Llorar y reír por “Nuestra Tierra”
Fui a ver Nuestra Tierra, el primer largometraje documental dirigido por Lucrecia Martel, en el Cinemacenter del Hiper Libertad. La función era una avant-première. Estaba la mismísima directora y parte de la comunidad de Chuschagasta. Lo único que sabía de la película era que se trataba del “caso Chocobar”.
Javier Chocobar fue referente de la comunidad diaguita de Chuschagasta. Fue asesinado en 2009 en el marco de un conflicto territorial. Existe un video que muestra los disparos y parte del enfrentamiento. En 2018, sus asesinos, Darío Amín, Luis Alberto Humberto Gómez y Eduardo José del Milagro Valdivieso Sassi, fueron condenados a 22, 18 y 10 años de prisión.
La previa me resultó eterna. La ansiedad que transitamos todos hace difícil algo que antes era más común, esperar. Logramos entrar cuando ya había comido el 25 por ciento de los pochoclos. Lucrecia llamó a la familia Chocobar y a la actual cacique de Chuschagasta. El hijo de Javier se llama Audolio, pero le dicen Chanito. Fue la mejor introducción posible, por el ritmo y el peso de sus palabras.
La película duró alrededor de dos horas. La vi con una amiga a cada lado y a pocos metros de parte de la comunidad. Pensé que iba a mirar más sus reacciones ante las escenas, pero terminé metido en la pantalla. Lloré muchas veces y me reí otras tantas.
El llanto brotó por distintas razones cada vez. Hay una nostalgia de otro tiempo en la voz y el rostro de los hombres y mujeres más grandes de la comunidad. Hay profundidad sin ser solemnes. Aparece, por momentos, una pequeña parte de la historia de la injusticia de nuestro país, esa que muestra cómo las mujeres racializadas, las indias, desde hace generaciones vienen trabajando “en casa de familia”, viajan a las ciudades y construyen su vida a fuerza de trabajo en condiciones precarias. Ahí lloré de bronca: la repetición histórica de la miseria. Levante la mano quien tiene una abuela o madre empleada doméstica, ¿de qué color sos?
Otras lágrimas fueron de puro gusto por la belleza que aparece y se mueve en la película. El verde de nuestras tierras es particular. Siempre tuve esa idea, pero lo corroboré con esta película: a lo lejos ya se ve que son tierras de aquí.
Lucrecia tiene un ritmo propio que a veces parece muy cercano y otras, único. Tucumán, registrado por su mirada, es de una belleza universal y de un absurdo particular.
Hay una presencia insistente del plano aéreo. El dron no sobrevuela para embellecer sino para exponer la escala: el territorio se vuelve protagonista y las distancias dejan de ser abstractas. El lugar donde mataron a Chocobar, el lugar donde viven, los trayectos en moto y el camino en el que entrena un atleta de la comunidad. En la secuencia del atleta, el dron construye un viaje de acompañamiento que tensa la relación entre la respiración y la montaña. El cuerpo no corre sobre la tierra, se inscribe en ella.
También aparece lo ridículo de ese conjunto de protocolos que dimos en llamar Poder Judicial: el juicio, las pericias, la violencia en los discursos, los tonos y las miradas de todos los que ven con desprecio a la comunidad de Chuschagasta. Cada vez que alguien nombra la palabra “Indio” se quiebra un poco más el relato de la Argentina blanca que aprendimos en la escuela.
Las risas aparecen sólo si el espectador logra entrar en esa historia que no es solo la de Javier Chocobar ni la de la comunidad de Chuschagasta, ni mucho menos la de un juicio oral y público. Es la historia de todas aquellas personas que habitan el suelo argentino y no son terratenientes. Hay mucha dignidad en también mostrar risas, placeres y diversión. Alejandro Mamaní de Identidad Marron suele hablar eso: “los pobres no vivimos siempre llorando. Odio que la representación de marrones sea solo desde el llanto, eso también es parte de una trampa”.
Lo que nos cuentan desde la comunidad de Chuschagasta, además de la disputa por el territorio, es la historia de aquellos a los que nos fue negado la herencia del saber ancestral, la continuidad de nuestras costumbres y también el respeto por la identidad.
La astucia de Lucrecia es poder trazar con su lenguaje una historia que ya está contada en otros protocolos: la mirada policial, la indigenista, la progresista. Todas ellas aparecen, pero no dominan la película. Ella hace de los momentos del juicio una muestra gratis de la violencia racista y de la ignorancia que acompaña a esos recintos. Luego también muestra con afecto la historia de vida a través de relatos y fotografías, algo tan sencillo como único.
Fui a la función con muchas ganas de que me guste la película, pero deseando que no sea otro cliché, cada vez soportamos menos cuando una persona blanca o de otro lado viene a hacer “arte” con historias de vida de aquí. Por lo menos a mí no me pareció que eso sucediera en Nuestra Tierra: la comunidad tiene voz y ahora también un archivo sobre el cual continuar haciendo historia y dando batalla. El trabajo de todo el equipo de la película fue de más de 14 años.
Asistí temprano y con desconfianza. Con la desconfianza con la que los marrones vamos a todos lados. A ver qué hay. A ver si algo cambió, si les llegó el mail del racismo estructural. Quizás así comienzan a pagar bien a sus empleadas domésticas. Me pregunto si a todas las personas que leyeron sobre racismo les incomoda que la geografía social y del conocimiento aún esté dividida según el color de piel.
Estoy seguro de que el documental va a generar emociones distintas en quienes lo vean. Ojalá en Tucumán sea un tema de conversación que vaya más allá de los expertos. Me parece necesario no caer en la tentación de hacer solo un club de fans más de Martel, pido a todos no regodearnos solo en lo bello y poder también hablar de lo incómodo.
Ojalá pronto desde el cine podamos contar qué pasó con esas familias que se apropiaron de tierras, como son esos personajes con apellidos que figuran en la sección Sociales de los diarios del país. Necesitamos que el Cine argentino también muestre en primer plano la miseria de esos terratenientes aspirantes a europeos, y no solo las lágrimas de los marrones.
Querida Lucrecia, querida compañera blanca, gracias por esta película.
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