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Psicoanálisis

@elchara

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Cuando se representa el psicoanálisis en la ficción suele suceder que se hace de él un estereotipo. Algo de eso refiere Lacan cuando dice que en las películas los analistas suelen ser encantadores y, agrega, “el análisis es la única praxis en la que el encanto es un inconveniente”. Es inconveniente si pensamos el encanto en su dimensión de sugestión, de encantamiento; y lo es también en el sentido de pretender ser amado por los “propios encantos” (si algo muestra la transferencia, es que sus efectos no pueden ponerse a cuenta de las cualidades personales del analista). En esa misma línea, Daniel Samoilovich dice: “la sátira del psicoanálisis ha caído frecuentemente en una peligrosa tentación: la extrema simplificación de su objeto, la reducción del psicoanálisis a unas pocas imágenes para luego montar la broma sobre ellas”. Lo dice en el prólogo de un libro muy simpático que publicó en 1980: Cómo jugar y divertirse con Freud y el psicoanálisis (un libro de juegos y  acertijos). Y luego dice que le gustaría que los lectores de su libro nos riéramos, no sólo de esos estereotipos, sino también de las intimidades del psicoanálisis, “de su retórica y de sus temas reales”. Y propone que esa risa sea una risa “relativamente cómplice”. Y entonces me acuerdo de eso que dijo Lacan muy al comienzo de su enseñanza, en 1954, cuando estaba intentando sacar al psicoanálisis del sopor y de la solemnidad, del sopor de la solemnidad: “nosotros estamos en la época en que verdaderamente se trata de psicoanálisis. Cuando más cerca del psicoanálisis divertido estemos, más cerca estaremos del verdadero psicoanálisis. Con el tiempo se irá desgastando, se hará por aproximaciones y triquiñuelas (...). Regocijémonos pues, aún hacemos psicoanálisis”. Lo cierto es que nunca podemos saber si estamos haciendo psicoanálisis. Porque no basta con decirnos “psicoanalistas”. No es una cuestión de profesión, ni de título habilitante, ni mucho menos de identidad. “A mí me gusta citar siempre a Alfred Jarry, el inventor de la patafísica, la definía como «la ciencia de los objetos singulares que tienen la cualidad de no existir». Se parece bastante al psicoanálisis”, dice Germán García en una entrevista de las compiladas por César Mazza en Palabras de ocasión. Al otro lado de esa misma página dice: “el psicoanálisis es algo que está entre el poema y las ciencias”. Hay muchísimas definiciones de lo que sería el psicoanálisis porque “El psicoanálisis”, parafraseando a Florencia Angilletta, no existe.

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Algunas preguntas donde sólo había respuestas, por Alexandra Kohan.

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Para Lacan la pregunta “¿qué es el psicoanálisis?” es una pregunta un poco ploma, pesada, una pregunta equivalente a cargar con un muerto, una especie de trabajo de esos que nadie quiere hacer. Por eso se da el lujo de contestar con la siguiente tautología: “es el tratamiento dispensado por un psicoanalista”. Unos años después dice: “todo el mundo cree saber lo que es el psicoanálisis, salvo los psicoanalistas, y eso es lo molesto. Ellos son los únicos que no lo saben (...) si creyeran saberlo de inmediato, sería grave”. Y luego, en una entrevista refiere: “proponer ayudar a las personas significa el éxito asegurado y la clientela detrás de la puerta. El psicoanálisis es otra cosa”. El “otra cosa” va en la línea del “no es eso” que permite, justamente, no fijar las cosas en una definición, en una esencia, en un ser, en un estereotipo. “No se trata de eso” sería un buen modo de resistir a la pretensión del sentido acabado, fijo y absoluto. Si el psicoanálisis es una experiencia, muchas veces resulta una experiencia intransferible, indefinible e inexplicable que transcurre en una intimidad inédita, única. Siempre me resultó conmovedor escuchar o leer el modo en que Allouch se refiere a su encuentro con Lacan: “el psicoanálisis que me hacía falta era ese. Estaba allí. El analista que me hacía falta era él”. Acaso una certeza invaluable.

Hace no mucho el psicoanalista Santiago Thompson dijo: “el psicoanálisis es fuertemente cuestionado, y está a punto de morir (no importa en qué año, década, siglo, leas esto)”, y a continuación publicó un número de la revista Time de noviembre de 1993, en cuya tapa está la imagen de Freud con la pregunta “Is Freud dead?”. Freud está muerto, sí. Pero el psicoanálisis es una lengua viva en la medida en que se pueda seguir llevando a cabo una lectura no dogmática. Los textos están vivos y la cuestión pasa por los modos de leer. Y esos modos de leer también son los modos de leer en el ejercicio analítico (Allouch dice que prefiere «ejercicio» a «práctica» porque esta última remitiría a «teoría», mientras que «ejercicio» aleja a la teoría del mismo modo en que “estamos invitados a hacerlo en el ejercicio analítico”), un ejercicio, entonces, que se espera no sea la aplicación de una teoría o de una perspectiva en particular. Ni siquiera se trata de escuchar, se trata de leer.

Freud está muerto, sí. Pero el psicoanálisis es una lengua viva en la medida en que se pueda seguir llevando a cabo una lectura no dogmática.

Me gusta cuando Lacan, hablando de Freud, dice: “¿Cómo se lo puede juzgar como superado si no lo hemos comprendido enteramente? Lo que sabemos es que ha dado a conocer cosas totalmente novedosas que no se habían imaginado antes de él (...)”. Las sentencias de muerte al psicoanálisis empezaron con el nacimiento del psicoanálisis. Ya Freud dijo: “una de las primeras aplicaciones del psicoanálisis fue la de enseñarnos a comprender la enemistad que nuestros contemporáneos nos demostraban por cultivarlo”. Y también: “el psicoanálisis es creación mía, yo fui durante diez años el único que se ocupó de él, y todo el disgusto que el nuevo fenómeno provocó en los contemporáneos se descargó sobre mi cabeza en forma de crítica”. Me pregunto, cada vez que surgen los cuestionamientos y las hostilidades, a qué psicoanálisis se dirigen. No me refiero a los debates, esos que creo necesarios incluso en el propio campo de los psicoanálisis (dice Allouch: está la crisis de la corriente del psicoanálisis intersubjetivo en Norteamérica, también la de los lacanianos que no han decidido su posición respecto a Freud, que no saben claramente cómo situarse, y muchas otras. Es decir, son crisis locales que tienen que ver con cuestiones de cada uno de los grupos, y que obedecen a posiciones diferentes. Las instituciones dan indicaciones de cómo leer, y el psicoanalista que pertenece a una institución o a un grupo adopta, a veces sin saberlo, una manera de practicar el análisis, de leer, de teorizar, de pensar), me refiero a las amenazas del estilo “ya se les va a terminar”, o a la nefasta costumbre de meterse con el trabajo de los analistas amenazándolos con denunciarlos, me refiero también a las agresiones personales habituales. Porque, como dijo el psicoanalista Sebastián Gamazo, “en general la «crítica» que pregona «el psicoanálisis es X cosa» suele ser de lo más inespecífica, no se critica a un analista, a un autor, a quien señala tal o cual cosa, se le atribuye la potestad del psicoanálisis a ese que no se nombra”.

Las críticas al psicoanálisis, ¿son al psicoanálisis? O, en rigor, ¿a qué psicoanálisis? Quizás al representado estereotipadamente, desde la violencia del prejuicio, desde la fijeza de la atribución, desde los propios fantasmas. Como cuando Lacan dice “la gente capaz de manifestar las apreciaciones más desagradables sobre el psicoanálisis invocará en otros momentos tal o cual hecho, hasta tal o cual principio o incluso precepto del psicoanálisis, citará a un psicoanalista, invocará lo adquirido de cierta experiencia como si se tratara de la experiencia psicoanalítica”. Incluso agrega que, si se piensa en lo que son las exigencias del espíritu científico, el psicoanálisis es fuerte como un roble.

“Hace tiempo he reconocido que el inevitable destino del psicoanálisis es mover a contradicción a los hombres e irritarlos”, dijo Freud. Esa irritación quizás tenga que ver con lo que Allouch precisa: “el psicoanálisis está más del lado de lo que la sociedad no puede controlar, del lado del loco, de quien tiene síntomas”.

“La vida cambia. El psicoanálisis también cambia”, dijo Freud. Lo que no cambia jamás son las críticas dirigidas hacia su invento, ese que a su vez cambió el mundo para siempre.

AK

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