Panorama Económico

Las palabras y las cosas: déficit fiscal y acuerdo con el FMI, más cerca de lo que parece

Martín Guzmán, ministro de Economía, con Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI

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En 1966, Michel Foucault publicó Las palabras y las cosas. En este libro, el autor francés explica que, en la modernidad, la relación entre las palabras y las cosas no está fija, sino que es contingente, que cambia según el contexto de enunciación. De esta manera, muchas veces las “palabras” desbordan a las “cosas”, las formas exceden a los contenidos, y los significantes pueden alterar el orden del mundo material y concreto.

En el último tiempo, mirando los discursos y los números de la economía argentina se verifica algo de esto: las palabras van por un carril y las cosas por otro.

En los primeros cuatro meses del 2021, el déficit fiscal primario -aquel que no incluye el pago de intereses de la deuda- fue de 0,2% del PBI, ubicándose muy por debajo del nivel de 2020 (-1,4%) y en línea con el porcentaje de 2018 (-0,3%). Sin embargo, producto de la pelea en torno al recorte de subsidios y el consecuente ajuste de tarifas, entre otras cosas, pareciera que estamos ante un gobierno súper-gastador. En cambio, al analizar los números se verifica una austeridad mayor.

En el mismo sentido, entre enero y mayo, la emisión monetaria representó solo 0,4% del PBI. Lejos del 3,2% acumulado en igual período del año pasado, este valor se asemeja demasiado al 0,4% de 2018 y hasta se ubica por debajo del 0,6% emitido en los primeros cinco meses de 2016 y 2017. Por lo tanto, podemos afirmar que no estamos frente a un gobierno que le está dando “a la maquinita” -en parte, porque ya lo hizo el año pasado-, pero que a veces se expresara como si lo hiciera.

En tercera instancia, aparece la cuestión cambiaria. A principios de 2021, el ministro de economía hablaba de atrasar al dólar como política antiinflacionaria para el año electoral, repitiendo la dinámica de, por ejemplo, 2013 y 2015. Si bien es cierto que el tipo de cambio viene subiendo menos que los precios -por caso, entre febrero y mayo el dólar oficial avanzará menos de 6%, muy por debajo de una inflación que lo duplicará-, los niveles de competitividad cambiaria son muy distintos a los del segundo gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.

En 2013 y 2015, descontando la inflación, el dólar oficial estaba más barato que en la convertibilidad. En cambio, en la actualidad, luego de los saltos de 2018 y 2019 y de un 2020 en donde se preservó la competitividad, el tipo de cambio está un 50% más caro que entonces. En consecuencia, aun cuando la política sea parecida, los puntos de partida no lo son, de modo que el espacio para atrasar es mayor.

A priori, esta disociación entre las palabras y las cosas podría pensarse como una estrategia político-electoral. En pos de presentarse como una alternativa opuesta a la gestión Cambiemos, el Frente de Todos “oculta” los puntos de continuidad, para así evitar una pérdida potencial de votos. Sin embargo, dado que estamos en medio de una negociación con el FMI, y que las reservas netas -verdadero poder de fuego del Banco Central para contener al dólar oficial en el mediano plazo- están en niveles críticos más allá de la mejora estacional de abril y mayo, este doble juego tiene un efecto real.

Además de mirar los números, el FMI, y también los mercados financieros, toman en cuenta las intenciones. En este sentido, las recientes cartas de una parte del oficialismo que demandan una política fiscal más expansiva parecen más propios de una oposición con voluntad de entorpecer las negociaciones que de una parte del mismo gobierno que quiere ayudar. Aunque resulte paradójico, mirando los valores precedentes, el Palacio de Hacienda y el FMI están más cerca de lo que parece. El “ajuste” real que podría exigir el Fondo excede largamente al “ajuste” discursivo que demandará.

Antes de cerrar es importante remarcar que la discusión no es simplemente austeridad fiscal contra política expansiva, sino, que, también, entran en el juego las expectativas de devaluación. Tal como se verificó el año pasado, si la oferta de pesos supera a su demanda, casi inevitablemente aumentan las tensiones cambiarias. En este sentido, y a diferencia del 2020, al momento no hay reservas para responder ante una mayor demanda de dólares. Por lo tanto, no solo hay que pensar la austeridad fiscal como una estrategia para lograr un eventual acuerdo con el FMI, que más temprano o más tarde llegará, sino también como una herramienta para evitar un nuevo exceso de pesos que, esta vez sí, dispare al dólar.

Las palabras y las cosas están escindidas, y así como el mundo real configura al mundo simbólico, el mundo discursivo también incide y determina al mundo material. En 2021, la mayor parte de las políticas del Palacio de Hacienda tienen un objetivo claro: priorizar la estabilidad fiscal, buscando atenuar las expectativas de devaluación. Resta ahora alinear a los significantes; de lo contrario, el camino se hará, innecesariamente, más largo y complicado.

MR

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