Tropezarse con el casamiento
No siempre entro en la banalidad de la temporada (hace años que no me subo, por ejemplo, a ningún reality), pero esta vez sí sucumbí al encanto de Love Story, la serie sobre John John Kennedy y Carolyn Bessette. Empecé a mirarla, como todo el mundo, por la ropa, y me quedé por el culebrón. La historia no reviste demasiado interés, sobre todo para quienes no crecimos en Estados Unidos con el misticismo de la familia Kennedy; supongo que lo mismo le pasaría a un gringo con las series de Menem o Coppola, pero la insistencia de la serie en intentar un tono de melodrama que se toma en serio en sí mismo me terminó convenciendo. Sí, lo afirmo, terminé comprando por eso: por la falta total de autoironía en un producto que tenía todo para reírse de sí mismo.
De todos modos, me quedé pensando en que aunque lo que más circula en internet sigue siendo la locura con los looks y el minimalismo chic de Carolyn Bessette (ya hace veinte años que caigo periódicamente en la psy-op de ponerme una remera blanca y un jean a ver si parezco una “modelo de civil”, y no, una nunca parece una modelo de civil), es evidente que algo en la historia de amor que da título a la serie toca alguna fibra de época con más precisión de la que una podría imaginar a priori. Intento, antes que nada, encontrar el arquetipo, y es bastante sencillo: Love Story revisita, como lo hicieron incontables telenovelas, el tropo de La Cenicienta. Es, como suele ser en las reversiones contemporáneas, una Cenicienta empoderada: una chica que no necesita casarse con el príncipe, que es, justamente, la única que no está yendo a buscarlo desesperada, y por eso mismo lo atrapa (pienso, por ejemplo, en la Cholito de Muñeca brava). Carolyn trabaja en Calvin Klein; se hizo de abajo, tiene calle y sofisticación; sabe colarse en una fiesta, sus amigos diseñadores le consiguen ropa de diseñador que aún si no podría pagarla, su jefe la pondera. Todo el asunto de la primera parte de la serie es que John John es el soltero más codiciado de la Nueva York de los 90, el último momento en el que el mundo fue mágico, parece decir la serie; el último momento antes de la algoritmización de todo, el fin del azar y así de las historias de amor que solo pueden nacer de la suerte, aunque la misma serie te contesta que la suerte siempre necesita que la ayudes haciéndote amiga de Calvin Klein para que él te presente a John John. Este soltero codiciado se encuentra, por primera vez, teniendo que cortejar a una chica que le rehúye: una chica a la que no le interesan el dinero ni la fama (curioso, para ser una estilista que trabaja en una casa de moda vistiendo celebrities, pero quiénes somos para juzgar), que es fina sin intentarlo, cancherísima sin pensar.
Después viene el casamiento y la lucha de Carolyn por ser aceptada por los Kennedy, antes del final trágico, que es relevante para el melodrama pero quizás de lo que menos me interesó. Lo que me resultó muy llamativo, muy sintomático en términos del discurso que la serie viene a encarnar, es el modo en que el relato de Cenicienta se convierte en una fantasía postfeminista contada con el vocabulario del feminismo. No lo noté hasta el capítulo 6, en el que planifican y llevan a cabo la boda. Carolyn nota que los Kennedy no están demasiado entusiasmados, y entonces decide pedirle a la hermana de John John que sea su dama de honor, relegando, así, a su propia hermana. La hermana (que es, irónicamente, la que terminará muriendo con ella y John John en la avioneta) se enoja, y la serie, sin embargo, quiere que estemos del lado de Carolyn, porque ella está, pobrecita, tratando de que los Kennedy “no se sientan alienados” (las telenovelas latinoamericanas tenían, al menos, el buen tino de pintar como arbitrarios, ridículos y maliciosos los caprichos de los ricos). Flaco favor le hace la serie, realmente, al personaje de Caroline Kennedy, que acepta el rol agradecida por la deferencia sin nunca preguntarle “che, ¿pero no se ofenderán tus hermanas o tus amigas de toda la vida?”.
El punto es que aunque su madre y su hermana la acusen a Carolyn de estarse dejando gobernar por la familia de su marido, la serie no solo quiere, como dije hace un rato, que estemos del lado de ella: quiere que creamos que ella es la sensata, que ella es sutil y elegante y por eso trata de armonizar todo. El lenguaje es el de ese feminismo de los 90, el de “tenerlo todo”, pero en este caso “tenerlo todo” ni siquiera es tener el marido y la carrera: es solamente tener el marido. De hecho, esto de la fantasía postfeminista lo entendí en una escena rarísima en ese mismo capítulo, cuando Carolyn va a la oficina de Calvin Klein a decirle que va a renunciar porque claramente, con la notoriedad que está experimentando, no está pudiendo serle útil a la empresa. Más allá del texto concreto de la conversación, el hecho es que Carolyn renuncia a un trabajo que supuestamente le encantaba porque se casa, y la serie realmente intenta venderlo como un “momento empoderado”: discursivamente sería imposible, de manera que lo ponen en términos visuales. La caminata de Carolyn hasta el ascensor recuerda muchísimo, y claramente a propósito, a la de Peggy Olson cuando renuncia a la agencia en Mad Men. Es secundario, para la serie, que Carolyn renuncie para ser esposa y Peggy Olson para cortarse sola: lo importante es la cara de girl boss, no si efectivamente vas a ser la jefa de alguien, ni siquiera tu propia jefa.
Cuando empecé a escribir esta nota pensé que el sueño con el que Love Story estaba seduciendo a millennials y centennials era el del amor antes de los algoritmos, conocer a alguien de casualidad y que las cosas fluyan; pero mientras pensaba y tomaba notas me di cuenta de que no, es un poco más perverso. Lo que enamora de esta historia y este personaje es la idea de que una puede ir por ahí haciendo la mímica de la independencia y que en algún momento, si sos suficientemente canchera, va a aparecer por arte de magia el príncipe que te rescate de tu propia autonomía. La parte importante de la autonomía no es gobernar tu propia vida: es vender el physique du rol. Quedate tranquila, te dice Love Story: podés tener lo mejor de los dos mundos, ser una tradwife vestida de jefa.
TT/MG
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