Opinión

Fin de un mito: los empresarios no dan trabajo

Planta de Toyota en Zárate

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La ideología funciona, a veces, poniendo patas para arriba nuestra percepción de la realidad. Nos hace imaginar todo justo al revés de lo que es. Tomemos una frase habitual: “Los empresarios dan trabajo”. Como si fuesen por allí con una bolsa llena de trabajos que ellos crearon, repartiéndolos generosamente a los demás. Todo al revés: quienes se apropian del trabajo ajeno aparecen como si estuviesen “dando” algo suyo. Pero los que “dan” su trabajo son en verdad los trabajadores. Los empresarios, al contrario, “piden” trabajo que no poseen y necesitan (vean si no quiénes publican en la sección Pedidos de los avisos clasificados).

En estos días nos enteramos de que Toyota salió a buscar 200 trabajadores para su planta en Zárate y no los consiguió. Pedían con secundario completo y no había tantas personas en la zona que reunieran ese requisito. Aparentemente la noticia no era del todo cierta y su difusión pudo ser un modo de presionar al Estado. Pero es un hecho que, para su famosa y revolucionaria manera de organizar la producción, la empresa necesita trabajadores con un piso de formación relativamente alto. No le sirve cualquiera.

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La noticia permite desarmar otro de los mitos habituales de la vulgata liberal: que es el sector privado el que genera la riqueza de la que luego el Estado se apropia; que son los empresarios los que financian con sus impuestos al sector público. Dejemos por un momento de lado el hecho de que, en Argentina, los trabajadores pagan proporcionalmente más impuestos que los ricos. ¿Es realmente cierto que la riqueza la genera el sector privado?

 El caso de Toyota permite entender que no. Cuando la empresa sale a pedir trabajadores con secundario completo, no está pidiendo solamente el trabajo de esas personas. Está requiriendo, además, el trabajo que anteriormente aportaron los docentes de los colegios a los que fueron, sin los cuales –como amargamente comprobó en estos días– los potenciales trabajadores no alcanzan el piso de preparación que la empresa necesita. Sin profesores de secundario no hay trabajadores aptos para Toyota. Y sin trabajadores, no hay autos Toyota. Lo que implica que el trabajo docente gestionado por el Estado participa de manera bastante directa en la generación de riqueza que aporta la fábrica.

No hay nada raro en que la firma dependa del trabajo de otros. De hecho, para fabricar sus autos compra vidrios y neumáticos que fabrican otros empresarios, contrata transportistas que se los traigan, etc. Por cada uno de los insumos y servicios que utiliza paga el precio de mercado: si usa un neumático, paga el valor que tiene, que a su vez cubre la ganancia de su colega empresario, los salarios que él pagó y los insumos y servicios que a su vez compró de otros. Así funciona la generación de la riqueza, aunando labores de muchos agentes económicos.

Entre ellos hay uno al que suele pasarse por alto: el Estado. Sin los múltiples trabajos que organiza y financia el Estado no hay producción en el sector privado. No hay generación de riqueza sin esos docentes que formaron a los trabajadores de Toyota. Tampoco sin los profesores universitarios que formaron a los docentes, ni sin los investigadores que generaron los conocimientos que ellos transmiten. Y la lista podría seguir al infinito: esos neumáticos que usó Toyota llegaron a través de rutas construidas por el Estado, proyectadas por ingenieros del Estado, con semáforos puestos por el Estado, vigiladas por policía del Estado y todo ello a su vez gestionado por funcionarios públicos. ¿Y qué pasa si Toyota debe demandar a una empresa rival que le copió uno de sus modelos? Debe apelar a tribunales del Estado y a abogados formados por el Estado. La mismísima propiedad de su planta en Zárate descansa sobre una norma –la propiedad privada– establecida, garantizada y vigilada por el Estado. No hay producción de valor sin todo ese entramado público-privado. No existe mercado capitalista sin Estado.

Toyota paga (con suerte) sus impuestos. Pero a su vez extrae una ventaja económica del hecho de que partes esenciales de su proceso productivo son costeadas por el Estado. La firma paga el valor de mercado del flete que le trajo esos neumáticos, pero no el de los otros servicios viales que consume, que son los que le entrega gratis el Estado. Si la empresa tuviese que correr con el gasto de educar a su futuro personal debería montar o subcontratar escuelas primaras y secundarias, etc., lo que le costaría bastante más que lo que paga en impuestos.

Nada de este argumento viene de una simple deducción, sino de una constatación histórica. El capitalismo se desplegó a partir de (y gracias a) la diferenciación de trabajos que organiza el sector privado y otros que costea el sector público. En los albores de la Revolución industrial, por dar un ejemplo, los artesanos y mecánicos estuvieron a la vanguardia en la invención de los nuevos procesos productivos, trabajando codo a codo con los empresarios en las nuevas fábricas. Los saberes de ambos fueron imprescindibles. Pero a medida que el desarrollo industrial se fue complejizando, la industria tendió a ir diferenciando dos tipos de labores técnicas. Había algunas imprescindibles cotidianamente y que podían aprenderse dentro de la empresa. Estas fueron absorbidas y los artesanos tendieron entonces a convertirse en obreros calificados. Otras labores, utilizadas más eventualmente, requerían un conocimiento más generalista que hubiese sido muy costoso generar y reproducir dentro de las empresas. Fueron entonces externalizadas y la formación de quienes las realizaban fue puesta en manos de las universidades. Los mecánicos tendieron a ser reemplazados por los nuevos ingenieros mecánicos/industriales diplomados por universidades. Usualmente se desempeñaron como profesionales independientes, pero no por ello sus aportes al proceso productivo fueron menos directos ni menos importantes. Algo similar sucedió con la diferenciación entre empleados contables y abogados y con otras labores. En el siglo XIX el Estado a su vez intervino regulando el funcionamiento del ejercicio de cada profesión y los cursos universitarios que les permitían acceder a las matrículas.

En fin, el trabajo productivo que genera la riqueza depende de una gran variedad de labores, algunas de las cuales se realizan en el sector privado y muchas otras en el sector público, en el ámbito doméstico o colectivamente como parte de la existencia de toda la sociedad. La producción de mercancía presupone una densa red de interrelaciones que no son sólo económicas, sino que involucran formas de regulación política y toda una trama de vínculos intelectuales, lingüísticos e incluso afectivos. Como decían hace ya tiempo algunos intelectuales y activistas italianos, la fábrica es la sociedad. Parte del valor se genera entre las cuatro paredes de plantas como la de Toyota. Pero una parte incluso mayor se genera más allá, a partir de procesos de los que Toyota solo se entera si alguna pieza del engranaje falla.

No es cierto que la riqueza la genere el sector privado y con esos fondos sostenga a un sector público siempre sospechado de improductivo y parasitario. De hecho, sería tanto o más justo afirmar lo contrario: que el sector privado parasita el trabajo mal pago del sector público y las habilidades y saberes socialmente producidos. Para no mencionar que parasita una tarea no remunerada en absoluto –la reproducción de la fuerza de trabajo– que suele quedar a cargo de las mujeres en el espacio doméstico.

¿Quiénes dan su trabajo y quién sostiene a quién? Es imprescindible volver a poner al derecho lo que la ideología pone patas para arriba. 

EA

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