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Francisco: un legado de fraternidad que interpela al mundo

Se cumplió un año de la muerte del papa Francisco.

Gustavo Vera

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A un año de su partida a la eternidad, el magisterio y pensamiento de Francisco siguen más presentes y vigentes que nunca. Sencillamente porque, como decía el filósofo Jean-Paul Sartre, una concepción del mundo o una filosofía sigue siendo eficaz mientras se mantengan las condiciones materiales, sociales y espirituales que la engendraron, y es insuperable en la medida que no se supere el momento histórico del cual surgió. Francisco identificó tres rupturas que necesitan ser urgentemente reconstruidas: la ruptura de la fraternidad humana, la ruptura de los hombres con la casa común —la naturaleza— y la ruptura con la trascendencia, con Dios.

Él denunció que vivimos en un sistema basado en la tiranía del dinero y en el paradigma tecnocrático, esa creencia de que el desarrollo tecnológico por sí solo resolverá todos los problemas. Señaló con firmeza el consumismo desenfrenado de las clases pudientes y, simultáneamente, un creciente descarte humano con sus secuelas de trata, explotación, esclavitud y migraciones desesperadas. También advirtió que esta búsqueda de ganancia a cualquier costo está produciendo un daño irreparable a la casa común a través del calentamiento global, la contaminación, la deforestación y el monocultivo, cuyas consecuencias son fenómenos climáticos extremos que amenazan la existencia misma del planeta.

Además, nos reveló que vivimos una tercera guerra mundial en cuotas por el reparto de los mercados entre los poderosos, un estrangulamiento de los países del sur —saqueados y endeudados por los del norte— y un predominio del capital financiero parasitario sobre el productivo. Ante este panorama, nos convoca a luchar juntos por sociedades que sean justas en su distribución, inclusivas para que en ellas quepamos todos y sustentables en su armonía con la naturaleza. Para ello, nos propuso recorrer el camino de la fraternidad humana, uniendo a todos los buenos corazones samaritanos en pos de reconstruir comunidades con centro en los seres humanos, pregonar por la paz, reemplazar la emisión de carbono por energías renovables y no dejar a nadie herido al costado del camino. Su llamado fue una lucha por los derechos básicos: tierra, techo y trabajo.

A los católicos nos pidió una iglesia en salida, que se embarre en las periferias sociales, geográficas y existenciales. Nos llamó a caminar juntos con otras religiones e incluso con personas de buen corazón sean o no creyentes, construyendo agendas de humanidad que vayan del corazón a la cabeza, de la periferia al centro y de abajo hacia arriba. Para Francisco, la reconstrucción de la fraternidad humana en la práctica es el único camino posible para salvar a la humanidad e incluso al planeta. Nos enseñó que esta lucha no es posible desde el nominalismo o la prédica incoherente. Nos llamó a predicar con el ejemplo, como él mismo lo hizo desde su lugar de líder de la Iglesia Católica y Jefe de Estado del Vaticano, renunciando a la fastuosidad y a los privilegios, viviendo de manera sencilla y dejando hasta la última gota de sudor por los más humildes.

Nos alentó a dejar el mundo mejor de como lo encontramos, no solo para nuestros hijos, sino para ser conscientes de que estamos de paso por la tierra para sembrar un mejor futuro para las próximas generaciones. En el centro de su prédica nos recordó la parábola del buen samaritano: aquel que sintió empatía por el herido al costado del camino y no se hizo el distraído como el religioso o el funcionario que, pese a conocer los mandamientos, optaron por seguir de largo. Con esa parábola nos recordó que el bien precede a la verdad y que las verdaderas causas van siempre del corazón a la cabeza y en el reconocimiento de la dignidad del projimo.

Francisco nos enseñó que nadie se salva solo; que en fraternidad y construyendo comunidad iremos sembrando los cimientos para que el actual sistema cambie por uno que tenga a la justicia, la inclusión y la armonía con la casa común como pilares fundamentales.

El año que pasó sin él confirmó su diagnóstico en Laudato Si’ y Fratelli Tutti. Los desafíos que nos dejó planteados respecto a la reconstrucción de la fraternidad humana y la reconciliación con Dios y la naturaleza están más presentes que nunca. Lo más importante que nos legó es la ética social indispensable para empujar esos cambios. Sin el ejemplo no es posible cambiar el estado de las cosas. Por eso su magisterio está regado de sencillez y servicio.

En sus últimos suspiros, nos volvió a llamar a rezar y obrar por los descartados: los masacrados por las guerras, las víctimas de trata, los abuelos abandonados y los migrantes. A todos ellos los colocó ante nosotros como crucificados que nos recuerdan a Jesús. Como en el Génesis, Dios vuelve a preguntarnos: “¿Dónde está tu hermano?”. Y esa pregunta cala hondo. La multitud que lo homenajeó el sábado pasado en Plaza de Mayo, y la que lo seguirá haciendo, es un ejemplo viviente de cuánto se lo extraña. La propia Santa Sede reconoce que bajo su magisterio más de cien millones de personas retornaron al catolicismo. No es casualidad: cuando el pastor tiene olor a oveja y actúa como piensa, el mundo reconoce la coherencia del mensaje y, como el buen samaritano con el herido al costado del camino, reconoce el valor sagrado de la dignidad humana

Francisco se fue, pero su siembra recién comienza. Nos queda a nosotros regar ese legado con coherencia y valentía, para que el mundo que encuentren los que vienen sea, finalmente, la casa común que él tanto soñó.A un año de su partida, Francisco no es un recuerdo del pasado, sino una brújula para el futuro. Su voz sigue gritando en las periferias, esperando nuestra respuesta

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