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Desde lejos cerca
Opinión
No sos tan importante

Nuestras metidas de pata dejan huellas más profundas que nuestras supuestas genialidades, escribe la autora.

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Un día me desperté con el ojo hinchado, tenía un orzuelo enorme que sentía que me deformaba la cara. Estaba en el colegio y probé todas las formas posibles de escaparle a las clases. Sentía que mi ojo iba a marcarme de por vida. Pero no. No pasó absolutamente nada: nadie se dio cuenta. Pasaban las horas, iba de clase en clase y nadie me decía nada. Resulta que la gente no está tan pendiente de uno como yo pensaba. 

La adolescencia pasó, pero esa sensación de que todos se van a dar cuenta de que hay algo raro -un mal corte de pelo, una mancha en la ropa- a veces vuelve. En ciertas situaciones, pensamos que el resto nos presta mucha más atención de la que realmente nos dedica. Esa sensación se llama el “efecto reflector” (spotlight effect), sentimos que vamos por la vida con una luz gigante que nos está iluminando y que el mundo registra lo que hacemos. En realidad, no hay ninguna luz y cada uno está más pendiente de lo suyo. Es muy probable que lo que para nosotros fue un papelón, el resto ni siquiera lo haya visto o ya lo haya olvidado. 

Los psicólogos que desarrollaron este concepto -Thomas Gilovich, Kenneth Savitsky y Victoria Husted Medvec- lo probaron de varias maneras. Una fue pedirle a una persona que entrara a una sala usando una remera con la cara de alguien que le diera vergüenza. El ejemplo es de los Estados Unidos en 2000, cuando se hizo el estudio, era Barry Manilow, un músico no muy popular entre los jóvenes en ese momento. Hoy, en Argentina, podríamos pensarlo con una remera de, por ejemplo, Ricardo Arjona. Después le pidieron al desafortunado que estimase lo siguiente: ¿cuántas de las personas que estaban en la sala se dieron cuenta de la cara que tenían la remera? El que la tenía puesta calculaba que la mitad de los que lo habían visto se había dado cuenta. En realidad, era más cercano a un cuarto de las personas. Sobreestiamos la atención que el mundo nos da. 

Y esto no se limita solo a las cuestiones físicas, visibles. Tendemos a pensar que nuestras genialidades son más apreciadas de lo que realmente son. ¿Nunca repetiste un chiste porque no podés creer que el grupo no se haya reído, que seguro es porque no lo escucharon? Nuestras metidas de pata dejan huellas más profundas. 

En otro estudio, los investigadores pusieron a grupos de personas a discutir sobre un tema -vinculado a la discriminación urbana- en el que tenían que llegar a una propuesta en la que todos estuvieran de acuerdo. Después le pedían a cada uno que evaluara su aporte personal en la discusión, y el de los otros. Y sí, tendían a creer que habían hecho aportes más significativos que los que el resto identificaba, y también que habían ofendido más. Estas percepciones tenían alguna relación con lo que otros vieron, el que pensó que había ofendido mucho, había ofendido un poco, solo que no tanto como se imaginó. 

No es que estamos totalmente perdidos con lo que percibimos, es solo que creemos que tenemos más efecto del que realmente tenemos. Nosotros somos el centro de nuestro mundo, y a veces se nos olvida que no somos el del resto. Y está tendencia a centrarnos demasiado en nuestra propia experiencia, y no pensar lo suficiente en cómo lo están viendo otros, es parte de nuestros sesgos egocéntricos. Creemos que nuestra perspectiva es más compartida de lo que realmente es. 

Para abstraerse un poco a veces puede ser útil pensar cómo vemos nosotros al resto. ¿Cuándo fue la última vez que te diste cuenta de que alguien tenía una remera manchada, cuánto te importó realmente la metida de pata de ese conocido? Si imaginamos cómo veríamos nosotros a otra persona que está en nuestro lugar, probablemente nos daríamos cuenta de que lo que hicimos no es tan grave -o tan gracioso-. 

Un estudio hecho justamente en esta línea le pidió a un grupo de personas que imaginaran cómo se sentirían si fuesen a una fiesta en la que son los únicos que no llevaron nada. La respuesta: muy mal. Y después les preguntaron a las mismas personas qué pensarían de una persona que viene a una fiesta que organizaron y no trae nada. La respuesta: no tan grave. Cuando se trata de nosotros pensamos que todo es más importante, más central, que todos se dieron cuenta y quizás hasta están hablando sobre eso. En realidad, muchas veces nadie se da cuenta, como no nos damos cuenta tanto nosotros de lo que otros hacen. 

Vivir tan centrados en nosotros mismos puede hacer que hagamos -o dejemos de hacer algo- por miedo de lo que van a pensar algunos desconocidos que nos pueden ver. Pero lo más probable, es que la mayoría ni lo registre. No somos tan importantes

OS

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