la discusión por primera vez en el Congreso, o sea Macri, podrían mirarse primero el ombligo. En su condición de productor principal del reality, el ex presidente miró el rating, pero no vio el programa, y no se la quiso jugar por nadie, como si él no tuviera ideas sobre el asunto. Así fue que en diciembre de 2019 alcanzó una trifecta espectacular: ni economía, ni salud, ni derechos.

El Puchas ya aprobó derechos. No es poco, casi que hasta podría salvarle su interinato, pero, como se ha visto, no lo pudo festejar. Si Cristina no lo celebra por su relación claroscura con el Papa Bergoglio, él también debe comportarse prudentemente, pero no por el Papa, sino por la Papisa. Si ella no festeja, él no festeja. La suya es una presidencia con un tratamiento de conducto: nunca más va a sentir algo. Un verdadero crimen para los científicos sociales albertistas porque con el aborto legal se termina de concretar el trasvasamiento generacional de las compañeras peronistas: de la rama femenina a la rama feminista. Alberto podría ser su legítimo líder durante algunos años después de ayudar a concretar algo tan deseado.

La ola verde tuvo la fortuna de maridar la justicia del reclamo con una red de famosos, actores, locutoras de tevé, señoras del poder, espadeando en la primera línea, mientras cientos de miles de mujeres se ataron sus pañuelos verdes a las carteras y mochilas para que su voluntad se note cada día. Si el trabajo más duro y penoso lo hicieron aquellas pioneras a quienes se acusaba de mataniños, y que durante décadas eran verdaderas marginales, aun en las pequeñas comunidades de izquierda y privilegio que habitaban, es innegable que las sororas del Ni una menos hicieron un gran trabajo por transformar la ola verde en una marea, y al aborto legal en un fruto maduro para la conciencia de millones de argentinos. Con ese capital social acumulado, el político sólo debía empujar la pelota. Pudo ser Macri, pero fue Alberto.

O ninguno de los dos, porque para Cristina el aborto ES legal por la conexión virtuosa entre el feminismo latente en la juventud argentina y su liderazgo que lo hizo creciente y determinante. Ella es el ejemplo más acabado de empoderamiento femenino. Controla hombres, como si fueran subhumanos, y como nadie lo había hecho desde Catalina, la grande.

Aunque no todo el movimiento verde es kirchnerista, no es menos cierto que en el board dirigencial de Ni una menos y, entre sus voceras más destacadas, la sensibilidad kirchnerista es muy marcada. Esto, que no les quita razones, les abre encrucijadas, de cara al futuro, muy interesantes. Que el activismo y la notoriedad que supieron conseguir no se vuelvan en contra del gobierno que aman amar. Por ejemplo, cuando ante la alternativa de que sus hijos pierdan otro año de clases presenciales deban optar por callar para no perjudicar al gobierno que se resiste junto a los sindicatos, o protestar para que no continúe el daño sobre sus niños y sobre las mujeres en quienes recae más el peso de cuidar y trabajar y hacer la tarea por zoom. Cuesta pensar que una generación de mujeres que viene de surfear la ola más alta calle más tiempo sobre esta cuestión y pase a cumplir tareas públicas pasivas.

¿Qué ocurrirá ahora, qué será de la relación entre el kirchnerismo y las sororas ahora que se satisfizo su demanda central? Como cualquier producto, o cualquier amor, el kirchnerismo se enfrenta a la utilidad marginal decreciente. A más kirchnerismo consumido, el kirchnerismo en sangre tenderá a remitir, por lo tanto, y Cristina, el musical, lo entiende perfecto, tiene que mantener encendido el motor del conflicto para que todos los kirchnerismos existentes latan sin parar y el del kirchnerismo verde también.

A ojo, el gobierno de Cristina, y del Puchas, solo tienen para ofrecer, si tienen suerte, un drama en cuentagotas, por lo tanto, se viene una nueva ley de medios o la nacionalización de Swiss Medical.

Lo que haga falta y no sea caro, para que el tamborcito de Tacuarí no deje de sonar. Y para algo crucial, definitivo: ir alimentando la expectativa sobre su heredero terrenal hasta que llegue el momento de hacerles el gran pedido, que llegará, llegará, de que transfieran entero el amor que le guardan a ella, a su hijo, a su sol patagónico: Máximo.

ES

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