Y después es ahora

La plaza

La plaza, el lugar de las infancias

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Vivimos frente a una plaza. Por encima de los árboles de esa plaza. Desde hace años vamos casi todos los días a esa plaza.  Antes no veía mucho ni las plazas ni a los niños, a lo sumo veía los árboles de las plazas, pero otra cosa es permanecer.

Con mi primera familia también íbamos a una plaza, casi todos los días. Aquella plaza no estaba frente a nuestra casa sino a un par de cuadras.  Ahí íbamos mi hermano en el carrito y mi hermana y yo a cada lado.  Caminábamos con mi mamá. En la plaza de nuestra infancia también había árboles grandes, plátanos sobre todo, una pajarera sin pájaros, una casita del guardia, una calesita, una estatua de Sarmiento, la zona de juegos. En esa plaza no jugábamos tanto con otrxs niñes porque éramos tres y estábamos entre nosotrxs y porque mi mamá nos hablaba en alemán, lo que echaba confusión acerca de si podíamos comunicarnos en la lengua en común. 

La plaza de ahora es un portal. Es decidir ir y, aunque sean siempre los mismos elementos, nunca saber cuál será la constelación.

La plaza de ahora es un portal. Es decidir ir y, aunque sean siempre los mismos elementos, nunca saber cuál será la constelación. Como primer movimiento en general mi hijo Ramón corre hacia el rectángulo de juegos de piso de tartán negro irregular a ver qué amigo encuentra. En general llamamos amigo, amiga o amigue a cualquier niñe dispuesto a jugar. No hace falta el cincelado del tiempo sobre el vínculo para que alguien sea llamado así: alcanza con que esté ahí y quiera jugar. De hecho, el modo de abordaje entre les niñes en la plaza ni siquiera es querés jugar conmigo? sino querés ser mi amigx?  y es una pregunta que se responde en el acto y sin pestañear. Es sí o es no. Aunque en el mundo del niñe disponible en una plaza casi siempre siempre sea sí. La mayoría de las veces Ramón deja atrás el cuadrilátero del juego sin nunca haber sabido el nombre de sus nuevos amigues, pero qué importancia puede tener. En algún momento había comenzado a acercarse al acompañante adultx de esos niñes a pedirles el teléfono para volver a encontrarse con el niñe de ocasión, lo que era casi siempre un poco incómodo para el acompañante de turno, darle su número de celular a ese niñito de gafas.  Después abandonó ese hábito por suerte y se retira de la plaza con un sencillo me tengo que ir, o chau amigxs, sin mirar atrás. Es el código de la plaza: se enciende, se apaga. En ocasiones esa despedida va acompañada de la promesa de volver mañana, consultan con nosotrxs, confirman, reconfirman, este día si, este día no, es la danza de la despedida, del querer más, pero una vez campeado ese umbral de la separación, ya no miran atrás. 

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En la plaza Ramón conoció una niña en pleno tratamiento diabético. Una niña con una suerte de chapita en el brazo que la madre venía a medir cada quince minutos. La niña le explicó lo que tenía. Ramón se enamoró. La niña se llamaba Esmeralda, ¿cómo olvidar ese nombre?, y más allá de las promesas de vengo los sábados y cosas por el estilo, no la vio más que dos veces. En otro momento jugó varias veces con Julia, una niña de la escuela parroquial del otro lado de la plaza, que iba a la plaza con su madre y hermanita más todxs sus compañeritxs a la salida de la escuela. Hicieron buenas migas y en ese caso también, Ramón quiso saber si la niña querría ser su novia, pero esta vez se lo preguntó a la mamá. Más bien le pidió a la mamá que se lo preguntara a la niña cosa que la madre, bastante anonadada, hizo nomás. Su hija la miró, sin dejar de jugar nunca y sólo dijo por qué no.  No vimos a Julia nunca más, es probable que se hayan ido a vivir a la provincia, como me había comentado su mamá. También la familia de Ramiro, un niño de dos años que perseguía a Ramón por toda la plaza, más bien en horarios mañana-mediodía, también ellos se mudaban a Lomas del Mirador. También a ellos, que eran de la constelación diaria, no les vimos nunca más.

Por las tardes se suele armar un remolino de niñes que juegan a la mancha. Ponen sus manos en el centro del círculo al grito de “¡Nola!” que para Ramón en su momento era Lola y entiendo que se refiere a “no la soy” que sería la Mancha en este caso y salen disparadxs en todas las direcciones. Ahí van Ariel, Fermín, Benito, Jonás, Octavio, Yosef, Brian, Camilo, Luciano, Ramón: la comitiva del club social de veteranos de Villa Crespo. Corren y corren y corren y corren y por momentos se arremolinan, se detienen a deliberar, las gotas de sudor se deslizan desde abajo del pelo, las mejillas arrebatadas, intentan aquietar la respiración.  A veces se sientan en rondas o racimos a contar historias de terror o de videojuegos, la vida virtual compartida en vivo en este después. O antes. Depende qué sea lo primero, lo virtual o lo que no.

Por mi parte, mi elección de sitio en la plaza depende de distintas variables, la primera y principal, la estación del año y si quiero, y necesito o no, sol. También, conforme se agrandó o ya casi se suprimió la distancia de rescate entre Ramón y yo, cualquier lugar de la plaza es uno posible, siempre acordado con Ramón. El acuerdo es, si me muevo le aviso y para él igual sólo que yo casi siempre cumplo y él no. Es nueva esta modalidad de no necesitar estar cerca sino de tener solo una referencia de dónde está, que en general es seguir la mancha de color de la prenda del día, aunque también es falible porque entre tramo y tramo de lectura en muchas ocasiones se mueve y lo pierdo y vuelta a empezar. Avisáme si salís del rectángulo, no te vayas del otro lado detrás de los arbustos que justo no puedo verte, no te acerques demasiado a la calle y él con los ojos desorbitados que sí que sí pero veo que no llega al centro la información. A veces llegué a encontrarlo encaramado en la rama alta de un gomero podado que hay cerca del canil, el casi único árbol trepable de entre tantos ancianos que tiene esta plaza nuestra, las tipas, los palos borrachos, los aguaribayes. 

Si fuera por él se treparía al mástil que enarbola la bandera argentina que iza y desiza un señor de chaleco que lo hace a diario, mañana y noche, acompañado por un pequeño parlante que reproduce el himno argentino religiosamente, un himno lleno de sonido de fritura contra la gritería de niñes de la plaza, apenas si se lo llega a distinguir. Si hay algún niñe testigo interesadx el señor lx invita a colaborar, a izar o bajarla, según la ocasión, como una bienvenida al niñe a la propia patria suya. Algunxs aceptan, otres huyen de pavor. 

Diego, nuestro vecino de arriba, que nació en Villa Crespo y conoce esta plaza desde entonces, nos hizo una pequeña historia de la plaza, de cómo antes había arena, que los juegos eran de madera, que estaban en otro lugar. Y también, para maravilla y fantasía de Ramón, que se trepaba al mástil ese, ¿Hasta arriba? Hasta arriba, sí. Y a Ramón que le implantan la imagen y ya no la abandona pero por suerte hasta ahora no lo intentó. Cualquiera de estas tarde levanto la mirada de mi libro y tendré que ir a buscar a mi hijo en  las alturas.

Y después está toda la dimensión acompañantes de plaza que es todo otro portal. Me hice amigas en la plaza, conocidxs también, cuyos nombres ignoro, aunque nos los hayamos dicho en una ocasión, pero también para qué. A veces tengo ganas de charlar y me pongo adentro, en el sector juegos, sin libro y disponible. Otras no, y me voy lejos a uno de los bancos y me hundo en la lectura. Compartimos algo muy vital para todes, acompañar a nuestrxs hijes a jugar, es un montón, les estamos ahí, a diario, con frío, con calor, desarrollamos un cierto cariño o afecto por esxs niñes de les otres, les vemos sus días, sus berrinches, sus peinados, sus humores, sus modos.

Y pienso seguido que va a haber un día en la vida de Ramón, que por la razón que sea,  mudanza o edad por ejemplo, deje de ir a esa plaza a jugar. Ya vi a otros niñes en estos años o mejor dicho dejé de ver a niñes que eran del elenco fijo de la plaza que dejaron de venir, por edad. Niñes en los que Ramón y yo reparábamos porque eran más grandes que él, con más aptitudes, que al admiraba y seguía y que un buen día, dejaron de venir. Estarán en sus habitaciones ahora, sumidos en sus videojuegos, o vaya uno a saber qué, pero a la plaza a correr no van más. Hay un día en el que sencillamente y sin saberlo nunca nadie, unx corre por última vez en la plaza para luego emprender el ríspido camino a la adultez, ese pasaje que se emprenda acaso, el día que se ha dejado de correr. 

RP

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