Opinión

Cartas albertistas, cartas cristinistas y la quimera de la unidad

María Seoane, Mempo Giardinelli y Daniel Tognetti

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Si no fuera un episodio pintoresco, el dato de la periodista María Seoane que firmó, en la misma semana, dos cartas –una escrita por intelectuales afines a Alberto Fernández y otra firmada por intelectuales “K”, una respuesta crítica a la primera– sería una cosa seria. No sé en qué quedó el caso, ni cuáles fueron las razones o el trasfondo de ese paso doble, pero la anécdota es reveladora de un tema actual y muy vigente: el carácter dual, desdoblado, duplicado del campo político. 

Sin embargo, o precisamente por eso, el asunto de las dos cartas es la unidad. La unidad en el desdoblamiento, la unidad en lo múltiple. La primera, “La unidad del campo popular en tiempos difíciles”, instala el problema de la unidad en un contexto inédito de precariedad e inestabilidad. Me hace acordar a ese experimento (¿la máquina de Galton?) donde muchas bolas, expuestas a la caótica aletoriedad de las fuerzas, terminan reunidas en el centro, en la media, formando una campana. La unidad es una especie de contingencia, pero una contingencia parcialmente motivada por el contexto de polarización y de peligro inminente: la ultraderecha, la pandemia, la guerra, el verdadero caos. 

La segunda, la carta de los llamados “intelectuales K”, ya desde título (“Moderación o pueblo”) ubica el problema de la unidad en una disyunción, el pueblo versus los moderados, y lo hace evocando una idea que estuvo muy de moda en los 2000 y los 2010, la de frontera antagónica. Aunque no se lo cite, es imposible no leer, en esta segunda carta, un eco de ese pensamiento que atravesó y permeó el campo intelectual argentino hasta volverse casi una vulgata. Por esos años, en pleno auge de la Patria Grande, el discurso político volvió a estar en el centro del debate intelectual. Así como en los 80 el proceso alfonsinista (y las transiciones en general) vino acompañado por un interés renovado por el discurso y la mediatización de la política, la llamada “Ola rosa” de América Latina fue una impresionante cantera de investigaciones, reflexiones y debates sobre la dimensión discursiva de lo político. 

En esa época muchos nos formamos políticamente y también académicamente, y en esa formación la obra de Laclau tuvo un lugar central. A todos nos fascinaba su erudición para articular nociones del psicoanálisis, la teoría política y la lingüística para comprender los procesos contemporáneos, que, a la luz de la perspectiva laclausiana, se hacían transparentes, descifrables, legibles. Todos los procesos políticos que nos interesaban entraban en la grilla de las articulaciones y las diferencias, de las solidaridades y los antagonismos. La verba de Chávez, el pragmatismo de Néstor, las batallas de Cristina, la movilización de Lula, la identidad indígena en Evo, la oposición entre los populismos y las izquierdas institucionalistas, todo podía leerse desde Laclau, y entonces teoría y praxis se hacían cuerpo, se hacían corpus, en la política de todos los días. Tal vez, esa supuesta transparencia debería haber funcionado como una alerta, porque, en realidad, ningún proceso político es tan evidente, pero todos éramos lectores obedientes.

Interpreto la carta de los intelectuales K como una lectura obediente de aquel corpus teórico: allí se postula que la unidad sólo es posible si esta se delimita en función de una frontera radical y antagónica que separaría aquello que está afuera del “nosotros” y aquello que está adentro. Desde esta perspectiva, es el “afuera”, en su radical negatividad, lo que le daría consistencia y unidad al adentro. La unidad sería entonces un “concepto estratégico”: “Para que sea posible, es necesario dotarla de sentido; dejar que aparezca lo que ha estado y sigue estando por fuera de ella: las políticas que le dieron origen; la memoria histórica que la habilita”. El macrismo sería entonces el fundamento de la unidad, no tanto como amenaza presente sino como realidad contundente, cristalizada en el pasado, con la que hoy es imposible lidiar. Alberto ha dicho que hay algunos sectores de la oposición con los que se puede hablar, y otros con los que no: el adversario no es uno, ni es siempre idéntico a sí mismo. Y además hay que lidiar con él. 

No me propongo desmenuzar los fundamentos teóricos que sostienen esta visión de la unidad, porque además hay muchísimos investigadores brillantes que han discutido, entre otras cosas, el carácter en última instancia binario de la mirada laclausiana sobre lo político, su déficit de pluralismo o incluso su sesgo anti-político. El reverso de la hiperpolitización sería la parálisis de lo político. En el campo intelectual nada de esto está cerrado, las discusiones siguen abiertas, aunque ahora con menos épica, menos efervescencia y un poco más de miedo, porque ganó Bolsonaro, porque pasó Macri, porque se vienen las derechas en el mundo y con ellas un nuevo ciclo intelectual, el de los estudios sobre las nuevas derechas, en gran auge hoy en día.

En la carta de los intelectuales “K” se dice que “la unidad no se mantiene porque se la nombre. Se mantiene si continúan activas las políticas que le dieron origen”. Leído desde una mirada laclausiana, el párrafo suena demasiado poco nominalista. Porque nada hay de esencial en la unidad, y el nombre es todo. Para que se mantenga, a la unidad hay que nombrarla. En la carta de los funcionarios e intelectuales albertistas encuentro un contrapunto: “Los pueblos no son entidades metafísicas. Constituyen experiencias históricas concretas, hechas con personas de carne y hueso, que sufren el impacto de los dispositivos de la dominación, las enormes dificultades de un tiempo de incertidumbres y precariedad”. Al pueblo hay que nombrarlo y no presuponerlo, parecen decir.

Pensar la unidad a partir de la frontera implica situarse en la duplicación, en el desdoblamiento. Asumir que, como en el tópico literario del doble, uno es dos. Sería un lindo homenaje a Laclau si pudiéramos pensar, desde el psicoanálisis, desde la semiótica, desde la política, que, en realidad, uno es tres, que la unidad se da en la terceridad. Pensar que lo uno es una cosa y la otra, y que solo una tercera mirada puede reponer esa unidad, en la medida en que disuelve la lógica del espejo. Nombrar la unidad es una forma de terceridad: no se autorevela, alguien la nombra. La llamada “moderación” es una forma de terceridad, aunque no necesariamente de tibieza. La representación política también es una forma de terceridad: como dijo Alberto en una entrevista radial esta semana: “En el origen de esta coalición, me fueron a buscar y me dijeron que yo podía representar a todos”.

SM

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