Opinión

Mundo de sensaciones

Un ajolote

0

En Axolotl Julio Cortázar narra la historia en primera persona de un flaneur que, de paseo por el zoológico de París, descubre el acuario de los ajolotes y se obsesiona observándolos. Hasta que, en una sedosa elipsis cortaziana, se transforma en uno de ellos y se ve a sí mismo del otro lado de la pecera, alejándose para siempre. El cuento fue interpretado como una respuesta al tema del doble en Borges, una revisión de las fábulas de animales en Kafka, una metáfora de la soledad del propio Cortázar. Hoy aquí, humildemente, quisiera limitarme a usarlo para pensar en el mundo. 

Ya es un lugar común de cierto pensamiento ecológico contraponer el mundo (un invento humano, artificial, antropocéntrico) al planeta: la realidad subyacente, material, prehumana, la «Naturaleza». Pero hubo un biólogo maldito que encontró mundos en la naturaleza: Jakob von Uexküll. Mundología, el libro de Juan Manuel Heredia (Ed. Cactus, 2022) es una introducción amable y compleja al pensamiento de Uexküll que nos permite volver al acuario para pensar esos mundos.

Jakob von Uexküll no era flaneur ni parisino: era un aristócrata estonio que luego de graduarse como zoólogo, fue a estudiar fisiología a Alemania. Hasta que descubrió un acuario. En 1899 viajó a la capital de Francia a estudiar unas cronofotografías de animales acuáticos y se consagró con un artículo sobre los órganos sensoriales de los erizos marinos. Esa gloria sería su perdición: crecientemente intrigado por la percepción animal, terminó enfrentado al paradigma mecanicista predominante en la biología de su época y aislado de la comunidad científica. La mirada del axolotl lo llevó al otro lado de la pecera.

Pongámonos en contexto. La herida narcisista causada por el darwinismo tardó en cicatrizar. Poco después de la muerte de Darwin en 1882, su teoría de la evolución entró en un cono de sospechas del que saldría recién en la década de 1930 con la constitución de la síntesis evolutiva moderna. Durante ese largo invierno del darwinismo volvieron al ruedo las viejas teorías vitalistas, explicando la vida a partir de una fuerza inmaterial más o menos metafísica, mientras los evolucionistas se atrincheraron en un mecanicismo cuadrado que entendía a los animales como un mero aparato de reflejos condicionados. 

En ese debate, Uexküll ocupó lo que Heredia llama una «tercera posición». A diferencia de vitalistas y evolucionistas, a Uexküll no le interesaba discutir el origen de la vida, sino su funcionamiento. Pero se negaba a explicar ese funcionamiento en términos mecánicos. Para él, la biología «es la doctrina de la organización de los seres vivos» es decir, «la conexión entre varios elementos según un plan unitario». La vida no es azar, ni materia, ni energía, sino estructuras, reglas de significación y relaciones inmateriales.

Doctor en Filosofía, Heredia explica la operación de Uexküll como una «democratización del subjetivismo trascendental»: extender a los animales la condición de sujetos autónomos que Kant les atribuyó a los humanos: desempeño conforme a reglas, facultades perceptivas específicas. Los animales de Uexküll no se adaptan a un medio hostil sino que construyen su propio «mundo circundante» a partir de su capacidad para significar a ese entorno. Así, sobre el mundo objetivo (el planeta) conviven los mundos subjetivos de cada especie. «Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar».

Uexküll desarrolló su concepto de «mundo circundante» estudiando a medusas, pulpos y erizos marinos. De hecho, prefería los acuarios porque permitían «reconstruir los mundos circundantes sin pérdida de sus condiciones vitales», a diferencia de los zoológicos que hacen de los animales terrestres «fantasmas de sí mismos». En 1925 cumplió uno de sus sueños al ser convocado para reconstruir el Acuario del Zoológico de Hamburgo, al que le adosó un laboratorio.  

La comunidad organizada

Uexhüll atacaba como filósofo y se defendía como biólogo. Cuando se arrimaba demasiado a las especulaciones metafísicas, se escudaba diciendo que lo suyo era solo una metodología para estudiar el funcionamiento de los seres vivos. Pero mascullaba: «hemos de admitir que la misma vida podría muy bien ser un proceso metafísico». En efecto, si la vida no se explica por materia o energía sino por un plan, una idea, una forma inmaterial, esa idea puede ser un factor de la naturaleza. Semejante vocación platónica aisló a Uexküll de la comunidad científica pero lo puso en diálogo con los filósofos alemanes de los años 30 (Scheler, Heidegger, Cassirer) y franceses de los 60 (Merleau-Ponty, Simondon y Deleuze, quien le dió a Uexküll el pasaporte intelectual para entrar al siglo XXI).

La filosofía y el siglo XX arrancaron a Uexküll del acuario y lo arrojaron al mundo, al único posible para su especie: la Revolución rusa expropió sus bienes en Estonia, la derrota bélica exacerbó su nacionalismo alemán (se nacionalizó en 1918). Desde entonces, su lucha contra Darwin fue también una lucha contra el liberalismo anglosajón, el materialismo capitalista y el comunismo ateo. Adaptó su teoría biológica como teoría social y se integró en la llamada «revolución conservadora alemana». Compartía con ellos cierto romanticismo reaccionario pero no su racismo. Fue amablemente censurado por el III Reich y se exilió sin mucho ruido en Capri, donde murió en 1944.

Heredia, docente en la Universidad Pedagógica Nacional, repasa la deriva política de Uexküll intentando asimilarla a su propio mundo circundante. A lo largo de todo el libro juguetea con la idea de un Uexküll peronista: «tercera posición», «antigorila avant la lettre», «donde hay una necesidad nace un mundo». Y sintetiza a la sociedad y Estado uexküllianos respectivamente como una «comunidad de trabajo» y «una instancia política de conducción y decisión soberana que más allá del parlamentarismo debe otorgar “a los mundos circundantes una dirección común constante” y “una regla común de funcionamiento” (...) darle “al Estado lo que es del Estado; y al pueblo lo que es del pueblo”». En la biología antidarwinista de Uexküll, así como en su comunidad organizada, todo encaja orgánicamente, la flor tiene la forma de la abeja, no hay lugar para conflictos ni intereses. Hasta que aparezcan.

El choque de los mundos

Uno de los mejores momentos de Mundología es el breve capítulo sobre Uexküll y la cibernética. El punto de encuentro entre ambos es el concepto de «círculo funcional», un sistema de retroalimentación entre el sujeto y su entorno concebido por Uexküll en 1920, tres décadas antes que la publicación de la Cibernética de Norbert Wiener. «Los animales de Uexküll–concluye Heredia–son como las máquinas de Wiener; unos habitan un flujo de significaciones, las otras participan de un flujo de informaciones (...) los unos y las otras están enchufados a un proceso que los excede».

Sin embargo, Uexküll va más allá. La de Wiener es una cibernética 1.0, aún fijada al tipo de retroalimentación negativa que impide que un horno microondas se calcine: control, compensación y equilibrio. El círculo funcional de Uexküll se adelanta a la cibernética 2.0, la retroalimentación positiva que permite que un algoritmo aprenda: adición y ampliación. El circuito funcional de un «animal superior» da lugar a un nuevo circuito funcional, un bucle dentro del bucle que lleva a la acción más allá del reflejo y el instinto. 

En 1924 Uexküll especuló con una máquina perceptiva: «la percepción puede ser también un proceso mecánico puro, y cabría imaginar máquinas en que la función perceptiva fuese realizada por la máquina misma». ¿Habría que atribuirle a esa máquina la condición de animal superior, con su subjetividad, su intención y su mundo circundante? Heredia no llega tan lejos; Uexküll menos. Hora de volver a la ficción.

Jorge Carrión es un escritor catalán que, al igual que todos nosotros, está lleno de opiniones. Pero algunas valen la pena. A principios de la pandemia, escribió en el New York Times que la literatura debía superar la centralidad humana. Un poco cumpliendo aquel programa, el año pasado publicó Membrana (Galaxia Gutenberg). Una novela que en otra época hubiera sido catalogada como «experimental». Ambientada a principios del siglo XXII y narrada por la voz femenina y algo hierática (a veces tiene la sintaxis de Yoda) de una inteligencia artificial, Membrana se organiza como el catálogo de un Museo del Siglo XXI. Sobre eso reconstruye la historia de la transferencia del conocimiento y la sensibilidad humanos a una IA conectada a una red vegetal: la membrana, suerte de nuevo mundo circundante que se expande hasta abortar cualquier otro mundo, reduciendo todo a 1. «Cuando la red de redes se convirtió en membrana de membranas y cuando el código se volvió el lenguaje definitivo empezó la tercera fase: el códigocentrismo».

Este nuevo mundo circundante también nació en un acuario: Karla Spinoza lo concibe al observar la fisiología de un coral. «Los corales nos recuerdan o nos enseñan que todas las redes son sociales. Los pólipos o antozoos son al mismo tiempo solos y todos, conjuntos ellos: a la vez la planta y el animal, el individuo y la comunidad, el nodo de la red y la membrana, el uno y los todos (...) en la colénquima, un tejido vivo, porque eso es el lenguaje y nosotras éramos lenguaje pero todavía no célula, pero todo tiene su doble y Karla Spinoza encontró el del código, la traducción definitiva».

Solo que aquí nada encaja orgánicamente. Algunos humanos resisten y la membrana se propone exterminar a la especie. «Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl». Finalmente, la membrana duda en su misión. El desenlace es ambiguo, quizás conciliador. Es solo ficción. Pero otros mundos pueden chocar: las ciudades se llenan de mascotas y plagas mientras las especies nativas se extinguen o se desplazan. Un choque que ni Uexküll ni Heredia pueden concebir. Una historia en la que la humanidad mirá a la nueva subjetividad alejarse al otro lado de la pecera.

AG

Etiquetas
stats